domingo, 21 de noviembre de 2021

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

-Textos:

            -Da 7, 13-14

            -Sal 92, 1-2. 5

            -Ap 1, 5-8

            -Jn 18, 33b-37

 Tú lo dices: Soy Rey”. “Mi reino no es de este mundo”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Celebremos la fiesta de Jesucristo, Rey del universo, y convirtámonos todos en testigos y pregoneros de esperanza: Dios por medio de Jesucristo prepara para todos los hombres y para el universo entero un reino de “la verdad y la vida, el reino de la santidad y de la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz”.

Reafirmemos hoy nuestra fe en Jesucristo Rey del universo: En el evangelio, ante Pilato, Jesucristo declara firme y solemnemente: Si, “Mi reino no es de este mundo”, pero, “tú lo dices: yo soy rey”.

Pero, ¿Cómo es posible?, decimos nosotros; ¿Quién puede creerlo? Tu trono va a ser una cruz, tu cetro, una caña, tu corona, unas espinas punzantes. “¿Tú eres rey?”.

Sí, pero mi reino no se asienta sobre las armas, ni sobre el dinero, ni sobre el poder que viola la libertad, ni sobre la manipulación de las mentes y las conciencias, ni a través del miedo y la mentira. Mi Reino se cimienta en el amor.

Hermanas y hermanos, todos: Esta es la buena noticia de la fiesta de Cristo Rey: Dios cree en el amor; no en cualquier amor, sino  en su amor, el amor verdadero, cree en su amor infinito y divino: “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”.

Dios no se apoya en la fuerza que priva la libertad, Dios se apoya en el amor  verdadero que atrae y gana la libertad. Amor que sirve por amor. Ahí tenemos a Jesucristo lavando los pies de sus discípulos: “Si yo, el Maestro, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros”; “El que quiera ser primero entre vosotros, sea el servidor de todos”.

Ahí tenemos a Jesucristo,  maniatado y camino de la cruz. Porque nadie nos ama más verdaderamente que el que da la vida por nosotros. San Pablo dice lacónicamente: “Me amó y se entregó por mí”.

Hoy es un día para despertar a amar, sacudir nuestra mediocridad, y rendirnos al amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, que nos amó y se entregó por nosotros.

Rendirnos al amor infinito de Cristo Rey, y convertirnos en testigos  de ese amor en el mundo. Nosotros los cristianos que bebemos de las fuentes del amor que mana del costado de Cristo, estamos llamados por Dios a impregnar el mundo de este amor.

¿Cómo? Al modo suyo: amar y servir. Servir por amor a todos, sobre todo, al necesitado.

Esperamos en Cristo, seamos testigos y sembradores del amor de Cristo: el reino de “la verdad y la vida, el reino de la santidad y de la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz”.

 

domingo, 14 de noviembre de 2021

DOMINGO XXXIII T. O. (B)

-Textos:

         -Da 12, 1-3

         -Sal 15, 5. 8-11

         -Heb 10, 11-14. 18

         -Mc 13, 24-32

 “Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y gloria”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

“Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y gloria”. Esta es la frase a la que debemos prestar toda la atención, porque es el mensaje central de la palabra de Dios hoy en la liturgia.

El acontecimiento es importantísimo, extraordinario, y va a suceder: “Jesucristo vendrá, ayudado de sus ángeles y reunirá, desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo, a todos los elegidos”. Es decir, a todos cuantos han cumplido los mandamientos de Dios, han seguido a Jesús y han vivido conforme a sus enseñanzas.

El evangelio de san Mateo dice que “el Hijo del Hombre, (Jesús), vendrá con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta”. Y el credo, que rezamos en la misa, dice que “vendrá a juzgar a vivos y muertos”.

Pero esta verdad de nuestra fe no es una verdad amenazadora y temible, sino todo lo contrario, es una verdad iluminadora, que llena de sentido nuestra vida presente y nos permite mirar al futuro con una firme y consoladora esperanza.

Mucha gente rechaza pensar en estos temas quizás porque estas verdades vienen en el evangelio envueltas en un lenguaje enigmático y también amenazador. En realidad es un lenguaje metafórico que no debe distraernos de lo esencial que es dar ánimos y alentar la esperanza.

Hay otros que no quieren saber de estos temas, porque   dicen que no son afirmaciones que se ven y se palpan, y que se vive más tranquilo sin pensar en ellas.

¿Pero puede haber algo más tranquilizador que saber por qué vivir, por qué amar, por qué esperar, por qué luchar?

La venida última de Jesucristo, que se nos dice que será triunfal, realmente triunfal, nos asegura que al final de la vida, al final de la historia y del mundo lo que triunfa es el amor: amor a Dios y amor al prójimo, servir por amor, ayudar efectivamente al pobre, al enfermo, al hambriento…, esto triunfará por encima del abuso de poder, de las injusticias y de las violaciones contra la dignidad de las personas, y contra la creación entera.

