domingo, 9 de septiembre de 2018

DOMINGO XXIII T.O. (B)


-Textos:

       -Is 35, 4-7ª
       -Sal 145, 7-10
       -Sant 2, 1-5
       -Mc 7, 31-37

Effetá”, esto es “Ábrete”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Día tormentoso, el verano va alcanzando su última etapa, pero para nosotros, el domingo nos invita a recrear nuestro espíritu de fe en la lluvia suave de la palabra de Dios y el fruto maduro de la eucaristía.

¡Ábrete! Es el mensaje y la llamada enérgica que la Palabra de Dios nos hace. Abre tus oídos y, para ello, activa la fe, sacude la rutina. Venir a la eucaristía del domingo no es una mera costumbre ni menos una rutina. Abrir el oído es abrir el corazón, activar el corazón y preguntarle al Señor: “¡Qué me dices hoy?, ¿Qué quieres que haga?

Jesucristo, en el evangelio de hoy, vemos que cura a un sordomudo. Lo hace con unos gestos especiales, que en parte recuerdan nuestro bautismo.

De esta manera, Jesucristo cumple las promesas que Isaías había anunciado que realizaría el Mesías que Dios iba enviar para salvar a los hombres: “Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán…, y la lengua del mudo cantará”.

Queridos hermanos y hermanas: Jesucristo es el enviado de Dios para salvar el mundo. La liturgia de esta mañana quiere despertar en nosotros la fe, o si queréis, la palabra de Dios hoy nos ofrece una gracia particular para espabilar, reanimar y alimentar nuestra fe en Jesucristo. Jesucristo se manifiesta esta mañana como sanador y salvador.

Pongamos atención: Jesucristo cura, Jesucristo se preocupa y atiende a la necesidad de una persona que no oye y apenas puede hablar. Y la cura porque tiene poder para curar, porque es el Hijo de Dios, el Sanador y Salvador del mundo. Este es el Jesús que tenemos delante. Actualicemos y activemos nuestra fe en él.

Y, además, saquemos consecuencias. Nosotros tenemos que ser como Jesús. Hemos recibido el bautismo, nos llamamos cristianos. Nosotros también tenemos que estar atentos a las necesidades que vemos a nuestro alrededor. Las obras de misericordia son los mejores medios de comunicación para propagar el evangelio: Atender al enfermo, al anciano, al niño, al discapacitado, al emigrante, al que no encuentra trabajo…

Es ejemplar y magnifica la obra que la Iglesia, desde los primeros siglos, viene ejerciendo a través de las obras de beneficencia y de misericordia.

Hoy, “Caritas”, “Manos Unidas”, misioneros, misioneras, religiosos, religiosas en barrios, en la enseñanza y en la sanidad, hospederías en los monasterios… Es preciso constatarlo y decirlo, cuando en muchos medios de comunicación se anotan preferentemente los pecados o escándalos de la comunidad católica. Jesús cura y salva, y la Iglesia cura y salva también.

Hoy, esta mañana septembrina, estamos urgidos a reafirmar nuestra fe en Jesús, y también a revisar y reprogramar nuestro compromiso cristiano de anunciar el evangelio y practicar la caridad y la misericordia.

Los Padres de la Iglesia y los comentaristas de este milagro de Jesús que cura al sordomudo con esos gestos de tocarle los oídos y mojarle con saliva la lengua, han visto siempre un esbozo del bautismo. De hecho y hasta hace muy poco tiempo, estos dos gestos de Jesús se repetían en cada bautizo. Ahora ya no se hacen.

Pero el bautismo que ahora se imparte y el que cada uno de nosotros hemos recibido nos compromete a anunciar el evangelio como lo anunciaba Jesús: Curando y cuidando enfermos y necesitados con los que nos encontramos en el camino de la vida: en la familia, en el tiempo libre y en el trabajo, en el campo profesional y en el voluntariado. Somos Bautizados en Cristo, lo nuestro es, como Jesús, sanar y salvar. “¡Effetá!: ¡Abríos!”