domingo, 7 de marzo de 2021

DOMINGO III DE CUARESMA

-Textos:

       -Ex 20, 1-17

       -Sal 18, 8-11

       -1 Co 1, 22-35

       -Jn 2, 13e-25

No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos: Hoy no voy a transmitiros palabras mías, sino del papa Francisco. Justo en este día en que está realizando ese arriesgado viaje a Irak.

Dice el papa:

Del evangelio que acabamos de proclamar comentaremos dos cosas: una imagen y una palabra. La imagen es la de Jesús con el látigo en la mano que echa fuera a todos los que se aprovechaban del Templo para hacer sus negocios. El templo, el espacio sagrado, divino, limpio, el negocio sucio, profano, son incompatibles. Esta es la imagen. Jesús toma el látigo y procede a limpiar el Templo.

En este contexto, el evangelista nos cuenta una frase terrible: “Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos, y sabía lo que hay dentro de cada hombre” (Jn 2, 24-25).

(Reflexionemos, dice el Papa) Nosotros no podemos engañar a Jesús. Él nos conoce por dentro. No se fiaba. Él, Jesús, no se fiaba.

Y esta puede ser una buena pregunta en la mitad de la cuaresma: ¿puede fiarse Jesús de mí? ¿Puede fiarse Jesús de mí, o tengo una doble cara? ¿Me presento como católico, como cercano a la Iglesia, y luego vivo como un pagano? “Pero Jesús, me digo, no lo sabe”. No es cierto. Él lo sabe. “Él, en efecto conocía lo que había dentro de cada hombre”.

Jesús conoce todo lo que hay dentro de nuestro corazón: no podemos engañar a Jesús. No podemos, ante Él, aparentar ser santos, y cerrar los ojos; actuar así, y luego llevar una vida que no es la que Él quiere. Y Él lo sabe. Y todos sabemos el nombre que Jesús da a estas personas de doble cara: hipócritas.

Nos hará bien, hoy, entrar en nuestro corazón y mirar a Jesús. Decirle: “Señor, mira, en mí hay cosas buenas, pero también hay cosas nos buenas. ¿Te fías de mí? Soy pecador…”

Esto no asusta a Jesús. Si tú le dices: “Soy un pecador”, no se asusta. Lo que a Él lo aleja es la doble cara: mostrarse justo para cubrir el pecado oculto: “Yo voy a la Iglesia todos los domingos, y yo…”. Sí, podemos decir todo esto. Pero si tu corazón no es justo, si tú no vives la justicia, si tú no amas a los que necesitan amor, si tú no vives según el espíritu de las bienaventuranzas, no eres católico. Eres hipócrita. Primero, preguntemos a Jesús: “Señor, ¿tú te fías de mí?”.

Comentemos el segundo gesto: Cuando entramos en nuestro corazón, encontramos cosas que no están bien, como Jesús encontró en el Templo esa suciedad del comercio de los vendedores. También dentro de nosotros hay suciedad, hay pecados de egoísmo, de orgullo, de codicia, de envidias, de celos… ¡tantos pecados!

Podemos incluso continuar el diálogo con Jesús: “Jesús, ¿tú te fías de mí? Yo quiero que tú te fíes de mí. Entonces te abro la puerta y tú limpia mi alma”. 

Y pedir al Señor que, así como limpió el Templo, venga a limpiar mi alma. Pero quizás imaginamos que Él viene con un látigo de cuerdas… No, con eso Jesús no limpia el alma. ¿Vosotros sabéis cuál es el látigo de Jesús para limpiar el alma? La misericordia. Abrid el corazón a la misericordia de Jesús. Decid: “Jesús mira cuánta suciedad. Ven, limpia, limpia con tu misericordia, con tus palabras dulces; limpia con tus caricias”. Y si abrimos nuestro corazón a la misericordia de Jesús, para que limpie nuestro corazón, Jesús se fiará de nosotros.”

Y nos dejará limpios para entrar y celebrar en su templo la eucaristía.


domingo, 28 de febrero de 2021

DOMINGO II DE CUARESMA (B)


-Textos:

       -Gn 22, 1-2. 9ª. 10-13. 15-18

       -Sal 115, 10. 15-19

       -Ro 8, 31b-34

       -Mc 9, 22-10

Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y a Juan, subió aparte con ellos solos a un monte alto y se transfiguró delante de ellos”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Jesús subió a la montaña con tres de sus discípulos, hoy, por medio de la Iglesia, somos invitados todos nosotros a subir a la montaña. La montaña ha sido siempre, y es hoy también, un lugar privilegiado para el encuentro con Dios. La montaña es una metáfora de la Cuaresma. La cuaresma es un tiempo de gracia que nos prepara para la Pascua, allí, en Pascua, veremos la gloria del Señor, cómo entregó su vida por nosotros y cómo su Padre Dios lo resucita para que nosotros por la fe podamos alcanzar también la salvación y la vida eterna.