El Apocalipsis, el último libro de la Biblia,  anuncia: “Un cielo nuevo y una tierra nueva preparados para acoger a la “Ciudad santa, es decir, a la nueva Jerusalén, que desciende del cielo... la morada de Dios entre los hombres… ellos serán su pueblo, y “Dios con ellos” será su Dios. Y Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor, porque el primer mundo ha desaparecido… Y dijo Dios que está en su trono: “Mira, hago nuevas todas las cosas”.

Hermanas, hermanos todos: despertemos a la esperanza cierta de nuestra fe. Nos sobran motivos.

lunes, 1 de noviembre de 2021

FIESTA DE TODOS LOS SANTOS


-Textos:

         -Ap 7, 2-4. 9-14

         -Sal 23, 1-6

         -Jn 3, 1-3

         -Mt. 5, 1-12ª

 “Después de esto apareció en la visión una muchedumbre inmensa”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

En la fiesta de Todos los Santos celebramos una victoria. Victoria noble y preciosa. Son gloria de Dios, porque han cumplido su voluntad, son éxito de Cristo, porque creyeron en él, siguieron sus pasos  e hicieron  obras buenas y beneficiosas para ellos y para la humanidad entera.

-Además son hermanos nuestros, hombres y mujeres como nosotros. Ellos nos sacan a la luz lo mucho bueno que hay en el corazón humano, en el corazón de todos.  Supieron escuchar la voz de Dios que resonaba en su conciencia, la siguieron y ahora son felices con Dios en el cielo.

Son hombres y mujeres como nosotros, son hermanos nuestros. Algunos hicieron obras admirables y experimentaron gracias extraordinarias, y la Iglesia los ha elevado a los altares.

Pero la mayoría han pasado inadvertidos, son santos que dice el papa Francisco del portal de al lado. Ellos y ellas han dado lo mejor de sí mismos atendiendo a los hijos, y también a los padres o abuelos ancianos, dieron lo mejor de ellos mismos en las circunstancias cotidianas de la vida. Pero Dios estaba presente en su conciencia y en su vida y en su casa y en el trabajo.

Sin duda tuvieron defectos, pero supieron reconocerlos y pedir perdón y renovar de nuevo su empeño de cumplir su deber, de servir y de ayudar en lo posible al prójimo necesitado.

Los santos nos está diciendo que el camino de la verdadera felicidad pasa por cumplir la voluntad de Dios, tener en cuenta sus mandamientos y dejarse llevar del programa de las bienaventuranzas.

¿Estamos convencidos de esto? Ser creyente es creer esta verdad. Y ¿Cuál es la voluntad de Dios? Que sigamos a Jesús, que pensemos y practiquemos los diez mandamientos y las bienaventuranzas.

Los santos que hoy celebramos nos están diciendo que esto es posible, está a nuestro alcance; y que esto es el camino seguro de la verdadera felicidad, ya aquí en este mundo. Es posible vivir cumpliendo la voluntad de Dios, es posible pensar y vivir conforme a las bienaventuranzas: Ser humildes, serviciales, limpios de corazón y sinceros; sacrificados y misericordiosos, valientes en defender la justicia y generosos en compartir los bienes, saber pedir perdón y perdonar, dispuestos a ayudar al necesitado y aliviar el dolor del que sufre…, -En una palabra, vivir la vida según los criterios de las bienaventuranzas y del evangelio de Jesucristo proporciona una paz y felicidad hondas ya en este mundo, y  aseguran la vida eterna del cielo, y nos proporciona la esperanza cierta de que un día llegaremos nosotros a estar con ellos en el cielo.


domingo, 31 de octubre de 2021

DOMINGO XXXI T.O. (B)

-Textos:

            -Dt 6, 2-6

            -Sal 7, 2-4. 47. 51ab

            -Heb 7, 23-28

            -Mc 12, 28b-34

 “Escucha Israel”:

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos, todos:

Acabamos de proclamar el evangelio en el que Jesús declara para todos los discípulos de todos los tiempos el mandamiento principal: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo, como a ti mismo”.

Algunos comentan que en este pasaje tan relevante de la Biblia, el primer mandamiento viene precedido de otro primer mandamiento, cuya declaración tiene un tono realmente imponente: “¡Es cucha, Israel”, ¡Escucha, pueblo de Dios”.

Es importante amar, pero es igualmente importante escuchar a Dios. Difícilmente podemos amar a Dios y al prójimo, si no escuchamos constantemente la palabra de Dios, si no escuchamos a Dios.

Todos tenemos la experiencia: para que los niños se desarrollen normales y felices es imprescindible que crezcan en un clima de amor y escuchen palabras cargadas de cariño. Los niños aprenden a amar porque unas palabras de afecto y unos gestos llenos de cariño, les hace sentirse importantes y bien amados.

Podemos amar porque somos amados, podemos amar a Dios y al prójimo, porque previamente  hemos sentido y experimentado el amor de Dios y de nuestros prójimos.

