domingo, 15 de mayo de 2022

DOMINGO V DE PASCUA

-Textos:

            -Hch 14, 21b-27

            -Sal 144, 8-13b

            -Ap 21, 1-5ª

            -Jn 13, 31-33ª. 34-35

“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado” -Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Una cálida mañana de primavera, resurgiendo de la pandemia, pero más importante, resucitando con Cristo, en este tiempo pascual. Venimos a celebrar el domingo y se nos ofrece escuchar el mandamiento  principal de la ley antigua y del evangelio predicado por Jesús: -“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado”.

Amar es el impulso más profundo del corazón humano, amar y ser amado. Amar y ser amados nos da fuerza para acometer los mejores proyectos y las más difíciles tareas; sobre todo, amar y ser amados nos hace felices.

El papa Juan Pablo II, hablando de la familia llega a decir: “Dios es amor, el ser humano es imagen de Dios y participa del amor de Dios, por eso la vocación más genuina de los seres humanos es el amor. Estamos vocacionados a amar y el amor nos realiza como personas y nos hace felices.

Pero los humanos somos criaturas limitadas y, además heridas por el pecado. De modo que en nosotros anida, junto al amor, el egoísmo. El amor nos saca de nosotros para hacer el bien a los demás y encontrar alegría en el ejercicio de esa actividad, pero el egoísmo nos tienta a encerrarnos en nosotros mismos y a buscar al otro para aprovecharnos de él. El egoísmo, además nos confunde y nos hace pensar que buscándome a mí mismo y aprovechándome del prójimo, yo saldré ganando y seré más feliz.

El amor no es un puro sentimiento que busca satisfacerse a sí mismo. El amor verdadero tiene sus raíces en la voluntad y en la libertad. Santo Tomas dice que amar es hacer el bien a la persona amada. Salimos de nosotros y vamos al encuentro del otro. El amor verdadero compromete a la persona entera. Amar así proporciona felicidad sin buscarla.

El amor y el egoísmo generan constantemente tensión y lucha en el corazón. Por eso, algunos pensadores han escrito que el amor es un arte, el arte de amar. Un arte delicado, que merece mucho la pena, pero difícil, que exige esfuerzo y aprendizaje.

Muchos  no piensan así: Como el amor es tan natural, sale espontáneo, dicen. Pero no es así. Y de hecho hay muchas personas sensatas que toman en serio el arte de amar y buscan y aprenden.

Sin excluir recursos naturales, los cristianos tenemos una idea muy clara y un recurso muy eficaz para vivir y crecer en el verdadero amor, en aquel que nos hace felices  a nosotros y  a  los que tratan con nosotros:

¿Amor? -El de Cristo, amar como Cristo nos ha amado y nos ama. Jesucristo no solo es maestro de amor, sino también modelo de amor. Y no sólo es modelo de amor, sino que es fuente de amor. Él que nos dice que amemos, él nos ofrece los medios para que podamos amar. Porque él nos da su vida, nos transmite su vida, que es vida de amor. “Como el Padre, Dios, me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.

El secreto es creer en Jesucristo, pero no de cualquier manera, sino con una fe que nos injertar en la persona de Jesús, para que la vida divino-humana que él vive, pueda comunicarse a nosotros. Este intercambio de amor y de vida ocurre de varias maneras, pero la más eficaz y fecunda, es la eucaristía que ahora celebramos.

 

domingo, 1 de mayo de 2022

DOMINGO III DE PASCUA

-Textos:

            -Hch 5, 27b-32. 40b-41

            -Sal 29, 2. 4-6. 11-12a. 13b

            -Ap 5, 11-14

            -Jn 21, 1-19

“Me voy  a pescar”… “Vamos también nosotros contigo”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Todos conocemos el alto significado simbólico  que da el evangelista Juan a muchos de sus relatos. Este que hemos escuchado hoy, es uno de ellos.

Cuenta que en la playa se encuentra siete discípulos, cinco de ellos los conocemos por su nombre, de dos se dice sencillamente que eran discípulos de Jesús. El evangelista habla de siete, porque el número siete indica plenitud, totalidad. Es decir todos los discípulos, que siguen a Jesús y han tenido la experiencia de ver que Jesús ha muerto, pero que ha resucitado. Y están en la orilla del mar, que es el mundo  pagano que no sabe que Cristo ha resucitado, o niega que ese milagro portentoso sea verdad.

Pedro, reconocido como cabeza de todos los discípulos, toma la iniciativa y dice: “Me voy a pescar”. Y los que están con él, es decir, todos los que  reconocen a Pedro como jefe y cabeza, responden: “Vamos también nosotros contigo”.  Y de noche, a oscuras, entran en el mar, es decir, en el mundo pagano, y entran por iniciativa propia, contando con sus propias fuerzas. Y de esta manera, ellos solos y por su cuenta, no pescaron nada. Pero estaba amaneciendo, Jesús ya ha resucitado y les sale al encuentro, aunque ellos de momento no lo reconocen. Jesús interviene y pregunta: “Habéis pescado algo”. “No”, le dicen secamente. “Echad las redes a la derecha”.  Pedro y los discípulos hacen caso a Jesús, echan las redes siguiendo las indicaciones de Jesús, confiados en su palabra, y se les llenan las redes de peces hasta reventar. Y hay uno de los discípulos que  descubre el significado profundo de lo que ha pasado, es Juan que dice: “¡Es el Señor!”: ¡Él, el que ha resucitado! El Señor resucitado, en la noche y en un momento de desaliento, porque no conseguimos nada, ha venido a nuestro encuentro.

