domingo, 18 de agosto de 2019

DOMINGO XX T.O. (C)


-Textos:

       -Jer 38, 4-6. 8-10
       -Sal 39, 2-4.18
       -Heb 12, 1-4
       -Lc 12, 49-53

He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

San Lucas en el pasaje evangélico que hemos leído nos presenta una faceta de Jesús, sorprendente pero a la vez admirable. Jesús dice: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!

Jesús es de verdad una persona apasionada locamente por Dios y por cumplir la voluntad de Dios: que se resume en amarle a él por encima de todo y al prójimo como a nosotros mismos, y como él nos ama.

Todos sabemos también cómo Jesús, a su vez, ha dado lugar a cristianos apasionados locamente por Él: S. Pablo, San Francisco de Asís, San Francisco de Javier, Santa Teresa de Calcuta, a tantos y tantos seguidores de Jesús, que han roto con su entorno social y familiar, han sacudido la conciencia dormida de la sociedad, y han anunciado el amor a Dios y al prójimo por todo el mundo.

Y nosotros, ¿Qué hacemos? El evangelio de hoy es hoy para nosotros: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo!

¿Sentimos la fe como llama que nos quema por dentro y nos impulsa a incendiar la sociedad actual con el fuego del evangelio?

Os aporto un pensamiento del papa Francisco hablando a los jóvenes: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente.

¿Es esta la epidemia que padece el mundo occidental cristiano?

El papa Francisco viene a decir que el consumismo enfría el entusiasmo y la alegría de la fe, apaga el fuego apostólico y debilita la valentía para anunciar el evangelio.

Vosotras, queridas hermanas benedictinas, tenéis la gracia y la suerte de contar con la Regla de san Benito. Os basta seguirla con fidelidad. Pero, ¿nosotros?

La fiebre consumista, la pasión por el dinero y el nivel social alto, las ideas y valores contrarios al evangelio y a las enseñanzas de la Iglesia, impregnan el ambiente que respiramos… ¿Cómo mantener en el corazón el fuego de la fe y el entusiasmo por transmitirla y comunicarla?

Me permito releeros lo que dice la carta a los Hebreos de la segunda lectura: “Recordad (a Jesús) al que soportó tal oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado”.

Pero sí hemos llegado, gracias a Dios, a poder participar del Cuerpo y de la Sangre del Señor en la eucaristía. Es la eucaristía el hogar que alimenta el fuego y la llama de la fe.


jueves, 15 de agosto de 2019

FESTIVIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN MARÍA EN CUERPO Y ALMA A LOS CIELOS



-Textos:

       -Ap 11, 19ª; 12, 1.3-6ª. 10ab
       -Sal 44, 10-12ab. 16
       -1Co 15, 20-27a
       -Lc 1, 39-56

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy, y de muy buena gana, nos apropiamos de la canción de nuestra madre del cielo María, y cantamos y damos gracias precisamente por ella, por la fiesta que la Iglesia y desde los primeros siglos viene celebrando en Oriente y en Occidente, en la iglesia católica y en la ortodoxa, la fiesta de su Asunción en cuerpo y alma a los cielos.

Es la fiesta que pone en evidencia la plenitud de gracia, de felicidad y de gloria que gozó nuestra madre del cielo y madre de Dios. Ella, llena de gracia, inmaculada y pura en su alma no podía experimentar corrupción alguna en su cuerpo. Así lo reconoce su Padre Dios y por los méritos de su Hijo Jesucristo, la eleva en cuerpo y alma a los cielos en el momento mismo de su muerte.

El misterio de la Asunción de María a los cielos es un triunfo de Jesucristo. “Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos”, nos ha dicho san Pablo. Y después de Cristo, es María, la primera que en cuerpo y alma sube a los cielos, demostrando así la fuerza y la eficacia de la obra de Cristo en favor de todos los hombres. Los efectos y beneficiosos resultados que la muerte y resurrección de Cristo han tenido en María, pueden tener lugar en nosotros y en todos los hombres. Dios quiere y Dios tiene previsto hacer con todos nosotros lo que ya ha hecho con su Madre y Madre nuestra María.

Por todo esto, la fiesta de la Asunción de María a los cielos, es una fiesta que nos llena a todos de esperanza.

La Virgen de la Asunción es la Virgen de la esperanza. María es profecía de nuestra resurrección. Ella es anuncio y anticipo del pueblo de Dios que llegará a la plenitud de la gloria futura.

¡Qué alentadora la primera lectura que hemos leído del Apocalipsis! Parece difícil de entender, pero es un retrato de la vida de la Iglesia, en este valle de lágrimas, que vivimos todos los creyentes. En medio del mundo actual el dragón, el demonio, sembrando el mal, atacando con toda su fuerza a la Iglesia y tratando de que el Hijo de Dios desaparezca del mundo. Pero Dios protege a la Iglesia que vive como en un desierto.

Al final, la Iglesia puede cantar un canto precioso y solemne de victoria: “Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo”. Y María, madre e hija de la Iglesia, es la primera beneficiaria del triunfo de Cristo y del Reinado de Dios.

No tengamos miedo, el mundo sufre, los cristianos sufrimos también en un mundo paganizado… No tengamos miedo, creamos en Cristo, pongamos los ojos del corazón en María, ascendida a los cielos, “vestida de sol, la luna por pedestal, coronada de doce estrellas”, y que se empape nuestra alma de esperanza y de ganas de vivir y luchar llenos de esperanza, por un mundo mejor.

Con toda la Iglesia, con los cristianos de Oriente y Occidente, católicos y ortodoxos, y también con los muchos pueblos de España y de Navarra que celebran sus fiestas patronales, celebremos la fiesta.

El canto que nos enseñó a cantar la Virgen: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador” sea la melodía que de temple y tono a toda nuestra eucaristía.

domingo, 11 de agosto de 2019

DOMINGO XIX, T.O. (C)


-Textos:

-Sb 18, 6-9
-Sal 32,1 y 12. 18-20 y 22
-Heb 11, 1-2. 8-19
-Lc 12, 32-48

No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre (Dios) ha tenido a bien daros el reino”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hemos de agradecer a Dios que en medio del verano nos dedique unas palabras tan cariñosas y tan reconfortantes: -“No temas, pequeño rebaño”, nos dice.

El Reino de Dios es el proyecto de Dios para salvar el mundo. Y nos lo ha regalado a nosotros, al pequeño rebaño, a los seguidores de Jesús, a la Iglesia; a nosotros que hemos recibido la gracia de la fe y el bautismo.

El Reino de Dios, dicho en pocas palabras, es el amor de Dios esparcido a raudales sobre el mundo, el Reino de Dios es Jesucristo mismo y el proyecto de vida que ha propuesto a los hombres en su evangelio.