Pero, ¿Cómo y dónde experimentamos el amor de Dios? –Escuchando la palabra de Dios.

“Escucha Israel”, “escucha pueblo de Dios!”.

Jesucristo, con toda intención, y porque lo considera esencial, antes de responder a lo que le pregunta el escriba, responde a lo que no le pregunta y dice: “El primero es: “Escucha Israel”. ¡Escucha!”.

Si escuchamos a Dios, nuestro corazón puede oír palabras como éstas: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Así, con tanto amor, nos habla el Señor. Y así nosotros, como dice Santa Teresa de Jesús despertamos a amar y nos hacemos capaces de  amar a Dios y amar al prójimo.

Si no escuchamos a Dios, nuestro corazón se hace una piedra insensible al amor de Dios e incapaz de amar al prójimo.  Pero, si escuchamos a Dios, el amor de Dios rebosa en nuestros corazones, y nuestro corazón se transforma en corazón de carne, amoroso y capaz de amar.

Y Dios, que sabe que podemos amar, nos manda que amemos, que amemos a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos.

No nos exige lo que no podemos, nos muestra su amor, nos da poder amar y luego nos manda que amemos.

Pero previamente nos ha dicho que escuchemos: “¡Escucha Israel, escucha pueblo de Dios, escucha mi Palabra”.

domingo, 24 de octubre de 2021

DOMINGO XXX T.O.(B)

-Textos:

            -Je 31, 7-9

            -Sal 125, 1b-6

            -Heb 5, 1-6

            -Mc 10, 46-52

 

 “Anda, tu fe te ha salvado”.

 

Jesús cura   la salud física, la ceguera, pero además provoca la fe en Él.

Hoy, el mundo occidental “cristiano”, tiene sensibilidad para ayudar físicamente a las personas, países pobres,  sociedades y grupos humanos marginados.

Pero no son tantos los cristianos bautizados que lamentan  los miles de seres humanos que desconocen y no creen en Jesucristo. Tampoco se lamenta la cantidad de bautizados que han abandonado la práctica de la fe, y prescinden de la Iglesia y también de Dios.

Hoy domingo del DOMUND. El lema: “Cuenta lo que has visto y oído”

El papa Francisco nos ha dicho, con palabras de san Pablo VI: “La Iglesia existe para evangelizar”. Y con palabras suyas, nos ha dicho también: “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído”; “Hoy, Jesús necesita corazones que sean capaces de vivir su vocación como una verdadera historia de amor, que haga salir a las periferias del mundo y convertirse en mensajeros e instrumentos de compasión”.

Todos los cristianos estamos llamados a evangelizar al modo de Jesús, y ayudar  a nuestros prójimos en sus necesidades físicas y en sus necesidades espirituales y religiosas.

Así lo hizo Jesucristo, así lo necesitan nuestros prójimos; así los han hecho y lo siguen haciendo los misioneros y misioneras que trabajan en  los países paganos, y en las zonas marginadas. Construyen escuelas, hospitales, centros de promoción social de mujeres y hombres, y, a la vez, capillas, iglesias y catecumenados. Curan a los ciegos y a los enfermos, y despiertan la fe en Jesucristo.

Son un ejemplo, la cara resplandeciente de la Iglesia, y el testimonio fehaciente de que el Espíritu de Jesús, el Espíritu Santo, está vivo y activo en medio de esta sociedad y de este mundo.

domingo, 10 de octubre de 2021

DOMINGO XXVIII T.O. (B)

-Textos:

            -Sab 7, 7-11

            -Sal 89, 12-17

            -Heb 4, 12-13

            -Mc 10, 17-30

¿Qué haré para heredar la vida eterna?

Queridas hermanas benedictinas y queridos y queridos hermanos todos:

¿Pensamos en la vida eterna? Hoy en día, creo que la gente piensa cada vez menos en la vida eterna. Y si le pasa por la mente ese pensamiento, procura quitárselo  inmediatamente de la cabeza. “Nadie ha vuelto de allá”, se dicen, “Vete a saber”. Y vuelven a  sus preocupaciones de cada día, y a sus sueños y deseos; que suelen rondar todos en torno al dinero, como solución, al menos inmediata, a la mayoría de sus problemas.

Nosotros, ¿dónde nos situamos? Pensamos en Dios, sí, y quizás también en la muerte. Pero también en el dinero. Porque sin él, decimos, no se puede vivir.

Pero, ¿pensamos en la vida eterna? Yo miro a este hombre rico del evangelio. Era buen practicante de la religión, cumplía los mandamientos, tenía dinero, y, sin embargo, no estaba satisfecho  sentía algo por dentro, echaba en falta algo, buscaba…

O quizás, al oír hablar de Jesús, se le movió algo por dentro y se sintió tocado. Sus muchas riquezas no habían logrado apagar sus inquietudes más fundamentales, el más allá de la muerte, la vida eterna.

