domingo, 20 de octubre de 2019

DOMINGO XXIX T.O.(C) DOMUND


-Textos:

       -Ex 17, 8-13
       -Sal 120, 1b-8
       -2Tim 3, 14-4,2
       -Lc 18, 1-8

Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante Él día y noche?” “Bautizados y enviados”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy es domingo, día del Señor, pero es un domingo especial, domingo del DOMUND, y esto, dentro del mes especialmente misionero que ha promovido el papa Francisco.

Él piensa, primero, en aquellos países que no tienen historia y tradición cristiana, antes llamábamos paganos, y piensa también en los países nuestros del mundo Occidental, que tenemos una larga historia y profunda cultura cristiana, pero que ahora se están descristianizando. Piensa también en los misioneros y misioneras que han dejado casa, padres y hermanos y hermanas y está anunciando el evangelio y contribuyendo a la promoción humana en países lejanos y en culturas muy diferentes a la nuestra.

Ante esta situación con tantos frentes, tan amplios y tan complejos que se plantean a la misión de la Iglesia, el papa quiere sacudir y avivar la conciencia y la responsabilidad misionera de todo el pueblo cristiano, y ha lanzado la consigna: “Bautizados y enviados”.

Este binomio es inseparable, hemos sido bautizados para ser enviados. Nuestra Iglesia ha sido fundada para la misión. Jesucristo llamó a los primeros discípulos y los fue preparando a lo largo de su vida pública para enviarlos a la misión. El evangelista Mateo termina su evangelio con el mandato de Jesús: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo… Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final de los tiempos”.

Jesucristo nos ha llamado y ha tenido a bien atraernos hacia sí, para enviarnos a la misión de evangelizar. “Bautizados y evangelizados”. Tenemos que pensarlo muy bien y examinarnos sobre nuestra vocación cristiana y muestra misión en esta vida.

El drama y la tragedia de los cristianos de Occidente en estos tiempos es que no sólo hemos perdido en buena parte el temple misionero, sino que incluso muchos de los que han sido bautizados, han abandonado la fe. Los que hemos llevado hasta hace muy poco años el evangelio por el mundo entero, ahora necesitamos ser evangelizados. La tarea de evangelizar la tenemos en casa. Esta realidad debe sacudir nuestra conciencia.

Pero no puede ser excusa para encerrarnos en nuestras viejas iglesias de tan rica tradición, pero inmersas y contagiadas por una sociedad individualista y opulenta. Escuchemos la voz del Espíritu Santo que nos llega de las iglesias jóvenes, muchas de ellas pobres materialmente pero ricas en la fe.

Ellas acogen el evangelio de Jesús como respuesta a su más hondo sentimiento religioso y como experiencia de liberación y de libertad. Algunas de ellas están sufriendo persecución y martirio.

Hermanas y hermanos:¡Meditemos! Somos familia de mártires: Ahora mismo, miembros de nuestra Iglesia, de nuestra familia de fe, están siendo perseguidos y martirizados. Y nosotros, ¿qué fe vivimos? ¿Dónde tenemos el impulso misionero?

El evangelio de hoy nos pide que oremos. Es lo primero. Que oremos para que la evangelización se extienda más y más a todo el mundo; pidamos para que nosotros, los bautizados de esta sociedad occidental y opulenta despertemos y recobremos la dimensión misionera de nuestra vocación cristiana, y cumplamos con nuestra misión esencial de transmitir la fe. Pidamos por aquellas comunidades cristianas perseguidas y por sus perseguidores. ¡Queda tanto por hacer a la hora de impregnar el mundo con la savia del evangelio! Recordemos: “Bautizados y enviados”.


domingo, 13 de octubre de 2019

DOMINGO XXVIII T.O. (C)


-Textos:

       -2 Re 5, 14-17
       -Sal 97, 1b-4
       -2 Tim 2, 8-13
       -Lc 17, 11-19

¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están?

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos?

Permitidme, para comenzar, una pregunta: ¿Qué modo de orar predomina en vuestra relación con Dios: la petición o la acción de gracias? La petición es perfectamente legítima, pero la acción de gracias es la más propia de los creyentes con fe cristiana. “Verdaderamente es justo y necesario darte gracias siempre y en todo lugar”, decimos al comienzo de la plegaria eucarística.

Y me permito todavía una pregunta más, que yo me hago a mí mismo: En vuestra vida de fe, ¿qué predomina más; cumplir los deberes para con Dios, o confiar en Dios, en Jesucristo, y cultivar una relación de amistad con él? El evangelio de esta mañana nos lleva también a esta reflexión.

Recordemos brevemente: Los diez leprosos piden a Jesús que los cure, y Jesús les dice: “Id a presentaros al sacerdote”. Los diez obedecen la norma que les da Jesús y, mientras van de camino, antes de llegar al sacerdote, quedan curados de su enfermedad física, de la lepra. Nueve de ellos ven lógico que Jesús les mande ir al sacerdote, así decía la ley. Ellos ponen la atención en la ley y en cumplir la ley.

Uno, sin embargo, que no es judío, descubre a Jesús. Entiende que es de Jesús de quien sale el poder que sana y salva. Deja de lado el ir hasta el sacerdote, y, dice el evangelio, “se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias”.

Su actitud no es solo un acto de humildad, sino de adoración. Reconoce que Jesús es mucho más que un curandero, mucho más incluso que un maestro de la ley; en la persona de Jesús descubre la presencia de Dios, y lo adora. Él cae en la cuenta de que no es la ley lo que le ha curado, sino Jesús, la persona misma de Jesús. Es Jesús quien salva.

Él ha obedecido a la orden de Jesús, se puso en camino como los otros nueve, pero dio preferencia a la persona de Jesús: primero Jesús, reconocerle, agradecerle, después, lo que él diga. Y, ¿qué dice Jesús?: “Levántate, vete. Tu fe te ha salvado”.

