domingo, 1 de agosto de 2021

DOMINGO XVIII T.O. (B)

-Textos:

            -Éx 16, 2-4. 12-15

            -Sal 77, 3. 4bc. 23.15. 54

            -Ef 4, 17. 20-24

            -Jn 6, 24-35

 “Me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros”.

Hoy, domingo, 1 de agosto, mes especial para  vacaciones. A pesar de la pandemia, son muchos, aunque no somos todos, los que estarán pensando en salir de vacaciones, si no es que ya las están disfrutando. Todos merecemos un descanso para reparar el desgaste del trabajo cotidiano y la pesantez de la rutina de la vida diaria.

Las vacaciones son un bien para la salud, un derecho laboral conquistado, y también un exponente de la sociedad del bienestar.

El bienestar material es para muchos la meta más alta a la que se puede llegar, el ideal supremo de la vida. Lo importante es vivir bien: tranquilidad, seguridad, salud, amor, y gozar de buena imagen ante los demás. En esto consiste la felicidad, no hay más.

Pero sucede que estos bienes: seguridad, salud, dinero y otros, que son bienes legítimos y necesarios, son bienes limitados y caducos. No logran hacernos plenamente felices, y nos vamos de este mundo, insatisfechos. “Me buscáis porque comisteis pan hasta saciaros”. ¿Basta con afanarnos por alcanzar el bienestar material?

Nos conviene entrar dentro de nosotros mismos, hacer silencio y dejar caer preguntas como: ¿Quién soy yo? ¿A dónde voy? Puede ser que entonces descubra que en el fondo, fondo, mi vocación es amar y ser amado, y que estoy hecho para una felicidad plena, absoluta y eterna. Soy un ser para la eternidad. Y si no alcanzo esa vocación ultima, mi vida queda frustrada.

Aquí viene el mensaje de Jesús en el evangelio de hoy, parece casi un reproche: “Me buscáis porque comisteis pan hasta saciaros”.

Pero Jesús, como siempre, no se queda en reproches, sino que nos propone un camino y nos ofrece una respuesta. Recojamos dos mensajes suyos en el evangelio de hoy. El primero, a la pregunta de la gente: “¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?” Jesús responde: “Esta es la obra de Dios: que creáis  en el que él ha enviado”.  Creer en Jesús; Jesús es el camino para la plena felicidad del hombre.

El segundo mensaje lo encontramos al final del evangelio: “Yo soy el pan de vida, el que viene a mí, no  tendrá hambre, el que  cree en mí no tendrá jamás sed”.

Jesucristo sacia el hambre de amor infinito, y  la sed de felicidad absoluta que sentimos, porque “él  es el pan de Dios que baja del cielo y da la vida al mundo”.

En la eucaristía vamos asimilando este pan de Dios que da la vida eterna.

 

domingo, 25 de julio de 2021

FESTIVIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL

-Textos:

            -Hch 4, 33; 5,12. 27-33; 12,2

            -Sal 66, 2-3. 5. 7-8

            -2 Co 4, 7-15

            -Mt 20, 20-28

“El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para  servir y dar la vida”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Dos temas distintos quiero comentar en esta homilía:

Hoy celebramos la fiesta solemne del apóstol Santiago; mañana, fiesta de san Joaquín y santa Ana, celebraremos la primera “Jornada mundial de los abuelos y personas mayores”.

Santiago, patrón de España: Una antigua tradición nos dice que, los apóstoles, después de escuchar a Jesús en su ascensión a los cielos aquellas palabras: “Id al mundo entero”, partieron a anunciar a Cristo Resucitado por todas partes.

En este envío Santiago llega hasta los confines del mundo conocido, es decir hasta el “Finisterrae” de  nuestra España romana.

La predicación de Santiago fue el germen de la fe en Jesucristo en nuestra tierra. Una fe cimentada en la tradición apostólica, y que se ha transmitido de generación en generación hasta nuestros días.

Es una fiesta que nos invita, en primer lugar, a dar gracias a Dios por el don de la fe que hemos recibido; nos invita también a ser evangelizadores valientes en este mundo difícil y paganizado, dando testimonios de hacer la voluntad de Dios por encima de todo; porque hay que “obedecer a Dios antes que a los hombres”, que hemos escuchado en la primera lectura.

Y, ahora, permitidme hablar de la “Jornada mundial de los abuelos y personas mayores”: La ha promovido nuestro papa Francisco, dándole un carácter mundial, para toda la Iglesia.

La fecha nos es exactamente el día 25, sino mañana, día 26, fiesta de san Joaquín y santa Ana, padres, según la tradición, de la Virgen María, y abuelos de Jesucristo. Por esta razón el papa ha escogido esta fiesta de los abuelos de Jesús, para celebrar esta Jornada.