El Reino de Dios es, queridos hermanos, un don y es una responsabilidad.

Es un don: Jesucristo nos dijo que es una perla tan preciosa que merece la pena venderlo todo para adquirirla. Por eso nos ha dicho hoy en este mismo evangelio: Vended vuestros bienes y dad limosna, haceos bolsas que no se estropeen, y un tesoro inagotable en el cielo, a donde no se acercan los ladrones ni la polilla”.

La verdad es que Jesús no anda en chiquitas, ojalá que no nos asusten estas palabras. En el fondo nos está diciendo: Confiad en Dios, no gastéis la vida en adquirir cosas y bienes caducos que se corrompen y que al final los tenemos que dejar. Creed en el Reino, en la oferta de amor que Dios os hace, seguidme a mí y aceptad como proyecto de vida mi evangelio. -“No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre (Dios) ha tenido a bien daros el reino”.

El Reino de Dios es un don divino, pero es también una responsabilidad. “Quien es el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para que reparta la ración de alimentos a su hora?”.

A este pequeño rebaño, como cariñosamente nos ha llamado Jesús, Jesús le encomienda la importante misión de anunciarlo a todos los hombres. Imaginad el mundo, como una gran sala a la que acuden como comensales todos los hombres y mujeres que han nacido y nacerán a través de los tiempos. Nosotros, el pequeño rebaño de Jesús, la Iglesia, tenemos la responsabilidad de servir al mundo el mejor plato: ponerles sobre la mesa el Reino de Dios, el alimento que no perece, el tesoro inagotable del cielo.

Entonces, ¿qué tenemos que hacer?

La respuesta de Jesús es: Estar atentos, vigilar. Porque el Señor Jesús, que vino y dio la vida por el Reino que anunció, va a volver para juzgar y ver si hemos dado un testimonio gozoso del Reino que nos regaló, y si hemos cumplido la misión de anunciarlo a todos los hombres.

Hermanos, nosotros, la Iglesia, que somos administradores y servidores del banquete del Reino, somos también comensales de ese banquete. Por eso, nos acercamos a la eucaristía.


domingo, 4 de agosto de 2019

DOMINGO XVIII T.O. (C)


-Textos:

       -Ecl 1, 2; 2, 21-13
       -Sal 89, 3-6. 12-14 y 17
       -Col 3, 1-5. 9-11
       -Lc 12, 13-21

Necio, esta noche te van reclamar el alma, ¿de quién será lo que has preparado?

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

¡Cuántos líos de familia por razón de herencias ocurren en nuestra sociedad! Vemos en el evangelio de hoy que a Jesús le piden que solucione uno. Jesús se niega a meterse en el lío. Pero no se desentiende de la cuestión y en vez de acceder directamente a su petición, entra en las causas profundas del problema y ofrece una enseñanza que viene a sanar de raíz los conflictos de herencias y otros muchos problemas.

En la parábola del hombre rico que, satisfecho y orgulloso, construye almacenes grandes para llenarlos de trigo y de otros bienes cosechados, Jesús no pone el acento en los bienes, si son muchos o pocos o demasiados, Jesús descalifica y trata de necio al hombre rico porque tiene puesta toda su felicidad y toda su confianza en sus riquezas.

Riquezas materiales y caducas, que por muchas que sean no pueden solucionarle el problema básico de la vida.

La parábola de Jesús es clarísima y convincente, todos la asentimos, porque refleja un modo de pensar, de sentir y de entender la vida muy común, enormemente generalizado, y del que quizás en alguna medida participamos todos.

Jesús, en este caso, no censura las riquezas, Jesús apunta al alma, al corazón. ¿Dónde está tu corazón? ¿Qué es aquello que amas con toda tu alma? “Donde está tu tesoro, allí está tu corazón”.

Es legítimo y necesario disponer de algunos bienes para tener un vida humana digna, pero advierte del peligro que acecha al que tiene bienes materiales, y deja ver la responsabilidad que implica adquirirlas y poseerlas. Sobre todo, cuando sabemos que hay tantos seres humanos que no disponen ni del más exiguo bien para vivir dignamente.

Los bienes materiales no pueden ser tu ídolo, tu dios. “No podéis servir a Dios y al dinero”. Jesús es claro, directo y sin rodeos: -“Necio, esta noche te van reclamar el alma, ¿de quién será lo que has preparado?

Pongamos la atención en la primera parte de esta frase: “Esta noche te van a reclamar el alma…

Hermanos, ¿el dinero resuelve el problema de la vida? A veces “escaqueamos” la pregunta bromeando: “El dinero, decimos, no da la felicidad, pero ayuda bastante”. Jesús dice: “Te van a reclamar el alma”. Hermanos: se muere el cuerpo, pero, ¿se muere el alma? ¿Cómo hacer para que el dinero me salve el alma? Muchos interrogantes, y muy serios, para una mañana de verano.

San Pablo en la segunda lectura nos ofrece una excelente respuesta a estas preguntas: “Si habéis resucitado con Cristo (por el bautismo), buscad los bienes de allá arriba; … aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra…. “Dad muerte a todo lo terreno que hay en vosotros: la fornicación, la impureza, la codicia y la avaricia, que es una idolatría… Os habéis revestido de la nueva condición… donde no hay griego y judío…, esclavo o libre, sino Cristo, que lo es todo en todos”.

Termino con una oración que hemos rezado en una de las misas de la pasada semana: “Oh Dios, protector de los que en ti esperan, … multiplica en nosotros los signos de tu misericordia, para que… de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos”. Así sea.



domingo, 28 de julio de 2019

DOMINGO XVII, T.O. (C)


-Textos:

       -Ge 18, 20-32
       -Sal 137, 1-3. 6-8
       -Col 2, 12-14
       -Lc 11, 1-13

Señor, enséñanos a orar”.

Queridas hermanas Benedictinas y queridos hermanos todos:

¿Qué planes hemos hecho cada uno para este tiempo de verano? ¿Hemos incluido aumentar el tiempo diario de oración, o hacer unos días de retiro, o buscar un lugar tranquilo que nos permita entrar dentro de nosotros mismos...? Qué buen proyecto para el verano, por ejemplo, dar lugar a encontrarnos de otra manera con la naturaleza, con Dios, con el prójimo y con nosotros mismos?

Sea como sea, ojalá esta mañana nos salga del corazón y nos identifiquemos con la petición de aquel discípulo, que viendo a Jesús orando, le dice: Señor, enséñanos a orar”.

A Jesús sin duda le agradó esta petición y le responde con dos propuestas, la primera, enseñándoles una oración concreta, la segunda, dándonos una recomendación apremiante.

Esta mañana, a nosotros, Jesús nos enseña el “Padrenuestro”.