Y nosotros, ¿cómo andamos?  Porque creo que somos bastante ricos, estamos ricamente establecidos en una cierta comodidad, y bastante bien asegurados los días que nos quedan por vivir.

Jesús le dice a este hombre que le falta algo. Y fijémonos, no se refiere al dinero, sino a los mandamientos. Este hombre cumple los mandamientos, y le falta algo. ¿No os sentís  implicados y afectados por esa situación?  Nosotros cumplimos más o menos con los mandamientos de la Ley de Dios, y también, con los de la Iglesia. Jesús nos dice hoy, a nosotros: “Te falta algo”.

Pero, perdonadme, me he saltado un detalle importante en este evangelio que dice: “Jesús se le quedó mirando con cariño”. Jesús, esta mañana, a cada uno de nosotros, nos mira con cariño. Es importante, hagamos oración pensando en estas palabras de Jesús dirigidas a mí.

Si me dejo tocar afectivamente por esta mirada de Jesús, quizás, podré sobreponerme al susto y al escándalo que provocan las siguientes palabras de Jesús: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”.

Lo que nos espanta es dar todo el dinero. Pero, lo importante es que pongamos primero la atención en la segunda parte de la frase: “Y luego, sígueme, porque así tendrás un tesoro en el cielo”. En Jesús está la verdadera sabiduría, ¡Él es la Sabiduría de Dios encarnada! Es “el camino, la verdad y la vida”, “quien le sigue no anda en tinieblas”.

Jesús, lo dice este evangelio, nos pide mucho: darlo todo, pero nos da mucho más: Nos invita a seguirle, a estar con él, nos introduce en el círculo de sus amigos, cuenta con nosotros para su gran proyecto: Ir por todo el mundo y anunciar el evangelio.

Queridos hermanos y hermanas: Aquel hombre se marchó triste, porque era muy rico…, ¿y nosotros?

 

 


domingo, 3 de octubre de 2021

DOMINGO XXVII T.O. (B)

-Textos:

            -Gn 2, 18-24

            -Sal 127, 1b-6

            -Heb 2, 9-11

            -Mc 19, 2-16

 

“Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

En el evangelio que acabamos de escuchar vemos que los fariseos intentan buscar pruebas para acusar a Jesús. Le hacen una pregunta que le obligue a pronunciarse a favor o en contra de la ley de Moisés, sobre un asunto tan discutido entonces como ahora: “¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?”.

Jesús en su respuesta se remonta al momento mismo en que Dios crea el matrimonio: “Por eso abandonará  el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”

Y concluye de manera contundente: “Lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”. Luego, dirigiéndose a sus discípulos, saca las consecuencias: “Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio comete adulterio contra la primera. Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio”.

Dios ha creado el matrimonio, fundado en el amor y en la fidelidad: Uno con una, para siempre, por amor y con voluntad de tener hijos. Jesucristo ratifica este proyecto y además lo hacer posible.

Este proyecto de Dios sobre el matrimonio es una vocación inscrita en el corazón humano. Casarse, prometerse un sí para siempre, fundar una familia, es el sueño de todo corazón humano; tratar de realizarlo  hace felices a las personas y garantiza la estabilidad y la prosperidad de la comunidad humana. ¡Cuánto bien reportan a los individuos, a la sociedad y a la Iglesia los matrimonios fieles y las parejas estables!

Pero este proyecto de vida matrimonial no es fácil. Supone madurez personal, capacidad de sacrificarse por el bien del otro y de los hijos, saber ser felices haciendo felices a los demás.

Es difícil, y más difícil aún en estos tiempos, cuando este proyecto de Dios, tan decisivo para la felicidad del matrimonio y de la familia y tan importante para el bien común de la sociedad, ha quedado desprotegido por las leyes civiles, vapuleado por una propaganda frívola y consumista; a merced solamente de la buena voluntad  de las parejas y, en muchos casos, asentado solamente en la fragilidad de unos sentimientos que no alcanzan la hondura del amor verdadero.

Jesucristo ha venido a hacer posible y realizable lo que es tan difícil. Jesucristo no sólo  confirma las exigencias propias del matrimonio tal como lo ha diseñado Dios creador, sino que proporciona la gracia y los medios para poder cumplir con esas exigencias.

El bautismo y la confirmación, que nos comunican el Espíritu Santo, la escucha de la palabra y la eucaristía que alimentan nuestra fe, el sacramento del matrimonio, que nos comunica aquel amor esponsal con el que Cristo ama  a la Iglesia, el sacramento de la penitencia, que nos permite pedir perdón y perdonar…, todos estos medios hacen posible el sueño de un matrimonio estable, fiel y fecundo, para bien y felicidad de él mismo, de los hijos, de la sociedad y de la Iglesia. Jesucristo, que declara sin ambigüedades la indisolubilidad, se ofrece para hacer posible la felicidad.

