domingo, 5 de noviembre de 2017

DOMINGO XXXI, T.O. (A)

-Textos:

       -Mal 1, 14b -2b. 8-10
       -Sal 130, 1-3
       -Tes 2, 7b-9.13
       -Mt 23, 1-12

Porque ellos no hacen lo que dicen”.

En el evangelio de este domingo Jesús hace ante sus discípulos, y hoy ante nosotros, una crítica dura sobre la conducta de los fariseos y los escribas. Lo primero que dice Jesús a los que le están escuchando es: “Haced y cumplid lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen”.

Jesús acusa a los fariseos y a los juristas de su tiempo de incoherencia; ellos no cumplen lo que enseñan a otros que deben cumplir. “No hacen lo que dicen”.

Esta incoherencia escandalosa desacredita su enseñanza y los desautoriza para enseñarla.

Jesús puede hablar de esta manera, porque él sí cumple lo que dice y enseña. La misma gente que le escucha lo certifica. “La gente quedaba admirada, porque hablaba con autoridad”, leemos en otro lugar del evangelio. Esta autoridad moral que la gente percibía en Jesús le venía precisamente de la coherencia que manifestaba entre su vida y sus enseñanzas. Él pudo decir públicamente: “Venid a mí y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”.

Esta coherencia entre lo que decimos y hacemos, entre las palabras y las obras es una exigencia que brota necesariamente de la fe en Dios y del evangelio de Jesús: “No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el Reino de Dios, sino el que cumple la voluntad de mi Padre”.

Y es además una actitud imprescindible para transmitir la fe y evangelizar.

Nuestro querido papa, Francisco, insiste, siguiendo la tradición de sus antecesores, en decir que hoy más que nunca es necesario dar un testimonio creíble y convincente de la fe que profesamos; y el recordado Pablo VI vino a decir: “El mundo necesita testigos de la fe, más que doctores”.

Esta catequesis de Jesús que denuncia a los que “dicen, pero no hacen lo que dicen”, que nos pide ser auténticos y consecuentes con la fe que decimos tener, nos la debemos aplicar todos.

En primer lugar, sin duda, los diáconos, los sacerdotes y los obispos, a los que se nos ha encomendado el ministerio de la Palabra. Vosotros, los fieles, que solicitáis y necesitáis nuestro servicio pastoral, dadnos el consuelo de pedir constantemente para que anunciemos fielmente la Palabra de Dios y vivamos acordes con la palabra que anunciamos; que se pueda decir de nosotros lo que dice san Pablo en la segunda lectura: “Recordad nuestros esfuerzos y fatigas; trabajando día y noche para no serle gravoso a nadie, proclamamos entre vosotros el evangelio de Dios”.

Pero también los padres habéis de educar a vuestro hijos más con el ejemplo que con las palabras; y los catequistas y los profesores cristianos, tienen que evitar que se diga de ellos: “Dicen, pero no hacen”; y los trabajadores en el trabajo y los jóvenes en la universidad, si de verdad quieren seguir a Jesús, han de ser consecuentes y demostrar con obras su fe bautismal.

Además, y termino, Jesús en este evangelio no se limita a denunciar a los escribas y fariseos, sino que además anuncia y propone a sus discípulos, a nosotros, cómo ser coherentes: “El primero entre vosotros será vuestro servidor”. Servir al prójimo por amor, libre y voluntariamente, es el más creíble y eficaz testimonio de nuestra fe. Y en esto Jesús también nos da ejemplo: “Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar la vida en rescate por muchos” (Mt 10, 45).


La eucaristía es el testimonio patente de que Jesús dice y hace lo que dice: En la primera parte, dice, y nos habla en las lecturas y el evangelio; en la segunda parte hace: y se entrega por nosotros en la consagración y comunión.