El padrenuestro contiene la esencia y el espíritu de toda la predicación de Jesús, es representativa cabal de todo su programa y de su misión. El padrenuestro revela quién es Dios para los hombres, quién es Jesús y cuál es su misión; la actividad más fecunda del Espíritu Santo en nosotros es dar lugar a que los bautizados recemos el padrenuestro con toda propiedad y con toda verdad.

El padrenuestro encierra en sí todo cuanto un cristiano puede pedir para su salvación”, dice S. Agustín. Es la oración de Jesús, es la oración de los hijos de Dios. La oración que Dios Padre escucha y atiende siempre.

La epístola de san Pedro nos dice que a veces “pedimos mal”, san Pablo en la Carta a los Romanos dice “que no sabemos pedir como conviene”. Si pedimos conforme al espíritu que se respira en el padrenuestro, nuestras peticiones quedan disponibles de la mejor manera, para que Dios Padre las acepte y las lleve a cumplimiento.

Después de proponer el padrenuestro, Jesús nos hace una recomendación apremiante:

Nos dice: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; y sigue con sorprendente insistencia: “Porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre.”.

Dos enseñanzas subyacen en esta recomendación tan insistente de Jesús: La primera habla de Dios: Dios, nuestro Padre, promete y se compromete a escuchar nuestras súplicas; y no sólo a escucharlas, sino a llevarlas a efecto y cumplirlas. La segunda se dirige a nosotros: Debemos pedir con insistencia y con perseverancia.

En resumen, Jesús nos enseña que no nos cansemos de pedir y de orar, y sobre todo, que pidamos confiando plenamente en Dios, que es padre nuestro, es fiel, nos ama y que ha prometido escucharnos.

Ahora, en la eucaristía, vamos a tener la oportunidad de rezar el padrenuestro en el ámbito más adecuado, en comunidad, y para disponernos a lo mejor, recibir a Jesús.

domingo, 21 de julio de 2019

DOMINGO XVI T.O. (C)


-Textos:

       -Gn 18, 1-10ª
       -Sal 14, 2-5
       -Co 1, 24-28
       -Lc 10, 38-42

María ha escogido la mejor parte…”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy la palabra de Dios va de huéspedes, hospitalidad y acogida.

En medio del verano y en unas circunstancias en que tantos van de viaje, hacen visitas a familiares y amigos o reciben visitas de unos y otros, nos viene muy bien ver que en esta situación tan humana como esta de las visitas que hacemos o que nos hacen Dios también nos visita y nos ofrece su gracia y la oportunidad de crecer en el amor a él y al prójimo.

El evangelio termina con unas palabras de Jesús: “María ha escogido la mejor parte”. ¿Por qué ha escogido María lo mejor? María se ha centrado en la persona, ha dado preferencia a recibir al amigo, a la persona, a Jesús. Marta ha puesto su atención en el hacer, en las ocupaciones, en los quehaceres, María, en la persona.

Las dos cosas son importantes cuando llega una visita a nuestra casa. Pero Jesús nos enseña que primero, la persona. Ya le daremos enseguida el vaso de agua fresca y hasta la cena. Pero primero, la persona, acogerla, escucharla y decirle con la acogida cuánto la apreciamos y lo importante que es para nosotros.

En el caso de Marta y María, además, ocurre que se trata nada más y nada menos que de Jesús, el Hijos de Dios, el Mesías, enviado de Dios para establecer el Reino de Dios y salvar al mundo. Jesús es la perla por la que merece dejarlo todo para quedarse con él. “Buscad primero el Reino de dios y su justicia, y lo demás se os dará por añadidura”.

Pero si iluminamos este encuentro de Marta y María, desde la primera lectura, desde la acogida que hace Abrahán a los tres misteriosos personajes que le vienen a visitar en el encinar de Mambré, todavía descubrimos mejor qué nos quiere decir Jesús, cuando delicadamente advierte a Marta que su hermana, María, ha escogido la mejor parte. La Carta a los Hebreos, comentando la escena de Abrahán que acoge y recibe a los tres visitantes, dice: “Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad: por ella algunos sin saberlo, hospedaron a ángeles”. La Carta a los Hebreos alude claramente a Abrahán que con grandeza de alma y generosidad de corazón acogió y hospedó a estos desconocidos, que resultaron ser ángeles enviados de Dios para prometerle que quería darle un hijo.

Conservad el amor fraterno y no olvidéis la hospitalidad: por ella algunos sin saberlo, hospedaron a ángeles”.

Nuestras queridas hermanas benedictinas conocen y viven muy bien el mensaje que la palabra de Dios nos propone a todos, porque san Benito en su Regla les dice con rotunda claridad: “Recibid al huésped como al mismo Cristo”

domingo, 14 de julio de 2019

DOMINGO XV T.O. (C)


-Textos:
 
       -Dt 30, 10-14
       -Sal 68, 14 y 17. 30-31. 33-34. 36ab y 37
       -Co 1, 15-20
       -Lc 10, 25-37

Anda y haz tú lo mismo”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy, domingo, coincide con el último día de los “sanfermines”. Algunos, amantes de la fiesta, apurarán las horas hasta las doce de la noche para entonar el “Pobre de mí”.

Nosotros, aquí, venimos a celebrar el domingo, queremos escuchar la palabra de Dios y salir con fuerza espiritual y alegría a recorrer el camino del verano.

Anda y haz tú lo mismo”. La parábola del “Buen samaritano” es sumamente aleccionadora, clara e incisiva. No querría desvirtuarla con mi comentario.

Pero voy a empezar por la primera parte del evangelio: “Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna”.

Hermanos, ¿pensamos en la vida eterna? La vida eterna es la meta del camino y de la carrera que estamos recorriendo en esta vida. Es el regalo de Dios más precioso. Es vivir la comunión de vida y de amor con Dios y con todos los santos, es la felicidad plena, a la que aspira el deseo más profundo de nuestro corazón.

Nuestra meta es la vida eterna. Esta esperanza llena de alegría nuestras alegrías y nos da fuerza para soportar nuestras penas y sufrimientos.

Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna”- Jesús respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y al prójimo como a ti mismo”.

Esta es la respuesta de Jesús para el camino de la vida, para el camino de la vida eterna, para el camino en el que estamos todos matriculados, camino que nos lleva al éxito seguro y feliz. El camino ancho de una libertad entendida como hacer lo que a mí me sale, de comprometerme y descomprometerme cuando a mí me parece, sin atarme ni a Dios ni a los derechos de los demás, no es camino de vida ni de felicidad, y mucho menos, camino de vida eterna.