El papa Francisco  quiere  concienciar a los cristianos de todo el mundo, a que seamos como ángeles enviados de Dios para decir a los ancianos y ancianas, a todos los mayores, que no están solos, que su vida cuenta en esta sociedad, que su fragilidad o su debilidad es digna de ser respetada, amada, bendecida por Dios, y fuente de santidad. Y decirles que la Iglesia cuenta con los mayores de edad en la tarea de extender por todo el mundo el Reino de Dios.

En  su mensaje dice el papa: “No hay edad a la que puedas jubilarte de anunciar el evangelio” “Los mayores tenéis la vocación de custodiar las raíces, anunciar el Evangelio y cuidar a los pequeños. ¡No lo olvidéis!”

Queridos hermanos y hermanas: En medio de una cultura, que dicen del descarte, en un mundo utilitarista, en el que aquel que no rinde y solo da gastos y quehacer, no cuenta”, el lema elegido para la jornada es la frase de Jesús: “Estoy contigo todos los días”. Es decir: Acogida, cercanía, contar con las personas mayores, valorarlas como necesarias en esta sociedad. Así estamos con ellas todos los días.

Que Santiago, san Joaquín y santa Ana, nos concedan la gracia, y nos impulsen a todos a Implantar la cultura del amor, el respeto y la ternura, en donde los mayores seamos considerados como necesarios y portadores de una misión en este mundo de hoy.

domingo, 18 de julio de 2021

DOMINGO XVI T.O.

Esquema de homilía

-Textos:

            -Jer 23, 1-6

            -Sal 22, 1b-6

            -Ef 2, 13-18

            -Mc 6, 30-34

 “Venid vosotros a solas a un lugar desierto a descansar un poco”

 

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Jesús invita a los suyos al retiro y al descanso. Es humano y comprensivo.

            -En cierto sentido, Jesús bendice un tiempo para vacaciones.

            -Muchos no se pueden permitir unas vacaciones.

            -Pero  este tiempo hemos de pasarlo con él.

            -En la playa o en el monte, o en casa.

            -Oración de cada día, sobre todo, eucaristía dominical.

            -Tiempo especial para el retiro espiritual: ejercicios, soledad, reflexión…

Tiempo para descubrir la vocación misionera y apostólica esencial de mi vocación cristiana.

Para retomar fuerzas para la vida  diaria al volver a casa. Pero fuerzas para retomar el temple militante en una sociedad cada día más secularizada.

            -En la propia familia, en el trabajo, en las relaciones sociales.

            -Ante las necesidades ajenas, con motivo de la pandemia.

            -Participando en asociaciones católicas para ser más eficaces.

“Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas”.

 

domingo, 11 de julio de 2021

DOMINGO XV: FESTIVIDAD DE SAN BENITO

-Textos:

            -Prov 2, 1-9

            -Sal 33, 2-11

            -Ef 4, 1-6

            -Mt 5, 1-12

 Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy, domingo, es también la fiesta de San Benito, Padre de las benedictinas y benedictinos y Patrono de Europa. Al hallarnos en un monasterio benedictino, prevalece la importancia de la fiesta de San Benito, sobre en la celebración del domingo, día del Señor.

Leo literalmente lo que el misal  dice como introducción a esta fiesta:

“Celebramos hoy la fiesta de San Benito, abad, patrono de Europa, que nació en Nursia (Italia), abrazó la vida eremítica en la región de Subiaco, donde pronto se vio rodeado de muchos discípulos.

Pasado un tiempo se trasladó a Casino, donde fundó el célebre monasterio y escribió una Regla, que se propagó de tal modo por todas partes, que por ella ha merecido ser llamado “Patriarca de los monjes de Occidente”. Murió, según la tradición el 21 de Marzo del año 547.

El papa Pablo VI lo proclamó Patrono de Europa, teniendo en cuenta que los monjes benedictinos, durante siglos, llevaron a cabo la silenciosa  y paciente tarea de la evangelización de los pueblos bárbaros, que en su día se asentaron en  la Europa Occidental.

Con el evangelio, supieron llevarles   también la cultura  en todas sus dimensiones: desde el cultivo del campo, la agricultura, hasta las letras escuelas y universidades, y la convivencia ciudadana, es decir, una comunión de pensamiento y de valores morales.

Permitidme ahora una breve consideración sacada de las lecturas de la misa que estamos celebrando:

Hemos escuchado en la primera lectura: “Hijo mío, si prestas oído a la sabiduría…”. La sabiduría es el arte de saber vivir, de vivir bien con Dios y con el prójimo.

