domingo, 2 de febrero de 2020

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR


Textos:
       
       -Mal 3, 1-4
       -Sal 23, 7-10
       -Heb 2, 14-18
       -Lc 2, 22-40

Porque mis ojos han visto a tu Salvador…: luz para alumbrar a todas las naciones”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy no es un domingo corriente: Celebramos dos acontecimientos importantes para la Iglesia y para nosotros: La fiesta de la presentación del Niño Jesús en el templo y la Jornada de la Vida Consagrada.

La presentación del Niño Jesús en el templo nos impulsa a renovar y afianzar nuestra fe; la Jornada de la Vida Consagrada nos compromete a colaborar en la Iglesia y con la Iglesia.

El misterio de Jesús se nos manifiesta en las lecturas como Dios y hombre verdadero.

Jesús es verdaderamente hombre: Hemos escuchado en la Carta a los Hebreos: “Lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús, participa de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al “señor” de la muerte…”

Y este Jesús es Dios: El anciano Simeón, emocionado por lo que está viendo, anuncia a todo el mundo: “Mis ojos han visto a tu Salvador…, luz para alumbrar a todas las naciones”. Por eso, la fiesta de la Presentación es una fiesta que nos invita a creer en Jesucristo. Y la fe en Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre nos llena de esperanza.

Gracias a Jesucristo podemos vencer al pecado y a la muerte, y dar sentido al dolor y esperar una vida eterna, divina y feliz.

Y de esperanza habla también la Jornada de la vida consagrada. El lema de este año dice: La vida consagrada, con María, esperanza de un mundo sufriente”.

No hace falta decir que hay mucho dolor, mucho sufrimiento en el mundo. Pero tampoco hace falta demostrar todo el bien que hacen las religiosas, los religiosos, los monjes, las monjas, y todos los que se consagran a Dios y a solo Dios, y para siempre, y así quedar libres para dedicarse a amar al prójimo con un amor como el de Cristo.

Son familiares y conocidos nuestros; están en colegios de enseñanza, en dispensarios de barrios y de suburbios marginales, en países pobres y donde no se conoce la fe en Jesucristo, fundando escuelas, dispensarios e iglesias, viviendo en las penurias que viven los más pobres de la sociedad.

De esta manera, intentan, hacer como María, generar esperanza en medio de las gentes con las que viven. Hacen lo que hacen porque se han sentido cautivados por el amor de Cristo y han descubierto hasta qué punto el prójimo, el hermano, sobre todo el pobre, el indefenso, el necesitado, merece ser amado, y ayudado. Por eso, los consagrados, son también, como María motivo de esperanza.

Nosotros todos, las comunidades cristianas hemos de orar por ellos ante el Señor, agradecer y reconocer la inmensa labor humana que hacen y el testimonio tan impactante que ofrecen en medio de una sociedad que lucha para evitar el dolor, las injusticias y la muerte, pero que no lo consigue.

La comunidad cristiana debemos rezar para que surjan vocaciones que sienta una llamada a entregarse a Jesucristo y al prójimo de manera incondicional y para siempre.

En el templo de Jerusalén se encontraron Simeón y Ana con Jesús, Maria y José; en la eucaristía, hoy nos encontramos con Jesús, y también con Maria y José y todos los santos y santas de Dios. Vengamos, pues, al altar.