¿Y quién es mi prójimo?”. Mi prójimo es mi hermano necesitado, mi hermana necesitada, que aparece inesperadamente en mi vida. No tiene por qué ser pariente, ni tener mi fe ni mi color; basta que sea persona, persona humana, criatura de Dios. Está necesitado, me lo he encontrado en mi camino: ese es mi prójimo.

Pero antes de terminar, dejemos que Jesús de vuelta a la cuestión y nos pregunte: “¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?” Nosotros respondemos sin dudar: -“El que practicó misericordia con él”.

Efectivamente, prójimo es el necesitado, pero prójimos tenemos que hacernos nosotros, todos y cada uno, acercarnos nosotros a la persona necesitada, sea quien sea; acercarnos a ella y actuar con misericordia y amor real y efectivo. Como lo hacía Jesús. Y lo sigue haciendo.
Hermanas y hermanos todos, ya tenemos programa para el verano: “Anda y haz tú lo mismo”.


jueves, 11 de julio de 2019

SOLEMNIDAD DE SAN BENITO, PATRONO DE EUROPA


-Textos:

       -Pro 2, 1-9
       -Ef 4, 1-6
       -Mt 19, 27-29

Si hoy escucháis la voz del Señor…”

1.-: Enhorabuena y felicidades, hermanas: Partícipes, herederas y transmisoras de la Obra y el carisma de S. Benito.
A la Iglesia, a Europa y a todos los hombres…

2.-: “Si hoy escucháis su voz…”. San Benito en el Prólogo de la Regla recoge esta frase tan rezada…

Cuantos estamos aquí, ¿venimos dispuestos y convencidos de que hoy y aquí nos habla Dios, y quiere decirnos algo importante para nuestra fe y nuestra salvación? Dios habla siempre, y muy especialmente en conmemoraciones como esta de hoy.

3.-: “Si prestas oído a la Sabiduría”, hemos escuchado en la primera lectura.
La sabiduría, según la biblia es el arte de saber vivir conforme a la voluntad de Dios. El mundo habla de manera de entender la ida o manera de pensar y de comportarse en la sociedad. Es la mentalidad que consciente o inconscientemente regula nuestra vida. Unos viven al modo que dicta el mundo, la televisión, lo que se piensa y se dice y suena bien a los oídos de la gente y de las conversaciones, los criterios que imponen los que dominan los medios de comunicación…Criterios del mundo?

La sabiduría cristina ¿qué nos dice? Sorprendentemente algo muy distinto: “Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido… Todo el que por mí deja casa, hermanos, o hermanas, padre o madre, hijos o tierras…”. ¡Qué distinto a lo que piensa el mundo, ¿verdad?.

Vosotras, hermanas, lo habéis hecho y aquí estáis, cantando y gozosas de vuestra vocación. Pero, ¿y los que estáis en los bancos?

El dicho de Jesús en el fondo está diciendo el primer mandamiento de Dios: “Amar a Dios sobre todas las cosas…” Poner a Dios antes que al padre y a la madre, no es menospreciar a nuestros padres, es lo mejor que podemos hacer por ellos. Es no pedir a nuestros padres que sean mi dios y me den todo lo que necesito, cuando soy niño y cuando soy mayor, lo que necesito para mi boda, y para mis hijos y para comprar el chalet, “porque sois dioses y lo podéis hacer”. No, poner primero a Dios y en segundo lugar a mi familia, me permite amar a mi familia con el amor de Dios y desde Dios: Y amar a mis padres cuando me ayudan y más todavía, cuando me necesitan… Quien ama así a su familia, ama a Dios sobre todas las cosas y ponen en práctica la invitación de Jesús a seguirle.

4.-: La sabiduría cristiana, todavía nos dice más: “Os pido que andéis de acuerdo con la vocación a la que habéis sido convocados”. Todos tenemos vocación…. ¿Y cuál es nuestra vocación? – La comunión, la fraternidad. Es la esencia del testamento de Jesús: “Que todos sean uno”.

S. Benito, hablando del celo bueno y del celo malo dice: “Ejerciten los monjes este celo con la más acendrada caridad. Hay un celo bueno que aparta de los vicios, y conduce a Dios y a la vida eterna… Es decir anticípense a honrarse unos a otros… tolérense con suma paciencia sus flaquezas tanto físicas como morales…, nadie busque lo que juzgue útil para sí, sino más bien para los demás… y nada absolutamente antepongan a Cristo.

Estos consejos de S. Benito, tan afines a los de S. Pablo, son los que han dado lugar a que las comunidades benedictinas, y por extensión las comunidades de religiosos y religiosas, vengan a ser en la Iglesia y en el mundo, profecía del Reino de Dios, profecía del cielo nuevo y tierra nueva, donde todos los salvados disfrutaremos en un banquete de familia del amor de los hermanos y del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

domingo, 7 de julio de 2019

DOMINGO XIV T.O. (C)


-Textos:

       -Is 66, 10-14c
       -Sal 65, 1-3a. 16 y 20
       -Ga 6, 14-18
       -Lc 10, 1-12.17-20

Festejad a Jerusalén, gozad con ella,… alegraos de su alegría”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Sin duda que algunos habréis dicho: ¡“Qué bien viene esta primera lectura para Pamplona y sus “sanfermines”! “Festejad a Pamplona, gozad con ella, alegraos de su alegría”.

¡Cuántas ocasiones y motivos para la alegría encontramos en estas fiestas de San Fermín” Y ¡qué variados, diferentes y hasta contradictorios! Aquellos claramente religiosos y también de color costumbrista: Misa, procesión, desfile de autoridades, bandas de música, txistus y acordeones, espectáculos taurinos, reuniones de amigos… Y otros, también sanfermineros, pero de muy distinto signo, vermut, champán, vino, beber y fumar y probar de todo; con medida y a veces sin media.

Todos conocemos que hay muchas ofertas de alegría en el mundo. Y todos tenemos experiencia de haber acudido a fuentes de alegría falsa o pasajera, que son como aljibes agrietados que la sed no sacian.

En sanfermines y fuera de ellos todos queremos ser felices y vivir alegres.

¿Podemos nosotros, esta mañana encontrar en la Palabra de Dios criterios para una verdadera alegría? Sí, Dios goza con la alegría de sus criaturas, y Dios es fuente de la verdadera alegría.

En la primera lectura, el profeta Isaías levanta los ánimos de los habitantes de Jerusalén: “Festejad a Jerusalén, gozad con ella…Porque yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz… como a un niño a quien su madre consuela, os consolaré yo”.

Pero, sobre todo, Dios, nos da en Jesucristo el criterio y la fuente para la verdadera alegría. Jesucristo nace en Belén y brota la verdadera alegría: Os anuncio una buena noticia, que será de gran alegría para todo el pueblo (Lc 2, 10), dice el ángel a los pastores. Y al término de su paso por este mundo, Jesús victorioso y resucitado devuelve la alegría a sus discípulos: “Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor” (Jn 20, 20)

Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”, nos dijo el papa Francisco al comienzo de su pontificado (GE. 1).