Subir una montaña supone ganas, ilusión de alcanzar la cumbre, y también esfuerzo y trabajo. La montaña de la cuaresma nos está pidiendo a todos nosotros ilusión de llegar a la pascua convertidos, renovados, y más decididos a seguir a Jesucristo. Pero, ¿estamos ya en marcha? ¿Estamos ya poniendo en práctica un plan de cuaresma, que no interrumpe las obligaciones diarias, pero sí me supone un esfuerzo y alguna práctica que se sale de lo ordinario, y me ayuda a mantener viva la esperanza de experimentar el gozo de la Pascua de 2021?

El evangelio dice que “Jesús se transfiguró ante ellos”; a nosotros es la Palabra de Dios la que nos ilumina y nos permite experimentar por la fe los frutos y las enseñanzas que se desprenden del misterio de la transfiguración del Señor.

Dice el prefacio de la misa de hoy: “Para testimoniar, de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección”. La aplicación es clara: Es preciso vivir bien y seriamente la cuaresma, para experimentar toda la alegría y todos los frutos de gracia que nos ofrece la pascua.

Pero el evangelio de hoy todavía nos guarda el mensaje más importante: “Este es mi Hijo, el amado: ¡Escuchadle!

No es un cualquiera quien nos comunica este mensaje: Es la voz que sale de la nube de la divinidad, es la voz misma de Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo: “Este es mi Hijo, el amado: ¿Escuchadle!”: Creamos en Jesucristo, como creyó Abrahán, que creyó que Dios tenía poder de resucitar a los muertos (Heb 11, 16); amemos a Jesucristo con el amor que nos recomienda San Pablo en la epístola: “Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y… además intercede por nosotros”.

Puestos los ojos en Jesucristo, seremos capaces de afrontar todas las pruebas, contrariedades y sufrimientos que nos trae la vida y el esfuerzo sincero de cumplir la voluntad de Dios.

Y, por supuesto, poner los ojos en Jesús, nos permite llevar un plan de vida de cuaresma que nos dispone para una pascua renovadora que tanto necesitamos.


domingo, 21 de febrero de 2021

DOMINGO I DE CUARESMA (B)

-Textos:

       -Gen 9, 8-15

       -Sal 24, 4-5a. 6. 7cd. 8-9

       -1 Pe 3, 18-22

       -Mc 1, 12-15

Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Se ha cumplido el tiempo, ha llegado la cuaresma. La pandemia y sus penosas consecuencias atraen toda la atención y desplazan cualquier otro pensamiento. Pero, gracias a Dios, no somos solo cuerpo y materia, tenemos un espíritu abierto siempre a la posibilidad de crecer, de superarnos, de mejorar nuestras condiciones de vida física, espiritual y social. Y nosotros, además, hemos tenido la gracia de la fe.

Hoy, para nosotros cristianos, comienza un tiempo muy especial, la cuaresma. Volvamos nuestra atención a las palabras finales del evangelio: “Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio”.

La pandemia no puede obsesionarnos y cerrarnos a otras posibilidades como es la llamada de Dios para atender la voz de nuestra conciencia, cómo van nuestras relaciones con Dios y con el prójimo.

La cuaresma es una oportunidad, un tiempo de gracia. Dios tiene prevista una gracia particular y específica para cada uno de nosotros, en estos cuarenta días hasta la Pascua. No desperdiciemos esta gracia. “Si hoy escucháis la voz del Señor, no endurezcáis vuestro corazón”.

¿Qué podemos hacer?

Lo que tenemos que hacer en todo momento los cristianos: poner los ojos en Jesucristo. Nuestro Señor Jesucristo se encuentra en un momento decisivo de su vida. En el momento de su bautismo en el Jordán su Padre Dios le ha enviado a salir a la vida pública y a predicar el evangelio; después él ha tenido la noticia de que su predecesor, Juan el Bautista, ha sido apresado y muerto por Herodes. Jesús sabe que la misión que va a empezar tiene muchos riesgos. Jesús, no duda, pero piensa y escucha la voz de Dios; y primero de todo, va al desierto, llevado del Espíritu Santo.

Jesús sabía que en el desierto el Padre Dios hablaba al corazón palabras de amor y de consuelo; sabía que también probaba a sus elegidos para saber qué había en sus corazones. Y Jesús, antes de lanzarse a la gran misión de anunciar el Reino de Dios, va al desierto.

El desierto ofrece muchas posibilidades: Vida austera, oración, mirada hacia el interior de sí mismo, liberar el corazón de miedos, de apegos y dependencias, y así disponer el espíritu para escuchar la voz de Dios y llevarla a la práctica. Jesús, en este momento crucial de su vida, fue al desierto y estuvo cuarenta días.

Queridas hermanas y queridos hermanos todos: Vida austera, silencio, oración y reflexión. La pandemia nos preocupa, nos está condicionando todos los aspectos de nuestra vida; los medios de comunicación anuncian mucho más problemas que buenas noticias.

La Iglesia hoy nos invita a una experiencia espiritual y de fe, que promete ser una experiencia enormemente saludable y benéfica para nuestro espíritu y para nuestra vida en general. Y quizás un experiencia absolutamente necesaria para rectificar y corregir conductas que Dios no aprueba, y que hacen daño a nuestros prójimos.

Hagamos un plan para esta cuaresma. Dios nos promete una gracia especial, es una oportunidad para nuestra alma.