Hermanas y hermanos: La persona de Jesús, el encuentro personal con él, reconocerle, agradecerle es lo primero, y lo principal. Cuidar la fe, pedirla, ponerla en práctica. La práctica de la moral, de las obligaciones y las leyes sin el impulso, sin el fuego ardiente de la fe, son una pesada carga que nos agota y nos tienta al abandono. La Ley de Dios, las bienaventuranzas, las exigencias de Jesús, desde una fe firme, agradecida, que nos llena de confianza en Jesucristo, en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, son un camino de luz, de alegría y de plenitud de sentido, que entraña esfuerzo y sacrificio ciertamente, pero que no cansa ni entristece, sino que se cumple con paz y alegría.

Hermanos, vengamos a la eucaristía, a la acción de gracias, adoremos a Jesús en el altar, y sintamos que él nos sale al encuentro para decirnos: “Levántate, sal a la calle, tu fe te ha salvado”


domingo, 6 de octubre de 2019

DOMINGO XXVII T.O. (C)


-Textos:

       -Hab 1, 2-3; 2, 2-4
       -Sal 94, 1-2. 6-9
       -2Tim 1, 6-8. 13-14
       -Lc 17, 5-10

Auméntanos la fe”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Señor, auméntanos la fe”. Sin duda todos hemos dirigido esta súplica a Jesús muchas veces. Es sumamente recomendable que la recemos. “Creer en Cristo Jesús y en Aquel que lo envió para salvarnos es necesario para obtener esa salvación” dice el Catecismo de la Iglesia. La fe es un don de Dios, es abrir las puertas de mi corazón a Dios. La fe da lugar a que toda la corriente de vida divina, de amor, de perdón, de gracia y de fuerza para el bien, nos alcance y nos transforme. Esa corriente de vida y de gracia divinas Jesucristo la consiguió para nosotros, cuando murió por nosotros, resucitó y venció a la muerte y al pecado.

Ahora esta corriente, este tesoro de gracia la tiene nuestro Padre Dios en sus manos generosas y quiere con todo el amor de su corazón darla y derramarla a toda la humanidad y a la creación entera.

Si alcanzamos esa gracia de las manos de Dios, nosotros podemos amar, perdonar, dar la vida por los hermanos, trabajar por un mundo mejor; alcanzamos, en una palabra, la felicidad plena y la vida eterna.

Esta gracia tan esencial y tan necesaria para nosotros nos llega por la fe. Por eso es tan importante y decisivo creer en Jesús y en su Padre Dios que lo envió para salvarnos. Y dejarnos llevar del Espíritu Santo, el Espíritu del Padre y del Hijo, y pedir una y mil veces: “Señor, auméntanos la fe”.

La fe es don de Dios, pero la fe es también un acto nuestro. Dios quiere darnos todo lo mejor su vida divina que nos hace plenamente humanos y plenamente felices. Pero Dios quiere siempre, y como lo ha hecho siempre contar con nosotros. Quiere contar con nosotros como contó con María, modelo perfecto de nuestra fe. La Virgen María, que no comprendía plenamente el misterio, pero sí entendía que Dios pedía su consentimiento, se fío de Dios y dijo: “Hágase en mí según tu palabra”.

La fe es don de Dios, pero nosotros tenemos que disponernos de la mejor manera a recibir ese don y a acrecentarlo. ¿Qué podemos hacer para recibir y cultivar la gracia de la fe?

No podemos decir todo en una homilía, pero el último versículo de la primera lectura nos aporta una clave esencial para poder creer: “Mira, el altanero no triunfará, pero el justo por su fe vivirá”. La soberbia es el mayor obstáculo para la fe. La fe requiere humildad. La autosuficiencia de cierta mentalidad moderna, que pone toda su confianza en la ciencia y en los avances técnicos, induce la sensación en muchas gentes de que reconocer que somos limitados, que somos criaturas y no somos dioses, que creer en Dios e invocarle es innecesario y humillante… y claro, quienes piensan así están dominados por la soberbia y no pueden creer.

La fe requiere vivir en la humildad de la verdad: Somos criaturas limitadas y pecadoras. A partir de este reconocimiento, nos abrimos a la fe y aceptamos la consoladora verdad: “Venimos de Dios, vamos a Dios, Jesucristo es el “camino, la verdad y la vida”.

Y aclamamos con gozo en cada eucaristía: Anunciamos tu muerte proclamamos tu resurrección, ven, Señor Jesús”.

domingo, 29 de septiembre de 2019

DOMINGO XXVI T.O.(C)


-Textos:

       -Am 6, 1ª. 4-7
       -Sal 145, 6c-10
       -1Tim 6, 11-16
       -Lc 16, 19-31

Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Nuestra madre Iglesia nos propone hoy para nuestra reflexión la conocida parábola de un hombre rico, en griego, epulón, y del pobre Lázaro.

Quizás conviene advertir que si el pobre Lázaro va al cielo no es precisamente por ser pobre, sino porque en su pobreza ha sido fiel a Dios; y si el hombre rico va al infierno es porque en su opulenta riqueza no fue fiel a Dios, no cumplió la voluntad de Dios.

Pero la enseñanza central de la parábola no se ocupa de esta cuestión, sino de otra más concreta que nos afecta a todos, y que podríamos resumir así: Hay que compartir los bienes que Dios nos ha dado aquí, en esta vida; después es demasiado tarde.

Jesús tiene sobre el dinero, las riquezas materiales y todos los bienes la misma visión que ofrece el Antiguo Testamento y también el Nuevo. El dinero y las riquezas son buenos en sí, Dios las ha creado para que las usemos, y humanicemos nuestra vida y la vida de todos los hombres. Pero, además, Jesús advierte en su evangelio: el dinero y las riquezas son peligrosas. Y no son peligrosas por ellas mismas, sino por la fragilidad del corazón humano. Si son peligrosas, el peligro les viene del corazón que, ante las riquezas siente una tentación muy fuerte a dejarse llevar de la codicia y de la ambición desmedidas. Todos sentimos la tentación de acumular siempre más, de usar los bienes sólo para nosotros y no solo hasta lo necesario y conveniente, sino también para el lujo, la ostentación y el orgullo. Es una tentación del corazón humano herido por el pecado. Y de aquí deriva, si nos dejamos llevar de esa tentación, lo peor: Nos olvidamos del prójimo, sobre todo del prójimo necesitado.

La parábola de Jesús refleja muy bien este proceso que ocurre con frecuencia en el corazón del rico, que se considera dueño absoluto de sus riquezas y olvida que son dones de Dios, que deben ser compartidos, sobre todo con los necesitados.

