domingo, 9 de mayo de 2021

DOMINGO VI DE PASCUA

-Textos:

            -Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48

            -Sal 97, 1b-4

            -1 Jn 4, 7-10

            -Jn 15, 9-17

 “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos, todos:

Lo que más queremos y lo que más necesitamos los seres humanos es amar y ser amados. Pero, ¿Qué entendemos cada uno cuando hablamos del amor?

Nosotros los cristianos tenemos muy claro, o deberíamos tenerlo: Amor el de Jesucristo. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

Esta mañana hemos escuchado en el evangelio una catequesis preciosa de Jesús sobre el amor. Ha comenzado diciendo: -“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor”.

Conviene que consideremos despacio esta frase: Jesús nos ama con el mismo amor que su Padre, Dios, le ama a él. El amor que nos tiene a nosotros es el mismo amor que su Padre Dios le tiene a él. Nos ama con amor humano, porque es hombre y nos ama con amor divino, porque es Hijo de Dios. Somos amados de Dios, y somos extremadamente amados por Dios.

Y este torrente de amor divino y humano se nos ha comunicado, en germen, en semilla, en el bautismo. Por el bautismo hemos participado en la vida del Hijo de Dios, Jesucristo, y se nos da también participar en el amor mismo con que el Padre Dios ama a su Hijo Jesucristo.

Tenemos que abrir el corazón a esta verdad: somos amados, infinitamente amados, con un amor humano y divino, como el de Jesús.

Nuestra fe es en muchos casos muy ritual, fría, puramente intelectual, nos falta vibración y entusiasmo, porque no reparamos en la gracia tan grande que es ser cristiano.

Santa Teresa de Jesús habla muchas veces de “despertar a amar”. Sí, necesitamos despertar a amar. Es decir, necesitamos dejarnos tocar, sentirnos sacudidos y emocionarnos por esta gran noticia, -que no por ser  sabida, deja de ser noticia extraordinaria, regalo divino, precioso e inmerecido-: somos amados por Cristo con el mismo amor con  que Jesucristo es amado por su Padre Dios. “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor”.

Este es el manantial, la fuente de energía del verdadero amor. Si nuestro corazón experimenta de verdad este amor, podemos amar como amó y ama Jesús. ¿Cómo nos ha amado Jesús? – Hasta el extremo: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

Y para terminar un paso adelante: Cuando sentimos verdaderamente que Cristo nos ama de esta manera, la consecuencia inmediata, espontánea y evidente es amar al prójimo: “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado”.

Podemos dar la vida por nuestros prójimos, podemos perdonar a quienes nos ofenden, podemos, como buenos samaritanos, pararnos en  el camino y dar tiempo, dinero y aprecio al herido y abandonado en la cuneta de la vida.

Pasemos a la eucaristía, demos gracias a Dios, y pidamos que amemos como él nos ha amado.

 


domingo, 2 de mayo de 2021

DOMINGO V DE PASCUA

-Textos:

            -Hch 9, 26-31

            -Sal 21, 26b-28. 30-32

            -1 Jn 3, 18-24

            -Jn 15, 1-8

“Y este es su mandamiento (el mandamiento del Padre Dios) que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Permitidme empezar por una pregunta: ¿Somos cristianos de verdad? La esencia de nuestra identidad cristina es muy sencilla y clara, lo hemos oído en la segunda lectura: “Y este es su mandamiento (el mandamiento del Padre Dios) que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y que nos amemos unos a otros”. Creer en Jesucristo y amar al prójimo.

Son el doble mandamiento y los dos están muy relacionados entre sí.

El mandamiento de amar al prójimo, convence a todos, al menos a los las personas de buena voluntad, y buena conciencia. Pero lo aceptamos en teoría, en la práctica ya es distinto. ¿Cuánto tenemos que dar y poner de nuestra parte, a la hora de amar al prójimo, no como a mí me parece, sino como él realmente necesita?

Ser cristiano no es solo hacer cosas buenas. La generación mayor, muchos padres y madres lamentamos que nuestro hijos o nietos abandonen la práctica religiosa, y nos conformamos diciendo que ya son buenos, que respetan a la gente y que son trabajadores. Pero al final, muchos acaban diciendo  que no hace falta creer; que para qué hacerse preguntas que no tienen respuesta, como ¿de dónde venimos, a dónde vamos? ¿Qué hay después de la muerte?; que lo que importa es vivir aquí de la manera más cómoda, y garantizar en lo posible una vejez bien atendida. Los que no tienen trabajo, ni pan para comer, ni medicinas para curar, los que se ven obligados a emigrar, o a salir de su país en guerra continua, para esos dar un poco del dinero que nos sobra, y vale.

Necesitamos hacer obras buenas y necesitamos creer en Jesucristo.

La inteligencia humana, la ciencia, la técnica, la voluntad humana, nuestras obras, solas no pueden conseguir el sueño de la fraternidad y la paz humanas que todos soñamos. Somos limitados, y además, estamos heridos por el pecado. Para amar de verdad tenemos forzosamente que amar desde Jesucristo; unidos a la vid, que es Cristo.

Como el sarmiento no puede dar fruto, si no permanece unido a la vida, así tampoco vosotros, si nos permanecéis en mí”. “Porque sin mí no podéis hacer nada”.

La fe en Jesucristo es el manantial de donde surge de manera inagotable el agua saludable del verdadero amor. Sin la fe en él no podemos nada, si creemos en Jesucristo, lo podemos todo. Podemos amar al prójimo de verdad, incluso  con el esfuerzo y el sacrificio de nuestra propia vida. Y además, cuando amamos desde Jesucristo y como Jesucristo, incluso el dolor, las renuncias y los sacrificios que nos puede pedir el amor verdadero, nos proporciona paz con nosotros mismo, plenitud y felicidad.

Jesucristo nos llama a creer en él. Hasta cierto punto es una cosa extraña, que nos tengan que insistir en que cultivemos la amistad con Él. Es algo que teníamos que considerar un regalo: creer en Jesús, que Jesús sea  el protagonista de mi vida, porque siento que me ama, y yo le amo, y porque creo que su persona y su enseñanza es la clave que explica el misterio del mundo y de mi vida misma.

Este Jesucristo, que nos invita a creer en él y a seguirle, que nos ofrece un amor como el suyo, que nos hace felices amarle, lo encontramos en la escucha de la Palabra de Dios, en la oración, en el hermano pobre y necesitado y en la eucaristía, a la que ahora vamos a participar.

domingo, 25 de abril de 2021

DOMINGO IV DE PASCUA


-Textos:

            -Hch 4, 8-12

            -Sal 117, 1. 8-9. 21-23. 26. 28-29

            -1 Jn 3, 1-2

            -Jn 10, 11-18

 “Yo soy el Buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Domingo del Buen Pastor y Jornadas por las vocaciones:

La hermosa alegoría del Buen Pastor es muy clara y aleccionadora: Jesús es el Buen Pastor, nosotros, los discípulos, los que creemos en él somos ovejas de su rebaño. Para Jesús somos muy importantes. Nos conoce a cada uno, nos cuida, cuenta con nosotros, nos quiere y cuenta con nosotros, a cada uno nos llama por su nombre. Ha dado la vida por nosotros, nos quiere salvar, y nos quiere para encomendarnos una misión en esta vida. Para Jesús todos somos muy importantes y sumamente valiosos.