Sin mí no podéis hacer nada”, les había dicho Jesús en la última cena. Pero con Jesús resucitado el fruto está seguro. Pescaron hasta quinientos  cincuenta y tres peces grandes. Que es una cifra que el evangelista nos la anota, para que entendamos que no solo es una pesca abundante sino también universal. “Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada”.(Jn 15, 5).

Queridas hermanas y queridos hermanos, todos: Saquemos alguna consecuencia: Nosotros acabamos de celebrar la Pascua, la hemos vivido con fe y hemos sentido la alegría: Sabemos que Jesucristo fue crucificado, y dio la vida por nosotros, pero sabemos también, que resucitó, y vive con nosotros, en la eucaristía y de mil maneras más. Y todos pasamos por situaciones de noche oscura, en medio de la sociedad que tan rápidamente se ha hecho pagana, menospreciando que Jesucristo es la “Luz del mundo”.  Y a nosotros nos entran dudas, cuando vemos calamidades y desgracias, y no entendemos por qué Dios no interviene; y cuando en nuestra propia casa y familia vemos a las generaciones jóvenes que se niegan a tomar de nuestras manos el testigo de la fe, por más que nosotros queremos que lo tomen, porque lo consideramos muy importante.

Y tenemos que pensar: ¿Será que contamos solo con nuestras propias fuerzas? ¿Qué no caemos en la cuenta de lo importante que es la advertencia de Jesús en la Última Cena: “Sin mí no podéis hacer nada”

Sea como sea, el mensaje de este tercer domingo pascual es muy claro: Jesucristo ha resucitado y está con nosotros, en medio del frio y la oscuridad; y nos dice de nuevo y de verdad: “Echa las redes a la derecha, es decir, en mi nombre y desde la barca de la Iglesia. Echad las redes, no perdáis la fe, veréis los resultados, no perdáis la esperanza. Estoy con vosotros.

domingo, 17 de abril de 2022

DOMINGO DE RESURRECCION

-Textos:

            -Hch 10, 34ª. 37-43

            -Sal 117, 1-2, 16ab-17. 22-23

            -Col 3, 1-4

            -Jn 20, 1-9

“Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en  la tierra de los judíos y en Jerusalén… Lo mataron… Pero Dios lo resucitó al tercer día”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy, en esta mañana estamos todos  de enhorabuena. La celebración de la eucaristía nos lleva al núcleo, a la médula misma de la eucaristía  de cada domingo y de cada día, nos comunica la gran noticia de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, él, que es Camino, Verdad y Vida, que es nuestro camino nuestra verdad y nuestra vida.

Esta mañana es propicia para agradecer y para reflexionar sobre la fe que tenemos en la resurrección de Jesucristo. Sí que creemos, pero si traemos a la memoria, el entusiasmo de San Francisco Javier, el Divino Impaciente, la fuerza y el entusiasmo de su cartas, y los motivos que le movían a tanto y tan peligrosos viajes; si pensamos en san Pablo, la cárceles que sufrió, las veces que lo echaron apedreado de las sinagogas, y, sobre todo, la fuerza de los sentimientos que manifiesta en sus cartas, no podemos menos de confesar, mi fe es débil, Señor aumenta mi fe”.

Las lecturas de la eucaristía de hoy nos ayudan, sobre todo, si las meditamos en la presencia de Dios, nos ayudan y nos dan pistas para avanzar por el camino de la fe.

En primer lugar, y en la primera lectura hemos escuchado: “Nosotros somos testigos”: El testimonio, el gran medio reclamado y pedido continuamente por la Iglesia, para transmitir la fe; y por lo tanto, la responsabilidad, como cristianos adultos, de dar testimonio de nuestra fe. Aunque no fuera más que por agradecer a Dios y a nuestros padres el gran regalo que nos hicieron de su testimonio, cuando éramos todavía pequeños, pero muy dispuestos para aprender de los padres y la familia.

Sin salirnos de los Hechos de los Apóstoles, escuchamos: “…Testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén”. Un segundo y fundamental  medio para transmitir y para acrecentar la fe en nosotros mismos es la Palabra de Dios escuchada en grupo, en la asamblea litúrgica, sobre todo, y en el silencio de la oración personal. ¡Tantas palabras y tan diversas, desordenadas y contradictorias que escuchamos a lo largo del día! La palabra de Dios escuchada en la biblia con fe, es el criterio más seguro para poder descubrir la voluntad de Dios y desde esa perspectiva juzgar y ordenar tantas palabras que llegan a nosotros y solicitan y piden una respuesta y una decisión.

El testimonio de fe, manifestado con sencillez y naturalidad, y sobre todo, con convicción y coherencia, la Palabra de Dios en la biblia escuchada con fe y con frecuencia, dos caminos extraordinariamente adecuados para comenzar a creer en Jesucristo, y después para cuidar y acrecentar la fe en él.

Esto es lo que esperamos también de la eucaristía, que estamos celebrando en esta fiesta grande de la Pascua.

Ojalá, como fruto de estas celebraciones pascuales, salgamos con el propósito  de poner en práctica estos dos caminos, el testimonio de vida y la escucha de la palabra de Dios, para que nuestra fe sea de verdad una experiencia de encuentro personal con Jesucristo resucitado, una vivencia profunda de comunión en la Iglesia, y un testimonio gozoso de evangelización.