Entremos en la cuaresma. Y ahora vengamos a la eucaristía; que Jesús nos dé fuerzas para llevar a efecto estas propuestas que nos hace.


domingo, 14 de febrero de 2021

DOMINGO VI T.O. (B) CAMPAÑA CONTRA EL HOMBRE - MANOS UNIDAS

-Textos:

       -Lev 13, 1-2. 44-46

       -Sal 31, 1b-2. 5. 11

       -1Co 10, 31-11,1

       -Mc 1, 40-45

Compadecido, extendió la mano y lo tocó”. “Contagiar solidaridad para acabar con el hambre”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy, junto a la frase evangélica, que muestra el tema central de la homilía, hemos puesto otra frase de la “Campaña de Manos Unidas”, que no es literalmente evangélica, pero que señala el punto donde debemos aplicar el mensaje de Jesús.

Observemos con detalle el comportamiento de Jesús, nuestro Señor, con este hombre, que es una persona, que padece una enfermedad contagiosa, la lepra.

Actualmente nosotros podemos entender mejor, a causa de la pandemia que nos azota, la situación lastimosa y trágica que este hombre leproso está soportando, en aquellos tiempos.

En aquel entonces, la primera y única medida para evitar el contagio de la lepra, -enfermedad entonces infecciosa e incurable-, era establecer distancia frente al enfermo que la padecía. Para eso obligaban al leproso a vivir alejado de la gente, y él mismo tenía obligación de avisar y dar voces, para que las gentes advirtiesen que estaban cerca y huyeran de él. Por supuesto, otra medida era que, si alguien tocaba al leproso, quedaba declarado impuro como el mismo leproso.

En estas circunstancias, un leproso, faltando a las normas, se acerca a Jesús. Jesús ¿Cómo reacciona? ¿Lo despacha? ¿Huye de él, como estaba mandado? Ya habéis escuchado: Jesús siente compasión, -compadecido, dice el texto- y, lejos de establecer distancia, extendió la mano, ¡extendió la mano! y ¡lo tocó! Lo tocó contraviniendo las normas legales.

En ese momento, Jesús ante una persona tan marginada, enferma y menospreciada, antepuso la persona a la ley; como si le quisiera decir al enfermo: -“Tú, hermano, para mí, por más que tengas esa enfermedad, eres más que tu enfermedad, eres un ser humano, eres una criatura de Dios, imagen y semejanza de mi Padre Dios. Con el trato que le da, Jesús, antes de curarle la enfermedad, le devuelve la dignidad. Y por supuesto, luego lo cura.

Y no por legalismo, sino por conveniencia de seguridad para el mismo que acaba de ser sanado, y para las personas que van a encontrarse con él, le manda a que le den el certificado de que ya no es persona contagiosa.

Todo esto nos dice la palabra de Dios en este domingo de la Campaña contra el hambre en el mundo. La campaña nos lanza el mensaje: “Contagia solidaridad para acabar con el hambre en el mundo”. Todos entendemos que hay contagios y contagios; contagios que hay que evitar a toda costa y contagios que a toda costa hay que procurar.

Agradecemos a “Manos Unidas” que en esta sociedad nuestra, en la que el individualismos se deja ver más que la solidaridad, nos invite a contagiarnos, sí, a contagiarnos de solidaridad, ante una epidemia, la del hambre en el mundo, tan perniciosa como la covid-19.

El papa Francisco abre el camino a la llamada de “Manos unidas”, cuando en la “Fratelli tutti” nos dice: “El bien común sólo lo construiremos al sentir al otro tan importante como nosotros mismos”.

Y ciertamente, en la eucaristía vemos palpablemente que Jesucristo a todos nos considera sumamente importantes, como diremos en el prefacio de esta misa: “Con este sacramento alimentas y santificas a tus fieles, para que una misma fe ilumine y un mismo amor congregue a todos los hombres que habitan un mismo mundo”.- Así sea.


domingo, 7 de febrero de 2021

DOMINGO V T.O.(B)

-Textos:

       -Job 7, 1-4. 6-7

       -Sal 146, 1b-6

       -1 Co 9, 16-19. 22-23

       -Mc 1, 29-39

Él se acercó, la cogió de la mano y la levantó”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

El evangelio de hoy nos presenta a Jesús curando a una mujer enferma, a la suegra de Simón Pedro, su amigo y discípulo incondicional.

En la primera lectura hemos escuchado los lamentos de Job, un hombre, hasta ese momento rico, poderoso y feliz, que de repente se ve pobre, enfermo, atacado por la lepra, y desposeído de todos sus bienes. “Corren mis días más que una lanzadera, se van consumiendo faltos de esperanza”.

Nosotros, lo que hemos venido a esta eucaristía dominical, no nos encontramos envueltos en una pandemia, que si no nos ha atacado ya personalmente debilitando nuestra salud, sí nos tiene apesadumbrados por las nuevas situaciones molestas, y a veces dolorosas y trágicas, a las que nos está sometiendo en todos los órdenes de vida, especialmente en las relaciones personales.

Jesús venía de la sinagoga de predicar el evangelio, expulsar demonios y curar enfermos, entra en casa de su amigo y discípulo, Simón Pedro, y encuentra a la suegra de éste enferma y postrada en la cama.

