domingo, 25 de febrero de 2024

DOMINGO II DE CUARESMA (B)

-Textos:

            -Gn 22, 1-2. 9a. 15-18

            -Sal 115, 10 y 15. 16-. 18-19

            -Ro 8, 31b-34

            -Mc 9, 1-9

“Este es mi Hijo amado; escuchadlo”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Segundo domingo de cuaresma, estamos  de camino hacia la Pascua; el mensaje de la palabra de Dios hoy es claro y contundente: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”.

El milagro de la transfiguración es un hito muy importante en la vida pública de Jesús. Es un milagro que lo cuentan los tres evangelista sinópticos, Marcos, Mateo y Lucas. 

En estos momentos de su vida pública, Jesús se da cuenta de que sus más íntimos discípulos piensan que en Jerusalén Jesús  va dar un golpe político, se va a hacer con el poder y restablecerá los mandamientos y el culto verdadero.

Jesús, por el contrario, piensa sólo en hacer la voluntad de su Padre Dios, y les ha dicho: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho,  ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y maestros de la ley, morir y resucitar al tercer día”.

En el milagro de la transfiguración Jesús quiere dar fuerza para que no se escandalicen por lo que va a suceder.

Y para eso da lugar al milagro de la transfiguración:

Jesús deja traslucir su condición divina desde sus vestidos resplandecientes, además, aparece como el Mesías testificado por los testigos más cualificados del Antiguo Testamento, Moisés y Elías. Y testificado, sobre todo, por el testigo más digno de crédito que se puede pensar: Dios mismo, la voz del Padre: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”.

Los tres discípulos, que presenciaban el prodigio, se sienten verdaderamente felices envueltos en la gloria de Jesús: ¡Qué bien se está aquí!

“Los caminos de Dios no son nuestros caminos”, hermanos. Pero Dios, si nos fiamos de él, si creemos en él, cumple lo que promete. 

A Abrahán lo puso en el trance de hacer una aberración, lo que parecía fuera de toda lógica, sacrificar a su único hijo, que además era el único eslabón para que se pudiera cumplirla promesa de una descendencia innumerable. Abrahán creyó, se fio de Dios, y Dios, a su modo, cumplió la promesa, lo hizo “Padre de todos los creyentes”.

Jesús mismo, cuando la fidelidad a su Padre lo lleva hasta el fracaso y hasta la muerte y muerte de cruz, cuando el Padre permite que el pecado de los hombres mate a su propio Hijo, Jesús permanece fiel, cree en su Padre y se pone en sus brazos: “A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”

Y Dios Padre no le defraudó, lo resucitó y “le dio el nombre sobre todo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble”.

“Los caminos de Dios no son nuestros caminos”. Los mayores estábamos muy contentos cuando tanta gente iba a misa, y había muchas vocaciones de sacerdotes, misioneros y misioneras. Pero muchos bautizados se desalientan y dudan, cuando tantos dejan la práctica religiosa, y tantos dicen en voz alta que ya no creen.

Necesitamos  la fe de Abrahán, que se fía de Dios hasta la sinrazón, la fe de Jesucristo, que obedece a su Padre hasta la experiencia de abandonado y hasta la muerte.

¿Cómo alcanzar esa fe? La cuaresma nos ofrece a todos nosotros un medio recomendado por el mismo Dios, que nos dice: “Este es mi Hijo amado; escuchadle”.

Porque la fe abre las puertas a la intervención de Dios. Y Dios cumple sus promesas y nos salva. Abrahán fue Padre de todos los creyentes, y Jesús es el Señor resucitado y primicia de salvación para todos los hombres.

Bien podemos pensar esta mañana que acercase al altar y participar en la eucaristía es como subir con Jesús al monte Tabor y contemplar a Cristo Resucitado.