Será muy provechoso para nosotros que hoy dediquemos un tiempo, un rato, a orar con este evangelio, y en silencio y en presencia de Dios nos hagamos esta pregunta: “Señor, ¿de verdad cuentas conmigo? ¿Soy importante para ti? ¿Qué quieres de mí, aquí y ahora?

Conviene también que releamos la segunda lectura de san Juan: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre (Dios) para llamarnos  hijos de Dios, pues ¡lo somos!”. Hijos de Dios, en el bautismo Dios, ha hecho una alianza con cada uno de nosotros. Él, porque quiere y porque nos quiere nos ha hecho hijos suyos. Nos trajo al mundo y nos creó, porque nos amó- Pero más todavía, por medio de nuestros padres, de la Iglesia, Dios en el bautismo nos ha hecho hijos suyos, nos ha dado la vida misma de su Hijo, Jesucristo, la vida que Jesucristo como Verbo de Dios vive en el seno de la Trinidad. Vida eterna, vida divina, de calidad infinitamente mejor y más rica y dichosa que la vida natural que nos dieron nuestros padres. Dios ha hecho Alianza con nosotros, al ponernos el nombre del Bautismo: Juan Javier, María Teresa, Carmen, Antonio,  yo te doy mi vida, te hago mi hijo, mi hija para siempre. “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre (Dios) para llamarnos  hijos de Dios, pues ¡lo somos!”. Y Dios es fiel. Dios  mantiene su palabra y su compromiso con nosotros. No nos abandona, aun cuando pecamos y nos vamos por caminos de la vida equivocados. No se aburre de nosotros, aun cuando nosotros prescindimos y nos olvidamos de él. Él sigue junto a nosotros, espera, y espera hasta que nos convirtamos. Él, Dios, Padre, es fiel. Y Jesucristo su Hijo nos llama y nos encomienda una misión, nos conoce con nuestro nombre propio, nos cuida, porque nos conoce, nos quiere, y nos quiere también para una misión. Somos importantes para él, él cuenta con nosotros para encomendarnos una  misión. Hoy Jornada de las vocaciones. Jesús, el Buen Pastor, nos llama; todos los que creemos en Jesús tenemos una misión en el mundo: Trasmitir la fe, trabajar por la solidaridad y la justicia en el mundo. Pero hoy ponemos especial atención en las vocaciones sacerdotales y vocaciones dedicadas a tiempo pleno a la evangelización.

Es patente a los ojos de todos, la escasez de sacerdotes que estamos padeciendo en nuestras comunidades cristianas, aquí en Europa y en el mundo Occidental. Justo los países que hemos sido la fuente de la evangelización en el mundo. Es responsabilidad de los cristianos adultos, de las comunidades parroquiales, de las familias, de los movimientos  cristianos crear el clima, el ambiente donde puedan surgir estas vocaciones, que alimenten la fe del pueblo cristiano, pero que susciten nuevos cristianos y nuevas comunidades en el mundo.

¡Con qué claridad y con qué valentía anuncia Pedro la noticia que  prendió el fuego del evangelio en el mundo: Quede claro a todos vosotros… que ha sido el Nombre de Jesucristo Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó entre los muertos, que se presenta hoy curado este hombre. Y quede claro  él, Jesucristo, se ha convertido en piedra angular, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre en el que debamos salvarnos”. 

domingo, 11 de abril de 2021

DOMINGO II DE PASCUA

-Textos:

       -Hch 4, 32-35

       -Sal 117, 2-4. 16-18. 22-24

       -1 Jn 5, 1-6

       -Jn, 20, 19-31

Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Segundo domingo de Pascua, domingo de la Misericordia:

La sociedad humana hoy y siempre necesita la misericordia para poder convivir y desarrollarse en paz y armonía. El papa san Juan Pablo II, que fue quien dispuso que este domingo se dedicara a la meditación y la acción de gracias por la misericordia de Dios con todos y con todo, dice que la justicia sola y estricta puede derivar en injusticia. Por eso la justicia necesita el bálsamo de la misericordia, para que pueda ser verdadera justicia. El papa Francisco, desde otra perspectiva nos ha dicho que para que las relaciones humanas sean verdaderamente humanas deberíamos todos poner en práctica tres palabras muy al alcance de todos y muy convenientes: permiso, gracias y perdón.

La misericordia es tener corazón para el mísero, para el necesitado, el pobre, el indefenso, el débil. La misericordia es una manifestación, la más humana y la más divina del amor. Dios es amor y misericordia, pero a nosotros, los humanos, nos cuesta mucho ser misericordiosos.

Todos, espontáneamente, tendemos a pensar que merecemos la compresión, la ayuda e incluso el perdón de los demás, pero, sin embargo, descuidamos ayudar al prójimo, nos desentendemos de las necesidades ajenas, y nos excusamos de pedir perdón. En el fondo, porque no resulta difícil perdonar.

La fe cristiana, sin embargo es fuente de misericordia. Porque creemos en un Dios que es amor y misericordia.

Recordamos todos la escena de la zarza ardiente, cuando Dios se manifiesta a Moisés y le dice: “He visto la opresión que padece mi pueblo en Egipto, he sentido compasión y voy a bajar a liberarlo”. Y bajó. “Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo para que todo el que cree en él se salve y tenga vida eterna”. Jesucristo es la manifestación suprema del amor y de la misericordia de Dios.

Dios es misericordioso para con nosotros los hombres y nos ha dada su propio Hijo. Y su Hijo ha mostrado un corazón humano y divino lleno de misericordia y de perdón. El murió perdonando a los que lo mataban: “Perdónales porque nos saben lo que hacen”. Y Jesús muere perdonando, y resucita ejercitando y ofreciendo la misericordia divina: Lo vemos en el evangelio de hoy: Aparece y sale al encuentro de sus discípulos, que están muertos de miedo; sale condescendiente al encuentro con Tomás que se resiste a creer, y, sobre todo, nos da su Espíritu Santo, para que en el mundo haya real y efectivamente perdón para los pecados: “Recibid el Espíritu Santo: a quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos”. Y más todavía: Jesucristo, el crucificado, el resucitado; vencedor de la muerte y del pecado, nos ha hecho hijos de Dios por el bautismo: “Todo el que cree que Jesús es el Cristo, ha nacido de Dios”

Sí, hermanos todos: la fe cristiana es fuente de misericordia, y la Iglesia tiene capacidad de otorgar el perdón y la misericordia. Y cada uno de nosotros tenemos la capacidad y la responsabilidad de practicar el amor, el perdón y la misericordia. Hoy, domingo de la misericordia, demos gracias a Dios, por la misericordia que tiene con cada uno de nosotros, y pidamos la gracia de perdonar, si es preciso, al que nos hace mal, y además seamos testigos verdaderos y efectivos del perdón y de la misericordia de Dios con el hermano, con el pobre, con el enfermo, con el indefenso. “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso”.

jueves, 1 de abril de 2021

TRIDUO PASCUAL: JUEVES SANTO

-Textos:

       -Ex 12, 1-8. 11-14

       -Sal 115, 12-13. 15-18

       -1 Co 11, 32-26

       -Jn. 13, 1-15

Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

La penosa y lamentable pandemia está condicionando toda nuestra vida, los planes y los hábitos de lo que teníamos costumbre de hacer en la Semana Santa, y también, y es más importante, está influyendo en nuestra disposición para escuchar al Señor y para vivir desde dentro, desde la fe, las celebraciones tan importantes del triduo pascual que esta tarde comenzamos.