¿Y qué podemos hacer para vivir bien y según Dios? San Pablo, en la segunda lectura nos propone: “Os ruego que andéis como  pide la vocación a la que habéis sido convocados: Sed siempre humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor.

Y para poder cumplir un programa tan hermoso y tan convincente, San Pablo nos recuerda que todos los que creemos en Jesús y hemos recibido la vocación bautismal formamos un solo Cuerpo, tenemos un mismo Espíritu y participamos de una misma esperanza. Dice literalmente: “Un Señor, una fe, y un bautismo. Un Dios, Padre de todos, que está sobre todos, actúa por medio de todos y está en todos”.

Este es el espíritu, la filosofía y la manera de entender la vida que han propagado y vienen propagando los benedictinos y las benedictinas por toda Europa y por el mundo entero.

Agradezcamos su testimonio, roguemos por ellos, especialmente por esta comunidad que nos acoge, y pongamos en práctica sus enseñanzas.

 

domingo, 4 de julio de 2021

DOMINGO XIV T. O. (B)

-Textos:

            -Ez 2, 2-5

            -Sal 122, 1b-4

            -2 Co 12, 7b-10

            -Mc 6, 1-6

Y se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando”.

Todos nos sentimos ya envueltos en el ambiente del verano.

Este tiempo y las vacaciones posibles más o menos largas, nos hacen pensar y hablar de viajar, hacer visitas y participar en encuentros. En una palabra un ambiente propicio para multiplicar nuestras relaciones personales.

El evangelio nos dice que Jesús fue a Nazaret, donde había pasado su infancia y su juventud.

Jesús había comenzado una nueva vida, ya no era el carpintero o instalador que había sido, ahora ya llevaba un tiempo anunciando el Reino de Dios, según la voluntad de su Padre.

 Pero sus paisanos no está preparados ni dispuestos a creer que Jesús, hijo de María y José, artesano de mantenimiento pudiera ser, nada más  ni nada menos que el Mesías prometido y enviado por Dios para salvar a Israel. “Y se escandalizaban de él”.

Y Jesús, entre los suyos, no pudo hacer milagros ni anunciar el Reino de Dios. Jesús se quedó sorprendido de la falta de fe de los de su pueblo. En el fondo se quedó decepcionado. Pero por eso no le impidió seguir adelante en su misión. Y ante los suyos hablo con sinceridad, con claridad y con verdad.

Una enseñanza y un propósito sencillo podemos sacar de este suceso vivido por Jesús siempre y con todos, en invierno y en verano, sencillos, sinceros y verdaderos. En cualquier tema  que se presenta,  también en el tema religioso.

Es cierto que el tema de nuestras convicciones religiosas es muy personal e íntimo, pero también tiene unas manifestaciones públicas y externas, que no debemos ocultar, ni dejar de practicarlas. Con la misma libertad que otros dicen no creer o haber abandonado sus prácticas religiosas, y que incluso dan razones para justificar su increencia, nosotros podemos con buenas maneras declarar que somos creyentes, y decir con respeto pero con claridad nuestra manera de pensar y de vivir la fe que tenemos, y los criterios de moral que tratamos de practicar.

La fe y la moral cristiana son algo muy personal, pero en muchas ocasiones puede ser con todo derecho manifestaciones libres y públicas. Y expresarlas con libertad y respeto a los demás es una misión y una responsabilidad que tenemos como cristianos.

Jesús fue muy libre entre sus paisanos y, aunque lo sintió mucho, no tuvo reparo en mostrarse como su Padre Dios, le había mandado.

 

domingo, 27 de junio de 2021

DOMINGO XIII T.O. (B)

-Textos:

            -Sab 1, 3-15; 2-23-24

            -Sal 29, 2. 4-6. 11-13b

            -2 Co 8, 7.9. 13-15

            -Mc 5, 21-43

 Dios no hizo la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos… Dios creó al hombre incorruptible”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Dios es un Dios de vivos y Dios es el creador de la vida, de toda la vida. Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza, y nos ha creado para la inmortalidad. Jesús se manifiesta hoy en el evangelio dando vida y salud, a una mujer con una enfermedad incurable y a una niña ya  muerta.

Y nosotros llegamos a la eucaristía bombardeados por las noticias de los periódicos que hablan de la eutanasia como proyecto a discutir por los políticos como derecho a quitarnos la vida o a que otros, criaturas humanas como nosotros, nos la puedan quitar.

Es un proyecto que solo se puede concebir en un contexto donde Dios no existe o no cuenta para nada. ¡A dónde está llegando esta sociedad!!!

