domingo, 9 de junio de 2024

DOMINGO X T.O. (B)

-Textos:

            -Gn 3, 9-15

            -Sal 129, 1b-8

            -2 Co 4, 13-5, 1

            -Mc 3, 20-35

¿Dónde estás?

Esta sociedad ha perdido la capacidad de entrar en el fondo de la existencia, vive en la superficialidad. El hombre de hoy se resiste a la profundidad. El Concilio, sin embargo, afirma que nadie puede escapar a preguntas como ¿De dónde vengo a dónde voy? ¿Qué sentido tiene mi vida?

Sin embargo estas preguntas nos llevan, nos exponen al encuentro con Dios y al encuentro verdadero con las personas (marido, mujer, amigos…) Hoy: Dios mismo, nos pregunta: ¿Dónde estás?

En el evangelio, Jesucristo trata de varios temas, insiste sobre todo en la familia: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?”.

No debemos interpretar como que desprecia los lazos de sangre. Es ha venido a proponernos el Reino de Dios. El Reino de Dios es la irrupción nueva y más intensa y generosa del amor  de Dios en el mundo. A este acceso novedoso se llega mediante la fe firma en Jesús.  “Jesús es el camino, la verdad y la vida”. Esta realidad da lugar a que todo lo humano, toda la creación, el matrimonio, las relaciones de amigos, el modo de llevar los trabajos y los negocios, el modo de afrontar los fracasos, o las enfermedades, todo pueda quedar impregnado y revestido de un amor de Dios, cualitativamente nuevo, mucho más intenso, rico y poderoso.

Amar, amar como nos amó y nos ama Jesús.

Cuando tenemos fe verdadera los lazos humanos quedan transformados, enriquecidos y con una capacidad de proporcionar felicidad en nosotros y a nuestro alrededor.

La familia de Jesús, la primera la Virgen María, desde el día que dijo sí al ángel, pudo amar a su prima Isabel, a su Hijo, Jesús, que se va de casa anunciar el evangelio, a adquirir una confianza nueva con Jesucristo y atreverse a decir a los discípulos algo distinto de lo que había dicho Jesús: “Haced lo que Él os diga”, a seguirle hasta el pie de la cruz. Le amaba con  amor natural, sí, pero ese amor natural era enriquecido con el amor que se adquiere cuando se bebe en las fuentes de Reino de Dios, cuando se creé en Jesús y se sigue sus consignas y sus mandamientos.

“El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.

Dejad que os repita: Creer es estar firmemente convencido que la voluntad de Dios es nuestra felicidad. Que vivir tratando de cumplir en todo la voluntad de Dios nos hace felices y  nos da acceso a una felicidad eterna, que ni la muerte puede con ella.

domingo, 2 de junio de 2024

FESTIVIDAD DEL CUERPO Y LA SANGRE DE CRISTO

 

-Textos:

            -Ex 24, 3-8

            -Sal 115, 12-13. 15-18

            -Heb 9, 11-15

            -Mc 14, 12-16. 22-26

 

“Tomad, esto es mi cuerpo”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

La “eucaristía es fuente y cumbre de la vida cristiana”, dice el Concilio Vaticano II. Porque es revelación suprema del amor de Dios, o de otra manera, revelación de Dios-Amor. Dios  nos amó y se hizo hombre para librarnos del pecado; Dios nos amó y se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza; Dios nos amó y se humilló hasta la muerte para darnos vida; Dios nos amó y, locura del amor divino, se hizo alimento por nosotros. “Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su único Hijo, para que todo el que cree en él, tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo, para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”, dice San Juan.

La eucaristía es  revelación suprema del amor de Dios, porque  es ratificación firme y real del pacto fiel y definitivo, que Dios establece con los hombres. Un pacto de amor y por amor. “Esta es mi sangre, sangre de la alianza derramada por todos”. Él nos ofrece una vida eterna y una posibilidad nueva de amar: Amar como Cristo nos ha amado. A cambio de eso nos pide que cumplamos sus mandamientos.

Y para convencernos de que aceptemos esta alianza, no se le ocurre otro argumento que demostrarnos todo lo que nos quiere: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo los amó hasta el extremo”… “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”.

Jesucristo instituyó la eucaristía en la Última Cena, la noche anterior a dar la vida por nosotros en el Calvario. Y san Marcos nos dice en el evangelio de hoy, que esta cena en la que Jesús hace la primera eucaristía, era una cena familiar, muy solemne y muy importante, para los judíos, porque era cena pascual, pero al fin y al cabo era cena familiar, que fortalecía los lazos familiares. San Pablo nos muestra muy gráficamente el sentido comunitario y familiar de la eucaristía, cuando nos dice: “Porque el pan es uno, nosotros siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos  del mismo pan”.

¡Qué responsabilidad tan grande adquirimos, queridos hermanos,  todos los que tenemos la suerte y la gracia de venir con frecuencia a la eucaristía!: Hacer comunidad, hacer fraternidad, crear familia; en casa en la calle, en el trabajo, ser solidarios; dar testimonio de un amor como el de Jesucristo.

Y mirad, la eucaristía no es sólo una responsabilidad, antes que responsabilidad es gracia, fuerza, impulso para poder amar como Cristo nos amó en el calvario, y nos ama en cada eucaristía.

Hoy es la fiesta del Corpus, y en muchos lugares saldrá la procesión de los fieles  cristianos mostrando la presencia real de Jesucristo en la eucaristía, para rendirle homenaje de fe y de gratitud.

Esta manifestación por las calles, no queremos que sea solamente un acto folclórico. Debe ser para nosotros  una manifestación de fe en el misterio de la eucaristía ante una sociedad  que no quiere saber nada de misterio, y se queda sin descubrir hasta qué punto Dios ama a los hombres y de cuánto es capaz de hacer por ellos.

Además de una manifestación de fe tiene que ser evidentemente un compromiso ante Dios y ante los hombres de dar testimonio coherente de la fe que públicamente profesamos, poniendo en práctica el mandamiento de Jesús de amar al prójimo como él nos ha amado.