domingo, 13 de noviembre de 2022

DOMINGO XXXIII T.O. (C)

-Textos

    -Mal. 3, 19-20a

    -Sal. 97, 5-9

    -2Tes. 3, 7-12

    -Luc. 21, 5-19

“Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Nos acercamos al final del año litúrgico y la Palabra de Dios en estos domingos nos sitúa ante cuestiones importantes, pero que nos dan cierta pereza plantearlas: Son cuestiones relativas al fin del mundo, al fin de la historia de la humanidad y de nuestra propia historia personal.

La Biblia comienza con palabras de admiración: “Al principio creó Dios el cielo y la tierra y vio Dios que era bueno”; y termina  con unas palabras de esperanza: “Sí, vengo pronto. ¡Ven Señor, Jesús”.

El Señor Jesús ciertamente vendrá. Lo prometió Él, que resucitó, subió a los cielos y venció a la muerte y al pecado. Por la tanto, el sentido de nuestra vida, el sentido de la historia, y de la creación entera, es que vamos hacia el encuentro con el Señor, vencedor de la muerte y del pecado, y dador de vida divina y felicidad eterna. No vamos hacia el vació o a la nada. Caminamos hacia un acontecimiento salvador y de felicidad plena que afectará a toda la humanidad y al cosmos entero.

En este contexto de deseos de felicidad y de deseos de encuentro con Cristo y con Dios podemos entender mejor el lenguaje de san Lucas y el mensaje que quiere transmitirnos.

Lucas comienza hablando de la caída y ruina de Jerusalén en el año 70 de nuestra era, pero pasa, sin avisarnos, a contarnos las enseñanzas de Jesús  sobre  cómo tenemos que prepararnos para el fin del mundo.

A nosotros, como a los discípulos contemporáneos de Jesús, nos surge la pregunta: “¿Cuándo va a ser eso?” Jesús no responde exactamente a la pregunta, pero dice algo muy importante: “El final no vendrá enseguida”.

Por lo tanto, hay un tiempo entre el momento de la destrucción de Jerusalén, y el momento de la venida definitiva de Cristo. Un tiempo que se prevé largo, tiempo azaroso para nosotros los cristianos, de conflictos, persecuciones, contradicciones, apostasías y martirios. Es el tiempo de la  Iglesia, de la Iglesia y de su historia, tal como la vivimos y la conocemos.

Es el tiempo de dar testimonio de la fe en medio de un mundo que necesita del evangelio y que en muchos casos se resiste a aceptarlo, y lo rechaza incluso con violencia. Esto, para nosotros los cristianos, supone casi siempre ir contra corriente y, en muchos casos, aun sin querer, molestar, incomodar, a otras personas que piensan y viven de manera muy distinta a la nuestra. Pensemos en el dolor de muchos padres y abuelos que al proponer la práctica de la fe a sus descendientes se sienten mirados con un deje de  compasión o de ironía, que parece decir: “Mi pobre abuelo, mis padres no saben que eso ya no se lleva y está muy superado, estamos en una nueva etapa pos-religiosa”. Pensemos en algunos medios de comunicación haciendo chirigota de prácticas y creencias religiosas, muy  sagradas para nosotros los creyentes…

Dos consignas breves, firmes y enormemente consoladoras nos da el Señor para este tiempo difícil que vivimos: Primera: Confiad en mí, “ni un cabello de vuestra cabeza perecerá”. Dios fiel, prometió enviar un Salvador, el Salvador llegó, y dio la vida por nosotros, para llenarnos de esperanza. Segunda: Perseverad, “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas”. Perseverar es permanecer firmes en la fe en medio de dificultades, de sentirnos solos, mal vistos o perseguidos. Y a perseverar nos ayuda vivir en Iglesia, orar y amar, amar sobre todo al prójimo necesitado.

Queridos hermanos: Inmediatamente después de la consagración vamos a cantar “Anunciamos tu muerte proclamamos tu resurrección. Ven, Señor, Jesús”. No nos da miedo pensar en el final de la humanidad y del mundo. El final es un encuentro con Cristo Resucitado. Por eso, cantaremos con entusiasmo: “Ven, Señor, Jesús”.