Pero, a mayores dificultades, mayor empeño en vivirlo como Dios quiere, como Dios nos pide y como Dios quiere vivirlo en nosotros y para nosotros.

Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”, nos ha dicho san Pablo en la segunda lectura. La eucaristía, queridos hermanos, es la revelación suprema del amor de Dios a los hombres:

El amor de Dios es infinito, y el amor humano es también ilimitado. En tanto que tenemos uso de razón, siempre podemos crecer en la calidad y en la intensidad del amor.

Y en esta disposición humana encaja la buena noticia, la gran noticia que nos comunica la celebración del Jueves Santo: La eucaristía es la revelación del amor infinito de Dios Padre en su Hijo Jesucristo.

Toda la vida de Jesús es un despliegue del amor de su corazón a todos, pobres y ricos, judíos y extranjeros, sobre todo a los marginados, enfermos, ciegos, pecadores. Pero no sólo hizo obras de amor, Jesucristo se dio a sí mismo, nos dio su persona. Se hizo cuerpo entregado y sangre derramada en la cruz. Y este acto supremo del misterio de la cruz quedó sacramentalmente anticipado y perpetuado en la eucaristía.

Benedicto XVI dejó escrito: “Cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente el don de la propia vida que Jesús ha hecho en la cruz por nosotros y por el mundo entero”.

Hermanos todos: la eucaristía es el sacramento de la entrega. Pero, atención, de la entrega de Jesús y de nuestra propia entrega. No recibimos inocuamente, pasivamente, el Cuerpo de Jesús. Al comulgar con la eucaristía, una energía nueva, el amor divino, nos impregna y nos impulsa a ser como Él, a entregarnos como Él, a darnos y entregarnos a los demás igual que lo hizo Jesús en su vida terrena.

Hay una relación necesaria e inseparable entre la comunión con el Cuerpo de Cristo y la entrega al amor y a la caridad con el prójimo. Quien come el Cuerpo de Cristo acepta de antemano ser un don para el mundo. No se puede separar eucaristía y caridad. No se puede recibir el cuerpo de Cristo, si se recibe bien, y sentirse alejado de los que tienen hambre y sed, de los que sufren por la pandemia, o el drama del paro, o el de los descartados de la mesa del bienestar material.

La pandemia es un hecho lamentable, y tenemos que pedir a Dios que lleguemos cuanto antes a dominarla, pero la pandemia es también una oportunidad manifiesta, para que practiquemos la caridad y pongamos en ejercicio el amor que Jesucristo manifestó tan generosamente en la Última Cena, y que nosotros participamos cada vez que comulgamos en la eucaristía.


domingo, 28 de marzo de 2021

DOMINGO DE RAMOS

-Textos:

       -Is 50, 4-7

       -Sal 21, 8-9. 17-18ª. 19-20. 23-24

       -Fil 2, 6-11

       -Mc 14, 1-15, 47


Introducción a la proclamación de la Pasión según S. Marcos

El evangelista san Marcos, inspirado por el Espíritu Santo, escribió la Pasión del Señor, y todo el libro de su evangelio, con el objetivo de responder a una pregunta: ¿Quién es Jesús? Los fariseos le preguntaron en varios momentos de su vida pública: ¿Quién eres tú?; el mismo Jesús en un momento importante para los discípulos y para él, pregunta: “¿Y vosotros quien decís que soy yo?”.

El relato de la pasión da respuesta esta pregunta: Jesús es el Mesías de Dios y Jesús es el Hijo de Dios. Jesús es el Mesías prometido y enviado por Dios para salvar a Israel y a todos los hombres, Jesús el Hijo de Dios que obedece y cumple la voluntad de su Padre, Dios, y da la vida para redimir al mundo.

Pero san Marcos revela estas verdades añadiendo una verdad muy importante: Jesús, Mesías e Hijo de Dios, se manifiesta ante los judíos y ante el mundo, no como un príncipe o un emperador, sino como una persona pobre, humilde y crucificada. Este hecho es el que provoca el drama de Jesús, que se desarrolla a lo largo de la lectura de su pasión. ¡Dichoso quien no se escandaliza de éste misterio! Los fariseos, las autoridades judías, al final el pueblo y hasta los discípulos más íntimos se escandalizaron. Solo una minoría, unas pocas mujeres se compadecen de Jesús, y, ¡atención!, un pagano, el Centurión, grita y revela el misterio: “Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios!

Escuchemos el relato de la pasión del Señor, con un interrogante clavado en el alma: “Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?”

domingo, 21 de marzo de 2021

DOMINGO V DE CUARESMA

-Textos:

       -Jer 31, 31-34

       -Sal 50, 3-4. 12-15

       -Heb 5, 7-9

       -Jn 12, 20-33

Si el grano de trigo no cae entierra y muere, queda infecundo…”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Pongamos la atención antes que nada, en las palabras de estos forasteros que dicen a Felipe: “Queremos ver a Jesús”. Una curiosidad y una gracia sin duda excelentes para entrar en la Semana Santa y participar en las celebraciones, únicas por su importancia, de estos días.

Pero pongamos atención en las palabras que Jesús dirige a estos forasteros que interesados en conocerle: “Si el grano de trigo no cae entierra y muere, queda infecundo, pero si muere da mucho fruto”.

Jesús piensa así: No se puede engendrar vida sin dar la propia vida. La vida es fruto del amor y brota en la medida que nos entregamos. No podemos hacer vivir a los demás, si nosotros primero no nos desvivimos por los demás.

Dios no quiere la muerte y el sufrimiento. Él es el Dios de la vida y del amor. Pero, en este mundo, el amor verdadero hace que gocemos con las alegrías que proporciona el amor pero también, que suframos con el sufrimiento de los que amamos. Es preciso, en muchos casos, sufrir para que otros queden aliviados en su dolor; es preciso renunciar a mi comodidad o a mi bienestar para atender a mi prójimo, pobre y necesitado. No se trata de sufrir por sufrir. Se trata de amar. Amar al prójimo necesitado, querer hacer feliz al débil, al que sufre y padece necesidad material o espiritual, o todo junto.

Si el grano de trigo no cae entierra y muere, queda infecundo, pero, si muere, da mucho fruto”

Este refrán retrata muy bien a Jesús y explica el sentido de su pasión, muerte y resurrección.