Como cristianos, tenemos un criterio cierto y seguro para descubrir la verdadera alegría: Nos lo dice san Pablo: “Alegraos siempre en el Señor, os lo repito, alegraos. Que vuestra mesura la conozca todo el mundo. El Señor está cerca”. Fil 4, 4-5.

Si Jesucristo es fuente de nuestra alegría y la fuente de todas nuestras alegrías, nosotros podremos ser fuente de alegría de la buena para los demás.

El evangelio de esta mañana tiene un tono apremiante y fuertemente misionero: “La mies es abundante y los obreros pocos; rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies. ¡Poneos en camino!

Nuestra sociedad quiere ser feliz y busca alegrías: Si de verdad, nuestra alegría mana de Cristo, ya sabemos cuál es nuestra misión y nuestro testimonio: “Si entráis en una ciudad y os reciben… curad a los enfermos que hay en ellas y decidles: “El Reino de Dios ha llegado a vosotros”; “Alegraos siempre en el Señor”; “Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”.


domingo, 30 de junio de 2019

DOMINGO XIII, T.O. (C)



-Textos:

       -Re 19, 16b. 19-21
       -Sal 15, 1-2ª y 5.7-11
       -Ga 5, 1. 13-18
       -Lc 9, 51-62

Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

En el primer plano de nuestras preocupaciones está el calor desmedido, el tiempo de vacaciones, los sanfermines…

También Jesús en el evangelio nos dice hoy que va de viaje. Ha tomado la firme resolución de subir a Jerusalén. Pero su viaje no tiene nada de descanso vacacional y excursión turística. Sabe ciertamente que en Jerusalén no le espera nada bueno: “Mirad que subimos a Jerusalén donde el Hijo del Hombre será apresado, azotado y muerto”. Pero Él sabe que lo verdaderamente bueno está en cumplir la voluntad de su Padre: Y amar a Dios, sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos”. Por eso, todo resuelto, toma la decisión de subir a Jerusalén.

Pero Jesús se encuentra con que hay discípulos y seguidores que le quieren, le admiran y quieren subir con él. A ellos les dice: “Sígueme”, “Seguidme”. Pero a su vez viene a decirles: Pensáoslo bien. Seguirme a mí significa arriesgarlo todo por mí y por el evangelio. Dicho de otra manera: “Amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo, como a ti mismo”. Porque en amar a Dios y al prójimo está la verdadera felicidad y el verdadero descanso.

Queridas hermanas y queridos hermanos todos: Esta mañana, en el horizonte de los sanfermines y de los planes de verano, y en medio de estos calores que nos invitan solo a relajarnos y a no hacer nada, Jesús nos dice “He tomado la decisión de subir a Jerusalén… Sígueme”. Sígueme, es decir, “Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.

A la hora de planear el verano piensa en Dios, y ámale a él y al prójimo. Ahí está tu verdadera felicidad y tu descanso, y la verdadera libertad.

Haz tu proyecto de verano, pero no olvides la eucaristía, cuenta con tus familiares mayores, con aquellos que no pueden disponer de dinero para permitirse un descanso, cuenta con los enfermos allegados a ti… Ven conmigo a cumplir la voluntad de Dios, a amarle sobre todas las cosas y amar al prójimo como a ti mismo.

Porque si en una primera mirada puede parecernos que tener en cuenta a Dios y al prójimo supone sacrificio y renuncias, a la larga y en el fondo, nuestro corazón descansa y nosotros descansamos de verdad, cuando por encima de todo tratamos de hacer como hizo Jesús, cuando se dispuso a subir a Jerusalén y a dar la vida por amor.

Este domingo caluroso de verano, Jesús te dice: “Sígueme”.

domingo, 23 de junio de 2019

FESTIVIDAD DEL CUERPO Y DE LA SANGRE DEL SEÑOR


-Textos:

       -Gn 14, 18-20
       -Sal 109, 1b-4
       -1 Co 11, 23-26
       -Lc 9, 11b-17

Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre…”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Dentro de pocos minutos vais a oír estas palabras que yo pobre e indigno voy a pronunciar en la consagración por gracia y mandato del Señor.

Avivemos la fe y dejemos que la gratitud y la devoción nos invadan. Muchos cristianos saldrán hoy en procesión y muchos espectadores los mirarán, unos con curiosidad, otros con respeto. Nosotros, en esta eucaristía avivemos la fe, seamos permeables a tanto amor que se manifiesta en la eucaristía y despertemos a amar. Amar a Dios y amar a los hermanos.

Tenemos que poner la máxima atención en lo que dijo Jesús en la última cena y que san Pablo recoge con todo cuidado en la lectura que hemos escuchado: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… Este cáliz es la nueva alianza..”.

Jesús en la eucaristía está presente dándose, y creando comunión, alianza y fraternidad. Jesucristo se hace presente para entregarse, y se hace alimento, se hace comida, para darnos su vida.

La eucaristía es, además, compromiso de alianza. Dios sella una alianza de fidelidad y de amor con nosotros.

Y atended lo qué nos enseña la Iglesia: Cuando comulgamos con el Cuerpo y la sangre del Señor, no es que nosotros asimilemos a Cristo que se trasforma en nosotros, sino que Cristo nos hace a nosotros más Cristo, por decirlo de alguna manera. Jesucristo nos asimila a él. La eucaristía nos cristifica. La eucaristía nos va haciendo más a lo que es Jesús, a lo que es él.

Y ¿qué es Jesús? Jesús es el que da la vida por amor, el que vive dándose a los hombres; el que se hace alianza. Jesús es la alianza de Dios con los hombres y de los hombres con Dios.

Si somos conscientes y consecuentes, al recibir a Cristo en la comunión, introducimos en nuestra alma una corriente de vida, que es la vida de Cristo, corriente de vida divina y humana, que nos impulsa con fuerza incontenible a ser como Jesucristo, es decir, a entregarnos y dar la vida por los hombres y a crear lazos de comunión, de fraternidad y de amor con nuestros prójimos.

Ahora comprenderéis por qué el día del “Corpus Christi” es el “Día de Cáritas”. Esta institución católica, que ha logrado ganarse el prestigio y la credibilidad en esta sociedad tan secularizada, nos hace a nosotros mismos un favor enorme, porque nos invita a ser como Jesús es en la eucaristía. Nos invita a darnos a los demás, a hacernos más hermanos de los hermanos y más próximos de nuestros prójimos.