Nosotros creemos en Dios, y creemos en Jesucristo, que ha dado la vida por amor a los hombres,  y ha vencido a la muerte,  ha  resucitado, y nos ofrece la posibilidad de participar de esa vida eterna que vence a la muerte.

Dios ni crea la muerte, ni se “goza” con la muerte. Dios crea la vida, está por la vida. Él mismo es la vida. Una vida que no se cierra en los límites terrenos sino que se abre a la vida eterna. Pasamos por la muerte natural, pero es un paso. Somos seres para la eternidad. Y en el proyecto de Dios está hacernos a cada uno partícipes de su vida divina, de su felicidad infinita.

Esta es nuestra fe, la fe que da sentido a nuestra vida, y puede dar sentido a la vida de todo ser humano.

Esta es la fe que nos permite enmarcar el dolor y la muerte natural  en una esperanza de vida inmortal y feliz con Dios.

En el evangelio vemos a Jesús curando y dando vida. Nosotros eso es lo que tenemos que ser en medio de esta sociedad desnortada: Acompañar, curar a los enfermos, luchar por la vida. Como lo hacen, gracias a Dios, tantos creyentes y no creyentes, que cumplen las palabras de Jesús: “Estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”.

Hermanas y hermanos: Jesús hoy pide en el evangelio que tengamos fe, para que  él haga el milagro. En medio de una sociedad que está siendo invadida por una cultura de la muerte, Jesús nos pide una fe firme y militante a favor de la cultura de la vida.

 Dios no hizo la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos… Dios creó al hombre incorruptible”.

Gritemos al mundo esta gran noticia.

 

 

domingo, 20 de junio de 2021

DOMINGO XII T.O. (B)


-Textos:

            -Job 38, 1. 8-11

            -Sal 106. 23-26. 28-31

            -2Co 5, 14-17

            -Mc 4, 35-41

 “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

¿No tenemos la impresión de que una fuerte tempestad azota a la Iglesia y que las olas rompen contra la barca  hasta casi llenarla de agua?

Los datos son muchos: muchos bautizados han dejado de venir a misa y cumplir el precepto dominical, muchos hijos de padres cristianos se desentiende de la fe que les han enseñado y dicen que ya no creen, parece que mucha gente ha perdido el sentido de lo sagrado, de la trascendencia; es claro que la presencia de la Iglesia y de la vida y las tradiciones cristianas no tienen la relevancia social que tenía hace pocos años…

Comprendemos muy bien el grito de los discípulos a Jesús: “¿No te importa que perezcamos?

Claro que a Jesús le importa nuestra fe y el rumbo de la Iglesia, pero está tranquilo, porque está seguro de que él es capaz de poner límites al mar  y calmar los huracanes y las tormentas.

“Se puso en pie, increpó al viento y dijo al mar: ¡Silencio, enmudece! El viento cesó y vino una gran calma”.

Queridos hermanos todos: contemplemos detenidamente a Jesús, escuchemos atentamente lo que dice; él está en la barca, en la Iglesia, en  medio de nosotros creyentes: Jesucristo calma los huracanes, domina las  tempestades. Miremos a Jesús, vengamos cerca de él, le oímos decir y hacer: ¡Silencio, enmudece! El viento cesó y vino una gran calma”.

Jesucristo murió víctima del pecado, de la mentira, de la injusticia, de la traición y del abandono de muchos, pero “el viento cesó y vino una gran calma”. Jesucristo resucitó, venció a la muerte y al pecado. Y como Señor del cielo y de la tierra, ahora está con nosotros, en la barca, en la Iglesia.

Y nos dice hoy a nosotros: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?

Conocemos todos aquel diálogo con Pedro: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

Hoy Jesús nos hace una llamada imperiosa, apremiante a creer en él: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe? A mayores dificultades, más fe; que nos sentimos minoría, más motivo para declararnos abiertamente cristianos; que sois jóvenes y os sentís solos en medio de un ambiente hostil y paganizado, más motivo para frecuentar a Jesús, escucharle y sentirlo cerca en medio de la tempestad, y oírle decir: ¡Silencio, enmudece!

Esta mañana, todos: jóvenes y mayores, seglares, vosotras contemplativas, yo indigno sacerdote, escuchemos a Jesús y aceptemos este suave reproche: “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?

Y vengamos a la eucaristía, al altar, hasta que en nuestro ánimo surja la admiración: “Pero ¿quién es este? ¡Hasta el viento y el mar le obedecen! 

domingo, 13 de junio de 2021

DOMINGO XI T.O.