Pongamos atención en los detalles, cómo actúa Jesús ante esta situación inesperada: Se acerca, se acerca a la enferma; y no sólo se acerca, la toma de la mano, la toca, (ahora, con la historia de la distancia social, apreciamos mejor todo lo que significa tocar y apretar la mano), y la levanta. El evangelista Marcos para contarnos que le ayuda a ponerse en pie, emplea el verbo levantar, que significa también resucitar: la levanta, la resucita, la devuelve a la vida.

Nos vamos a quedar aquí, sin más, mirando a Jesús, cómo trata a la enferma, qué hace para sanarla: cercanía, amistad entrañable, tenderle la mano y ayudarla.

Y después, vamos a traer a nuestro pensamiento, lo que tenemos a nuestro alrededor a causa de la perniciosa pandemia, y de otras circunstancias igualmente penosas: ¿Qué podemos hacer? ¿Qué estamos haciendo?

En estas circunstancias difíciles, y para muchos angustiosas, somos testigos de gestos de personas e instituciones muy en la línea de nuestro Señor Jesucristo: Sanitarios, ayudantes de sanitarios, científicos de laboratorios, autoridades públicas actuando lo mejor que saben y pueden, voluntarios arriesgados y generosos…, y la sociedad que en general se esfuerza por actuar responsablemente cumpliendo las normas.

¿Pero que pasa dentro de cada uno de nosotros, en nuestros pensamientos, en nuestro estado de ánimo, en los interrogantes que nos asaltan? Porque muchos se interrogan, nosotros mismos damos opiniones…

Dos gestos de Jesús podemos anotar desde lo escuchado en el evangelio de hoy:

En medio de toda la actividad de Jesús, de los amigos que le piden ayuda, de la gente que lo busca, Jesús saca tiempo, deja todo y se retira a orar. Cuenta con Dios, su Padre.

Nosotros contamos con los científicos y con los sanitarios, lloramos y exigimos, pero ¿Invocamos a Dios? En Dios vivimos, nos movemos y existimos, Él es Dios de vivos, y no de muertos, dice Jesús mismo. Él sostiene el esfuerzo de los sanitarios, alienta la inteligencia de los científicos, y la libertad y responsabilidad de cada uno de nosotros, ¿contamos con él? Pedimos su ayuda?

Y, un segundo gesto, tomado del ejemplo de Jesús: implicación personal y ayuda, imaginación para encontrar las maneras de demostrar amor real y voluntad de presencia, calor humano. Y supuesto que no se nos permite el abrazo ni el apretón de manos, podemos suplir la cercanía con la responsabilidad. Desde Dios y desde Jesús, en estas circunstancias, amor quiere decir responsabilidad.

domingo, 31 de enero de 2021

DOMINGO IV T.O. (B) (JORNADA DE LA VIDA CONSAGRADA)

-Textos:

       -Dt 18, 15-20

       -Sal 94, 1-2. 6-9

       -1 Co 7, 32-35

       -Mc 1, 21b-28

Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y le obedecen”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy, en el evangelio vemos a Jesucristo mostrando una autoridad soberana, expulsa a un espíritu inmundo, que no tiene más remedio que obedecerle. Jesucristo puede más que el demonio, Jesucristo libera al hombre víctima del poder del mal.

Jesucristo es el Profeta verdadero y prometido, comienza enseñando la verdad del evangelio y avala sus palabras con los hechos mostrándose liberador de los demonios y de los poderes que provocan a la humanidad dolor desgracia y muerte.

La gente sencilla exclama con admiración y alborozo: “¿Qué es esto? Una enseñanza nueva expuesta con autoridad. Incluso manda a los espíritus inmundos y le obedece”. En el fondo la gente está diciendo: “Este es el profeta que tenía que venir al mundo, es el Mesías prometido, es el Salvador del mundo”.

Queridos hermanos: Esta confesión de fe de aquella gente que veía y oía a Jesús es una buena noticia para nosotros hoy: El dolor, la desgracia, el pecado, la injusticia y la muerte no tienen la última palabra. La última palabra la tiene Jesucristo, el Profeta que ha venido a este mundo, el Salvador, que ha dado la vida por nosotros, y que ha resucitado.

Jesucristo vence al mal, al pecado y a la muerte, y nosotros, si creemos en Jesucristo, podemos vencer al mal, al pecado y a la muerte; y todo hombre y mujer de buena voluntad que sigue los valores del evangelio, puede vencer los malos sentimientos del corazón y vivir desde el amor, la generosidad la compasión, la justicia y la paz. Unos valores nuevos, para un mundo nuevo.

Pero advirtamos una cosa: Nosotros por el bautismo también somos profetas, partícipes del poder de Jesús para curar enfermedades y expulsar demonios que arrastran al pecado, al engaño, al dolor y a la muerte. Profetas por ejemplo ante el desafío de la pandemia, ante la situación de las personas ancianas, enfermas o solas, de las penalidades de los emigrantes y los refugiados… Sí, por el bautismo somos partícipes de la vocación profética de Jesús, si somos coherentes con nuestro bautismo, estamos llamados a socorrer todo estos males y sufrimientos.