 

sábado, 16 de abril de 2022

VIGILIA PASCUAL

-Textos:

            -Ro 6, 3-11

            -Lc 24, 1-12

“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado”

 Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

-“¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado”

¡Cuántas gracias tenemos que dar a Dios por poder vivir y participar un año más esta noche santa, noche de luz y de vida, en la que se hace presente el acontecimiento que cambia el rumbo de la historia, revela el amor y la fidelidad infinita de Dios, y abre horizontes de esperanza a los hombres: ¡Jesucristo vive! Ha resucitado, ha vencido a la muerte y al pecado.  La noticia de su resurrección resuena  esta noche en nuestros oídos provocando la fe, la esperanza, el amor, las ganas de vivir y las ansias de salir al encuentro de nuestros hermanos para comunicarles la alegría que nos invade a nosotros.

Eran María Magdalena, Juana y María la de Santiago,  apenadas iban a embalsamar un cadáver, al encontrar el sepulcro vacío quedan desconcertadas, no saben qué pensar. Lo que  menos se les ocurre es pensar que ha resucitado. Tienen  que venir dos varones refulgentes de luz, son dos ángeles, absolutamente creíbles, porque comunican lo que Dios mismo quiere comunicar a ellas y al mundo entero a través de ellas: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado”.

Ni se si nos damos cuenta del alcance inmenso, yo diría, infinito, que supone esta noticia que se proclama esta noche aquí con la misma novedad y fuerza renovadora que llegó  a las santas mujeres hace dos mil veintidós años.

Para ellas, todo, todo cuanto de ilusiones y proyectos habían forjado en Jesús, volvía a tener sentido, pero es que, sobre todo, para todo el mundo quedaba  patente todo lo que supone creer en Jesús, muerto, si, pero resucitado para siempre. Hay un nuevo sentido para la fe en Jesús. Jesús no es el fracasado, vencido y muerto, es el vencedor, el que vive para siempre. Dios Padre salido  fiador de su Hijo,  le ha dado la razón, ha rubricado  plenamente su vida, su mensaje, y su modo de relacionarse  en todo y con todos.

Que Jesús ha resucitado quiere decir también que hay una nueva, verdadera y firme esperanza de que el Reino de Dios anunciado por él llegará a buen término, que la promesa de enviar al Espíritu hecha por él se hará efectiva. Hombres y mujeres que  crean en Jesucristo muerto y resucitado, por la fuerza de este Espíritu, en el bautismo, recibirán la gracia de ser Hijos adoptivos de Dios.  En ellos prenderá ya en esta vida la semilla de la vida eterna, que irá creciendo alimentada por la práctica del amor, la verdad, la justicia, la paz, el perdón  y la misericordia con todos especialmente con los pobres y los que no llegan al conocimiento de Dios.

Ahora comprendemos mejor la gracia de vivir esta noche iluminada por la buena notica que los ángeles, Dios mismo, nos dio a través de las santas mujeres.

Gracia y noticia que nos ofrecen la oportunidad de renovar nuestro bautismo, ahora mejor conocido y más sinceramente agradecido.

Buenas noticias de las tres santas mujeres.

 

viernes, 15 de abril de 2022

TRIDUO VIERNES SANTO

 

-Textos:

            -Is 52, 13-53, 12

            -Sal  30, 2.6. 12-13. 15-17. 25

            -Heb 4, 14-16; 5, 7-9

            -Jn 18, 1-19, 42.

 “Mirarán al que traspasaron”.

¿Por qué motivo Cristo murió en la cruz?

Porque nos amó.

Dios nos creó porque nos amó; Dios nos salva porque nos ama.

 Tanto amó Dios al mundo que nos dio a su único Hijo, para que todo el que cree en él se salve y  tenga vida eterna”. “Me amó y se entregó por mí”

Y porque nos amó se solidarizó con nosotros. “Se  redime lo que se asume”

Para redimirnos del pecado asumió los pecados del mundo: Injusticias, crímenes, mentiras, abusos de poder, traiciones… Nuestros pecados aplastaron a Jesús contra el suelo y el madero de la cruz.

Pero asumió también a las víctimas de nuestros pecados: los pobres, los desamparados, las mujeres, niños y persona vulnerables maltratadas…

Pero donde abundó el pecado sobreabundo la gracia, la fidelidad de  Dios, la obediencia  del Hijo a su Padres, y el amor de Cristo a los hombres.

Esta certeza de la victoria de Cristo en la cruz nos llena a todos de esperanza y de agradecimiento.

La esperanza de que el pecado desaparecerá, y un mundo nuevo donde reina el Amor, el Reino de Dios, va a llegar, da lugar a que nosotros nos dejemos ganar por Cristo Crucificado y nazca en nosotros la gratitud y el deseo de trabajar con él y como él.

Amor a los hombres y solidaridad con los prójimos a los que creemos que Dios quiere que ayudemos y amemos.

jueves, 14 de abril de 2022

TRIDUO PASCUAL: JUEVES SANTO

-Textos:

            -Ex 12, 1-8. 11-14

            -Sal 115, 12-13. 15-18

            -II Co 11, 23-26

            -Jn 13, 1-15

 Sabiendo Jesús que había llegado su hora…habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos, todos:

Tarde de Jueves Santo, estamos en el preludio del Triduo Pascual, la Pascua del Señor y nuestra Pascua.

¡Cuánta gracia y cuanto amor derrocha y esparce Dios en las celebraciones de estos días!