-Textos:

            -Ez 17, 22-24

            -Sal 91.2-3. 13-16

            -2 Co 5, 6-10

            -Mc 4, 26-34

 “La semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

En los tiempos actuales, en la sociedad occidental en la que vivimos, estamos viendo que la Iglesia de Jesús parece que está perdiendo relevancia social, y también temple y vigor evangelizador. Los discípulos de Jesús, en aquel tiempo, también le decían a Jesús que el Reino de Dios que él predicaba no avanzaba como ellos se habían imaginado. 

Las lecturas de la misa de hoy, particularmente el evangelio, son palabras de esperanza, que fortalecen nuestro ánimo y nos curan de la desesperanza y el pesimismo.

Jesucristo dice a sus discípulos, y a todos nosotros, que Dios nuestro Padre ha sembrado en este mundo la semilla del Reino. Cierto que Dios cuenta con el hombre, con el sembrador, con nosotros. Pero es Dios quien da poder y vigor a la semilla. Y esta semilla germina vigorosa,  ella sola, sin saber nadie cómo; y crece y madura, y al final, llega a granar y da el fruto esperado.

Lo que resalta Jesús es la fuerza y la eficiencia de la semilla.

¿Qué nos enseña esta parábola?

A través de todos los vaivenes de la historia, de los progresos materiales y las catástrofes, de los momentos de paz y de guerra; por encima de la incredulidad, de los crímenes y pecados; a través de las obras buenas de los hombres buenos; el Reino de Dios, está creciendo. ¡Está creciendo! ¡Hoy, actualmente, está creciendo! Aunque sólo entre nieblas percibamos algunos signos.

 Y al final, el proyecto de Dios sobre el mundo, el Reino de Dios iniciado por Jesucristo, conseguirá el  objetivo de un cielo nuevo y una tierra nueva. Se cumplirán las bienaventuranzas, se vivirá el amor a Dios y al prójimo, viviremos como hermanos y gozaremos de una vida eterna y feliz con Dios. Tened confianza, “Creed en Dios y creed también en mí”.  “Yo he vencido  al mundo”.

No olvidemos que Jesús cuenta con el labrador que echa la semilla. Los labradores somos nosotros. Por eso, caben dos preguntas ante esta enseñanza de Jesús.  

Primera pregunta: ¿Pienso que la Iglesia actual va acabándose poco a poco? ¿O pienso que va a salir de esta situación más vigorosa y renovada?

Y una segunda, quizás más importante para nosotros: ¿La situación actual de la iglesia o de mi parroquia o de mi congregación me espolea y me empuja a reafirmar mi vida de fe, y a tomar parte más activa, más militante, para  dedicar tiempo y esfuerzo, por ejemplo, en los campos de la familia, de la educación cristiana, de la acción social, en una palabra, de la evangelización?

Y ahora, vengamos a la mesa de la eucaristía, y después salgamos a ver cómo maduran las mieses.

               

domingo, 6 de junio de 2021

DOMINGO DEL CUERPO Y DE LA SANGRE DE CRISTO

-Textos:

            -Ex 24, 3-8

            -Sal 115, 12-13. 15-18

            -Heb 9, 11-15

            -Mc 14, 12-16. 22-26

 “Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre de la alianza que es demarrada por muchos”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Domingo del “Corpus Christi”, del Cuerpo y de la Sangre del Señor, y “Día de la Caridad”.

El evangelio de Marcos, que acabamos de escuchar, destaca principalmente dos aspectos de la eucaristía: La eucaristía es una comida, una cena: “¿Dónde quieres  que vayamos a preparar la cena de Pascua?”, preguntan los discípulos a Jesús. Y, segundo, en la eucaristía Jesucristo está dándose, entregándose: “Esta es mi sangre de la alianza, que se derrama por muchos”.

Porque la eucaristía es comida pascual en torno a Jesús, la eucaristía crea comunidad, comunión y fraternidad. La eucaristía es exigencia de comunión y fraternidad. Lo dice de manera muy convincente San Pablo: “El  cáliz de bendición  que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? El pan es uno y así, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan”.

Y porque la eucaristía es presencia real de Cristo resucitado en acto de donación y entrega, la eucaristía genera en quienes participamos y comulgamos un dinamismo interior que nos impulsa a darnos y entregarnos a los demás. Sobre todo a los más necesitados. Es impensable y es pura contradicción comulgar con Cristo que da la vida por nosotros, y seguir nosotros cerrados en el individualismo, en el egocentrismo y en nuestra posición privilegiada.

Es fácil comprender por qué  la Iglesia española y la institución de Caritas han escogido esta fiesta del  “Corpus Christi” como Día de la Caridad. Día especialmente indicado para que los cristianos tomemos conciencia de que participar en la eucaristía implica el deber de contribuir de manera efectiva a ayudar al prójimo necesitado, que, debido a la pandemia o a otras circunstancias, vive en unas condiciones de vida que no corresponden a su dignidad humana.