Dadles vosotros de comer”, les dijo Jesús a sus discípulos, y nos dice hoy a nosotros. No vale presentar excusas y poner dificultades: “¿qué es esto tan poco que tenemos, para tanta gente?”. No os excuséis, nos dice Jesús-eucaristía: Obrad con amor, haceos solidarios, meteos entre la gente que tiene hambre de pan, y que tiene sed de mí, que me busca sin saberlo. Poned lo poco que tenéis, porque es lo que os pido y porque es lo que quiero necesitar de vosotros, para que yo haga el milagro.

Esto es lo que hoy Jesucristo, al venerarlo en la eucaristía, nos viene a decir: “Dadles vosotros de comer”. Y que Cáritas nos lo dice con el lema de este año: “Poner en marcha nuestro compromiso para mejorar el mundo”.


domingo, 16 de junio de 2019

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


-Textos:
       
       -Prov 8, 22-31
       -Sal 8, 4-9
       -Rom 5, 1-5
       -Jn 16, 12-15

En virtud de la fe estamos en paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Nos hiciste, Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Son palabras célebres de san Agustín.

En el fondo, fondo, hermanos y hermanas: nuestras soledades secretamente sentidas, nuestras esperanzas y desesperanzas cantadas o silenciadas apuntan a Dios. Las prisas y los agobios de la vida a veces no nos permiten llegar al fondo de nuestro corazón y preguntarnos qué nos pasa. Pero nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Dios.

¿Qué podemos aprender de Jesucristo sobre esta experiencia tan universal? Él es la Sabiduría y “la luz del mundo, el camino y la verdad y la vida”. Él nos sorprende diciendo: “Te doy gracias Padre, porque has ocultado estas cosas a los sabios y se las has revelado a los humildes”.

Es decir: Jesús habla con Dios y lo trata como Padre, y además revela cosas sorprendentes, dice: “Yo y el Padre somos una misma cosa”. En el evangelio de hoy dice otra novedad: “Cuando venga él, el Espíritu de la verdad os guiará hasta la verdad plena”. Es decir, Jesús habla también del Espíritu Santo, que viene del cielo.

Hermanos y hermanas: Nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Dios. Y Jesús nos dice que Dios es Padre, él se dice Hijo igual al Padre, uno con el Padre, y él nos envía al Espíritu Santo, que viene de Dios y es Dios como el Padre y el Hijo.

Y Jesucristo, jamás dijo que hay tres dioses, siempre habló de Dios, como único Dios. Más aún, siempre habló de su Padre Dios, como un Dios lleno de amor y de misericordia: “Tanto amó Dios al mundo, que envió a su propio Hijo, para que el mundo se salve por él. San Juan, en su primera Carta, saca la conclusión definitiva: “Dios es amor”.

Hermanos: Reconocer al único Dios como Trinidad no es un galimatías, es descubrir que Dios es amor y, que, porque nos ama, nos abre de par en par su misterio íntimo y personal, para que le amemos.

Esto explica también en parte la vocación y el secreto de los contemplativos y de las contemplativas; el secreto de estas hermanas nuestras que nos abren cada domingo su iglesia para que compartamos lo mejor que tenemos los cristianos para compartir: la eucaristía.

Hoy domingo de la Santísima Trinidad es también la “Jornada pro orantibus”. Una Jornada para tomar conciencia que en el pueblo de Dios tenemos hermanas y hermanos que se sienten llamados a vivir dedicados principalmente a la oración. Impresionados por el misterio del Dios Trinidad que revela Jesucristo. Atraídos y “tocados” porque Dios sea una relación de amor infinito entre tres personas. Ellos y ellas han escuchado la voz de su corazón inquieto y quieren ver el rosto de Dios: “Tu rostro buscaré Señor, no me escondas tu rostro”.

Y así nuestras hermanas contemplativas se convierten en el corazón orante y misionero de la Iglesia, como reza el lema de esta Jornada: “La vida contemplativa, corazón orante y misionero”.

Las comunidades monásticas y de clausura nos hacen un gran favor a la Iglesia y al mundo; su vocación y su forma de vida sacan a luz y ponen en valor esa voz del corazón que muchos tenemos olvidada y dormida, y que es la verdad más esencial de nuestra vida: “Nuestro corazón está inquieto y suspira por Dios”.

Y nos invitan a dar sentido a toda nuestra vida desde esa dedicatoria que culmina la plegaria eucarística de todas las misas: “Por Cristo, con él y en él a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria”.

domingo, 2 de junio de 2019

DOMINGO DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR A LOS CIELOS


-Textos:

       -Hch 1, 1-11
       -Sal 46, 2-3. 6-9
       -Ef 1, 17-23
       -Lc 24, 46-53

¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy, en este día caluroso de junio, celebramos la gran fiesta de la Ascensión de nuestro Señor Jesucristo en cuerpo y alma a los cielos.

Es el triunfo apoteósico de Jesús. Sentado a la derecha del Padre como Señor de cielos y tierras. “Que Dios, Padre de la gloria, os dé a conocer… el poder que ejercitó en el Mesías, resucitándolo de la muerte y sentándolo a su diestra en el cielo por encima de toda autoridad y potestad y poder y soberanía, y de cualquier nombre que se pronuncie en este mundo o en el venidero. Todo lo ha sometido bajo sus pies, lo ha nombrado cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo”.

Así nos lo presenta san Pablo. A él le llena de admiración, de gozo y de entusiasmo contemplar así a Jesús.

Y a nosotros ¿nos conmueve celebrar este misterio glorioso de Jesús ascendido a los cielos?

Estamos bautizados, hemos recibido el Espíritu Santo que despierta y desarrolla en nosotros en sentido especial para sentir los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Es él, Jesús, la persona que más ha influido e influye en nuestra vida. Quitad de la historia de vuestra vida todo lo que tiene alguna relación con la persona de Jesús, con la fe en él, y ¿qué queda de vuestra historia? Entonces, si Jesucristo es tan determinante en nuestra vida, ¿cómo no llenarnos de alegría viéndolo subido en el podium celeste, a la derecha de su Padre Dios, inundado del amor del Espíritu Santo y adorado y alabado por los ángeles y los santos?

Pero la fiesta de la ascensión del Señor, tiene también otra dimensión: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?... Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra”.

La fiesta de la Ascensión es una fiesta misionera. Señala dónde está Jesús, señala además, nuestro destino, la meta a la que estamos llamados los que creemos en Jesús.

Pero, en esta fiesta escuchamos las palabras de los ángeles a los discípulos que son palabras de Dios a nosotros hoy: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?... Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra”.

Ante la secularización progresiva de la sociedad en que vivimos, ante tantos jóvenes que abandonan o no cogen el testigo de la fe que nosotros vivimos; ante la escasez de sacerdotes y de misioneros, que de por vida se entreguen a la evangelización de los pueblos, ante la escasez de vocaciones a la vida consagrada…, ¿qué nos dicen y a qué nos llaman estas palabras de Jesús, dichas momentos antes de subir a los cielos?

Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?... Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra”.


domingo, 26 de mayo de 2019

DOMINGO VI DE PASCUA (C)


-Textos:

       -Hch 15, 1-2. 22-29
       -Sal 66, 2-3.5-6.8
       -Ap 21, 10-14. 22-23
       -Jn 14, 23-29.

La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy yo como la da el mundo”.

Queridas hermanas benedictinas:

No sé si habéis votado ya, si estáis pensando en ir a votar o si queréis votar o no votar. De todas las maneras, no me cabe la menor duda de que lo que más queréis es que, cuales quiera que sean los resultados, podamos todos vivir en paz.

Nos sabe muy agradable venir esta mañana a la eucaristía y escuchar estas palabras de Jesús: -“La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy yo como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde”.

Las palabras de Jesús no se quedan solo en palabras bonitas, pero vacías. Son palabras que, si la escuchamos y ponemos en práctica, nos traen la paz que deseamos.

Jesús, en primer lugar, apunta a la paz interior, a que nosotros vivamos en paz con nosotros mismos, y nos dice: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en Él”.

Hemos recibido el bautismo, somos hijos adoptivos de Dios, estamos habitados por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Si nosotros escuchamos la palabra de Dios, si la meditamos, la asimilamos y la ponemos en práctica, esta promesa de Jesús: “Mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”, se hace experiencia real en nuestra vida. Interiormente vivimos una paz que no nos la quita nadie ni ninguna circunstancia externa que podamos vivir.

Es la experiencia de vivir y respirar la fe a pleno pulmón: Soy hijo de Dios, Jesucristo es el camino la verdad y la vida, sé lo que quiero y a dónde voy. Sé a dónde acudir para tomar decisiones: a Jesucristo, a la fe de la Iglesia. Me siento habitado por Dios. Esta experiencia llena de paz y serenidad mi vida. El fruto de esta paz interior es la paz exterior.

Vivir la fe a tope, el sentirnos hijos de Dios y discípulos de Jesús nos convierte en hombres de paz, y hombres hacedores de la paz. En medio de esta sociedad, que aspira a vivir en paz, pero dolorosamente sufre por tantas situaciones contrarias a la paz: injusticias, desigualdades, violación de derechos, instigaciones al odio, explotación y menosprecio de las personas…, nosotros, discípulos de Jesús, podemos ofrecer, y estamos comprometidos a ofrecer, la paz que Él nos trae y nos da: “La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy yo como la da el mundo”.

La paz de Jesús es la paz fundada en el amor, y se empeña a trabajar por la justicia. “La justicia y la paz se besan”, dice el salmo que nuestras hermanas benedictinas canta tantas veces en el coro. El papa, ya santo, Pablo VI, dejó una frase inolvidable: “Si quieres la paz, lucha por la justicia”.

Sexto domingo de pascua, como ciudadanos vivimos un domingo de elecciones. Los votos arrojarán unos resultados. Ojalá sean los mejores para una convivencia en paz y justicia.

Pero, gracias a Dios, nosotros, hoy y cada vez que participamos en la eucaristía, recibimos, por boca del sacerdote, momentos antes de comulgar, una palabra que es don y gracia: “Que la paz del Señor, esté con todos vosotros”.


domingo, 19 de mayo de 2019

DOMINGO V DE PASCUA (C)


-Textos:

       -Hch 14, 21b-27
       -Sal 144, 8-13b
       -Ap 21, 1-5ª
       -Jn 13, 31-33ª. 34-35

En esto conocerán que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Agua de mayo, primavera, tiempo de Pascua, vida nueva. Las hojas tiernas de los árboles, la hierba frondosa de los ribazos, los trigos que exhiben ya las espigas en grano…, toda esta vida nos regala la primavera. Y al mismo tiempo somos testigos de niños que reciben la primera comunión, adolescentes que acuden a la Iglesia para confirmarse, matrimonios mayores que celebran sus bodas de oro… Todas estas alegrías nos la proporciona la Pascua de Jesús. Jesús resucitado que por medio de su Espíritu, anima nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad.

El evangelio de este domingo nos propone el mandamiento nuevo y principal de Jesús: “Que os améis unos a otros; como yo os he amado... En esto conocerán que sois mis discípulos”.

El evangelista Juan sitúa este mandato en la Última Cena, cuando es inminente el prendimiento, la pasión y muerte de Jesús. En ese contexto las palabras de Jesús tienen el carácter de un testamento solemne e íntimo. Pero la Iglesia, a través de la liturgia, nos lo vuelve a proponer en este tiempo pascual, y en este ambiente de Pascua el mismo mandato de Jesús tiene sobre todo un carácter de encargo misionero.

Si observamos atentamente, las manifestaciones de Jesús ante sus discípulos, después de su resurrección, tienen tres notas características muy dignas de ser recogidas: la alegría, el don del Espíritu Santo y la misión. La liturgia de este domingo pone en primer plano el encargo misionero.

Escuchad bien lo que nos dice Jesús hoy: “En esto conocerán todos que sois discípulos míos, si os amáis unos a otros”. Es en realidad un encargo misionero, se trata de dar testimonio; de darnos a conocer como discípulos de Jesús, para que otros se sientan llamados a ser también discípulos de Jesús. Y para esto hemos de amarnos como él nos ha amado.

El papa Francisco tiene una frase gráfica muy afortunada, dice: “El amor es el “documento de identidad del cristiano”, es el único documento válido para ser reconocidos como discípulos de Jesús: si caduca, renuévalo sin tardar”.

En este domingo de Pascua, hoy, tenemos la oportunidad de renovar nuestro documento de identidad cristiano: renovar, reavivar, reforzar, crecer en el amor, en un amor verdadero y cristiano, es decir, comprometernos a amar como Jesús nos ama. Así desempeñamos la misión que se nos ha encomendado: evangelizar, hacer discípulos de Jesús.

Estamos viviendo la primavera, sí, pero sobre todo, el tiempo de Pascua: Alegría, don del espíritu Santo, misión, encargo de evangelizar. Tiempo para oxigenar los pulmones de nuestra fe, tiempo de ilusionarnos, tiempo de soñar. Y para que estos sueños no queden en sueños, sino que se traduzcan en obras concretas de amor, de caridad, de testimonio coherente que convenza y atraiga a otros prójimos a la fe, la palabra del Apocalipsis en la segunda lectura confirma y despierta la esperanza que es necesaria e inseparable de la fe y del amor: Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva… He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, ellos serán su pueblo, y “Dios con ellos” será su Dios. Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor, porque lo primero ha desaparecido. Y dijo el que está sentado en el trono: “Mira, hago nuevas todas las cosas”.



domingo, 12 de mayo de 2019

DOMINGO IV DE PASCUA (C)


-Textos;

       -Hch 13, 14.43-52
       -Sal 99, 1b-3.5
       -Ap 7,9. 14b-17
       -Jn 10, 11-18

Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy celebramos el domingo del Buen Pastor y también la “Jornada mundial por las vocaciones”. El lema de esta jornada nos dice: “Di sí al sueño de Dios”.