Y una nota final: Hoy, la Iglesia española celebra la XXV Jornada de la Vida Consagrada: Hombres y mujeres bautizados: monjes y monjas, religiosos y religiosas, personas seglares, que creen en Jesús y que han sentido una llamada a seguirle de manera especial con los votos de castidad, pobreza y obediencia, y a practicar la vida de comunidad y la fraternidad. Ellos y ellas son profetas, son testimonio vivo de que la fe en Jesucristo da fuerza para vivir según el Espíritu de Jesús y para construir un mundo desde otra lógica y otros valores, un mundo que se regula por el amor y la libertad, la justicia, el respeto a las personas y el amparo de los más débiles. ¡Qué labor y qué testimonio tan beneficioso para la Iglesia y para el mundo.

Pidamos por las vocaciones a la vida consagrada. Nosotros que estamos aquí, pidamos especialmente por esta comunidad benedictina que nos acoge y nos invita cada domingo a la eucaristía.

domingo, 24 de enero de 2021

DOMINGO III T.O. (B)

-Textos:

-Jon 3, 1-5. 10

-Sal 24, 4-5a. 6. 7cd. 8-9

-1Co 7, 9-31

-Mc 1, 14-20

Se ha cumplido el tiempo y está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en el evangelio”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Estamos ante una oportunidad única y sumamente beneficiosa. San Pablo en la segunda lectura nos lo dice con tonos impactantes: “El momento es apremiante… la representación de este mundo se termina”; dicho de otra manera: la vida es breve, el mundo se acaba.

No sé si vivimos bajo esta sensación. Mucha gente, al menos, vive como si estuviéramos en este mundo para siempre.

Sin embargo, las experiencia diaria es que no podemos controlar la vida. La experiencia de la pandemia que nos ha sobrevenido, la tormenta de nieve y la lamentable explosión de gas en una casa parroquial en Madrid, son acontecimientos que nos muestran palpablemente que no podemos controlar del todo, ni mucho menos, nuestra vida, nuestro futuro.

Confiamos en la sabiduría de los científicos, en la generosidad de los médicos y sanitarios, en la capacidad de la ciencia y la técnica para ir solucionando los imprevistos… Y ahí nos paramos, pero al final la vida se acaba, “la representación de este mundo se termina” para cada uno. No estamos asentados en este mundo para siempre, estamos de paso, en camino.

En vez de intentar no pensar en que la vida se acaba, haremos bien en confiar en Dios y pedirle, para que los científicos tengan acierto en sus experimentos, para que los médicos y sanitarios no se cansen en el esfuerzo enorme a que están sometidos, para que la ciudadanía sea responsable ante Dios y ante el prójimo, y colabore para que cese la pandemia.

Jesús hoy nos dice y grita: “El Reino de Dios está cerca. Convertíos y creed en el evangelio”.

Convertirse quiere decir creer en Jesucristo, aceptar el Reino de Dios y trabajar por él. Él nos dice en san Lucas: “El Espíritu de Señor está sobre mí, él me ha enviado a evangelizar a los pobres…”; Él nos habla de un camino y de una meta, la vida eterna: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas… Cuando vaya y os prepare lugar, volveré y os llevaré conmigo”. Todo esto entra en el proyecto del Reino.

Y ante este proyecto Jesús, hoy nos hace una invitación muy concreta: “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres”.

A vosotras hermanas contemplativas, a vosotros seglares adultos, a vosotros y vosotras, jóvenes, a mí mismo, nos dice: “Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres”. Rezad y trabajar por la unión de los cristianos, transmitid la fe a las generaciones jóvenes, luchad por encontrar solución para la pandemia, trabajo para los desempleados, hogar para los emigrantes; dad testimonio de vuestra fe y atended a los enfermos, a los ancianos y a las personas solas. ¡Hay tantos problemas y tanta necesidad! Vosotros que estáis en camino y sabéis que nos espera una vida eterna y feliz con Dios, “Venid conmigo… El momento es apremiante… la representación de este mundo, pasa”; trabajad por una tierra nueva y un mundo nuevo.


domingo, 17 de enero de 2021

DOMINGO II T.O. (B)

-Textos:

       -Sam 3, 3b-10.19

       -Sal 39, 2-4ab. 7-10

       -1 Co 6, 13c-15a. 17-20

       -Jn 1,35-42

Habla, (Señor) que tu siervo escucha”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Dios nos crea y nos recrea. “Nos creó, porque nos amó” dice incisiva y sobriamente San Agustín. Dios pensó en nosotros, pronunció nuestro nombre, y valiéndose de nuestros padres, nos trajo a la vida. Una palabra de amor, la palabra de Dios nos trajo a la existencia. Y otra palabra de Dios nos hizo cristianos. Dios nos amó y en el bautismo, a través de la comunidad cristiana y de la familia, nos llamó, pronunció nuestro nombre (Ángel, Isabel, Carmen, María), y nos hizo hijos suyos, hijos de Dios en su Hijo Jesucristo.

¡Cuánto ánimo, cuánta alegría, cuantas ganas de vivir y de luchar nos vienen, cuando encontramos a nuestro alrededor personas que nos conocen, nos aprecian, nos aman, y nos llaman y cuentan con nosotros! ¡Qué penosa y triste la vida de aquellas personas, a las que nadie les llama y nadie cuenta con ellas!