Vosotras, queridas hermanas, con vuestra oración, y todos nosotros, desde la misión concreta que nos ha tocado vivir como cristianos en la vida, luchemos por hacer frente a esta corriente disolvente que ha invadido  la vida de las parejas, y sepamos mostrar la belleza y el bien que reporta al mundo el matrimonio estable, fiel y fecundo, como lo ha pensado Dios y lo pide Jesucristo

domingo, 26 de septiembre de 2021

DOMINGO XXVI T.O. (B)

-Textos:

            -Núm 11, 25-29

            -Sal 18, 8. 10. 12-14

            -Sant 5, 1-6

            -Mc 9, 38-43. 45. 47-48

 El que no está contra nosotros está a favor nuestro”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

 

El apóstol Juan dice a Jesús: “Maestro, hemos  visto  a uno que echaba los demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros”.

¿Cuál es el espíritu, la mentalidad, el talante del apóstol Juan, que revelan estas palabras? ¿Sentía Juan miedo a que este que expulsaba demonios desvirtuara las enseñanzas de Jesús? ¿Se sentía Juan  orgulloso y privilegiado por pertenecer al grupo  de los escogidos por Jesús, y menospreciaba a los que no habían tenido esa suerte? ¿Qué espíritu  animaba a Juan cuando le sale esa frase: “No es de los nuestros”?

Conviene que nos paremos a pensar. Somos bautizados, pertenecemos a la Iglesia católica, tenemos el encargo de predicar el evangelio y ser testigos fieles de la verdad de Jesús. ¿Cómo miramos a los que no son católicos como nosotros? ¿Hemos de ser intransigentes para defender la ortodoxia? ¿Hemos de ser permisivos y pasotas, para no escandalizar? ¿Qué pensar de  los que practican una religión diferente y practican la caridad  y el bien? ¿Y cómo  situarnos ante los que no creen ni en los curas ni en la Iglesia y practican la caridad y la justicia igual o mejor que nosotros?

Jesucristo nos dice hoy: No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre, no puede hablar mal de mí. El que no está contra nosotros está a favor nuestro”.

Al que hace el bien, y al que propone y practica los valores más característicos de mi evangelio no se lo impidáis. Respeto, aprecio, e incluso, alegrarnos de que esto ocurra, viene a decirnos hoy Jesús. Incluso apoyar las obras que  hacen y colaborar con ellos.

Recordemos otras palabras de Jesús en el evangelio de Mateo: “Venid vosotros benditos de mi Padre…, porque tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber…; y aquellas otras:

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia…bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino delos cielos…”.

Estas palabras las entendemos todos, católicos, cristianos, todas las religiones e incluso los no creyentes.

La Iglesia nos enseña que cuantos hacen el bien, practican la verdad, la justicia, respetan la libertad y la dignidad de las personas, están movidos por el  Espíritu de Jesús resucitado, y que todo eso construye el Reino de Dios iniciado por Jesucristo.

Es cierto además que nosotros, como cristianos, tenemos otras buenas noticias para anunciar: Que el mundo se entere de que Dios es amor y misericordia; que Jesucristo, Hijo de Dios, nos amó hasta el extremo de dar la vida por nosotros; que Cristo ha resucitado, ha vencido al pecado y a la muerte; que todo lo que es verdadero, noble y justo, todo lo que es virtud o mérito, no caduca cuando morimos, sino que todo queda prendido en el corazón de Dios, y dura para siempre y en beneficio de una felicidad eterna para nosotros.

¡Cuánto bien tenemos que hacer y anunciar con los cristianos y con los no cristianos!

Afirmemos nuestra fe en Jesucristo, en su Iglesia y en el encargo que nos ha dado de anunciar el evangelio por todo el mundo.

 

domingo, 19 de septiembre de 2021

DOMINGO XXV T.O. (B)

-Textos:

         -Sab 2, 12. 17-20

         -Sal 53, 3-6.8

         -St 3, 16-4,3

         -Mc 9, 30-37

 

 “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Sin duda alguna, a todos nos ha llamado la atención el contraste tan fuerte que el evangelista Marcos deja ver entre las preocupaciones que embargan a Jesús y las preocupaciones que siente sus discípulos.

Jesús les dice: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán”.

Los discípulos están en otra onda, no entienden lo que Jesús, su maestro, les está anunciando. Ellos discuten quien es el más importante entre ellos, y por consiguiente, quién podrá ocupar el primer puesto, cuando Jesús establezca el reino en Jerusalén.

Jesús se da cuenta que el asunto es muy importante, por eso se sienta con calma, y llama a los Doce para darles  una catequesis que toca un punto esencial del evangelio, de su mensaje, y que tiene un alcance que podemos considerar revolucionario: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”.

Frente a una escala de valores que busca la importancia y el poder, que los discípulos un tanto avergonzados manifiestan, Jesús propone el valor del servicio por amor como norma de conducta para quien le siga y quiera construir un mundo nuevo y una sociedad distinta, donde el objetivo no sea el dinero, el poder, la fama, o la comodidad.