La primera lectura de los Hechos de los apóstoles nos sitúa en un contexto de conflicto, diversidad de opiniones y persecución. Cuando la fe cristiana la vivimos de verdad provoca celos irritación y también odio, que en muchos casos deriva en persecución. El evangelio de Jesús vivido con fidelidad, con radicalidad y coherencia, choca con muchos modos de ver la vida.

¡Ay si todos hablan bien de nosotros!. Puede ser que vivamos muy al aire de los valores del mundo. Hemos aguado el evangelio. No podemos olvidar, hoy en día tenemos en nuestra iglesia católica hermanos perseguidos, que han muerto a causa de la fe. Recordad los hermanos de Sir Lanka.

Nos persiguen, pero no nos desalentamos. Jesucristo es nuestro Pastor, es el Buen Pastor.

Dejadme que os pregunte: De verdad, ¿Jesucristo es nuestro pastor? ¿Es la persona decisiva que regula todas las demás decisiones que voy tomando cada día en mi vida? Hoy es un día para renovar la fe bautismal, examinar si no nos pueden demasiado los valores del mundo, un día para reafirmarnos en seguir a Jesús de palabra y con las obras.

Nos ha dicho Jesús en el evangelio esta mañana: “Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen”. Tres palabras que evocan intimidad, amistad, relación estrecha de amor entre Jesús y los que creemos en Jesús. La fe verdaderamente vivida nos lleva a una intimidad de corazón entre Jesús y el que cree en Jesús, a una mutua comunión de vida.

Fijaos lo que acabo de decir: una mutua comunión de vida. Si Jesús, por la fe, nos comunica su vida, ¿cuál es su vida? Es la vida de Resucitado, la que ha vencido a la muerte, la vida misma de Dios, la vida eterna. ¡Cuánto tenemos que ahondar, aprender y asimilar del gran don que es la fe que recibimos en el bautismo! “El Señor es mi pastor, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas”; sí, me conduce a las fuentes que dan la vida eterna.

Jesús, el Buen Pastor, quiso nombrar a algunos discípulos suyos para que hagan presente en todos los tiempos su función de Pastor. Nos cuenta san Mateo: “Jesús, al ver a la muchedumbre, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos, rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”.

Todos vemos con evidencia palmaria la necesidad que tenemos en nuestra diócesis, y en toda la Iglesia, de vocaciones nuevas a la vida contemplativa, a la vida de especial consagración, y, sobre todo, al ministerio sacerdotal.

Pero no podemos quedarnos solo en pedir, con ser lo más importante: Las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada son un fruto y una medida también del nivel y del temple de fe que tiene una comunidad cristiana. Donde hay vida cristiana de verdad, surgen siempre vocaciones.

Por eso la escasez de vocaciones es una responsabilidad de todos. Y a todos nos atañe pensar en el lema de esta jornada: “Di sí al sueño de Dios”.

sábado, 20 de abril de 2019

VIGILIA PASCUAL (C)


-Textos:

       -Lc 24, 1-12

 "No está aquí. ¡Ha resucitado!”

¡Jesucristo vive! Dos hombres con vestidos refulgentes, dos ángeles, se lo anuncian a las mujeres fieles a Jesús, a nosotros nos lo comunica la Iglesia, la celebración de esta noche luminosa nos hace presente el anuncio y la verdad del acontecimiento. Cristo ha resucitado y vive y vive para siempre; lleno de gloria, a la derecha del Padre, ha vencido a la muerte y al pecado; en él resplandece la vida que le pertenece, la vida eterna, la vida que ahora puede dar y quiere dar y repartir a toda la humanidad, a la creación entera, la vida divina.

Noche de luz, noche clara como el día; noche portadora de buenas noticias que nos llenan de alegría a nosotros y al mundo entero.

En esta noche queda manifiesta con verdad irrefutable, la fidelidad de Dios Padre. Prometió una alianza con su pueblo y todos los hombres, prometió reconducir y llevar a buen término el proyecto de la creación desviado y pervertido por el pecado; prometió un Mesías, que inaugurara un mundo nuevo, un cielo nuevo y una tierra nueva. Esta noche todo queda cumplido. Dios, Padre es fiel. Aleluya.

Esta noche luminosa confirma la fidelidad de Jesús, Hijo de Dios y hermano nuestro: Prometió el Reino de Dios y el Reino de Dios ya ha comenzado con su victoria sobre la muerte y el pecado; prometió el Espíritu Santo y nos lo ha dado, Espíritu de la verdad para el perdón de los pecados; prometió estar siempre con nosotros, y nos dejó la eucaristía, y la comunidad de seguidores suyos y su presencia en los pobres; prometió prepararnos un lugar en el cielo y ha vuelto resucitado para llevarnos con él; prometió llevarnos al Padre y nos da ser hijos de Dios Padre y hermanos de nuestro prójimos.

Sí, Jesucristo vivo y resucitado es fiel, cumple lo que promete, aún a precio de tener que derramar su sangre y dar la vida. Es la buena noticia, es la gran noticia. Merece la pena creer y fiarse del Señor que ha vencido a la muerte y al pecado, y creer y tomar en serio la promesa que queda por cumplir, que al atardecer de la vida vendrá como Señor y juez para juzgarnos a todos en el amor.

La resurrección de Cristo confirma la fidelidad de Dios Padre, de Dios Hijo, Jesucristo, y también la fidelidad del Espíritu del Padre y del Hijo. Nos había dicho Jesús: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Promesa definitiva, promesa total, que se cumple cuando recibimos el bautismo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Sí, nosotros somos sujetos y testigos privilegiados de la fidelidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Hemos recibido la plenitud de los dones que Jesucristo, el que vive, el que resucitado, ha ganado para la humanidad entera. Y nosotros, los bautizados, tenemos el don precioso e inmerecido, que se puede recibir: La vida de Dios dentro de nosotros. Merced al triunfo de Cristo resucitado, somos hijos de Dios, habitados por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Ahora, cuando renovemos las promesas bautismales vamos a confesar nuestra fe; una confianza en la fidelidad de Dios que es gratitud y que nos impulsa a proclamar: Jesucristo no esta en la tumba, ha resucitado, y el Señor ha hecho obras grandes en nosotros, por eso estamos alegres.