En una Carta de presentación de la Jornada de Caritas, los obispos españoles nos preguntan: ¿Cómo vivir la eucaristía sin estar cerca de aquellos hermanos nuestros, pobres, hambrientos sedientos, perseguidos o encarcelados con quienes Cristo se identifica?

Recordamos todos aquellas palabras de S. Pablo a los Corintios: “Así, cuando os reunís en comunidad, eso nos es comer la Cena del Señor, pues cada uno se adelanta a comer su propia cena, y mientras uno pasa hambre el otro está borracho”.

Hoy, queridos hermanos, fiesta del Corpus Christi y Día de la Caridad, al adorar al Santísimo en la Eucaristía nos adentramos en un dinamismo de acción de gracias a Dios y de adoración por el milagro de la presencia real de Jesucristo humilde, cercano y accesible a nosotros. Pero también nos adentramos en la responsabilidad de ser coherentes con un amor solidario al hermano, sobre todo, al hermano pobre, indigente y marginado.

Comulgar con Jesucristo implica comulgar con todos por quienes Cristo ha dado la vida.

 

domingo, 30 de mayo de 2021

DOMINGO DE LA SANTISIMA TRINIDAD

-Textos:

            -Dt 4, 32-34. 39-40

            -Dan 32, 4-6. 9. 18-20. 22

            -Ro 8, 14-17

            -Mt 28, 16-20

 “Habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que  clamamos: “¡Abba, Padre!”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

En este domingo celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad, y la Jornada “Pro orantibus”, de la vida contemplativa.

Acercarnos al misterio de la Santísima Trinidad es acercarnos al corazón mismo de Dios.

No podemos  olvidar que fuimos bautizados en el “Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, y al invocar así el nombre de Dios sobre nosotros, recibimos la gracia y la vida de Dios, fuimos hechos hijos adoptivos de Dios como hemos escuchado en la segunda lectura. ¡Qué hermosa la costumbre de santiguarnos  frecuentemente con “el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Es entrar en nuestra casa, en nuestro hogar, en lo más íntimo de nuestro ser, de nuestra vocación. Es acercarnos a la lumbre que ilumina nuestra vida, y que da sentido a todo lo que debemos hacer y hacemos en nuestra vida.

La pena es que  muchos y muy a menudo olvidamos acudir a este hogar, donde Dios habita, donde somos habitados por Dios. Y quedamos perdidos y desorientados en la superficie, en la hojarasca de nuestra vida.

Pero unas hermanas y unos hermanos nuestros, miembros de nuestra Iglesia, creyentes y seguidores de Jesús vienen a nuestro encuentro  para ayudarnos a descubrir lo más esencial de nuestra identidad cristiana: Son los monjes y las monjas, los agraciados con la gracia de la vocación contemplativa.

Nuestro papa Francisco, tiene una definición preciosa de lo que es la vida  contemplativa, dice: “La vida consagrada es una historia de amor apasionado por el Señor y por la humanidad: en la vida contemplativa esta historia se despliega, día a día,  a través de la apasionada búsqueda  del rostro de Dios… A Cristo, Señor, “que nos amó primero” y “se entregó por nosotros”, vosotras, mujeres contemplativas respondéis con la ofrenda de toda vuestra vida, viviendo en Él y para Él”.

El lema de la Jornada de este año es muy acertado y oportuno, teniendo en cuenta la lamentable situación que estamos padeciendo a causa de la pandemia. Dice el lema: “La vida contemplativa, cerca de Dios y del dolor humano”. Hay una relación muy estrecha entre la sensibilidad para con Dios y la sensibilidad para con el dolor humano. Nuestro señor Arzobispo expone esta idea y nos ha dicho con motivo de esta Jornada: “Nuestros hermanos contemplativos sufren cuando el mundo sufre, porque su apartarse del mundo para buscar a Dios es una de las formas más bellas de acercarse al mundo a través de Dios”.

Sí, estas hermanas benedictinas, que nos acogen semanal o diariamente en la eucaristía, oran a Dios porque lo aman, y oran a Dios por nosotros, porque saben que nosotros, especialmente, los que sufren, estamos en el corazón de Dios.