El seguidor de Jesús, hoy como ayer, se ocupa sobre todo de poner al servicio de los demás, (no de sí mismo, de su egolatría) los talentos, las habilidades y el saber que Dios le ha dado, aun cuando su trabajo no sea el más brillante o el más importante.

“Y tomando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: “El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí”

Pero, además la referencia a los niños en boca de Jesús quiere decir algo más: Acoger al que no cuenta, a los descartados, que dice el papa Francisco, es acoger a Jesús y a Dios. ¡Que sorpresa hermanos: bajar a los pozos de la pobreza, ir a los últimos, y allí encontrarnos con Jesucristo, con él, con el último, que ha venido a servir y a dar la vida!

El camino hacia Dios pasa por el servicio y la acogida a los pequeños, al prójimo, principalmente al prójimo necesitado; pasa por la entrega de uno mismo, aun a riesgo del anonimato, del desprecio o del olvido, pasa incluso por el riesgo de la propia vida.

 


domingo, 12 de septiembre de 2021

DOMINGO XXIV T.O. (B)

-Textos:

            -Is 50, 5-9a

            -Sal 114, 1-6. 8-9

            -St 2, 14-18

            -Mc 8, 27-36

 

Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a  sí mismo, tome su cruz y me siga”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Jesucristo hoy nos invita a seguirle. Pero nos dice que para seguirle hemos de abrazar la cruz.

La cruz a la que se refiere no es propiamente de la cruz de cada día, de esa cruz de orden natural propia de nuestra condición humana, que afrontamos inevitablemente para poder vivir. Jesucristo se refiere sobre todo a otra cruz, a la cruz que supone el ser cristianos de verdad. Es decir, la cruz que nos sobreviene por ser fieles al evangelio, a sus enseñanzas, y fieles también al magisterio de la Iglesia. Jesucristo nos pide ser cristianos de verdad, ser discípulos  suyos incondicionales.

Porque en la actualidad podemos decir que sí, que en España hay muchos bautizados, mayoría sin duda, pero bautizados, que sean cristianos verdaderamente nos son tantos. 

Cristiano de verdad es aquel que dice abiertamente que es cristianos y que lo demuestras con sus obras. Lo hemos escuchado muy bien en la segunda lectura: “¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras?...Muéstrame esa fe tuya sin obras, que yo con mis obras te mostraré la fe”.

En el evangelio de hoy, Jesucristo es claro y contundente: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque, quien quiera  salvar su vida la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará”.

Tenemos que reconocer que asumir un programa de vida como el que nos propone Jesús, hoy en día, en la sociedad en que vivimos, es navegar contra corriente: dejar a un lado el ir  conforme a lo que se lleva, se dice y se piensa; prescindir totalmente de lo que está bien visto por los que se creen modernos y progres, y después ser libre, cargar con la cruz y seguir a Jesús, para vivir conforme al Espíritu de Jesús recibido en el bautismo, no es fácil; y aunque produce paz y satisfacción en la conciencia, no deja de ser incómodo.

Pero no nos asustemos, el Señor, que nos pide tanto, nos ofrece el secreto y el modo de poder darle tanto y todo lo que nos pide.

Con este fin, Jesús nos hace hoy a todos y cada uno una pregunta, una consideración y una promesa: La pregunta es esta: “Vosotros, ¿Quién decís que soy yo?”. La consideración, también en forma de pregunta: “¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma? Y la promesa: “El que pierda su vida por mí y por el evangelio la salvará”.

Estas palabras meditadas y saboreadas, son como manantiales que riegan nuestra  vocación bautismal.

 

 

 

domingo, 5 de septiembre de 2021

DOMINGO XXIII T.O. (B)

-Textos:

            -Is 35, 4-7ª

            -Sal 145, 6c-10

            -St 2, 1-5

-Mc 7, 31-37

 

“Y mirando al cielo (Jesús), suspiró y dijo: “Effetá”, esto es “ábrete”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

El breve relato del evangelio de Marcos que acabamos de escuchar se sitúa en Sidón, territorio pagano, cuyos habitantes eran sordos al Evangelio de Dios y mudos para alabarle.

En este entorno, Jesús realiza el milagro de curar a un sordo que además era mundo.

 “Y mirando al cielo (Jesús), suspiró y dijo: “Effetá”, esto es “ábrete”.

 Como mensaje para nosotros, me permito destacar en este relato dos llamadas: Llamada a  abrirnos a la Palabra de Dios, y llamada a abrirnos a la palabra del prójimo, del hermano.