Queridos hermanos, el mensaje de la parábola del rico opulento y del pobre Lázaro es para todos. Me atrevo a afirmar que los que estamos aquí, incluidas nuestras hermanas benedictinas, todos somos muy ricos. Puede que de dinero no andemos sobrados, pero el nivel de vida material de que gozamos, la cultura, la capacidad para desempeñar un trabajo, la red familiar, la red de amigos, y sobre todo la fe cristiana con los criterios y valores que me presta para entender la vida. Todo esto son bienes y riquezas: ¿Cómo los uso? ¿Los considero dones de Dios? ¿Los considero míos y solo para mí? ¿Pienso que los que carecen de estos bienes, sobre todo, los más pobres y necesitados tienen derecho a participar de ellos?

Llegados a este punto muchos nos planteamos esta pregunta: ¿Comparto lo suficiente? ¿Cuánto debo compartir? Hacernos estas preguntas ya es una gracia de Dios; darles una respuesta conforme al espíritu del evangelio de Jesús, quizás nos pide más oración y más reflexión.

Pero ya en el evangelio de esta mañana encontramos dos luces iluminadoras: La primera: “Mira y acércate a tu prójimo necesitado” Conocer su necesidad, interesarte por él, te dará luz y criterio para compartir lo que Dios quiere que compartas. Y la segunda: No olvidemos, hay que compartir los dones que Dios nos ha dado aquí, en esta vida; después es demasiado tarde.

domingo, 22 de septiembre de 2019

DOMINGO XXV T.O. (C)


-Textos:

       -Am 8, 4-7
       -Sal 112, 1b-2. 4-8
       -1 Tim 2, 1-8
       -Lc 16, 1-13

Los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

De la parábola del administrador astuto y tramposo que acabamos de escuchar en el evangelio de hoy no hemos de quedarnos con la parábola, sino con las enseñanzas que Jesús quiere darnos a propósito de esa parábola.

Una es justamente la última frase de este evangelio: “No podéis servir a Dios y al dinero”. Pero yo voy a fijarme en otra: -“Los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”.¿Qué sentido tiene este reproche de Jesús?

Jesucristo viene a decirnos: Vosotros, mis discípulos, a la hora de transmitir la fe en mí y de propagar el evangelio, debéis ser tan buenos comunicadores, tan hábiles y tan convincentes, como son astutos para ganar dinero y salir adelante los paganos que andan en negocios de este mundo.

Debemos ser humildes y aceptar el reproche de Jesús: “Los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz”.

No podemos quedarnos en lamentos pesimistas y nostalgias del pasado. Los cristianos somos más que nunca necesarios en una sociedad que está intentando prescindir de Dios, y cada vez se siente más desorientada e insatisfecha. Jesucristo es “el camino, y la verdad y la vida”, sólo él tiene palabras de vida plena, verdadera y eterna.

Nuestro papa Francisco ha lanzado al mundo católico una campaña para hacer del próximo mes de octubre un mes especialísimamente misionero. El papa nos ha dicho: “He pedido a toda la Iglesia que durante el mes de octubre de 2019 se viva un tiempo misionero extraordinario, para conmemorar el centenario de la promulgación de la Carta apostólica Maximum illud del Papa Benedicto XV (30 noviembre 1919).

Id por todo el mundo y anunciad el evangelio a todas las gentes”, nos dice el papa, y lo motiva de esta manera: “Es un mandato que nos toca de cerca a cada uno: yo soy siempre una misión; tú eres siempre una misión; todo bautizado y bautizada es una misión. Quien ama se pone en movimiento, sale de sí mismo, es atraído y atrae, se da al otro y teje relaciones que generan vida. Para el amor de Dios nadie es inútil e insignificante. Cada uno de nosotros es una misión en el mundo porque es fruto del amor de Dios”.

Nuestro arzobispo Francisco, al ser presidente de la comisión Episcopal de Misiones, está especialmente comprometido en esta campaña del papa, y estos días viaja por toda España animando la campaña. Él va diciendo que "ser misionero está en el corazón mismo de la fe de cada bautizado". Por ello, ha llamado a "cultivar el encuentro con Cristo; porque sólo así la evangelización encontrará la verdad, la fuerza y la convicción que necesita".

Hermanos y hermanas: Mes de octubre, mes misionero: una oportunidad para demostrar que “los hijos de las tinieblas no son más astutos que los hijos de la luz” a la hora de comunicar el evangelio y transmitir la fe.

domingo, 15 de septiembre de 2019

DOMINGO XXIV T.O. (C)


Introducción al evangelio
-Textos:

       -Ex 32, 7-11.13-14
       -Sal 50, 3-4. 12-13. 17-19
       -1 Tim 1, 12-17
       -Lc 15, 1-32

Celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha resucitado; estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Vamos a escuchar la página más representativa y original del evangelio de Lucas, pero además la más reveladora y característica del evangelio de Jesús. En ella Lucas ha recogido lo más novedoso y también lo más esencial de la imagen que Jesús conocía y quería revelar a los hombres sobre su Padre Dios.

Lucas nos cuenta tres parábolas que predicó Jesús a las gentes. Las tres nos retratan a Dios, nos traen la buena noticia del Dios de Jesús, el Padre Dios, que Jesús vivía y conocía por ser su Hijo.

La tercera parábola además, la que llamamos del Hijo pródigo, retrata a dos tipos de hombres tal como se sitúan ante Dios y ante sí mismos. Cómo entiende cada uno a Dios y cómo plantean su vida y su relación personal ante Dios.

Vamos a escuchar esta preciosa enseñanza, contada por Lucas y salida de los labios de Jesús, preguntándonos: ¿Cómo es Dios? ¿Cómo me sitúo yo ante Dios? ¿Cómo es la imagen de Dios que subyace en mí y condiciona mi vida?