Este refrán, además, es una propuesta de Jesús para todos los que creemos en él y queremos seguirle. Es una filosofía, un modo de entender la vida; una manera de entender el amor: Enterrarnos en el surco, dar la vida, darnos nosotros mismos por amor, para dar la felicidad a nuestros prójimos.

Todos tenemos en la memoria y en el corazón personas buenas y de espíritu cristiano que han vivido y practicado este estilo de vida, y ¡cuánto bien nos han hecho! Y todos tenemos en la experiencia diaria cómo se va imponiendo una filosofía y unos valores opuestos totalmente a este pensar y hacer de Jesús: “Primero yo, luego ya veremos”, “Molestias, las menos posibles”; “Los ancianos a la residencia, los niños a la guardería, los que estamos bien de salud, a trabajar a ganar dinero y a disfrutar”; “Comamos y bebamos que mañana moriremos”, y no hay más”.

Pero sabemos muy bien donde está la verdad: “Lo he glorificado y volveré a glorificarlo”. Dios mismo aprueba y apoya totalmente la postura de su Hijo, que muere en el surco. Su modo de entender la vida y la propuesta que Jesús hace para todos los que en todos los tiempos queramos seguirle: “El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna”

Queremos ver a Jesús”. Nosotros queremos verlo en la Pascua, y ahora en la eucaristía: Cristo dando la vida por nosotros y haciéndose alimento de vida, para que nosotros también podamos dar la vida por los hermanos.




viernes, 19 de marzo de 2021

FESTIVIDAD DE SAN JOSÉ

-Textos:

       - 2Sam 7, 4-5ª. 12-14ª

       -Sal 88

       -Ro 4, 13. 16-18. 22

       -Mt 16. 18-21. 24ª

Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Festividad de San José y “Día del Seminario”:

Hace 150 años, el papa Pio IX declaró a San José patrón de la Iglesia católica. Es decir, San José custodio de la Iglesia. El año 1963, el papa San Juan XXIII, introdujo a San José en el canon (plegaria) de la misa católica, el papa Francisco ha declarado el presente año 2021 “Año” de San José.

El pueblo cristiano desde hace muchos siglos ha profesado una gran devoción a San José. Recordemos todos, la devoción tan grande que Santa Teresa de Jesús le profesaba. En el siglo XX han sido los papas y los estudios bíblicos y teológicos los que han dado sólidos argumentos a esta devoción.

Este año el lema elegido para la Campaña del “Día del Seminario” es “Padre y hermano como San José”. Es decir, el sacerdote debe ser en su vida y en su trabajo pastoral padre y hermano como San José.

Podríamos preguntarnos por qué a San José lo veneramos con este título tan digno y también tan amable de “Custodio de la Iglesia, y hoy podemos decir también, custodios de los seminarios, de los seminaristas y de los formadores del seminario. San Juan Pablo II explica: Dios puso en manos de San José a María y a Jesús, dándole la misión de cuidarlos y protegerlos.

¿Y por qué, patrón de los seminaristas?

Cada seminario quiere ser, a imitación del hogar de Nazaret, un lugar donde se cuide y haga crecer el don de la vocación al sacerdocio. Por eso, podemos considerarlo patrón y modelo de los seminaristas y también de los formadores de seminarios.

Mucho podemos aprender de San José todos los cristianos, aun cuando no seamos ni seminaristas ni formadores de sacerdotes.

San Pablo en la epístola subraya una frase que retrata a San José y es para nosotros un consejo sumamente necesario:-“Apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza”.

Hoy en la Iglesia y en la diócesis somos conscientes de la necesidad de sacerdotes. No sé si nos demos cuenta de la necesidad que tienen los seminaristas, de ayuda y apoyo para perseverar en su vocación. Mirad el ambiente en que se mueven la mayoría de los jóvenes: cómo miran a los que dicen ser creyentes y cristianos, y nos damos cuenta de cuanta fuerza espiritual y vocacional necesita un seminarista para, en ese ambiente, seguir la llamada de Jesús.

Sí, hermanos y hermanas: tal como está la Iglesia necesitada de sacerdotes y de sacerdotes santos, y por lo tanto, de santos y sabios formadores, hoy, si somos mínimamente responsables de nuestra iglesia, necesitamos esperanza. Esperanza “contra toda esperanza”, es decir: esperanza que nos lleva a confiar en Dios, a comprometernos. ¿Cómo?: Oración a Dios y a San José; más importante, comprometernos a crear un ambiente donde los jóvenes puedan percibir que ser sacerdote es una de las más grandes, nobles y dignas opciones que se puede hacer en este mundo, en nuestra Iglesia, y para bien de nuestra sociedad.


domingo, 14 de marzo de 2021

DOMINGO IV DE CUARESMA

-Textos:

       -Cron 36, 14-16. 19-23

       -Sal 136, 1-6

       -Ef 2, 4-10

       -Jn 3, 14-21

Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Cuarto domingo de cuaresma, vamos alcanzando ya las últimas cotas de ascenso hacia la gran fiesta y la gran gracia de la Pascua. Pero este domingo tiene una nota especial, se llama en la tradición litúrgica domingo “Laetare”, domingo de la alegría.

Ya habéis notado algún signo: la casulla es de color de rosa y no de morado intenso, vemos flores en el presbiterio y la hermana organista puede que nos amenice la misa con alguna melodía.

¿Por qué nuestra Madre, la Iglesia, interrumpe el tono penitencial de la cuaresma y nos invita a relajarnos y tomar un descanso en medio del espíritu penitencial propio de la cuaresma?

La Iglesia supone que desde el comienzo de la cuaresma hemos adoptado un estilo de vida austero y penitencial, con el fin de convertirnos y aprovecharnos de la gracia propia de este tiempo de gracia, gracia de conversión y gracia de renovación de vida.

La pregunta es obvia, ¿estamos viviendo la cuaresma con un ritmo de vida distinto del normal? ¿Recordamos aquel lema del Miércoles de Ceniza “Oración, limosna y ayuno?

La Madre Iglesia supone que sí. Y por eso nos propone, en medio del sentido penitencial y austero propio de la cuaresma, un domingo de alivio y de alegría.

Pero la liturgia propia de este domingo trata de alegrar y esponjar nuestro ánimo de un modo propio y original: Nos invita a poner los ojos y el corazón en Jesucristo y en Jesucristo crucificado.

El evangelio nos ha regalado dos frases extraordinariamente expresivas y reveladoras. Dos frases que si nos tocan el corazón, iluminan el sentido de la vida y levantan el ánimo con la alegría más limpia y reconfortante.

La primera es esta: “Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. La segunda viene a continuación de la primera: “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

Queridos hermanos: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que el que cree en él tenga vida eterna”. Nosotros los humanos tenemos muchas maneras de percibir que alguien nos ama, pero sólo tenemos una para entender que alguien nos ama de verdad y de la manera que no se puede amar más: Es cuando alguien nos ama hasta dar la vida por nosotros. Jesucristo, el Hijo de Dios, ha dado la vida por nosotros. Mirando al Crucificado nos encontramos con la suprema manifestación del amor de Dios a los hombres.