En primer lugar, llamada a escuchar a Dios:

Hasta el Concilio Vaticano II, en el bautismo, el ministro que bautizaba, repetía el mismo rito de Jesús y las mismas palabras “Effetá”, “Abrete”. Ahora, por higiene no lo hacemos. Pero en el bautismo, a cada uno de nosotros se nos puso un nombre, se nos llamó por ese nombre elegido por la familia, por la Iglesia. Y en el fondo, por Dios. Dios, en ese momento, nos llamó: “Effetá”, “Ábrete”. ¡Dios, nos habla! Dios se fija en nosotros ya apenas nacemos. ¡Qué importantes somos para Dios! Y esta llamada de Dios nos sitúa a nosotros ante una responsabilidad; ante Dios que nos llama quedamos emplazados a responderle. ¿Sigue sonando en nosotros el “Effetá  bautismal”? ¿O la oímos como quien oye llover. Oír la palabra no es simplemente informarme de ella, sino saborear, meditar, gustar, asimilar, y proclamar esa palabra.

Porque Dios nos dirige su palabra, para que nosotros la comuniquemos a los hermanos. Dios siempre nos llama para una misión. ¿Somos conscientes de esta responsabilidad?

Porque, sí, escuchar a Dios, implica, escuchar al hermano. Y volvemos a tomar nota: Escuchar es escuchar con atención, incluso con interés y hasta con amor; intentar comprender, acoger y aceptar lo que se escucha. Escuchar así, es escuchar a Dios en el hermano.

Vivimos en una sociedad donde oímos mucho, pero escuchamos poco. Algunos hablan de una sociedad de “muchedumbres solitarias” ¡Qué necesidad sentimos todos de ser escuchados!

En  esta sociedad de internet, correo electrónico, “chateo”,  teléfono móvil, auriculares aislantes, concentraciones masivas…, nos falta lo más importante, una comunicación honda, personal, desinteresada, interhumana y realmente humana. Volviendo al evangelio, quizás podemos decir que en nuestra sociedad hay mucho “sordomudo”, es decir, personas que solo se oyen a sí mismas.

Desde esta perspectiva, la palabra de Jesús nos dice “ábrete”: Despégate de tu egoísmo, de tus prisas, de tu comodidad, “ábrete”,  escucha de verdad a tu esposa, a tu hijo, a tu amigo, al necesitado que viene a ti sólo para que le escuches: al anciano, al pobre, al desconsolado…

Dios está dispuesto siempre a escucharte, incluso, cuando llevas mucho tiempo sin prestarle atención. Apenas te acercas y le hablas, te escucha de corazón y te dice una palabra de amor y de luz.  Haz tú lo mismo.

 

domingo, 29 de agosto de 2021

DOMINGO XXII T.O. (B)

-Textos:

            -Dt 4, 1-2. 6-8

            -Sal 14, 2-4b. 5

            -Sant 1, 17-18. 21b-22. 27

            -Mc 7, 1-8. 14-15. 21-21

 

“Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

El evangelio de hoy nos afecta a todos muy de cerca. Se trata de una invitación apremiante a revisar el culto que practicamos o las prácticas religiosas que hacemos cada domingo, y a diario.

Hay un culto vacío y falso que no agrada a Dios, y el culto verdadero y auténtico  que Dios acepta y quiere:

Jesús en el fondo no crítica tanto las prácticas externas. Misa, rosario, visitas al Santísimo…, Jesús invita a ir más adentro de nosotros mismos, nos invita a examinar los motivos que tenemos cuando rezamos o hacemos alguna práctica religiosa. Jesús interpela nuestro corazón.

El culto vacío tiene un defecto de raíz: el orgullo y la vanidad, ir principalmente  a cumplir una obligación; se hace para tranquilizar la conciencia, quedarse satisfecho y convencido de que de esa manera, y gracias a la práctica que hacemos ganamos el cielo.

El culto verdadero, el que agrada a Dios, es, en primer lugar, ponernos ante Dios y darle gracias por todo y lo mucho que nos da. La obligación queda en segundo o tercer plano, Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el que cuenta en los más íntimo y profundo de nosotros mismos.

Vamos a él llenos de confianza, y con humildad a pedir perdón. Porque  hemos pecado y no hemos correspondido  al amor que Dios ha mostrado con nosotros en todo momento, en las alegrías y en las penas, en el tiempo favorable, y en el  dolor y la desgracia.

El culto verdadero es aquel en el que estamos dispuestos a que nuestro corazón  quede afectado por  Dios que nos habla, nos llama, nos pide y nos denuncia. Nuestro corazón queda urgido a ser coherente entre lo que decimos creer y lo que en concreto hacemos.

El culto verdadero nos compromete a que en nuestro corazón entre nuestro prójimo: el prójimo más cercano, y el prójimo más necesitado. Un culto en el que el deseo de servir a Dios, nos lleva a servir a los demás.

Aceptemos  la necesidad que tenemos de examinar nuestro corazón y pidamos en esta eucaristía, que nos de fuerza para no dejar de practicar las prácticas religiosas, y no dejar de examinarnos las prácticas que hacemos.