La eucaristía es manifestación suprema del amor de Dios. Jesucristo, establece y nos deja esta máxima manifestación de amor, sabiendo que había llegado su hora, la hora  de pasar de este mundo al Padre y la hora  de amar a los suyos hasta el extremo.

Acerquémonos  todos a esta hora de Jesús, a este momento cumbre de la vida de Jesús. Él es  consciente de que falta muy poco para que comiencen las temibles y dolorosas horas de su pasión y muerte y dice a sus discípulos: “Ardientemente he deseado comer esta pascua antes de padecer”. Y los discípulos se sientan a la mesa con él, para participar en la última cena y en la primera eucaristía.

Nosotros  también esta tarde con deseo ardiente, venimos a compartir la eucaristía, el memorial de aquella Última Cena, anticipo sacramental de aquellos hechos, pasión, muerte y resurrección, de la pascua, que estaba a punto de vivir.

Permitidme subrayar un detalle: Jesús en aquella cena repite dos veces  el mandato: “Haced esto en memoria mía”. Primero sobre el pan: “Esto es mi cuerpo haced esto en memoria mía; luego sobre la copa, la copa suya, la que tiene en la mano, dice: Este es el cáliz de la nueva alianza en mi sangre; haced esto, cada vez que lo bebáis, en memoria mía”.

En el pensamiento del Antiguo Testamente, y también la mente de Jesús, y en la de los discípulos, que están con él,  hacer memorial es hacer presente el hecho mismo, el acontecimiento, que está ocurriendo, en el cenáculo. Así lo entienden y los viven los discípulos.

No es un puro recuerdo sentimental. Por es, es dar lugar a que lo que él hizo podamos nosotros presenciarlo y participarlo hoy, reunidos como Iglesia, en su nombre.

Por eso, también, san Pablo explica a su comunidad de Corinto: “Siempre que coméis de este pan y bebéis de esta copa, anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva”. Y además les advierte: “Quien coma de este pan y beba de esta copa indignamente, es reo del cuerpo y de la sangre del Señor”.

¿Por qué san Pablo puede decir esto? -Porque  él sabe que hacer memorial de lo que hizo Jesús en la última Cena no es puro recuerdo sentimental, es dar lugar  a que lo que él hizo en el cenáculo, podamos presenciarlo y participarlo nosotros hoy, en cualquier momento y en cualquier lugar, donde nosotros celebramos en el nombre de Jesús, en la fe y en Iglesia.

Queridas hermanas y queridos hermanos todos: La eucaristía se celebra y se vive en la Iglesias, pero la Iglesia nace, se constituye y vive de la eucaristía. Y también nosotros. Un hecho ejemplar: Los cristianos de Bitinia, allí por el siglo tercero, murieron mártires, proclamando: “Nosotros los cristianos no podemos vivir sin el Señor, sin el domingo, sin la eucaristía”.

Demos gracias a Dios, siempre, pero muy especialmente en esta tarde de Jueves Santo por el amor supremo que queda patente en la eucaristía, por el ministerio del sacerdocio, que hace posible y accesible la eucaristía, por el amor al prójimo, sobre todo, al prójimo necesitado, que nos demanda la eucaristía. Sí, esta tarde, por encima de todo, demos gracias a Dios.

 

domingo, 10 de abril de 2022

DOMINGO DE RAMOS (C)

-Textos:

            -Is 50, 4-7

            -Sal 21, 8-9.17-18ª. 19-20. 23-24

            -Fil 2, 6-11

            -Lc 22, 14-23,56

Ahora, hermanas y hermanos, todos, la Iglesia nos invita a escuchar la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas. San Lucas es el evangelista de la compasión y de la misericordia de Dios en Jesucristo. Esta impronta de amor y de misericordia Lucas la remarca también cuando relata la pasión y muerte de nuestro Señor. En el momento crítico en que lo están apresando en el Huerto de los Olivos, Jesús tiene serenidad y presencia de ánimo para restablecer a un criado la oreja que un discípulo precipitado había herido. Y ¿Qué matices de amor, misericordia y perdón tuvieron que reflejar los ojos de Jesús cuando miraban a Pedro, que acababa de renegar  de él por tres veces? Aquella mirada provocó en Pedro lágrimas y arrepentimiento. Por las calles de Jerusalén, la cruz que hiere sus espaldas no aplasta su corazón, y habla compasivo a las mujeres que le lloran: “No lloréis por mí, llorar por vosotras y por vuestros hijos”.  En trance de muerte, todavía le quedan palabras para amar y consolar  al buen ladrón: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Y cuando no lo queda apenas un aliento de vida, le quedan entrañas de misericordia: “Perdónales porque no saben lo que hacen”.

Escuchemos  atentos, con el corazón abierto y con fe, este relato de Lucas sobre la pasión del Señor. Dejemos que nos toque el corazón, que nos impacte y nos conmueva. Y saquemos consecuencias, recordemos aquellas palabras también del evangelio de Luca: “Sed misericordiosos como Dios es misericordioso”.

            

domingo, 3 de abril de 2022

DOMINGO V DE CUARESMA (C)

-Textos:

            -Is 43, 16-21

            -Sal 125, 1b-6

            -Fil 3, 8-14

            -Jn 8, 1-11

Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

“Cualquier tiempo pasado fue mejor”. Así reza un refrán con el que hoy en día muchas personas  estarán en desacuerdo, pero que, si lo referimos a la cuestión religiosa y a la vida cristiana, también habrá muchos que estarán de acuerdo.

