domingo, 9 de octubre de 2016

DOMINGO XXVIII, T.O. (C)

Textos:

       -2Re 5,14-17
       -2Tim 2,8-13
       -Lc 17,11-19

Yendo Jesús, camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea…”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Queremos ser de Jesús, pero, además, queremos ser como Jesús. ¿Cómo es Jesús? ¿Qué hace Jesús? ¿Cómo se manifiesta Jesús?

En el evangelio de hoy encontramos a Jesús en la periferia, en la frontera; entre Galilea y Samaría. Los israelitas de Judea y Galilea consideraban a los samaritanos como gente mal vista, eran como paganos. Jesús está ahí, en la periferia de los creyentes y en contacto con los paganos.

Otro dato a tener en cuenta: Jesús entabla conversación con diez leprosos. Los leprosos tenían obligación de estar lejos de las personas sanas. A su vez las personas sanas tenían prohibido acercarse a los leprosos. Eran leyes sanitarias para evitar el contagio. Jesús no tiene reparo en establecer conversación con estos diez leprosos; traspasa los límites, va más allá de lo puramente legal, habla con ellos y los cura.

Y hay más, todavía: entre los diez leprosos hay nueve, que forman parte del pueblo de Dios, y hay uno que no, que es samaritano y está considerado como pagano. Jesús, de nuevo, traspasando límites y en la frontera, cura a los diez, a los israelitas y a los paganos.
Más allá de la religión y de la raza, para él son personas, están enfermos, son necesitados, y los cura. Así es Jesucristo.

Él cura a los que están físicamente enfermos, para que todos quedemos curados de prejuicios, de diferencias y de límites que nos ponemos los humanos, pero que no humanizan, y que no son conformes a la voluntad de Dios.

Jesucristo en este milagro nos muestra su corazón compasivo y perspectiva universalista. Para él lo que importa, sobre todo, es la persona; somos criaturas de Dios, somos hijos de Dios. Todos merecemos respeto, cuidado y salvación.

El Reinado de Dios, que él ha venido a implantar, es para todos. Él va a las periferias, se sitúa en la frontera, para traspasar las fronteras y mostrarnos un amor universal.

Jesucristo, en este evangelio, nos revela el rasgo más característico de Dios. Dios es misericordioso, Dios es misericordia. La primera manifestación de Dios en su relación con el mundo y con los hombres es el amor; y cuando los hombres nos revelamos contra él y pecamos, él se deja llevar del corazón y nos trata con misericordia, para llamarnos a conversión.

Nosotros nos confesamos cristianos, queremos ser de Jesús y ser como Jesús. Por eso, nosotros tenemos que superar prejuicios, ir a las periferias, a los que no frecuentan la iglesia y las prácticas religiosas, a los que tienen ideas sobre la moral contrarias a las nuestras, a los que practican otra religión, a los que nos miran mal y con reservas.

Como cristianos hemos de pedir la gracia y el carisma y el valor de estar ahí, cerca de ellos. Para dar testimonio de Jesús, de sus gestos y de sus enseñanzas y mostrarles el verdadero rostro de Dios. “Sed misericordiosos, nos dice Jesús, como vuestro Padre celestial es misericordioso”.


También vosotras, queridas hermanas benedictinas, sois invitadas a estar en la periferia, a superar los límites y prejuicios que separan y deshumanizan. Vosotras habéis sido llamadas con vocación especial a buscar sobre todo el rostro de Dios y contemplar al Dios Padre de la misericordia. Vosotras, por eso mismo, habéis de mostrar la misericordia de Dios en vuestra comunidad, y con todos, poniendo en práctica la consigna de san Benito: “Recibir al hermano y al huésped como a Cristo”.