Este domingo no es un domingo de penitencia, es un domingo de contemplación: Mirar al Crucificado y dejar que resuenen en el los oídos y en el corazón estas palabras: “Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”: “Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

Veréis cómo estas palabras nos ponen el corazón en fiesta, y reaniman nuestras fuerzas para subir hasta la cota última, hasta la cumbre de la Pascua del Señor y Pascua nuestra.

domingo, 7 de marzo de 2021

DOMINGO III DE CUARESMA

-Textos:

       -Ex 20, 1-17

       -Sal 18, 8-11

       -1 Co 1, 22-35

       -Jn 2, 13e-25

No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos: Hoy no voy a transmitiros palabras mías, sino del papa Francisco. Justo en este día en que está realizando ese arriesgado viaje a Irak.

Dice el papa:

Del evangelio que acabamos de proclamar comentaremos dos cosas: una imagen y una palabra. La imagen es la de Jesús con el látigo en la mano que echa fuera a todos los que se aprovechaban del Templo para hacer sus negocios. El templo, el espacio sagrado, divino, limpio, el negocio sucio, profano, son incompatibles. Esta es la imagen. Jesús toma el látigo y procede a limpiar el Templo.

En este contexto, el evangelista nos cuenta una frase terrible: “Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos, y sabía lo que hay dentro de cada hombre” (Jn 2, 24-25).

(Reflexionemos, dice el Papa) Nosotros no podemos engañar a Jesús. Él nos conoce por dentro. No se fiaba. Él, Jesús, no se fiaba.

Y esta puede ser una buena pregunta en la mitad de la cuaresma: ¿puede fiarse Jesús de mí? ¿Puede fiarse Jesús de mí, o tengo una doble cara? ¿Me presento como católico, como cercano a la Iglesia, y luego vivo como un pagano? “Pero Jesús, me digo, no lo sabe”. No es cierto. Él lo sabe. “Él, en efecto conocía lo que había dentro de cada hombre”.

Jesús conoce todo lo que hay dentro de nuestro corazón: no podemos engañar a Jesús. No podemos, ante Él, aparentar ser santos, y cerrar los ojos; actuar así, y luego llevar una vida que no es la que Él quiere. Y Él lo sabe. Y todos sabemos el nombre que Jesús da a estas personas de doble cara: hipócritas.

Nos hará bien, hoy, entrar en nuestro corazón y mirar a Jesús. Decirle: “Señor, mira, en mí hay cosas buenas, pero también hay cosas nos buenas. ¿Te fías de mí? Soy pecador…”

Esto no asusta a Jesús. Si tú le dices: “Soy un pecador”, no se asusta. Lo que a Él lo aleja es la doble cara: mostrarse justo para cubrir el pecado oculto: “Yo voy a la Iglesia todos los domingos, y yo…”. Sí, podemos decir todo esto. Pero si tu corazón no es justo, si tú no vives la justicia, si tú no amas a los que necesitan amor, si tú no vives según el espíritu de las bienaventuranzas, no eres católico. Eres hipócrita. Primero, preguntemos a Jesús: “Señor, ¿tú te fías de mí?”.

Comentemos el segundo gesto: Cuando entramos en nuestro corazón, encontramos cosas que no están bien, como Jesús encontró en el Templo esa suciedad del comercio de los vendedores. También dentro de nosotros hay suciedad, hay pecados de egoísmo, de orgullo, de codicia, de envidias, de celos… ¡tantos pecados!

Podemos incluso continuar el diálogo con Jesús: “Jesús, ¿tú te fías de mí? Yo quiero que tú te fíes de mí. Entonces te abro la puerta y tú limpia mi alma”. 

Y pedir al Señor que, así como limpió el Templo, venga a limpiar mi alma. Pero quizás imaginamos que Él viene con un látigo de cuerdas… No, con eso Jesús no limpia el alma. ¿Vosotros sabéis cuál es el látigo de Jesús para limpiar el alma? La misericordia. Abrid el corazón a la misericordia de Jesús. Decid: “Jesús mira cuánta suciedad. Ven, limpia, limpia con tu misericordia, con tus palabras dulces; limpia con tus caricias”. Y si abrimos nuestro corazón a la misericordia de Jesús, para que limpie nuestro corazón, Jesús se fiará de nosotros.”

Y nos dejará limpios para entrar y celebrar en su templo la eucaristía.


domingo, 28 de febrero de 2021

DOMINGO II DE CUARESMA (B)


-Textos:

       -Gn 22, 1-2. 9ª. 10-13. 15-18

       -Sal 115, 10. 15-19

       -Ro 8, 31b-34

       -Mc 9, 22-10

Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y a Juan, subió aparte con ellos solos a un monte alto y se transfiguró delante de ellos”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Jesús subió a la montaña con tres de sus discípulos, hoy, por medio de la Iglesia, somos invitados todos nosotros a subir a la montaña. La montaña ha sido siempre, y es hoy también, un lugar privilegiado para el encuentro con Dios. La montaña es una metáfora de la Cuaresma. La cuaresma es un tiempo de gracia que nos prepara para la Pascua, allí, en Pascua, veremos la gloria del Señor, cómo entregó su vida por nosotros y cómo su Padre Dios lo resucita para que nosotros por la fe podamos alcanzar también la salvación y la vida eterna.

Subir una montaña supone ganas, ilusión de alcanzar la cumbre, y también esfuerzo y trabajo. La montaña de la cuaresma nos está pidiendo a todos nosotros ilusión de llegar a la pascua convertidos, renovados, y más decididos a seguir a Jesucristo. Pero, ¿estamos ya en marcha? ¿Estamos ya poniendo en práctica un plan de cuaresma, que no interrumpe las obligaciones diarias, pero sí me supone un esfuerzo y alguna práctica que se sale de lo ordinario, y me ayuda a mantener viva la esperanza de experimentar el gozo de la Pascua de 2021?

El evangelio dice que “Jesús se transfiguró ante ellos”; a nosotros es la Palabra de Dios la que nos ilumina y nos permite experimentar por la fe los frutos y las enseñanzas que se desprenden del misterio de la transfiguración del Señor.

Dice el prefacio de la misa de hoy: “Para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección”. La aplicación es clara: Es preciso vivir bien y seriamente la cuaresma, para experimentar toda la alegría y todos los frutos de gracia que nos ofrece la pascua.

Pero el evangelio de hoy todavía nos guarda el mensaje más importante: “Este es mi Hijo, el amado: ¡Escuchadle!

No es un cualquiera quien nos comunica este mensaje: Es la voz que sale de la nube de la divinidad, es la voz misma de Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo: “Este es mi Hijo, el amado: ¿Escuchadle!”: Creamos en Jesucristo, como creyó Abrahán, que creyó que Dios tenía poder de resucitar a los muertos (Heb 11, 16); amemos a Jesucristo con el amor que nos recomienda San Pablo en la epístola: “Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y… además intercede por nosotros”.

Puestos los ojos en Jesucristo, seremos capaces de afrontar todas las pruebas, contrariedades y sufrimientos que nos trae la vida y el esfuerzo sincero de cumplir la voluntad de Dios.