¡Escuchad!

domingo, 8 de septiembre de 2019

DOMINGO XXIII T.O. (C)


-Textos:

       -Sab 9, 13-18
       -Sal 89, 3-6. 12-14.17
       -Fil 9b-10. 12-17
       -Lc 14, 25-33

Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Jesús camina hacia Jerusalén; sabe que allí lo van a condenar y acabarán crucificándolo. En este camino hacia Jerusalén y hacia el calvario le siguen sus discípulos más incondicionales. Son discípulos entusiasmados con la persona y las enseñanzas de Jesús. Aman de verdad a Jesús. Para ellos Jesús es el tesoro escondido y descubierto por el que merece la pena dejarlo todo.

Jesús lo sabe, y quiere precaverlos sobre las consecuencias que puede acarrearles el seguimiento. Y les dice con toda crudeza y claridad: “Si alguno viene en pos de mí y no pospone a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, incluso a sí mismo, no puede ser discípulos mío”. ¿Cómo entender estas palabras?

En primer lugar, tenemos que entender bien lo que nos está diciendo Jesús: Él no quiere que odiemos al padre ni a la madre ni a la familia, no quiere que todos renunciemos a todos los bienes y riquezas y nos quedemos en la pobreza y en la indigencia total.

En el fondo, lo que Jesús nos dice con ese lenguaje tan radical y tan provocativo es que pongamos a Dios el primero y por encima de todas las cosas, por encima incluso de bienes y valores como la familia u otros bienes temporales necesarios para vivir.
Si la familia nos lleva a Dios y nos enseña y ayuda a amar al prójimo, Dios nos dice que sí, que amemos a la familia y construyamos familias que nos eduquen en los valores humanos y cristianos. Pero si se diera el caso, de que la familia entorpece e incluso nos impide cumplir la voluntad de Dios, entonces desoigamos a la familia y sigamos a Jesús y a cuanto nos enseña en su evangelio.

Tenemos experiencia: Cumplir enteramente los mandamientos de la ley de Dios, seguir a Jesucristo y cumplir lo que él nos dice sobre el perdón, sobre el uso del dinero y de las riquezas, sobre dar la vida por los hermanos, sobre amar al prójimo…, en una palabra, ser cristianos de verdad en medio de este mundo es, en muchos casos, nadar contra corriente, es difícil, es duro y cuesta cruz y sacrificios.

Y entonces, ¿por qué seguir a Jesús?

Conviene que nos hagamos esta pregunta. ¿Es que seguir a Jesús es para mí sólo una cruz? ¿O es que Jesús para mi es aquel que me ha ganado el corazón y lo ha iluminado, y así Jesús es aquel que da sentido a mis cruces, y me da fuerza para en las penas y en las alegría, en la salud y en la enfermedad, llevar adelante una vida impulsada desde el amor? Desde Jesús sé y puedo amar a mi familia como se merece, y se desprenderme de ella, para seguir mi vocación y mi destino.

En definitiva, hemos descubierto que él es la perla y el tesoro por los que merece la pena venderlo todo y sufrirlo todo.

Hacemos nuestra las palabras de Pedro: “A donde quién vamos a ir, solo tú, Señor, tienes palabras de vida eterna”.

domingo, 1 de septiembre de 2019

DOMINGO XXII T.O. (C)


-Textos:

       -Eclo 3, 17-18. 20. 28-29
       -Sal 67, 4-5ac. 6-7ab. 10-11
       -Heb 12, 1-19. 22-24ª
       -Lc 14, 1. 7-14

Hijo, actúa con humildad en tus quehaceres”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

La palabra de Dios hoy nos invita a ser humildes. Muchos de los que no están muy familiarizados con el evangelio de Jesús piensan que la humildad es cosa de personas apocadas que no tienen el coraje de luchar ni de hacer algo grande en la vida.

Sin embargo, alguien que ha hecho tanto bien y es tan reconocida universalmente, como santa Teresa dice que la humildad es la verdad. Un maestro de la vida espiritual de nuestros días suele decir: “¿Para crecer en el camino de la fe, ¿que hace falta? – Ser humilde; y cuando lleguemos a la cumbre de la santidad y nos veamos junto a Dios, ¿qué seremos?: -Humildes”.

Ser humilde es ser cabalmente hombre, mujer. La persona humilde es libre, es alegre y es agradecida con Dios y colaboradora con los hombres. Porque se acepta como es, ni más ni menos, y así está en disposición de aceptar a los demás como son, ni más ni menos. Es decir respetarlos, amarlos y colaborar con ellos, para hacer un mundo mejor, conforme a la voluntad de Dios.

Pero son muchos, muchísimos que no piensan así. Piensan que la felicidad está en tener dinero, no importa cómo, en provocar la admiración y la envidia de todos aun viviendo más de la imagen falsa, que de lo que es en verdad, en poder decir que es amigo de fulano, persona importante y famosa...

Como Jesucristo hoy nos habla desde un banquete, sin duda muchos tenemos conocimiento de gente que llegan a pedir préstamos para pagar la boda de su hijo o de su hija con tal de que sea tan ostentosa y el banquete tan sobreabundante y sofisticado como lo fue el de la casa vecina o del el pariente rico.

Dios Padre, no piensa así, nos dice en la primera lectura: “Cuanto más grande seas, más debes humillarte”. Jesucristo, Hijo de Dios, tampoco piensa así, más bien piensa todo lo contrario: “Notando que los convidados escogían los primeros puestos... acabó diciendo, Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.

¿Cómo alcanzar la humildad, la verdadera humildad, la que nos hace libres, alegres, agradecidos con Dios y colaboradores con los hombres?

Os propongo tres consignas: Primero, reconocer que soy criatura de Dios, segundo, que soy débil y pecador, y tercero, poner los ojos en Jesucristo, en sus enseñanzas y en su ejemplo.

Amplío un poco esta última: El concilio Vaticano segundo, en una frase de enorme calado moral y religioso dijo: “Jesucristo, el nuevo Adán, revela el hombre al propio hombre”. Es decir: ¿Cómo llegar a ser una persona lograda? Es decir, cómo conseguir el fin último de mi vida, mi vocación, el éxito, la felicidad? ¿Cómo realizarme plenamente? – Mira a Jesucristo, trata de ser como él; Jesucristo revela quién es el hombre logrado y perfectamente realizado.

Pues bien, Jesucristo nos dice: “El hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir”; “Si yo, el maestro os he lavado los pies, también vosotros os debéis lavar los pies unos a otros”. Y hoy nos dice: “Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos: y serás bienaventurado”. Fijémonos bien: haz esto, “y serás bienaventurado”.