Nosotros sabemos gracias a la fe que Dios nos ama, nos llama y cuenta con nosotros. Dios nos habla continuamente, Dios habla siempre. En la medida que escuchamos la Palabra de Dios y crecemos en la fe, descubrimos a Dios en toda circunstancia de nuestra vida. Dios nos habla a través de los consejos de las personas que nos conocen y nos quieren, Dios habla también en los momentos de dolor, de desgracia, o de apuro y desconcierto.

Pero, para descubrir y entender que Dios nos habla, es preciso que alguien que tiene fe y tiene experiencia de Dios nos inicie, nos enseñe y nos ayude a interpretar el lenguaje, el idioma, de Dios.

Samuel no acertaba a descubrir que Dios le hablaba, hasta que Elí le dijo: “Cuando oigas la voz di: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

Jesús pasaba”, pero tuvo que ser Juan el Bautista quien dijera a sus propios discípulos: “Este es el Cordero de Dios”. Y ¡qué gran favor les hizo el Bautista! Entraron en un diálogo con Jesús envidiable: “¿Qué buscáis? –Maestro, ¿Dónde vives? –Venid y veréis”. Y salieron llenos de entusiasmo y diciendo. ¡Hemos encontrado al Mesías!

Hermanos: Todos hemos aprendido a hablar escuchando a los mayores que ya sabían hablar. Para que los niños y las generaciones jóvenes descubran que Dios habla continuamente y en toda circunstancia de nuestra vida, para que despierten a la fe, es preciso que los que ya tenemos la gracia de creer nos tomemos el cuidado de enseñar a escuchar a Dios en todo, a descubrir que Dios nos quiere, está con nosotros y nos llama continuamente, porque para él somos importantes, y quiere contar con nosotros.

Nos lamentamos de muchos jóvenes y no tan jóvenes que no sienten interés alguno por la fe cristiana, pero pensemos primero si nosotros tenemos experiencia viva, alegre y palpitante de Dios que nos habla, de Jesucristo que nos sale al encuentro y nos llama. ¿Sabemos y experimentamos a Dios en todos los acontecimientos de nuestra vida?

¡Qué pantalla de mensajes tan preciosos nos ofrecen las lecturas de la palabra de Dios hoy!: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”, “¡Hemos encontrado al Mesías, Cristo!”; “Aquí estoy, Señor, porque me has llamado”; “Maestro, ¿Dónde vives?”.

Y Jesús nos responde: “Aquí, en la eucaristía, para ti y para todos.

domingo, 10 de enero de 2021

DOMINGO DEL BAUTISMO DE JESÚS

- Textos:

       -Is 55, 1-11

       -Sal Is 12, 2-3. 4b-6

       -1 Jn 5, 2-9

       -Mc 1, 6b-11


El que cree que Jesús es el Mesías, ha nacido de Dios”; “¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es Hijo de Dios?

Este domingo en el que celebramos el Bautismo de Jesús, se nos hace una llamada clara y estimulante a creer en Jesús.

A Jesús lo vemos hoy adulto, humilde y mezclado entre los pecadores, que recibe un bautismo de conversión de manos de Juan el Bautista.

Pero precisamente en este acto de humildad se revela quién es este Jesús que se bautiza y cuál es la misión trascendental que va a desempeñar.

San Juan Bautista dice que Jesús bautizará con Espíritu Santo. Es una nota extraordinariamente reveladora, porque en el Antiguo testamento está dicho repetidamente que el Mesías, el que Dios enviará para cumplir definitivamente las promesas hechas al pueblo de Israel, sería un Mesías ungido con el Espíritu. Juan el Bautista está diciendo en ese momento que ese hombre Jesús, que ahora se bautiza, es el Mesías envidado por Dios, el Cristo, el Ungido con el Espíritu Santo con poder pleno para llevar a cabo el plan de Dios y la Alianza prometida.

Pero, además, en esta escena, es Dios mismo, el Padre de Jesús, que habla en segunda persona y se dirige a Jesús y le dice unas palabras que no pueden decir nada más grande, misterioso y admirable sobre la persona y la misión de Jesús: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”. Jesús no solo es el Enviado, sino el Hijo de Dios. No solo el enviado prometido y por fin llegado, para una misión, sino el Hijo único de Dios, que goza de la intimidad del amor de Dios, porque participa de su naturaleza divina.

Ahora entendemos bien las palabras de Juan en la segunda lectura: “El que cree que Jesús es el Mesías, ha nacido de Dios”; “¿Quién es el que vence al mundo sino el que cree que Jesús es Hijo de Dios?

Este domingo es un domingo para reafirmar nuestra fe bautismal: “¿Crees en Dios Padre todopoderoso? –Sí, creo. ¿Crees en Jesucristo, su único Hijo que nación de Santa María Virgen? –Sí creo”.

Pero, reafirmar nuestra fe en Cristo, es comprometernos a seguir a Cristo.