Las iglesias concurridas en las misas de los domingos…, casarse por la Iglesia, los movimientos matrimoniales y de Acción Católica…, la trasmisión de la fe y de las costumbres cristianas de padres a hijos…, las vocaciones a la vida contemplativa, y de sacerdotes para el seminario…, los misioneros y misioneras jóvenes esparcidos por el mundo….

No hace muchos años, pero, ¡qué cambio! Muchos cristianos y cristianas de edad madura no podemos menos de traer todo eso a la memoria con nostalgia, y decir: “Aquellos años eran mejores”.

Pero en la primera lectura de hoy parece que el  profeta Isaías no está del todo de acuerdo con nosotros y nos urge a  que cambiemos de mentalidad o, al menos de perspectiva. Nos dice de parte de Dios: -“Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”.

Y según nos dicen, cuando Isaías pregona este mensaje, la situación del pueblo de Dios no era nada halagüeña: están en el exilio, están desterrados, fuera de su patria, y en una tierra que ni aman ni les pertenece. En esta situación el profeta, en nombre de Dios, grita: -“Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?”.

Dios quiere decirles: Esta situación, que vivís ahora no va a durar siempre, de nuevo tornaréis a la tierra prometida, y vuestro regreso será más feliz y venturoso que  la primera vez. Pero no miréis a lo viejo, no recordéis lo de antaño, la nostalgia paraliza. Mirad al futuro, creed la buena noticia: “Dios es capaz de abrir caminos en el mar y ríos en la estepa”; “Con Dios haremos proezas”.

Estas son palabra del profeta al pueblo de Israel, y son palabras de Dios mismo a nosotros en la eucaristía de hoy.

Se acerca la Pascua, estamos a menos de quince días. De nuevo, las celebraciones pascuales ponen delante de nosotros el máximo acontecimiento  que podemos presenciar, podemos participar y del que podemos beneficiarnos: Cristo Jesús, muerto por nuestros pecados,  resucitado por el poder de Dios, y constituido en esperanza de salvación para todos los hombres y para todo el mundo.

Siempre, pero desde ahora, hasta la pascua, pongamos los ojos fijos en Cristo resucitado. Escuchad con envidia las palabras de san Pablo en la segunda lectura: “Todo lo considero pérdida comparado con el conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo… Todo para conocerlo a él y la fuerza de su resurrección… Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome  hacia lo que está por delante…”.

Queridas hermanas y queridos hermanos todos: Si tenemos fe, si creemos en estas palabras, tenemos que decir: “Lo mejor está por venir”; “En esta vida nos queda lo mejor”.

Esto es y puede ser verdad, pero no debido a nuestras propias fuerzas. Puede ser verdad, porque Dios  es fiel y cumple lo que dice, porque Cristo, Hijo de Dios, ha dado la vida por nosotros, y ha resucitado. Y en la Pascua podemos beneficiarnos de su victoria.

Faltan diez días solamente para la Pascua: Permitidme unas preguntas finales: ¿Se va a notar en nuestra vida personal algún cambio, algún “inicio nuevo”, en la Pascua de este año? Nos quedan todavía doce días para tomar decisiones, para reconciliarnos con Dios… Para dejar a Dios realizar en nosotros  ese “algo nuevo” que dice Él que ya está brotando.

            

domingo, 27 de marzo de 2022

DOMINGO IV DE CUARESMA (C)

-Textos:

            -Jo 5, 9ª. 10-12

            -Sal 33, 2-7

            -2 Co 5, 17-21

            -Lc 15, 1-3. 11-32

 “Cuando estaba todavía lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

En este domingo cuarto de cuaresma escuchamos una de las catequesis más conocidas y sin duda también más impactante de todos los evangelios: “la parábola del Hijo pródigo”, que otros llaman también “la parábola de la misericordia de Dios”.

Una provechosa manera de meditar esta parábola es leerla en presencia de Dios e ir preguntándonos en cuál de los tres personajes de la parábola me veo  representado.

La figura del padre es admirable. Escucha al hijo menor que le pide una petición arriesgada y sorprendente, que no entraba en los usos y costumbres de la familia.  El padre escucha, confía en el hijo, le da la parte de la herencia correspondiente y le deja marchar. Con dolor y con inquietud, pero accede.  No obstante el padre nunca deja de pensar en su hijo. Todos los días sale al borde del camino a ver si vuelve. El corazón no le engaña, el hijo vuelve. ¡Qué escena tan impresionante! El hijo vacila: ¿Cómo seré recibido? No hay reproches. El padre lo abraza. Siempre ha sido y siempre seguirá siendo su hijo. ¡Y ha vuelto! Eso es lo importante. Mi hijo perdido, de nuevo en casa. ¡Cuánto puede la misericordia verdadera y qué bien la misericordia verdadera gana el corazón y lo reconduce a lo esencial!

El hijo pequeño es un inexperto, inconsciente y atrevido. Dispuesto a comerse el mundo y a vivir la vida. Le faltó tiempo para ver la cruda realidad. Menos mal que tuvo lucidez para pararse a pensar y recapacitar. Mi padre, mi casa, cuánto mejor que todo lo que he conocido y tengo a mi alrededor. Buscaba libertad y se encuentra con la dignidad perdida. ¡Volveré, volveré junto a mi Padre! Menos mal que el padre siente y piensa distinto: “Tú has sido y serás siempre hijo mío. ¡Ven a mi casa!”