Y para rubricar estas enseñanzas, hermanos, Jesucristo se hizo humilde hasta la muerte, y humilde hasta hacerse alimento para nosotros, eucaristía, bajo las especies humildes del pan y del vino.


domingo, 18 de agosto de 2019

DOMINGO XX T.O. (C)


-Textos:

       -Jer 38, 4-6. 8-10
       -Sal 39, 2-4.18
       -Heb 12, 1-4
       -Lc 12, 49-53

He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

San Lucas en el pasaje evangélico que hemos leído nos presenta una faceta de Jesús, sorprendente pero a la vez admirable. Jesús dice: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!

Jesús es de verdad una persona apasionada locamente por Dios y por cumplir la voluntad de Dios: que se resume en amarle a él por encima de todo y al prójimo como a nosotros mismos, y como él nos ama.

Todos sabemos también cómo Jesús, a su vez, ha dado lugar a cristianos apasionados locamente por Él: S. Pablo, San Francisco de Asís, San Francisco de Javier, Santa Teresa de Calcuta, a tantos y tantos seguidores de Jesús, que han roto con su entorno social y familiar, han sacudido la conciencia dormida de la sociedad, y han anunciado el amor a Dios y al prójimo por todo el mundo.

Y nosotros, ¿Qué hacemos? El evangelio de hoy es hoy para nosotros: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!

¿Sentimos la fe como llama que nos quema por dentro y nos impulsa a incendiar la sociedad actual con el fuego del evangelio?

Os aporto un pensamiento del papa Francisco hablando a los jóvenes: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente.

¿Es esta la epidemia que padece el mundo occidental cristiano?

El papa Francisco viene a decir que el consumismo enfría el entusiasmo y la alegría de la fe, apaga el fuego apostólico y debilita la valentía para anunciar el evangelio.

Vosotras, queridas hermanas benedictinas, tenéis la gracia y la suerte de contar con la Regla de san Benito. Os basta seguirla con fidelidad. Pero, ¿nosotros?

La fiebre consumista, la pasión por el dinero y el nivel social alto, las ideas y valores contrarios al evangelio y a las enseñanzas de la Iglesia, impregnan el ambiente que respiramos… ¿Cómo mantener en el corazón el fuego de la fe y el entusiasmo por transmitirla y comunicarla?

Me permito releeros lo que dice la carta a los Hebreos de la segunda lectura: “Recordad (a Jesús) al que soportó tal oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado”.

Pero sí hemos llegado, gracias a Dios, a poder participar del Cuerpo y de la Sangre del Señor en la eucaristía. Es la eucaristía el hogar que alimenta el fuego y la llama de la fe.


jueves, 15 de agosto de 2019

FESTIVIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA EN CUERPO Y ALMA A LOS CIELOS



-Textos:

       -Ap 11, 19ª; 12, 1.3-6ª. 10ab
       -Sal 44, 10-12ab. 16
       -1Co 15, 20-27a
       -Lc 1, 39-56

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy, y de muy buena gana, nos apropiamos de la canción de nuestra madre del cielo María, y cantamos y damos gracias precisamente por ella, por la fiesta que la Iglesia y desde los primeros siglos viene celebrando en Oriente y en Occidente, en la iglesia católica y en la ortodoxa, la fiesta de su Asunción en cuerpo y alma a los cielos.

Es la fiesta que pone en evidencia la plenitud de gracia, de felicidad y de gloria que gozó nuestra madre del cielo y madre de Dios. Ella, llena de gracia, inmaculada y pura en su alma no podía experimentar corrupción alguna en su cuerpo. Así lo reconoce su Padre Dios y por los méritos de su Hijo Jesucristo, la eleva en cuerpo y alma a los cielos en el momento mismo de su muerte.

El misterio de la Asunción de María a los cielos es un triunfo de Jesucristo. “Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos”, nos ha dicho san Pablo. Y después de Cristo, es María, la primera que en cuerpo y alma sube a los cielos, demostrando así la fuerza y la eficacia de la obra de Cristo en favor de todos los hombres. Los efectos y beneficiosos resultados que la muerte y resurrección de Cristo han tenido en María, pueden tener lugar en nosotros y en todos los hombres. Dios quiere y Dios tiene previsto hacer con todos nosotros lo que ya ha hecho con su Madre y Madre nuestra María.

Por todo esto, la fiesta de la Asunción de María a los cielos, es una fiesta que nos llena a todos de esperanza.

La Virgen de la Asunción es la Virgen de la esperanza. María es profecía de nuestra resurrección. Ella es anuncio y anticipo del pueblo de Dios que llegará a la plenitud de la gloria futura.

¡Qué alentadora la primera lectura que hemos leído del Apocalipsis! Parece difícil de entender, pero es un retrato de la vida de la Iglesia, en este valle de lágrimas, que vivimos todos los creyentes. En medio del mundo actual el dragón, el demonio, sembrando el mal, atacando con toda su fuerza a la Iglesia y tratando de que el Hijo de Dios desaparezca del mundo. Pero Dios protege a la Iglesia que vive como en un desierto.

Al final, la Iglesia puede cantar un canto precioso y solemne de victoria: “Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo”. Y María, madre e hija de la Iglesia, es la primera beneficiaria del triunfo de Cristo y del Reinado de Dios.

No tengamos miedo, el mundo sufre, los cristianos sufrimos también en un mundo paganizado… No tengamos miedo, creamos en Cristo, pongamos los ojos del corazón en María, ascendida a los cielos, “vestida de sol, la luna por pedestal, coronada de doce estrellas”, y que se empape nuestra alma de esperanza y de ganas de vivir y luchar llenos de esperanza, por un mundo mejor.

Con toda la Iglesia, con los cristianos de Oriente y Occidente, católicos y ortodoxos, y también con los muchos pueblos de España y de Navarra que celebran sus fiestas patronales, celebremos la fiesta.