Y, por supuesto, poner los ojos en Jesús, nos permite llevar un plan de vida de cuaresma que nos dispone para una pascua renovadora que tanto necesitamos.


domingo, 21 de febrero de 2021

DOMINGO I DE CUARESMA (B)

-Textos:

       -Gen 9, 8-15

       -Sal 24, 4-5a. 6. 7cd. 8-9

       -1 Pe 3, 18-22

       -Mc 1, 12-15

Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Se ha cumplido el tiempo, ha llegado la cuaresma. La pandemia y sus penosas consecuencias atraen toda la atención y desplazan cualquier otro pensamiento. Pero, gracias a Dios, no somos solo cuerpo y materia, tenemos un espíritu abierto siempre a la posibilidad de crecer, de superarnos, de mejorar nuestras condiciones de vida física, espiritual y social. Y nosotros, además, hemos tenido la gracia de la fe.

Hoy, para nosotros cristianos, comienza un tiempo muy especial, la cuaresma. Volvamos nuestra atención a las palabras finales del evangelio: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio”.

La pandemia no puede obsesionarnos y cerrarnos a otras posibilidades como es la llamada de Dios para atender la voz de nuestra conciencia, cómo van nuestras relaciones con Dios y con el prójimo.

La cuaresma es una oportunidad, un tiempo de gracia. Dios tiene prevista una gracia particular y específica para cada uno de nosotros, en estos cuarenta días hasta la Pascua. No desperdiciemos esta gracia. “Si hoy escucháis la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón”.

¿Qué podemos hacer?

Lo que tenemos que hacer en todo momento los cristianos: poner los ojos en Jesucristo. Nuestro Señor Jesucristo se encuentra en un momento decisivo de su vida. En el momento de su bautismo en el Jordán su Padre Dios le ha enviado a salir a la vida pública y a predicar el evangelio; después él ha tenido la noticia de que su predecesor, Juan el Bautista, ha sido apresado y muerto por Herodes. Jesús sabe que la misión que va a empezar tiene muchos riesgos. Jesús, no duda, pero piensa y escucha la voz de Dios; y primero de todo, va al desierto, llevado del Espíritu Santo.

Jesús sabía que en el desierto el Padre Dios hablaba al corazón palabras de amor y de consuelo; sabía que también probaba a sus elegidos para saber qué había en sus corazones. Y Jesús, antes de lanzarse a la gran misión de anunciar el Reino de Dios, va al desierto.

El desierto ofrece muchas posibilidades: Vida austera, oración, mirada hacia el interior de sí mismo, liberar el corazón de miedos, de apegos y dependencias, y así disponer el espíritu para escuchar la voz de Dios y llevarla a la práctica. Jesús, en este momento crucial de su vida, fue al desierto y estuvo cuarenta días.

Queridas hermanas y queridos hermanos todos: Vida austera, silencio, oración y reflexión. La pandemia nos preocupa, nos está condicionando todos los aspectos de nuestra vida; los medios de comunicación anuncian mucho más problemas que buenas noticias.

La Iglesia hoy nos invita a una experiencia espiritual y de fe, que promete ser una experiencia enormemente saludable y benéfica para nuestro espíritu y para nuestra vida en general. Y quizás un experiencia absolutamente necesaria para rectificar y corregir conductas que Dios no aprueba, y que hacen daño a nuestros prójimos.

Hagamos un plan para esta cuaresma. Dios nos promete una gracia especial, es una oportunidad para nuestra alma.

Entremos en la cuaresma. Y ahora vengamos a la eucaristía; que Jesús nos dé fuerzas para llevar a efecto estas propuestas que nos hace.


domingo, 14 de febrero de 2021

DOMINGO VI T.O. (B) CAMPAÑA CONTRA EL HOMBRE - MANOS UNIDAS

-Textos:

       -Lev 13, 1-2. 44-46

       -Sal 31, 1b-2. 5. 11

       -1Co 10, 31-11,1

       -Mc 1, 40-45

Compadecido, extendió la mano y lo tocó”. “Contagiar solidaridad para acabar con el hambre”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy, junto a la frase evangélica, que muestra el tema central de la homilía, hemos puesto otra frase de la “Campaña de Manos Unidas”, que no es literalmente evangélica, pero que señala el punto donde debemos aplicar el mensaje de Jesús.

Observemos con detalle el comportamiento de Jesús, nuestro Señor, con este hombre, que es una persona, que padece una enfermedad contagiosa, la lepra.

Actualmente nosotros podemos entender mejor, a causa de la pandemia que nos azota, la situación lastimosa y trágica que este hombre leproso está soportando, en aquellos tiempos.

En aquel entonces, la primera y única medida para evitar el contagio de la lepra, -enfermedad entonces infecciosa e incurable-, era establecer distancia frente al enfermo que la padecía. Para eso obligaban al leproso a vivir alejado de la gente, y él mismo tenía obligación de avisar y dar voces, para que las gentes advirtiesen que estaban cerca y huyeran de él. Por supuesto, otra medida era que, si alguien tocaba al leproso, quedaba declarado impuro como el mismo leproso.

En estas circunstancias, un leproso, faltando a las normas, se acerca a Jesús. Jesús ¿Cómo reacciona? ¿Lo despacha? ¿Huye de él, como estaba mandado? Ya habéis escuchado: Jesús siente compasión, -compadecido, dice el texto- y, lejos de establecer distancia, extendió la mano, ¡extendió la mano! y ¡lo tocó! Lo tocó contraviniendo las normas legales.

En ese momento, Jesús ante una persona tan marginada, enferma y menospreciada, antepuso la persona a la ley; como si le quisiera decir al enfermo: -“Tú, hermano, para mí, por más que tengas esa enfermedad, eres más que tu enfermedad, eres un ser humano, eres una criatura de Dios, imagen y semejanza de mi Padre Dios. Con el trato que le da, Jesús, antes de curarle la enfermedad, le devuelve la dignidad. Y por supuesto, luego lo cura.

Y no por legalismo, sino por conveniencia de seguridad para el mismo que acaba de ser sanado, y para las personas que van a encontrarse con él, le manda a que le den el certificado de que ya no es persona contagiosa.

Todo esto nos dice la palabra de Dios en este domingo de la Campaña contra el hambre en el mundo. La campaña nos lanza el mensaje: “Contagia solidaridad para acabar con el hambre en el mundo”. Todos entendemos que hay contagios y contagios; contagios que hay que evitar a toda costa y contagios que a toda costa hay que procurar.

Agradecemos a “Manos Unidas” que en esta sociedad nuestra, en la que el individualismos se deja ver más que la solidaridad, nos invite a contagiarnos, sí, a contagiarnos de solidaridad, ante una epidemia, la del hambre en el mundo, tan perniciosa como la covid-19.

El papa Francisco abre el camino a la llamada de “Manos unidas”, cuando en la “Fratelli tutti” nos dice: “El bien común sólo lo construiremos al sentir al otro tan importante como nosotros mismos”.

