domingo, 27 de septiembre de 2020

DOMINGO XXVI T.O. (A)

-Textos:

        -Ez 18, 25-28

       -Sal 24, 4-9

       -Fil 2, 1-11

       -Mt 21, 28-32


Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?”. Esta es la pregunta que nos hace esta mañana Jesucristo a nosotros. Es una pregunta importantísima para nuestra vida. Y permitidme que la haga preceder de otra pregunta: ¿Estamos convencidos de que en hacer la voluntad de Dios está la felicidad y el éxito de nuestra vida?

Si acudimos a Jesús, no nos queda duda ninguna: el motivo principal que dirigió a Jesús durante toda su vida fue cumplir la voluntad de su Padre Dios.

Pero, cómo podemos saber cuál es la voluntad de Dios para nosotros? San Pablo en la segunda lectura de hoy nos da dos pistas para recorrer: La primera es: Conocer y amar a Jesucristo. San Pablo nos dice: “Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús”.

Conocer a Jesús, esta es la voluntad de Dios. Pero conocerlo no de cualquier manera, sino plenamente, tal como él se nos ha manifestado. El retrato que Pablo nos muestra en esta carta a los filipenses es impresionante. La Iglesia lo guarda como el mejor retrato que tenemos del misterio y de la persona de Jesús: “Tened los mismos sentimientos propios de Cristo Jesús: El cual siendo de condición divina no retuvo ávidamente el ser igual a Dios…, hecho semejante a los hombres, se humilló a sí mismo… hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el nombre sobre todo nombre”.

Así es Jesús, creer en él, no escandalizarse de él, amarlo apasionadamente, hasta vivir el deseo ardiente de identificarnos con él. Nos atrae la frase de Pablo: “Vivo yo, pero ya no yo, es Cristo quien vive en mí”.

Esto quiere Dios de nosotros, esta es su voluntad sobre nosotros. Esto nos hace felices y esto nos da sentido a la misión que tenemos en este mundo. Porque incluso en el sufrimiento y en las contrariedades de la vida, la seguridad de estar cumpliendo la voluntad de Dios como Jesús, nos da la paz.

Cuando llegamos a creer en Jesucristo de esta manera tan personal y verdadera, tenemos deseos y fuerza de voluntad para recorrer la segunda pista que nos propone san Pablo hoy, para cumplir la voluntad de Dios: San Pablo se dirige a la comunidad cristiana de Filipo, y estas mismas palabras, nos dirige hoy. Sus palabras son el fruto granado y maduro del evangelio de Jesús: “Si queréis darme el consuelo de Cristo… manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por rivalidad ni por ostentación, considerando por la humildad a los demás superiores a vosotros. No os encerréis en vuestro intereses, sino buscad todos el interés de los demás”.

Hermanos: ¿“Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre”?, ¿Cuál es la voluntad de Dios hoy y aquí para nosotros?: Que creamos en el que él ha enviado, Jesucristo, y que practiquemos la humildad y el amor tal como él nos ha enseñado.

domingo, 20 de septiembre de 2020

DOMINGO XXV T.O. (A)


-Textos:

       -Is 55, 6-9

       -Sal 144, 2-3. 8-9. 17-18

       -Fil 1, 20c-24. 27ª

       -Mt 23, 1-16

¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos?

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Dios no es justo”, esta es la exclamación que nos puede brotar a muchos, después de haber oído esta parábola de Jesús. Dios hace una clara “acepción de personas”. Así pensamos espontáneamente cuando juzgamos con nuestras categorías humanas y con nuestra lógica, exigiendo la justicia estricta y dejando a un lado el amor.

Jesús no pretende dar una lección de justicia social o laboral. Jesús expuso esta parábola pensando en la mentalidad legalista que en mayor o menor medida todos llevamos dentro.

La mentalidad legalista hace las obras buenas no por amor a Dios, ni porque sean buenas o hagan bien al prójimo, sino porque son méritos para poder presentarse ante Dios, y pedirle: “Estas son mis obras, págame lo que me debes”. Yo me fío en mí mismo, en lo bueno que soy y en mis obras. No necesito de la misericordia de Dios; me basta que sea justo. Y justo, quiere decir: conforme a como yo entiendo la justicia. Dios a mi manera, con lógica mercantilista, pagar y comprar. No la lógica del amor.