El canto que nos enseñó a cantar la Virgen: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador” sea la melodía que de temple y tono a toda nuestra eucaristía.

domingo, 11 de agosto de 2019

DOMINGO XIX, T.O. (C)


-Textos:

-Sb 18, 6-9
-Sal 32,1 y 12. 18-20 y 22
-Heb 11, 1-2. 8-19
-Lc 12, 32-48

No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre (Dios) ha tenido a bien daros el reino”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hemos de agradecer a Dios que en medio del verano nos dedique unas palabras tan cariñosas y tan reconfortantes: -“No temas, pequeño rebaño”, nos dice.

El Reino de Dios es el proyecto de Dios para salvar el mundo. Y nos lo ha regalado a nosotros, al pequeño rebaño, a los seguidores de Jesús, a la Iglesia; a nosotros que hemos recibido la gracia de la fe y el bautismo.

El Reino de Dios, dicho en pocas palabras, es el amor de Dios esparcido a raudales sobre el mundo, el Reino de Dios es Jesucristo mismo y el proyecto de vida que ha propuesto a los hombres en su evangelio.

El Reino de Dios es, queridos hermanos, un don y es una responsabilidad.

Es un don: Jesucristo nos dijo que es una perla tan preciosa que merece la pena venderlo todo para adquirirla. Por eso nos ha dicho hoy en este mismo evangelio: Vended vuestros bienes y dad limosna, haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, a donde no se acercan los ladrones ni la polilla”.

La verdad es que Jesús no anda en chiquitas, ojalá que no nos asusten estas palabras. En el fondo nos está diciendo: Confiad en Dios, no gastéis la vida en adquirir cosas y bienes caducos que se corrompen y que al final los tenemos que dejar. Creed en el Reino, en la oferta de amor que Dios os hace, seguidme a mí y aceptad como proyecto de vida mi evangelio. -“No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre (Dios) ha tenido a bien daros el reino”.

El Reino de Dios es un don divino, pero es también una responsabilidad. “Quien es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimentos a su hora?”.

A este pequeño rebaño, como cariñosamente nos ha llamado Jesús, Jesús le encomienda la importante misión de anunciarlo a todos los hombres. Imaginad el mundo, como una gran sala a la que acuden como comensales todos los hombres y mujeres que han nacido y nacerán a través de los tiempos. Nosotros, el pequeño rebaño de Jesús, la Iglesia, tenemos la responsabilidad de servir al mundo el mejor plato: ponerles sobre la mesa el Reino de Dios, el alimento que no perece, el tesoro inagotable del cielo.

Entonces, ¿qué tenemos que hacer?

La respuesta de Jesús es: Estar atentos, vigilar. Porque el Señor Jesús, que vino y dio la vida por el Reino que anunció, va a volver para juzgar y ver si hemos dado un testimonio gozoso del Reino que nos regaló, y si hemos cumplido la misión de anunciarlo a todos los hombres.

Hermanos, nosotros, la Iglesia, que somos administradores y servidores del banquete del Reino, somos también comensales de ese banquete. Por eso, nos acercamos a la eucaristía.


domingo, 4 de agosto de 2019

DOMINGO XVIII T.O. (C)


-Textos:

       -Ecl 1, 2; 2, 21-13
       -Sal 89, 3-6. 12-14 y 17
       -Col 3, 1-5. 9-11
       -Lc 12, 13-21

Necio, esta noche te van reclamar el alma, ¿de quién será lo que has preparado?

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

¡Cuántos líos de familia por razón de herencias ocurren en nuestra sociedad! Vemos en el evangelio de hoy que a Jesús le piden que solucione uno. Jesús se niega a meterse en el lío. Pero no se desentiende de la cuestión y en vez de acceder directamente a su petición, entra en las causas profundas del problema y ofrece una enseñanza que viene a sanar de raíz los conflictos de herencias y otros muchos problemas.

En la parábola del hombre rico que, satisfecho y orgulloso, construye almacenes grandes para llenarlos de trigo y de otros bienes cosechados, Jesús no pone el acento en los bienes, si son muchos o pocos o demasiados, Jesús descalifica y trata de necio al hombre rico porque tiene puesta toda su felicidad y toda su confianza en sus riquezas.

Riquezas materiales y caducas, que por muchas que sean no pueden solucionarle el problema básico de la vida.

La parábola de Jesús es clarísima y convincente, todos la asentimos, porque refleja un modo de pensar, de sentir y de entender la vida muy común, enormemente generalizado, y del que quizás en alguna medida participamos todos.

Jesús, en este caso, no censura las riquezas, Jesús apunta al alma, al corazón. ¿Dónde está tu corazón? ¿Qué es aquello que amas con toda tu alma? “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”.

Es legítimo y necesario disponer de algunos bienes para tener un vida humana digna, pero advierte del peligro que acecha al que tiene bienes materiales, y deja ver la responsabilidad que implica adquirirlas y poseerlas. Sobre todo, cuando sabemos que hay tantos seres humanos que no disponen ni del más exiguo bien para vivir dignamente.

Los bienes materiales no pueden ser tu ídolo, tu dios. “No podéis servir a Dios y al dinero”. Jesús es claro, directo y sin rodeos: -“Necio, esta noche te van reclamar el alma, ¿de quién será lo que has preparado?

Pongamos la atención en la primera parte de esta frase: “Esta noche te van a reclamar el alma…

Hermanos, ¿el dinero resuelve el problema de la vida? A veces “escaqueamos” la pregunta bromeando: “El dinero, decimos, no da la felicidad, pero ayuda bastante”. Jesús dice: “Te van a reclamar el alma”. Hermanos: se muere el cuerpo, pero, ¿se muere el alma? ¿Cómo hacer para que el dinero me salve el alma? Muchos interrogantes, y muy serios, para una mañana de verano.

San Pablo en la segunda lectura nos ofrece una excelente respuesta a estas preguntas: “Si habéis resucitado con Cristo (por el bautismo), buscad los bienes de allá arriba; … aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra…. “Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la codicia y la avaricia, que es una idolatría… Os habéis revestido de la nueva condición… donde no hay griego y judío…, esclavo o libre, sino Cristo, que lo es todo en todos”.