¿Qué consecuencias puede traer este compromiso de creer en Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios? Dos palabras reveladas, una de San Juan en la segunda lectura: “En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, si amamos a Dios y guardamos sus mandamientos”. La otra de San Lucas, en un texto programático de Jesús en la sinagoga de Nazaret: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena noticia a los pobres; me ha enviado para dar la libertad a los cautivos, y vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracia del Señor”.

El bautismo de Jesús nos lleva a pensar en nuestro propio bautismo: nosotros somos hijos adoptivos de Dios. Hemos de cumplir sus mandamientos, creer en Jesús y poner en práctica su evangelio.

miércoles, 6 de enero de 2021

FIESTA DE LA EPIFANÍA

-Textos:

       -Is 60, 1-6

       -Sal 71, 2. 7-8. 10-13

       -Ef 3, 2-3a- 5-6

       -Mt 2, 1-12

Vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después le ofrecieron regalos…”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy popularmente celebramos la fiesta de los Reyes Magos, la liturgia la llama fiesta de la Epifanía del Señor, de la manifestación del Señor a todo el mundo.

Dios se ha hecho hombre, ha nacido en Belén para salvar a todo el mundo. Desde este punto de vista, que es el más importante, la fiesta de hoy es una fiesta eminentemente misionera. Para acordarnos de los misioneros y misioneras cristianos esparcidos por todo el mundo anunciando el evangelio, para pedir por las vocaciones misioneras, y para reavivar en nosotros la conciencia misionera.

No caemos en la cuenta suficientemente de lo necesario que es que el mundo crea en Jesucristo: los bienes y la felicidad que aporta para esta vida, y la esperanza que suscita para la vida eterna: “No hay judío y griego -dice San Pablo-, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todo vosotros sois uno en Cristo Jesús”. Esencialmente iguales, y dotados de la misma dignidad, porque somos imagen y semejanza de Dios. Ante Dios valemos tanto que para él ha merecido la pena bajar del cielo a la tierra, hacerse hombre para salvar a los hombres del pecado y de la muerte, y nacer pobre para mostrar su preferencia por los pobres, los débiles y los más desfavorecidos. Y además, con su resurrección, abrirnos a la esperanza de una vida eterna y feliz.

No caemos en la cuenta todo lo que significa esto para dar sentido a la vida y situarnos en ella. Los misioneros, sí que han tenido muy vivo el sentimiento de llevar por todo el mundo esta manera de ver la vida, y de dar a conocer la trascendencia que tiene que Dios se haya hecho hombre, y que Jesucristo, Hijo de Dios, haya nacido pobre en un portal.

Ante la escena de los Magos tenemos que reavivar nuestra conciencia misionera y ser testigos abiertos y transmisores de la fe a las generaciones jóvenes.

¿Cómo ser testigos y transmisores de la fe?

Observemos despacio la escena de los Magos. Ponemos la atención en los regalos, pero el evangelio subraya primero que “cayendo de rodillas lo adoraron”. Adora el que cree en Dios, adorar es dar la persona, entregarse; adorar y ponerse de rodillas es digno solo ante Dios. En su gesto de adoración los magos demuestran que creen en Dios, y nos descubren a todos que ese Niño ante el cual se postran y adora es Dios. Por eso los Magos se cuentan entre los primeros testigos, transmisores de la fe. Por eso ellos son una llamada y una lección para todos nosotros. Sí, ofrecen cosas y muy valiosas, sobre todo por su valor simbólico, pero antes, adoran a Jesús, como a Dios. Antes de regalar cosas entregan sus personas, se ponen a disposición de Jesucristo, el Hijo de Dios.

Es la gran lección: Hoy en día, ¿en qué queda la fiesta de los reyes? La preocupación son los regalos, que no tienen mucho de simbólicos, pero queda en segundo plano, o desaparece del todo, el testimonio de fe, la adoración de Jesús, como Dios y Salvador de los hombres y del mundo entero.

La eucaristía que estamos celebrando nos ofrece la oportunidad de rectificar: Adoremos al Señor, el niño de Belén y comulguemos con Él: que él avive nuestra fe y nos comunique el temple misionero para transmitirla.


domingo, 3 de enero de 2021

DOMINGO II DE NAVIDAD

-Textos:

       -Eclo 24, 1-4. 12-16

       -Sal 147, 12-15. 19-20

       -Ef 1, 3-6. 15-18

       -Jn 1, 1-18

“…les dio poder de ser hijos de Dios a los que creen en su nombre”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Nuestra madre, la Iglesia, en la liturgia de este domingo segundo del tiempo de Navidad nos propone de nuevo el evangelio que llamamos “Prólogo de san Juan”.

De toda la riqueza que encierra el texto me permito subrayar una frase: “A cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre”.

La encarnación del Hijo de Dios, que se hizo hombre y nació pobre en Belén para salvar a los hombres, ha dado lugar a que, cuantos creemos en él adquiramos, por el bautismo, la propiedad de ser hijos de Dios.

En Navidad celebramos el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios, que se hace hombre, pero, además, deberíamos celebrar también el nacimiento a la vida de hijos de Dios los que hemos recibido el bautismo.