El hijo mayor es más serio, más formal, es cumplidor, pero sabe poco de amor. En el fondo no conoce a su padre, sólo espera de él que reconozca su trabajo y que sea un buen pagador. Pero el padre también tiene entrañas de misericordia para este hijo mayor un tanto retorcido, y trata de despertar en él amor, el amor que cumple toda justicia y supera  la justicia: -“Tú siempre has estado conmigo, y todo lo mío es tuyo”. Ven conmigo, gocemos el gozo del amor. Celebremos la fiesta del amor con este hijo perdido que hemos encontrado”.

Permitidme, hermanas y hermanos, unas reflexiones para pensar y para orar: ¿Con cuál de los tres personajes  de la parábola me identifico más ampliamente? Quizás tengo algo de cada uno.

¿Las reflexiones del hermano pequeño, me están diciendo que debo confesarme? ¿El orgullo de exigir a los demás lo que me pertenece, me impide desplegar mi amor al hermano/a y al necesitado? ¿Sé pedir perdón? ¿Sé perdonar? ¿Perdono de corazón, desde las entrañas del alma?

domingo, 20 de marzo de 2022

DOMINGO III DE CUARESMA (C)

-Textos:

            -Ex 3, 1-8a. 13-15

            -Sal 102, 1b-4. 6-8. 11

            -1 Co 10, 1-6. 10-12

            -Lc 13, 1-9


 “Señor, déjala todavía este año… a ver si da fruto en adelante”.

 

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

 

Estamos en tiempo de cuaresma; hoy también celebramos el “Día del seminario”. Un motivo y otro nos llaman a la conversión, al cambio de vida. Alguno podrá decir: ¿Cambio de vida?  Eso es lo que vamos a tener que hacer, queramos o no queramos: La irracional guerra en Ucrania, la subida de los carburantes, la huelga de transportistas, el desabastecimiento  en los mercados… Si todo esto no se acaba pronto, no tendremos más remedio que cambiar de vida.

 

Pero se puede cambiar de vida por necesidad, o se puede cambiar de vida con cabeza; alguno quizás se cierre en sí mismo, pretenda bastarse a sí mismo y desentenderse de los demás. Pero se puede también afrontar la situación serenamente y desde la fe.

 

Los textos que hemos escuchado en la palabra de esta celebración son extraordinariamente oportunos e iluminadores para la circunstancia que estamos viviendo.

 

En la primera lectura oímos a Dios mismo que le dice a Moisés: “He visto la opresión de mi pueblo, he oído sus quejas, conozco su sufrimiento. He bajado a liberarlo…”. Hermanas y hermanos, Dios nuestro Padre del cielo, es sensible, tremendamente sensible a lo que pasa en el mundo. No sólo  es sensible, sino que se compromete a bajar, para liberarnos de nuestros sufrimientos. Y bajó. En Cristo, Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. Sí, Dios, interviene contando con la colaboración humana. Moisés, la Virgen María, y todos nosotros.-

Es importante tomar nota y descubrir cómo es Dios, el Dios en el que creemos: Él se interesa y se compromete fortísimamente ante las desgracias y los sufrimientos humanos.

 

Si repasamos el evangelio, vemos que Jesús está muy al tanto, muy al día, de los acontecimientos que pasan en la sociedad en la que vive. Los analiza y saca consecuencias. Ante el grupo de galileos ejecutados por  Pilatos, o ante el grupo de trabajadores muertos en un accidente laboral, Él nos enseña que no debemos pensar que han tenido esas desgracias por castigo de Dios o por ser pecadores. La consecuencia que saca Jesús, y que nos dice que la tengamos en cuenta, es que esos acontecimientos de actualidad son una llamada de Dios a la conversión. Tenemos que estar al día de lo que pasa en nuestro mundo, interesarnos y sentirnos comprometidos y entender que es Dios mismo el que nos está hablando a través de ellos, y nos dice que salgamos de nuestro egoísmo y nos convirtamos al amor, a la ayuda y a la colaboración posible. Dios, Jesucristo, se interesa por nosotros, nosotros, creyentes y discípulos suyos, hemos de interesarnos por nuestros hermanos prójimos. Es nuestra vocación, Dios nos habla y nos llama a través de los acontecimientos.

 

Es motivo de consuelo y esperanza cómo ha reaccionado gran parte de la sociedad ante los sucesos trágicos consiguientes a la invasión de Ucrania. Ojalá no sea solo un momento emocional fugaz y pasajero, sino que sea entendido como una llamada del mismo Dios a ser y obrar como hermanos. Y ahora, ante la situación social que se está creando, no caigamos en el egoísmo, sino que vengamos a ser todos hermanos de nuestros prójimos.

 

Y permitidme una mención del “Día del Seminario”. Nuestro señor arzobispo, D. Francisco, ha  repicado en la puerta de las comunidades cristianas, las parroquias, y también, muy encarecidamente, a la puerta de las familias, y evidentemente, ha querido repicar en el corazón los jóvenes, a los que pide que se abran a la amistad personal y subyugante y enriquecedora de Jesucristo.

 

Pidamos al Señor, por intercesión de san José,  que sean muchos los jóvenes  que respondan  con generosidad a la llamada del Dueño de la mies.

domingo, 13 de marzo de 2022

DOMINGO II DE CUARESMA (C)

-Textos:

            -Gn 15, 5-12. 17-18

            -Sal 26, 1bcde. 7-9d. 13-14

            -Fil 3, 17-4,1

            -Lc 9, 28b-36

 

 “Hablaban del éxodo que Jesús había de consumar en Jerusalén”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy el evangelio nos ha presentado el milagro tan significativo y tan comentado de la Transfiguración del Señor.