Termino con una oración que hemos rezado en una de las misas de la pasada semana: “Oh Dios, protector de los que en ti esperan, … multiplica en nosotros los signos de tu misericordia, para que… de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos”. Así sea.



domingo, 28 de julio de 2019

DOMINGO XVII, T.O. (C)


-Textos:

       -Ge 18, 20-32
       -Sal 137, 1-3. 6-8
       -Col 2, 12-14
       -Lc 11, 1-13

Señor, enséñanos a orar”.

Queridas hermanas Benedictinas y queridos hermanos todos:

¿Qué planes hemos hecho cada uno para este tiempo de verano? ¿Hemos incluido aumentar el tiempo diario de oración, o hacer unos días de retiro, o buscar un lugar tranquilo que nos permita entrar dentro de nosotros mismos...? Qué buen proyecto para el verano, por ejemplo, dar lugar a encontrarnos de otra manera con la naturaleza, con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos?

Sea como sea, ojalá esta mañana nos salga del corazón y nos identifiquemos con la petición de aquel discípulo, que viendo a Jesús orando, le dice: Señor, enséñanos a orar”.

A Jesús sin duda le agradó esta petición y le responde con dos propuestas, la primera, enseñándoles una oración concreta, la segunda, dándonos una recomendación apremiante.

Esta mañana, a nosotros, Jesús nos enseña el “Padrenuestro”.

El padrenuestro contiene la esencia y el espíritu de toda la predicación de Jesús, es representativa cabal de todo su programa y de su misión. El padrenuestro revela quién es Dios para los hombres, quién es Jesús y cuál es su misión; la actividad más fecunda del Espíritu Santo en nosotros es dar lugar a que los bautizados recemos el padrenuestro con toda propiedad y con toda verdad.

El padrenuestro encierra en sí todo cuanto un cristiano puede pedir para su salvación”, dice S. Agustín. Es la oración de Jesús, es la oración de los hijos de Dios. La oración que Dios Padre escucha y atiende siempre.

La epístola de san Pedro nos dice que a veces “pedimos mal”, san Pablo en la Carta a los Romanos dice “que no sabemos pedir como conviene”. Si pedimos conforme al espíritu que se respira en el padrenuestro, nuestras peticiones quedan disponibles de la mejor manera, para que Dios Padre las acepte y las lleve a cumplimiento.

Después de proponer el padrenuestro, Jesús nos hace una recomendación apremiante:

Nos dice: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; y sigue con sorprendente insistencia: “Porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre.”.

Dos enseñanzas subyacen en esta recomendación tan insistente de Jesús: La primera habla de Dios: Dios, nuestro Padre, promete y se compromete a escuchar nuestras súplicas; y no sólo a escucharlas, sino a llevarlas a efecto y cumplirlas. La segunda se dirige a nosotros: Debemos pedir con insistencia y con perseverancia.

En resumen, Jesús nos enseña que no nos cansemos de pedir y de orar, y sobre todo, que pidamos confiando plenamente en Dios, que es padre nuestro, es fiel, nos ama y que ha prometido escucharnos.

Ahora, en la eucaristía, vamos a tener la oportunidad de rezar el padrenuestro en el ámbito más adecuado, en comunidad, y para disponernos a lo mejor, recibir a Jesús.

domingo, 21 de julio de 2019

DOMINGO XVI T.O. (C)


-Textos:

       -Gn 18, 1-10ª
       -Sal 14, 2-5
       -Co 1, 24-28
       -Lc 10, 38-42

María ha escogido la mejor parte…”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy la palabra de Dios va de huéspedes, hospitalidad y acogida.

En medio del verano y en unas circunstancias en que tantos van de viaje, hacen visitas a familiares y amigos o reciben visitas de unos y otros, nos viene muy bien ver que en esta situación tan humana como esta de las visitas que hacemos o que nos hacen Dios también nos visita y nos ofrece su gracia y la oportunidad de crecer en el amor a él y al prójimo.

El evangelio termina con unas palabras de Jesús: “María ha escogido la mejor parte”. ¿Por qué ha escogido María lo mejor? María se ha centrado en la persona, ha dado preferencia a recibir al amigo, a la persona, a Jesús. Marta ha puesto su atención en el hacer, en las ocupaciones, en los quehaceres, María, en la persona.

Las dos cosas son importantes cuando llega una visita a nuestra casa. Pero Jesús nos enseña que primero, la persona. Ya le daremos enseguida el vaso de agua fresca y hasta la cena. Pero primero, la persona, acogerla, escucharla y decirle con la acogida cuánto la apreciamos y lo importante que es para nosotros.

En el caso de Marta y María, además, ocurre que se trata nada más y nada menos que de Jesús, el Hijos de Dios, el Mesías, enviado de Dios para establecer el Reino de Dios y salvar al mundo. Jesús es la perla por la que merece dejarlo todo para quedarse con él. “Buscad primero el Reino de dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura”.

Pero si iluminamos este encuentro de Marta y María, desde la primera lectura, desde la acogida que hace Abrahán a los tres misteriosos personajes que le vienen a visitar en el encinar de Mambré, todavía descubrimos mejor qué nos quiere decir Jesús, cuando delicadamente advierte a Marta que su hermana, María, ha escogido la mejor parte. La Carta a los Hebreos, comentando la escena de Abrahán que acoge y recibe a los tres visitantes, dice: “Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad: por ella algunos sin saberlo, hospedaron a ángeles”. La Carta a los Hebreos alude claramente a Abrahán que con grandeza de alma y generosidad de corazón acogió y hospedó a estos desconocidos, que resultaron ser ángeles enviados de Dios para prometerle que quería darle un hijo.

Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad: por ella algunos sin saberlo, hospedaron a ángeles”.

Nuestras queridas hermanas benedictinas conocen y viven muy bien el mensaje que la palabra de Dios nos propone a todos, porque san Benito en su Regla les dice con rotunda claridad: “Recibid al huésped como al mismo Cristo”

domingo, 14 de julio de 2019

DOMINGO XV T.O. (C)


-Textos:
 
       -Dt 30, 10-14
       -Sal 68, 14 y 17. 30-31. 33-34. 36ab y 37
       -Co 1, 15-20
       -Lc 10, 25-37

Anda y haz tú lo mismo”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy, domingo, coincide con el último día de los “sanfermines”. Algunos, amantes de la fiesta, apurarán las horas hasta las doce de la noche para entonar el “Pobre de mí”.