Pero no sé si incluso los que estamos bautizados somos suficientemente conscientes del regalo tan grande que se nos hizo el día en que nuestros padres, la Iglesia, nos llevó a bautizar. San Pablo en la Carta a los Efesios nos ha dicho: “Él nos ha destinado por medio de Jesucristo a ser sus hijos…” San Juan en su primera carta exclama jubiloso: “Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!... Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es”. (1 Jn 3, 1-2).

Como criaturas de Dios, nuestros padres nos dieron la vida natural, tan valiosa y que tanto estimamos, pero gracias al bautismo esta vida natural queda enriquecida, queda transformada con la calidad propia que tiene la vida de Jesucristo que vive resucitado en el cielo.

Esta vida se nos da, junto con el Espíritu Santo, en semilla para que la desarrollemos a lo largo de la vida con las “buenas obras”, como dice san Benito, es decir, poniendo en práctica el evangelio de Jesús, y los mandamientos de la ley de Dios.  

Tenemos la vida de gracia, pero seguimos siendo hijos de esta tierra: Acosados por el coronavirus, preocupados por la educación que se da a los hijos, temerosos de perder el trabajo, atendiendo a nuestros familiares enfermos o ya mayores… Pero hay algo que no nos puede quitar nadie: Dios nos ama, nos conoce, nos hace partícipes de su vida por Cristo; en cierto modo nos diviniza; nos hace hijos suyos, y a pesar de nuestras debilidades y pecados, nos sigue amando, y nos propone como destino vivir con él para siempre. En esto consiste ser hijos de Dios.

Pero si somos hijos de Dios vivamos como hijos de Dios. Seamos coherentes y comprometidos en nuestra vida. Preguntémonos: ¿De veras nos sentimos hijos, oramos como hijos, actuamos como hijos? Si somos hijos de Dios hemos de mirar a los demás con ojos nuevos, la Navidad ha reforzado la fraternidad entre los hombres.

El Verbo de Dios, el Hijo de Dios, ha considerado digno de sí hacerse hombre como nosotros, nosotros bautizados en su nombre, tenemos que hacernos uno con nuestros prójimos. Especialmente con los más necesitados.

Momentos antes de la comunión vamos a ser invitados a decir el Padrenuestro, es decir, vamos a invocar al Padre de todos. Comulgar con Cristo es confraternizar con el hermano.

viernes, 1 de enero de 2021

FIESTA DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

-Textos:

       -Núm. 8, 22-27

       -Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8

       -Gal 4, 4-7

       -Lc 2, 16-21.

Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer…”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

¡Feliz Año Nuevo! Es la fórmula convencional que hoy todos repetiremos muchas veces, añadiendo el deseo de que este 2021 sea mejor que el 2020.

La palabra de Dios en la liturgia nos lo dice con un sentido más profundo, nos invita a que nuestros buenos deseos no se queden solo en palabras ni siquiera solo en una invocación de cordialidad humana, sino que vayamos hasta el fondo y que nuestro deseo se fundamente en Dios. Repito la bendición bíblica de la primera lectura como la mejor, la más bella y rica fórmula para transmitir un deseo amoroso y saludable: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostros sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz”.

Pero, si somos fieles al sentido de la celebración de este día, tendremos que advertir que hoy es el último de la octava de Navidad, y la liturgia nos invita a contemplar a María con el título más valioso, más digno y extraordinario que tiene: La Virgen María es Madre de Dios. En ella, por obra del Espíritu Santo, el Hijo de Dios, se hizo hombre como nosotros, y nació pobre y humilde en Belén. Esta colaboración obediente a Dios, hizo a María, Madre de Dios.

En el famoso concilio de Éfeso, en el siglo V, los Padres de la Iglesia proclamaron que Jesucristo era verdadero Dios y verdadero hombre, y reconocieron además que María es consecuentemente Madre de Jesucristo y por consiguiente Madre de Dios. En ese momento el pueblo cristiano salió a la calle irrumpiendo en una manifestación clamorosa de gozo y entusiasmo, cuyo espíritu contagió a la Iglesia universal y dura hasta nuestros días.

Muchas consideraciones se pueden hacer sobre la verdad de la Virgen María Madre de Dios. Nos vamos a quedar en este primer día del año 2021 solo con una: El poder extraordinario que tiene María ante Dios a favor de los hombres, a favor de nosotros. El concilio Vaticano II dice: “La Virgen, cuando subió a los cielos, no abandonó su misión salvadora, sino que continúa procurándonos con su múltiple intercesión los dones de la salvación eterna. Con amor de madre cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y viven entre angustia y peligros, hasta que lleguen a la patria feliz”

Desde siempre, en las primeras comunidades cristianas y a lo largo de la tradición de la Iglesia hasta hoy la fe de los creyentes intuye la poderosa y eficaz intercesión de María a favor de todos los hombres.

Al comenzar el año 2021 acudamos a Dios, que él sea protagonista de nuestra vida, y acudamos a su Madre y Madre nuestra, la Virgen María. Su intercesión amorosa nos llena de confianza. Pidamos, cómo no, que si, 2020 ha sido el año de la pandemia, el 2021 sea el año del fin de la pandemia; pidamos sobre todo que sea un año de paz donde los derechos fundamentales de las personas sean respetados; un año en el que la fe, la esperanza y la caridad, crezcan en cada uno de nosotros y en todo el mundo.