En un cierto momento, el relato evangélico nos dice que estaban con Él, resplandecientes de gloria, Moisés y Elías, que hablaban del éxodo que Jesús había de consumar en Jerusalén. El éxodo de Jesús, según todos los intérpretes, significa su muerte liberadora, que iba a sufrir en Jerusalén, y su resurrección, preanunciada en este episodio de la transfiguración.

Queridos hermanos: Jesús resucitó, y los que, por el bautismo hemos sido vinculados a la muerte de Cristo, vamos a resucitar. “Porque, si hemos sido injertados con Cristo en una muerte como la suya, también compartiremos su resurrección (Rom 6, 4-5).

Esta es nuestra fe y nuestra firme esperanza: vamos a resucitar.

La guerra irracional y sin sentido que tanto dolor y muerte está provocando en Ucrania; y tantas consecuencias  sociales y económicas provoca en el resto del mundo; la pandemia del coronavirus que no acaba  de desaparecer. Estas y otras circunstancias tientan al desaliento y a la desesperanza.

Necesitamos  razones para la esperanza. La palabra de Dios nos las propone esta mañana: Pongamos los ojos del corazón fijos en Jesús. Jesús, en oración, se transfigura, y deja que brille toda la gloria divina que le corresponde por ser Hijo de Dios. Lo atestiguan los testigos mejor acreditados del Antiguo Testamento, Moisés y Elías; lo atestigua, sobre todo, Dios mismo, su Padre y Padre nuestro, a quien  le oímos decir: “Este es  mi Hijo, el Elegido, ¡escuchadle!”.

Pongamos los ojos fijos en Jesús transfigurado, Él es nuestra esperanza. Él ha marcado el camino cierto y seguro  de vida y salvación para todos. Cumplir la voluntad de Dios, amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos,  trabajar por la justicia, socorrer al necesitado, dar de comer al hambriento, perdonar, ser compasivo y  misericordioso, es el camino. Muchas veces incomprendido y hasta ridiculizado y perseguido, pero es el camino que conduce a la vida verdadera. 

Jesús nos promete un “cielo nuevo y una tierra nueva”, un mundo diferente, alternativo, un mundo transfigurado. Desde esa esperanza, creemos que es posible una sociedad donde la dignidad de la persona humana sea respetada como fundamento de las leyes y las relaciones humanas; el diálogo y no las armas  sea el instrumento para solucionar los conflictos entre los individuos y las naciones. Es posible una sociedad donde las familias puedan pensar en transmitir valores éticos y la fe en Dios.

Hoy es Dios mismo, Padre de Jesús que nos dice: “Este es  mi Hijo, el Elegido, ¡escuchadle!”.

No es un sueño, es una tarea. Y Jesucristo, no sólo en la montaña orando, sino aquí, sobre el altar, en la eucaristía, se hace presente, a fin de que pongamos manos a la tarea y mantengamos firme nuestra esperanza.

 

domingo, 6 de marzo de 2022

DOMINGO I DE CUARESMA (C)

-Textos:

            -Dt 26, 4-10

            -Sal 90, 1-2. 10-15

            -Ro 10, 8-13

            -Lc, 4, 1-13

 “El Espíritu lo fue llevando durante cuarenta días por el desierto, mientras era tentado por el diablo”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy, con este domingo de las tentaciones de Jesús, comenzamos propiamente la cuaresma. Los días anteriores desde el Miércoles de Ceniza podemos considerarlos como el preludio de la cuaresma.

La cuaresma es un tiempo de gracia de Dios, antes que un tiempo de penitencia y ayuno. Dios en este tiempo tiene dispuesta una gracia específica para la Iglesia y para cada uno de nosotros. Recordemos palabras del miércoles de ceniza: “Ahora es el tiempo de la gracia, ahora es el tiempo de la salvación”, “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestro corazón”.

La primera lectura nos ofrece el primer punto de reflexión. Trata del credo de Israel. Si nos damos cuenta no es un credo que desgrana dogmas o verdades sobre Dios, es un credo que cuenta una historia. Para expresar y justificar su fe aquellos israelitas que peregrinaban por el desierto cuenta su historia, unos acontecimientos que les ocurrieron a ellos en los que vieron palpable la mano de Dios: “Mi padre fue un arameo errante que bajó a Egipto… y allí se convirtió en un pueblo grande…Los egipcios nos maltrataron… entonces clamamos al Señor y escuchó nuestros gritos…El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte…”. Así los israelitas van contando su historia, Y reconocen que su historia es una historia de salvación. Dios ha intervenido continuamente en su historia salvándolos y liberándolos, hasta llevarlos a la tierra prometida.

Queridos hermanos: ¿Nuestra fe es una fe que puede contar uno y muchos acontecimientos ocurridos en mi vida donde veo palpable la mano de Dios, que me cuida, me da luz para tomar decisiones, valor para seguir luchando y amor para entregarme a hacer el bien al prójimo? “En Dios vivimos, nos movemos y existimos”, dice san Pablo. Mientras vivimos Dios está siempre con nosotros, como providencia, misericordia y amor. ¿Podemos decir y contar que creemos en Dios, porque tenemos experiencia de que hemos visto en nuestra vida la mano de Dios que nos ha ayudado, iluminado y nos ha dado la paz?