Nosotros, aquí, venimos a celebrar el domingo, queremos escuchar la palabra de Dios y salir con fuerza espiritual y alegría a recorrer el camino del verano.

Anda y haz tú lo mismo”. La parábola del “Buen samaritano” es sumamente aleccionadora, clara e incisiva. No querría desvirtuarla con mi comentario.

Pero voy a empezar por la primera parte del evangelio: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna”.

Hermanos, ¿pensamos en la vida eterna? La vida eterna es la meta del camino y de la carrera que estamos recorriendo en esta vida. Es el regalo de Dios más precioso. Es vivir la comunión de vida y de amor con Dios y con todos los santos, es la felicidad plena, a la que aspira el deseo más profundo de nuestro corazón.

Nuestra meta es la vida eterna. Esta esperanza llena de alegría nuestras alegrías y nos da fuerza para soportar nuestras penas y sufrimientos.

Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna”- Jesús respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y al prójimo como a ti mismo”.

Esta es la respuesta de Jesús para el camino de la vida, para el camino de la vida eterna, para el camino en el que estamos todos matriculados, camino que nos lleva al éxito seguro y feliz. El camino ancho de una libertad entendida como hacer lo que a mí me sale, de comprometerme y descomprometerme cuando a mí me parece, sin atarme ni a Dios ni a los derechos de los demás, no es camino de vida ni de felicidad, y mucho menos, camino de vida eterna.

¿Y quién es mi prójimo?”. Mi prójimo es mi hermano necesitado, mi hermana necesitada, que aparece inesperadamente en mi vida. No tiene por qué ser pariente, ni tener mi fe ni mi color; basta que sea persona, persona humana, criatura de Dios. Está necesitado, me lo he encontrado en mi camino: ese es mi prójimo.

Pero antes de terminar, dejemos que Jesús de vuelta a la cuestión y nos pregunte: “¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?” Nosotros respondemos sin dudar: -“El que practicó misericordia con él”.

Efectivamente, prójimo es el necesitado, pero prójimos tenemos que hacernos nosotros, todos y cada uno, acercarnos nosotros a la persona necesitada, sea quien sea; acercarnos a ella y actuar con misericordia y amor real y efectivo. Como lo hacía Jesús. Y lo sigue haciendo.
Hermanas y hermanos todos, ya tenemos programa para el verano: “Anda y haz tú lo mismo”.


jueves, 11 de julio de 2019

SOLEMNIDAD DE SAN BENITO, PATRONO DE EUROPA


-Textos:

       -Pro 2, 1-9
       -Ef 4, 1-6
       -Mt 19, 27-29

Si hoy escucháis la voz del Señor…”

1.-: Enhorabuena y felicidades, hermanas: Partícipes, herederas y transmisoras de la Obra y el carisma de S. Benito.
A la Iglesia, a Europa y a todos los hombres…

2.-: “Si hoy escucháis su voz…”. San Benito en el Prólogo de la Regla recoge esta frase tan rezada…

Cuantos estamos aquí, ¿venimos dispuestos y convencidos de que hoy y aquí nos habla Dios, y quiere decirnos algo importante para nuestra fe y nuestra salvación? Dios habla siempre, y muy especialmente en conmemoraciones como esta de hoy.

3.-: “Si prestas oído a la Sabiduría”, hemos escuchado en la primera lectura.
La sabiduría, según la biblia es el arte de saber vivir conforme a la voluntad de Dios. El mundo habla de manera de entender la ida o manera de pensar y de comportarse en la sociedad. Es la mentalidad que consciente o inconscientemente regula nuestra vida. Unos viven al modo que dicta el mundo, la televisión, lo que se piensa y se dice y suena bien a los oídos de la gente y de las conversaciones, los criterios que imponen los que dominan los medios de comunicación…Criterios del mundo?

La sabiduría cristina ¿qué nos dice? Sorprendentemente algo muy distinto: “Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido… Todo el que por mí deja casa, hermanos, o hermanas, padre o madre, hijos o tierras…”. ¡Qué distinto a lo que piensa el mundo, ¿verdad?.

Vosotras, hermanas, lo habéis hecho y aquí estáis, cantando y gozosas de vuestra vocación. Pero, ¿y los que estáis en los bancos?

El dicho de Jesús en el fondo está diciendo el primer mandamiento de Dios: “Amar a Dios sobre todas las cosas…” Poner a Dios antes que al padre y a la madre, no es menospreciar a nuestros padres, es lo mejor que podemos hacer por ellos. Es no pedir a nuestros padres que sean mi dios y me den todo lo que necesito, cuando soy niño y cuando soy mayor, lo que necesito para mi boda, y para mis hijos y para comprar el chalet, “porque sois dioses y lo podéis hacer”. No, poner primero a Dios y en segundo lugar a mi familia, me permite amar a mi familia con el amor de Dios y desde Dios: Y amar a mis padres cuando me ayudan y más todavía, cuando me necesitan… Quien ama así a su familia, ama a Dios sobre todas las cosas y ponen en práctica la invitación de Jesús a seguirle.

4.-: La sabiduría cristiana, todavía nos dice más: “Os pido que andéis de acuerdo con la vocación a la que habéis sido convocados”. Todos tenemos vocación…. ¿Y cuál es nuestra vocación? – La comunión, la fraternidad. Es la esencia del testamento de Jesús: “Que todos sean uno”.

S. Benito, hablando del celo bueno y del celo malo dice: “Ejerciten los monjes este celo con la más acendrada caridad. Hay un celo bueno que aparta de los vicios, y conduce a Dios y a la vida eterna… Es decir anticípense a honrarse unos a otros… tolérense con suma paciencia sus flaquezas tanto físicas como morales…, nadie busque lo que juzgue útil para sí, sino más bien para los demás… y nada absolutamente antepongan a Cristo.

Estos consejos de S. Benito, tan afines a los de S. Pablo, son los que han dado lugar a que las comunidades benedictinas, y por extensión las comunidades de religiosos y religiosas, vengan a ser en la Iglesia y en el mundo, profecía del Reino de Dios, profecía del cielo nuevo y tierra nueva, donde todos los salvados disfrutaremos en un banquete de familia del amor de los hermanos y del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.