Hay un culto vacío y falso que no agrada a Dios, y el culto verdadero y auténtico  que Dios acepta y quiere:

Jesús en el fondo no crítica tanto las prácticas externas. Misa, rosario, visitas al Santísimo…, Jesús invita a ir más adentro de nosotros mismos, nos invita a examinar los motivos que tenemos cuando rezamos o hacemos alguna práctica religiosa. Jesús interpela nuestro corazón.

El culto vacío tiene un defecto de raíz: el orgullo y la vanidad, ir principalmente  a cumplir una obligación; se hace para tranquilizar la conciencia, quedarse satisfecho y convencido de que de esa manera, y gracias a la práctica que hacemos ganamos el cielo.

El culto verdadero, el que agrada a Dios, es, en primer lugar, ponernos ante Dios y darle gracias por todo y lo mucho que nos da. La obligación queda en segundo o tercer plano, Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, es el que cuenta en los más íntimo y profundo de nosotros mismos.

Vamos a él llenos de confianza, y con humildad a pedir perdón. Porque  hemos pecado y no hemos correspondido  al amor que Dios ha mostrado con nosotros en todo momento, en las alegrías y en las penas, en el tiempo favorable, y en el  dolor y la desgracia.

El culto verdadero es aquel en el que estamos dispuestos a que nuestro corazón  quede afectado por  Dios que nos habla, nos llama, nos pide y nos denuncia. Nuestro corazón queda urgido a ser coherente entre lo que decimos creer y lo que en concreto hacemos.

El culto verdadero nos compromete a que en nuestro corazón entre nuestro prójimo: el prójimo más cercano, y el prójimo más necesitado. Un culto en el que el deseo de servir a Dios, nos lleva a servir a los demás.

Aceptemos  la necesidad que tenemos de examinar nuestro corazón y pidamos en esta eucaristía, que nos de fuerza para no dejar de practicar las prácticas religiosas, y no dejar de examinarnos las prácticas que hacemos.-

domingo, 15 de agosto de 2021

FIESTA DE LA ASUNCIÓN DE MARÍA

-Textos:

            -Ap 11, 19; 12, 1. 3-6a. 10ab

            -Sal 44, 10-12. 16

            -1 Co 15, 20-27

            -Lc 1, 39-56

 Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de estrellas sobre su cabeza!

Este  imaginativo y deslumbrante retrato de una mujer la Iglesia lo ha referido desde siempre a la Iglesia, también a la Virgen María. Hoy lo atribuimos de muy buena gana  a la Virgen María, en su misterio de su Asunción en Cuerpo y alma a los cielos.

Fiesta  gozosa, porque es fiesta de María, nuestra Madre del cielo, y fiesta muy oportuna y conveniente para nosotros, porque nos hace pensar en el sentido de nuestra vida y en la meta final de nuestra existencia.

María en la encarnación, María en Belén, María en el Calvario. María tan vinculada a su Hijo durante toda la vida, tenía también que ser asociada a su resurrección y participar de su victoria. Por eso, María, al terminar su camino en esta tierra fue elevada en cuerpo y alma al cielo.

Hoy es también una fiesta para nosotros, una fiesta nuestra. Porque el destino, al que ha llegado nuestra Madre la Virgen es nuestro destino.

Hemos escuchado en la segunda lectura: “Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia  de los que han muerto”. Por Cristo Resucitado María sube a los cielos, por Cristo resucitado nosotros somos destinados al cielo, a gozar con Dios y los santos.

Esto es el cielo, no pensemos en un lugar geográfico, el cielo es una vida plena de amistad compartida con Dios y con los santos. Y la vida que se comparte es la vida misma de Dios, vida divina de amor infinito.  

En nuestra sociedad hay mucha gente que no quiere pensar en la muerte, ni plantearse el interrogante del más allá. ¿Es por miedo? Mucha gente decide vivir solo de tejas a bajo, asegurar vivir en este mundo el mayor tiempo posible y de la manera más placentera posible. Se niegan a hacerse interrogantes que afloran inevitablemente en la conciencia: ¿de dónde vengo? ¿A dónde voy? ¿Hay algo después de la muerte?; se niegan a reconocer la vocación de eternidad que tiene el amor humano verdadero, y se olvidan de dar gracias a Dios por la vida buena que viven y que la disfrutan gracias a Dios, porque ellos, si son sinceros, han de reconocer, que no la pueden asegurar del todo.

En una sociedad así La Virgen María, la Virgen de la Asunción, rasga el horizonte corto y estrecho de este aferrarse a solo lo que se ve y se palpa, pero  que se agota y se muere, y nos abre de par en par un cielo de esperanza.

Un cielo, como dice el Apocalipsis:

Luego vi un cielo nuevo y una tierra nueva  - porque el primer cielo y la primera tierra desaparecieron, y el mar no existe ya. Y vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de junto a Dios, engalanada como una novia ataviada para su esposo. Y oí una fuerte voz que decía desde el trono: “Esta es la morada de Dios con los hombres. Pondrá su morada entre ellos y ellos serán su pueblo y Él, Dios-con-ellos, será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado” (Ap 21, 1-4).