Recordemos hoy a los monjes y monjas que viven en comunidad y en clausura, y a todos los contemplativos: y los vamos a recordar con admiración y gratitud. Pidamos que  Dios los custodie en su amor,  los bendiga con nuevas vocaciones, los aliente en la fidelidad cotidiana y les mantenga en la alegría de la fe.-

domingo, 23 de mayo de 2021

FIESTA DE PENTECOSTÉS

-Textos:

            -Hch 2, 1-11

            -Sal 103, 1ab. 24ac. 29b-31. 34

            -Ga 5, 16-25

            -Jn 15, 26-27; 16, 12-15

“Como el Padre me ha enviado, así os envío yo. Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu santo”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

¿Cómo se explica que habiendo una mayoría tan aplastante de personas bautizadas, el ambiente, las corrientes de opinión y de pensamiento sean tan paganos en nuestra sociedad?

Domingo de Pentecostés, cumbre y corona de la Pascua: Jesucristo, que ascendió triunfante a los cielos, envía a los suyos el Espíritu Santo prometido. La Iglesia animada por el Espíritu, comienza su andadura, su expansión y su misión. Es fiesta del Espíritu Santo, sí; pero es fiesta también de la Iglesia. El Espíritu santo, que es su alma,  le quita los miedos, la entusiasma y la impulsa a anunciar el evangelio.

Recojamos algunos mensajes que encontramos en las lecturas: El primero es el entusiasmo: “Quedaron llenos del espíritu santo y comenzaron a hablar lenguas extranjeras”. Los discípulos se sentían acobardados, estaban con las puertas cerradas. Pero irrumpe el Espíritu y comienzan a hablar con tal entusiasmo que algunos consideran que están bebidos. Pero, no, están llenos del Espíritu Santo. Recordemos que todos hemos recibido este mismo Espíritu en el bautismo y en la confirmación.

El evangelio recoge otro mensaje, el encargo misionero: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. El don, la asistencia y la fuerza del Espíritu son para la misión. Jesús, de forma expresa y solemne, da competencia y autoridad a sus seguidores para que anuncien el evangelio. Y lo sabemos muy bien, todos los bautizados hemos recibido este encargo.

Y aún debemos recoger un tercer mensaje: “A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados, a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. El perdón de los pecados es una expresión equivalente a la salvación que ofrece Dios a los hombres. La misericordia y el perdón  constituyen un juicio que la Iglesia está invitada a realizar, rechazando el pecado, denunciando todo lo que se opone a la voluntad de Dios, y recogiendo al pecador arrepentido que se fía de la palabra de Jesús.

Queridas hermanas y queridos hermanos, todos: somos seguidores de Jesús resucitado, somos bautizados, hemos recibido el Espíritu Santo en el bautismo; tenemos una misión, que a la vez es un don y una tarea apremiante: anunciar a todos que hay perdón para los pecados; anunciar el Evangelio de la misericordia; anunciar que el hombre de hoy, como el de todos los tiempos, se encuentra ante una opción decisiva: o aceptar o rechazar la salvación de Dios.

Nos preguntábamos al comienzo de la homilía: ¿Cómo se explica que habiendo una mayoría tan aplastante de personas bautizadas, el ambiente, las corrientes de opinión y de pensamiento sean tan paganos en nuestra sociedad?  Hoy, más que nunca son necesarios seglares cristianos presentes y activos en la sociedad, llenos de la fuerza del Espíritu Santo y conscientes de su competencia y de su tarea.

El Espíritu Santo, queridos hermanos, hace posible la eucaristía; en dos momentos  se le invoca, el primero antes de la consagración, el segundo después pidiéndole que transforme a la asamblea que participa en la eucaristía, que queda transformada en un solo Cuerpo místico con Cristo, en perfecta comunión de caridad y misión.


domingo, 16 de mayo de 2021

FIESTA DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR A LOS CIELOS

            -Hch 1, 1-11

            -Sal 46, 2-3. 6-9

            -Ef. 1, 17-23

            -Mc 16, 15-20

 

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Domingo fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos: Hoy es un día de alegría de victoria y de  esperanza. Los cielos y la tierra celebran el triunfo de Jesucristo.

 

Hoy nos conviene caer en la cuenta de unos de los artículos del credo: “Creo en Jesucristo que resucitó de entre los muertos y subió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre”. Jesucristo, que pasó por el mundo haciendo el bien, y murió como un malhechor, está ahora sentado a la derecha de Dios Padre, es decir, con igual poder y gloria que su Padre, porque es Señor, Hijo de Dios, Dios de Dios y luz de luz”.

 

Nosotros hemos creído en él, tratamos de seguirle, y ahí lo tenemos, coronado de aquella gloria divina que  mientras estuvo en el mundo, no tuvo reparo en ocultarla, y ahora ejerciendo como Juez de vivos y muertos, Señor y dador de vida. Porque no se ha ido para desentenderse de este mundo, sino que ha querido primero, como Cabeza, para que tengamos una esperanza bien fundada de que también nosotros podemos llegar a donde él ya ha llegado”.