Esta lógica se traslada también a las relaciones humanas. Las personas valen por lo que rinden. Las personas que no producen, que solo dan quehacer y gastos no valen nada. Sin embargo, las personas valen por lo que son, criaturas de Dios, hijas de Dios, nacidas para la eternidad.

Dios, gracias a Dios, es otra cosa, Dios es amor. Dios cumple toda justicia, pero el alma de la justicia de Dios es el amor.

Por eso hemos escuchado en la primera lectura: “Mis planes no son vuestro planes, vuestros caminos no son mis caminos”. Cuanto dista el cielo de la tierra, así distan mis caminos de los vuestros”.

Por eso, Dios cumple lo pactado con el obrero que ha ido desde la primera hora, sí. Pero acude a la plaza a la tercera hora y al mediodía, y a media tarde y hasta al atardecer, porque su corazón, corazón divino, sufre cuando ve a una persona sin trabajo, sin pan, y también sin fe, sin esperanza. Y sale al encuentro del inválido, del niño, del anciano y también del pecador. Y espera. Espera hasta la última hora, hasta el último rayo de sol, para dar a todos la oportunidad de alcanzar la salvación.

Y menos mal que Dios es así. Porque, vamos a mirarnos a nosotros mismos: ¿Es que somos tan buenos que merezcamos el cielo? A veces nos creemos tan perfectos que nos juzgamos mejores que los demás. Y quizás este es nuestro mayor pecado.

La verdad es que muchos, y yo me incluyo entre ellos, no somos tan excelentes obreros en la viña del Señor: A veces somos vagos, a veces también nos ausentamos del trabajo. Y, si vivimos con paz y esperanza, es porque hemos conocido y hemos experimentado, que Dios, en nuestra historia, se ha portado con una lógica distinta de la nuestra, con una justicia, que es más que justicia. Porque ha tenido muchas veces misericordia de nosotros y nos ha regenerado con su perdón.

Por eso, no nos escandalicemos; dejemos que Dios sea Dios. Y que su lógica, su justicia, no sea como la nuestra: “Que Él, en sus asuntos, haga lo que quiera”. 

domingo, 13 de septiembre de 2020

DOMINGO XXIV T.O. (A)


-Textos:

       -Eclo. 27, 30- 28, 7
       -Sal 102, 1b-4. 9-12
       -Ro, 14, 7-9
       -Mt 18, 21-35

No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

El perdón de las ofensas es uno de los pilares fundamentales que sostienen la vida de la comunidad cristiana, una de las prácticas que la caracterizan y también uno de los gestos más impactantes para llamar a conversión a los no bautizados.

Jesucristo es extraordinariamente claro y radical al proponer a sus seguidores la norma sobre el perdón. Pedro pregunta: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces? Jesús le contesta: No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Es decir, siempre; en todo momento, en toda circunstancia y en toda situación.

Nosotros no podemos menos que pensar: “Qué difícil; imposible”. Pero Jesús considera que lo podemos hacer. Jesús siempre, si nos pide algo, a la vez, nos ofrece la gracia y la fuerza suficiente para que podemos llevarlo a cabo y cumplirlo.

¿Cómo podemos llegar a perdonar siempre que nos ofenden? La sabiduría de la Iglesia nos da un consejo muy importante, es este: Recordar y reconocer que nosotros, cada uno de nosotros, hemos sido una y mil veces perdonados por Dios.

Yo que soy una pequeña y frágil criatura, yo que he recibido el don de la vida, el don de la fe…, yo muchas veces he ofendido a Dios, he actuado a sabiendas contra mi propia conciencia, me he dejado llevar de la pasión, no he dominado mi temperamento, he hecho sufrir incluso a las personas que más quiero. Yo soy un deudor insolvente, como el criado de la parábola, porque no puedo pagar a Dios tanto descaro y menosprecio.

