domingo, 6 de marzo de 2016

DOMINGO IV DE CUARESMA (C)


Textos:
-Jos 5, 9ª. 10-12

-2Co 5, 17-21

-Lc 15, 1-3. 11-32
 

-“En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios” 

-Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Avanza la cuaresma y nuestra madre, la Iglesia nos apremia a que aprovechemos la gracia de la conversión. En la segunda lectura, san Pablo nos dice con vehemencia: “Es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio: -“En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”

 ¿Sentimos la necesidad de reconciliarnos con Dios?

-En el evangelio hemos escuchado la parábola del Hijo Pródigo, que ahora preferimos darle el nombre de “Parábola del Padre de la misericordia”.

Jesucristo nos invita a mirar el rostro de Dios,  Dios Padre de misericordia. Necesitamos todos mirar a Dios.

Vosotras hermanas nos estáis diciendo con vuestra vida que nunca acabamos de conocer a Dios, que Dios siempre tiene algo que decirnos y algo que revelarnos de sí mismo y sobre nosotros.

Necesitamos mirar a Dios, buscar su rostro. Lo tenemos olvidado, o quizás, peor, lo damos ya como conocido y muy oído.

Nuestro papa Francisco ha declarado este año como el año de la misericordia. La mirada del papa va mucho más lejos de cuanto podemos pensar. Él considera que gran parte de nuestra sociedad  prescinde de Dios, lo considera irrelevante para su vida; algunos, incluso, lo consideran perjudicial. Esto ocurre, porque no conocen al Dios verdadero, no conocen el verdadero rostro de Dios, el Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo. Tienen de Dios una idea confusa y falsa. Además, añade el papa Francisco, los cristianos tenemos una gran responsabilidad en este fenómeno lamentable, porque nuestra manera de vivir y nuestro ejemplo no transmiten una imagen de Dios convincente y digna de ser considerada.

Hermanos y hermanas: ¿Qué idea de Dios tenemos? ¿Qué idea de Dios reflejamos?

Hoy, en esta eucaristía, somos llamados a descubrir el rostro de Dios. “Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro”.

Ante Dios, Padre de misericordia, si me considero hijo pródigo, puedo sentirme, a pesar de todos los pesares, buscado por mi Padre Dios, amado y perdonado por él,que me sigue considerando su hijo. Y desde ahí, hoy puedo volver renovado a mi casa, a nuestra casa familiar, la Iglesia, para llevar una vida nueva  de hijo de Dios, eternamente agradecido y comprometido a trabajar por su Reino.

Ante Dios, Padre de misericordia, si me sitúo como hijo mayor, puedo escuchar de la boca de Dios mismo: “Hijo, todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío”; no estás aquí con un contrato laboral para recibir un salario  según que rindas más o menos. Eres mi hijo, somos una familia: Todo lo mío es tuyo, mi hijo pequeño es tu hermano; abre los ojos somos una familia y nuestros lazos son lazos de amor desinteresado y de misericordia. No son contratos entre un amo y un asalariado. No quieras sacar cuentas y hacer comparaciones; deja hablar a tu corazón. Y alégrate por tu hermano “que estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Este, queridos hermanos y queridas hermanas es el rostro de Dios que nos revela Jesús hoy en la parábola del Padre de la Misericordia. Dejémonos ganar por la lógica y el  corazón de Dios, y vengamos al altar para  celebrar el banquete no con terneros cebados, sino con el cuerpo y la sangre del Cordero de Dios, Jesucristo, en la eucaristía.