Y ciertamente, en la eucaristía vemos palpablemente que Jesucristo a todos nos considera sumamente importantes, como diremos en el prefacio de esta misa: “Con este sacramento alimentas y santificas a tus fieles, para que una misma fe ilumine y un mismo amor congregue a todos los hombres que habitan un mismo mundo”.- Así sea.


domingo, 7 de febrero de 2021

DOMINGO V T.O.(B)

-Textos:

       -Job 7, 1-4. 6-7

       -Sal 146, 1b-6

       -1 Co 9, 16-19. 22-23

       -Mc 1, 29-39

Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús curando a una mujer enferma, a la suegra de Simón Pedro, su amigo y discípulo incondicional.

En la primera lectura hemos escuchado los lamentos de Job, un hombre, hasta ese momento rico, poderoso y feliz, que de repente se ve pobre, enfermo, atacado por la lepra, y desposeído de todos sus bienes. “Corren mis días más que una lanzadera, se van consumiendo faltos de esperanza”.

Nosotros, lo que hemos venido a esta eucaristía dominical, no nos encontramos envueltos en una pandemia, que si no nos ha atacado ya personalmente debilitando nuestra salud, sí nos tiene apesadumbrados por las nuevas situaciones molestas, y a veces dolorosas y trágicas, a las que nos está sometiendo en todos los órdenes de vida, especialmente en las relaciones personales.

Jesús venía de la sinagoga de predicar el evangelio, expulsar demonios y curar enfermos, entra en casa de su amigo y discípulo, Simón Pedro, y encuentra a la suegra de éste enferma y postrada en la cama.

Pongamos atención en los detalles, cómo actúa Jesús ante esta situación inesperada: Se acerca, se acerca a la enferma; y no sólo se acerca, la toma de la mano, la toca, (ahora, con la historia de la distancia social, apreciamos mejor todo lo que significa tocar y apretar la mano), y la levanta. El evangelista Marcos para contarnos que le ayuda a ponerse en pie, emplea el verbo levantar, que significa también resucitar: la levanta, la resucita, la devuelve a la vida.

Nos vamos a quedar aquí, sin más, mirando a Jesús, cómo trata a la enferma, qué hace para sanarla: cercanía, amistad entrañable, tenderle la mano y ayudarla.

Y después, vamos a traer a nuestro pensamiento, lo que tenemos a nuestro alrededor a causa de la perniciosa pandemia, y de otras circunstancias igualmente penosas: ¿Qué podemos hacer? ¿Qué estamos haciendo?

En estas circunstancias difíciles, y para muchos angustiosas, somos testigos de gestos de personas e instituciones muy en la línea de nuestro Señor Jesucristo: Sanitarios, ayudantes de sanitarios, científicos de laboratorios, autoridades públicas actuando lo mejor que saben y pueden, voluntarios arriesgados y generosos…, y la sociedad que en general se esfuerza por actuar responsablemente cumpliendo las normas.

¿Pero que pasa dentro de cada uno de nosotros, en nuestros pensamientos, en nuestro estado de ánimo, en los interrogantes que nos asaltan? Porque muchos se interrogan, nosotros mismos damos opiniones…

Dos gestos de Jesús podemos anotar desde lo escuchado en el evangelio de hoy:

En medio de toda la actividad de Jesús, de los amigos que le piden ayuda, de la gente que lo busca, Jesús saca tiempo, deja todo y se retira a orar. Cuenta con Dios, su Padre.

Nosotros contamos con los científicos y con los sanitarios, lloramos y exigimos, pero ¿Invocamos a Dios? En Dios vivimos, nos movemos y existimos, Él es Dios de vivos, y no de muertos, dice Jesús mismo. Él sostiene el esfuerzo de los sanitarios, alienta la inteligencia de los científicos, y la libertad y responsabilidad de cada uno de nosotros, ¿contamos con él? Pedimos su ayuda?

Y, un segundo gesto, tomado del ejemplo de Jesús: implicación personal y ayuda, imaginación para encontrar las maneras de demostrar amor real y voluntad de presencia, calor humano. Y supuesto que no se nos permite el abrazo ni el apretón de manos, podemos suplir la cercanía con la responsabilidad. Desde Dios y desde Jesús, en estas circunstancias, amor quiere decir responsabilidad.

domingo, 31 de enero de 2021

DOMINGO IV T.O. (B) (JORNADA DE LA VIDA CONSAGRADA)

-Textos:

       -Dt 18, 15-20

       -Sal 94, 1-2. 6-9

       -1 Co 7, 32-35

       -Mc 1, 21b-28

Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y le obedecen”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy, en el evangelio vemos a Jesucristo mostrando una autoridad soberana, expulsa a un espíritu inmundo, que no tiene más remedio que obedecerle. Jesucristo puede más que el demonio, Jesucristo libera al hombre víctima del poder del mal.

Jesucristo es el Profeta verdadero y prometido, comienza enseñando la verdad del evangelio y avala sus palabras con los hechos mostrándose liberador de los demonios y de los poderes que provocan a la humanidad dolor desgracia y muerte.

La gente sencilla exclama con admiración y alborozo: “¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y le obedece”. En el fondo la gente está diciendo: “Este es el profeta que tenía que venir al mundo, es el Mesías prometido, es el Salvador del mundo”.

Queridos hermanos: Esta confesión de fe de aquella gente que veía y oía a Jesús es una buena noticia para nosotros hoy: El dolor, la desgracia, el pecado, la injusticia y la muerte no tienen la última palabra. La última palabra la tiene Jesucristo, el Profeta que ha venido a este mundo, el Salvador, que ha dado la vida por nosotros, y que ha resucitado.

Jesucristo vence al mal, al pecado y a la muerte, y nosotros, si creemos en Jesucristo, podemos vencer al mal, al pecado y a la muerte; y todo hombre y mujer de buena voluntad que sigue los valores del evangelio, puede vencer los malos sentimientos del corazón y vivir desde el amor, la generosidad la compasión, la justicia y la paz. Unos valores nuevos, para un mundo nuevo.

Pero advirtamos una cosa: Nosotros por el bautismo también somos profetas, partícipes del poder de Jesús para curar enfermedades y expulsar demonios que arrastran al pecado, al engaño, al dolor y a la muerte. Profetas por ejemplo ante el desafío de la pandemia, ante la situación de las personas ancianas, enfermas o solas, de las penalidades de los emigrantes y los refugiados… Sí, por el bautismo somos partícipes de la vocación profética de Jesús, si somos coherentes con nuestro bautismo, estamos llamados a socorrer todo estos males y sufrimientos.

Y una nota final: Hoy, la Iglesia española celebra la XXV Jornada de la Vida Consagrada: Hombres y mujeres bautizados: monjes y monjas, religiosos y religiosas, personas seglares, que creen en Jesús y que han sentido una llamada a seguirle de manera especial con los votos de castidad, pobreza y obediencia, y a practicar la vida de comunidad y la fraternidad. Ellos y ellas son profetas, son testimonio vivo de que la fe en Jesucristo da fuerza para vivir según el Espíritu de Jesús y para construir un mundo desde otra lógica y otros valores, un mundo que se regula por el amor y la libertad, la justicia, el respeto a las personas y el amparo de los más débiles. ¡Qué labor y qué testimonio tan beneficioso para la Iglesia y para el mundo.