Pero Dios mismo, en muchas ocasiones, como el padre del hijo prodigo, ha venido a mi encuentro. Y yo, sorprendido por la acogida que me ofrece, he confesado mi pecado y he pedido perdón. Y Dios me ha perdonado.

Esta es la primera enseñanza que se desprende de la parábola que Jesús nos ha propuesto en el evangelio.

Si repasamos nuestra historia, bien podemos decir: Para mí, Dios tiene un nombre: Dios es, “El que siempre perdona”. Y yo ante Dios y ante mí mismo tengo también un nombre: Yo soy “El siempre perdonado”. Sí, ese es mi nombre “El siempre perdonado o perdonada”, porque he experimentado cientos de veces el perdón de Dios.

No sé, hermanos y hermanas, si todos tenemos esta buena costumbre: antes de dar vueltas y vueltas a mi cabeza y a mis sentimientos considerando si mi hermano o mi prójimo merece mi perdón, antes de eso, mirarme a mí mismo y pensar cómo y hasta qué punto he sido amado, amada de Dios. La vida, la salud, la familia, la fe en Dios amor, la esperanza de una vida eterna; y en concreto, las veces que en el sacramento de la penitencia he acudido y he recibido el perdón… Sí, yo que me veo en el trance y la duda de perdonar o no perdonar, yo soy “El mil-veces perdonado”, el que ha recibido setenta veces el perdón de Dios.

Sí, acojamos los consejos de la sabiduría de nuestra madre Iglesia:
Para poder llegar a perdonar siempre: el mejor reconstituyente mirarnos a nosotros, y humildes y sinceros, sentirnos nosotros mismos necesitados de perdón.
Veréis, veremos, que así, el Señor nos da fuerza para perdonar ¡siempre! como él nos ha perdonado.

Ahora comprendemos mejor lo que rezamos en el padrenuestro, que rezaremos antes de la comunión: “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.


domingo, 6 de septiembre de 2020

DOMINGO XXIII T.O. (A)


-Textos:

       -Ez 33, 7-9
       -Sal 94, 1-2. 6-9
       -Ro 13, 8-10
       -Mt 18, 15-20

Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Este evangelio que acabamos de escuchar se suele llamar, al menos por lo que respecta a la primera parte, el evangelio de la corrección fraterna. Una práctica muy importante que nos implica a todos los cristianos.

Sin embargo, en la segunda parte encontramos dos frases de Jesús, que a mí me parecen muy oportunas y prácticas para las circunstancias reales de nuestra asamblea.

La primera frase es la siguiente: “Donde dos o tres estáis reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Jesús es el “Enmanuel”, el Dios con nosotros. Jesús está en medio de nosotros en los grupos de formación o de catequesis, o como miembros de un movimiento, o en comunidades parroquiales o de movimientos, en una comunidad monástica o religiosa, o de otro carácter; sobre todo, Jesús está en medio de nosotros en la eucaristía. En todos estos casos, es importante subrayar, la condición necesaria es que estemos reunidos en el nombre del Señor. Y así se hace verdad que el Señor está con nosotros, y el Espíritu del Señor alienta y da vida a nuestra asamblea.

Y una segunda palabra de este evangelio, que no podemos dejar pasar de largo: “Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos”: El cristianismo no es una religión individualista, aunque muchos bautizados y en muchas ocasiones, nos dejamos contagiar del individualismo. Pero los cristianos somos hijos de Dios, bautizados, conscientes de que formamos un solo cuerpo en Cristo que es nuestra cabeza. Cada uno de nosotros, alguna vez o muchas veces, tenemos experiencia de cuánto nos ha ayudado un familiar cristiano, un hermano, un amigo, o un miembro de la parroquia o de la comunidad. Esta experiencia personal nos compromete a preocuparnos y echar una mano a nuestro hermano en la fe, al que conocemos de cara porque coincidimos en la eucaristía o en otras ocasiones de carácter cristiano; y como consecuencia también ayudar a todo prójimo necesitado que está a nuestro alcance.

Esta palabra nos dice todavía algo más: Nos llama a orar juntos, porque deja claro que la oración en comunidad, juntos, y con Jesucristo en medio de nosotros, tiene más fuerza, es más eficaz, porque sin duda Dios Padre la escucha con mayor complacencia.