 

En primer lugar, queridos hermanos, se dirigen a todos nosotros, a todos los bautizados, que creemos en Jesús y esperamos alcanzar sus promesas.

Jesús ha iniciado el Reino de Dios en el mundo, un Reino de paz, de justicia, de amor y de verdad. Amar a Dios sobre todas  las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, las bienaventuranzas, el perdón de las ofensas, luchar por un cielo nuevo y una tierra nueva, esperar un destino eterno y feliz.

 

Jesucristo, al subir a los cielos, no se ha olvidado de la tierra, ni de los hombres. Él  ha venido a traer “fuego a la tierra, y quiere que arda”, el fuego del amor de Dios.

 

Pero qué lejos estamos de alcanzar este proyecto. La sociedad, al menos nuestra sociedad, parece vivir solo de tejas a bajo: después de la muerte la nada, comamos y bebamos, que mañana moriremos. Y a los que no tienen para comer, que se conformen con migaja de lo que nos sobra. Y en este mundo así estamos muchos bautizados, pero, quizás, pocos cristianos de verdad. Desde el cielo, los ángeles hoy nos gritan: “¿Qué hacéis ahí, cristianos, mirando al cielo?”

 

Aquí estamos nosotros, para continuar  su misión: Ser testigos de una fe activa, militante y comprometida: transmisores de la fe a las generaciones jóvenes. Presentando una alternativa en valores, en modos de vida, totalmente distintos a los que se viven en ese mundo, que vive como si Dios nos existiera.

 

Hemos sido bautizados para ser enviados. No lo olvidemos; todos misioneros y testigos. Y todos, en comunidad, en Iglesia, participando en la eucaristía para recibir energía y aliento,  que nos permita continuar la misión que Jesús empezó.            

domingo, 9 de mayo de 2021

DOMINGO VI DE PASCUA

-Textos:

            -Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48

            -Sal 97, 1b-4

            -1 Jn 4, 7-10

            -Jn 15, 9-17

 “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos, todos:

Lo que más queremos y lo que más necesitamos los seres humanos es amar y ser amados. Pero, ¿Qué entendemos cada uno cuando hablamos del amor?

Nosotros los cristianos tenemos muy claro, o deberíamos tenerlo: Amor el de Jesucristo. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

Esta mañana hemos escuchado en el evangelio una catequesis preciosa de Jesús sobre el amor. Ha comenzado diciendo: -“Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor”.

Conviene que consideremos despacio esta frase: Jesús nos ama con el mismo amor que su Padre, Dios, le ama a él. El amor que nos tiene a nosotros es el mismo amor que su Padre Dios le tiene a él. Nos ama con amor humano, porque es hombre y nos ama con amor divino, porque es Hijo de Dios. Somos amados de Dios, y somos extremadamente amados por Dios.

Y este torrente de amor divino y humano se nos ha comunicado, en germen, en semilla, en el bautismo. Por el bautismo hemos participado en la vida del Hijo de Dios, Jesucristo, y se nos da también participar en el amor mismo con que el Padre Dios ama a su Hijo Jesucristo.

Tenemos que abrir el corazón a esta verdad: somos amados, infinitamente amados, con un amor humano y divino, como el de Jesús.

Nuestra fe es en muchos casos muy ritual, fría, puramente intelectual, nos falta vibración y entusiasmo, porque no reparamos en la gracia tan grande que es ser cristiano.

Santa Teresa de Jesús habla muchas veces de “despertar a amar”. Sí, necesitamos despertar a amar. Es decir, necesitamos dejarnos tocar, sentirnos sacudidos y emocionarnos por esta gran noticia, -que no por ser  sabida, deja de ser noticia extraordinaria, regalo divino, precioso e inmerecido-: somos amados por Cristo con el mismo amor con  que Jesucristo es amado por su Padre Dios. “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor”.

Este es el manantial, la fuente de energía del verdadero amor. Si nuestro corazón experimenta de verdad este amor, podemos amar como amó y ama Jesús. ¿Cómo nos ha amado Jesús? – Hasta el extremo: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

Y para terminar un paso adelante: Cuando sentimos verdaderamente que Cristo nos ama de esta manera, la consecuencia inmediata, espontánea y evidente es amar al prójimo: “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado”.

Podemos dar la vida por nuestros prójimos, podemos perdonar a quienes nos ofenden, podemos, como buenos samaritanos, pararnos en  el camino y dar tiempo, dinero y aprecio al herido y abandonado en la cuneta de la vida.

Pasemos a la eucaristía, demos gracias a Dios, y pidamos que amemos como él nos ha amado.