Pidamos por las vocaciones a la vida consagrada. Nosotros que estamos aquí, pidamos especialmente por esta comunidad benedictina que nos acoge y nos invita cada domingo a la eucaristía.

domingo, 24 de enero de 2021

DOMINGO III T.O. (B)

-Textos:

-Jon 3, 1-5. 10

-Sal 24, 4-5a. 6. 7cd. 8-9

-1Co 7, 9-31

-Mc 1, 14-20

Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el evangelio”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Estamos ante una oportunidad única y sumamente beneficiosa. San Pablo en la segunda lectura nos lo dice con tonos impactantes: “El momento es apremiante… la representación de este mundo se termina”; dicho de otra manera: la vida es breve, el mundo se acaba.

No sé si vivimos bajo esta sensación. Mucha gente, al menos, vive como si estuviéramos en este mundo para siempre.

Sin embargo, las experiencia diaria es que no podemos controlar la vida. La experiencia de la pandemia que nos ha sobrevenido, la tormenta de nieve y la lamentable explosión de gas en una casa parroquial en Madrid, son acontecimientos que nos muestran palpablemente que no podemos controlar del todo, ni mucho menos, nuestra vida, nuestro futuro.

Confiamos en la sabiduría de los científicos, en la generosidad de los médicos y sanitarios, en la capacidad de la ciencia y la técnica para ir solucionando los imprevistos… Y ahí nos paramos, pero al final la vida se acaba, “la representación de este mundo se termina” para cada uno. No estamos asentados en este mundo para siempre, estamos de paso, en camino.

En vez de intentar no pensar en que la vida se acaba, haremos bien en confiar en Dios y pedirle, para que los científicos tengan acierto en sus experimentos, para que los médicos y sanitarios no se cansen en el esfuerzo enorme a que están sometidos, para que la ciudadanía sea responsable ante Dios y ante el prójimo, y colabore para que cese la pandemia.

Jesús hoy nos dice y grita: “El Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el evangelio”.

Convertirse quiere decir creer en Jesucristo, aceptar el Reino de Dios y trabajar por él. Él nos dice en san Lucas: “El Espíritu de Señor está sobre mí, él me ha enviado a evangelizar a los pobres…”; Él nos habla de un camino y de una meta, la vida eterna: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas… Cuando vaya y os prepare lugar, volveré y os llevaré conmigo”. Todo esto entra en el proyecto del Reino.

Y ante este proyecto Jesús, hoy nos hace una invitación muy concreta: “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres”.

A vosotras hermanas contemplativas, a vosotros seglares adultos, a vosotros y vosotras, jóvenes, a mí mismo, nos dice: “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres”. Rezad y trabajar por la unión de los cristianos, transmitid la fe a las generaciones jóvenes, luchad por encontrar solución para la pandemia, trabajo para los desempleados, hogar para los emigrantes; dad testimonio de vuestra fe y atended a los enfermos, a los ancianos y a las personas solas. ¡Hay tantos problemas y tanta necesidad! Vosotros que estáis en camino y sabéis que nos espera una vida eterna y feliz con Dios, “Venid conmigo… El momento es apremiante… la representación de este mundo, pasa”; trabajad por una tierra nueva y un mundo nuevo.


domingo, 17 de enero de 2021

DOMINGO II T.O. (B)

-Textos:

       -Sam 3, 3b-10.19

       -Sal 39, 2-4ab. 7-10

       -1 Co 6, 13c-15a. 17-20

       -Jn 1,35-42

Habla, (Señor) que tu siervo escucha”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Dios nos crea y nos recrea. “Nos creó, porque nos amó” dice incisiva y sobriamente San Agustín. Dios pensó en nosotros, pronunció nuestro nombre, y valiéndose de nuestros padres, nos trajo a la vida. Una palabra de amor, la palabra de Dios nos trajo a la existencia. Y otra palabra de Dios nos hizo cristianos. Dios nos amó y en el bautismo, a través de la comunidad cristiana y de la familia, nos llamó, pronunció nuestro nombre (Ángel, Isabel, Carmen, María), y nos hizo hijos suyos, hijos de Dios en su Hijo Jesucristo.

¡Cuánto ánimo, cuánta alegría, cuantas ganas de vivir y de luchar nos vienen, cuando encontramos a nuestro alrededor personas que nos conocen, nos aprecian, nos aman, y nos llaman y cuentan con nosotros! ¡Qué penosa y triste la vida de aquellas personas, a las que nadie les llama y nadie cuenta con ellas!

Nosotros sabemos gracias a la fe que Dios nos ama, nos llama y cuenta con nosotros. Dios nos habla continuamente, Dios habla siempre. En la medida que escuchamos la Palabra de Dios y crecemos en la fe, descubrimos a Dios en toda circunstancia de nuestra vida. Dios nos habla a través de los consejos de las personas que nos conocen y nos quieren, Dios habla también en los momentos de dolor, de desgracia, o de apuro y desconcierto.

Pero, para descubrir y entender que Dios nos habla, es preciso que alguien que tiene fe y tiene experiencia de Dios nos inicie, nos enseñe y nos ayude a interpretar el lenguaje, el idioma, de Dios.

Samuel no acertaba a descubrir que Dios le hablaba, hasta que Elí le dijo: “Cuando oigas la voz di: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

Jesús pasaba”, pero tuvo que ser Juan el Bautista quien dijera a sus propios discípulos: “Este es el Cordero de Dios”. Y ¡qué gran favor les hizo el Bautista! Entraron en un diálogo con Jesús envidiable: “¿Qué buscáis? –Maestro, ¿Dónde vives? –Venid y veréis”. Y salieron llenos de entusiasmo y diciendo. ¡Hemos encontrado al Mesías!

Hermanos: Todos hemos aprendido a hablar escuchando a los mayores que ya sabían hablar. Para que los niños y las generaciones jóvenes descubran que Dios habla continuamente y en toda circunstancia de nuestra vida, para que despierten a la fe, es preciso que los que ya tenemos la gracia de creer nos tomemos el cuidado de enseñar a escuchar a Dios en todo, a descubrir que Dios nos quiere, está con nosotros y nos llama continuamente, porque para él somos importantes, y quiere contar con nosotros.

Nos lamentamos de muchos jóvenes y no tan jóvenes que no sienten interés alguno por la fe cristiana, pero pensemos primero si nosotros tenemos experiencia viva, alegre y palpitante de Dios que nos habla, de Jesucristo que nos sale al encuentro y nos llama. ¿Sabemos y experimentamos a Dios en todos los acontecimientos de nuestra vida?

¡Qué pantalla de mensajes tan preciosos nos ofrecen las lecturas de la palabra de Dios hoy!: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”, “¡Hemos encontrado al Mesías, Cristo!”; “Aquí estoy, Señor, porque me has llamado”; “Maestro, ¿Dónde vives?”.

Y Jesús nos responde: “Aquí, en la eucaristía, para ti y para todos.