Y vengamos al evangelio: Jesús, llevado por el Espíritu al desierto, fue tentado por el diablo. Jesús, como hombre experimentó la tentación y venció la tentación. Cristo ha vencidos al demonio, al pecado y a la muerte. Si nosotros creemos en él y nos apoyamos en él, nosotros podemos vencer toda tentación: poder, dinero, fama, bienestar desmedido, olvido del prójimo… envidias y venganzas…, deseo de aparentar falsamente….

Jesucristo sabe de todo eso, y ha dado la vida para que nosotros nos beneficiemos de  la victoria que él ha logrado. Cristo vence, Cristo reina y nosotros podemos vencer con él, mediante la fe en él.

Y esta es la tarea del tiempo de cuaresma. Se nos llama a la conversión, pero a la conversión a la fe en Jesucristo.  Creer en Jesucristo de verdad, de una manera efectiva y realista: Aceptando sus valores y sus enseñanzas, que son: Por  encima de todo, la voluntad de Dios, el amor a Dios y amor al prójimo, pedir perdón y perdonar, solidaridad con el que sufre, ayuda al enfermo, dar testimonio claro de nuestra fe, para que otros hermanos descubran la providencia de Dios en su vida, y vengan a la fe.

Este es el ayuno que Dios quiere y la penitencia que nos lleva a experimentar la Pascua de Jesús y a resucitar como hombres y mujeres nuevos.

domingo, 27 de febrero de 2022

DOMINGO VIII T.O (C)

-Textos:

            -Eclo 27, 4-7

            -Sal 91, 2-3. 13-16

            -1 Co 15, 54-58.

            -Lc 6, 39-45

 Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

El evangelio que acabamos de escuchar es un conjunto de dichos  populares que Jesús, sin duda, pronunciaba en sus enseñanzas dirigidas a la gente sencilla que le seguía, para que le entendieran

Me voy a fijar solamente en el último: “El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca”.

Es una llamada a examinar lo que hay en nuestro corazón. Una llamada a entrar dentro de nosotros mismos y examinar no solo nuestras acciones, ni solo nuestros sentimientos, sino a ir más adentro todavía y examinar el corazón.

El corazón en el lenguaje bíblico y también en el lenguaje actual, indica lo más profundo  y genuino de nosotros mismos. El corazón es la fuente de donde manan nuestras intenciones buenas o malas, nuestras motivaciones claras o turbias, nuestras decisiones, nuestros sentimientos, nuestras obras y palabras.

Jesús, esta mañana, nos invita a adentrarnos en nuestro interior y a examinar lo que hay en nuestro corazón.

Del corazón salen buenos y malos sentimientos, buenos y malos deseos. Pero S. Pablo en la segunda Carta a los corintios nos dice: “Nosotros somos templos del Dios vivo” (2 Co 6, 16).  Somos templos del Espíritu Santo.

Hermanos: Cristo Jesús habita en nosotros. Pero es preciso hacer un camino hacia el interior de nosotros mismos, para encontrarnos con Él.

S. Agustín, amparándose en estas Palabras de san Pablo nos ofrece esta profunda reflexión: “Volved al corazón”.  Sí, vuelve al Señor, pero primero vuelve  a tu corazón. Como en un destierro andas vagabundo y errante fuera de ti.  Te ignoras a ti mismo, ¿y vas en busca de quien te creó?. Y, claro, no lo encuentras… ¡Vuelve! vuelve a tu corazón; mira allí qué es lo que tal vez sientes de Dios: Allí está la imagen de Dios. En el hombre interior  habita Cristo, y en el hombre interior serás renovado según la imagen de Dios”.

Queridos hermanos todos: Hoy quizás la interioridad está en crisis. Vivimos absorbidos por los móviles, los videojuegos, los titulares de periódicos y noticiarios. No tenemos tiempo para llegar al fondo de nosotros mismos. Por eso vivimos alienados, y no logramos experimentar un encuentro  personal, vivo y fecundo con Dios, con Jesucristo. Nuestra fe es débil y superficial.  Somos invitados, de muchas maneras, a salir fuera de nosotros mismos, dejar de lado nuestra vida interior.

Hoy decimos insistentemente: Cristo está en los pobres; sal de ti, de tu egoísmo, y vete a los  pobres, ayuda a tu prójimo. Y es verdad. Pero, ¿tu corazón dónde está?;  tú, ¿dónde estás?  Si tú no sabes quién eres, si tú no has descubierto a Cristo en lo profundo de tu corazón, ¿cómo podrás ver a Cristo en los pobres, y llevarles su Evangelio?

El próximo miércoles es “miércoles de ceniza”. Comienza la cuaresma: “Te llevaré al desierto y te hablaré al corazón”, dice Oseas. Cuaresma,  un camino de conversión hacia la Pascua. Un camino en dos direcciones: uno hacia fuera, escuchar la palabra de Dios, hacer penitencia, confesar nuestros pecados… Pero otro más difícil, pero más necesario y provechoso, hacia adentro, hacia el corazón: ¡Vuelve a tu corazón! ¡Vuelve a tu corazón! Descubre tus intenciones, tus motivos, tus sentimientos; ponles nombre, sin miedo. Pero, no te detengas ahí,  entra más adentro, hasta allá donde está el Señor y te espera. Encuéntrate a ti mismo, y encuéntrate con Cristo dentro de ti.