Hermanos todos: Aceptamos con agrado las palabras de Jesús en el evangelio de hoy, porque las vemos realizadas mejor que en ninguna otra ocasión en la eucaristía que ahora continuamos en el altar.


domingo, 30 de agosto de 2020

DOMINGO XXII T.O. (A)


-Textos:

          - Jer 20, 7-9
-Sal 62, 2-6. 8-9
-Ro 12, 1-2
-Mt 16, 21-27

¡Lejos de ti tal cosa, Señor. Eso no puede pasarte!”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

¡Lejos de ti tal cosa, Señor. Eso no puede pasarte!”. Son contundentes y atrevidas estas palabras de san Pedro a Jesús. Se las dice, sin duda, porque ama a Jesús y está entusiasmado con él. Y, sin duda también, porque el posible fracaso de Jesús, le puede acarrear a él también al fracaso y a la desgracia.

Pero fijémonos también en la respuesta, igualmente contundente y taxativa de Jesús. ¡Apártate de mí…, porque tú piensas como los hombres, no como Dios”.

También a nosotros hoy nos pasa parecido: Cuando no nos van las cosas como creemos de buena ley que debería ir, cuando nos suceden acontecimientos imprevistos y además contrarios a lo que nos parece bien y lo razonable, -pensemos, por ejemplo en la pandemia y en las consecuencia que nos está trayendo-, en estas situaciones u otras parecidas, nos rebelamos contra Dios o nos asalta la duda o nos quejamos: “Pero, Señor, ¿por qué permites estas cosas?”.

Y Jesús, como a Pedro nos dice: “Tú piensas como los hombres, no como Dios”. Pero, ¿cómo piensa Dios?

Dios cree en el amor: “Tanto amó Dios al mundo, que envió a su propio Hijo, para que el mundo se salve por él” “Y si Dios nos amó de esta manera también nosotros debemos amarnos unos a otros”… Sabemos por experiencia, y en Jesús, lo vemos muy claro que amar de verdad, amar como Dios y su Hijo Jesús nos ama, en muchos casos provoca dolor, sacrificios y, a veces, persecuciones y hasta la muerte.

Pero esta mañana nos ha dicho Jesús: “Quien quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí, la encontrará”- No todos los hombres piensan así, pero Dios, sí. Para Dios ni la cruz, ni el fracaso, ni la muerte, y ni siquiera el pecado son la última palabra de la historia y del hombre. La última y definitiva palabra para Dios es el amor. La lógica de Dios es el amor y la misericordia.

Jesucristo creía y vivía en la misericordia de su Padre Dios. Por eso, Jesús en su vida entre nosotros tuvo un único norte y un único objetivo, cumplir la voluntad de su Padre. “Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre que me ha enviado”. Y su Padre no le defraudó. Permitió, con dolor, que los hombres rechazaran a su Hijo y lo crucificaran. Pero al final, por haberse hecho obediente hasta la muerte y muerte de cruz, Dios, su Padre, lo resucitó, lo “exaltó y le dio el nombre sobre todo nombre“.

Introducirnos en la lógica de Dios, y no en las de los hombres, nos puede dar fuerza y aliento para sobrellevar con buen ánimo y con esperanza las cruces, las contradicciones de esta vida.

domingo, 23 de agosto de 2020

DOMINGO XXI T.O. (A)


-Textos:

       -Is 22, 19-23
       -Sal 137, 1-3. 6 y 8bc
       -Ro 12, 33-36
       -Mt 16, 13-20

Ahora yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hace calor y el coronavirus nos amenaza temiblemente, pero estos no son obstáculo para que nosotros hoy, domingo, vivamos la alegría de escuchar la palabra de Dios y participar en la eucaristía.

Hoy abrimos los ojos y los oídos para que no se nos escape ni una palabra de la respuesta que da Jesús a Pedro. Sin duda, para Pedro es un encargo, un nombramiento extraordinario, y para nosotros, seguidores de Jesús, una herencia preciosa: -“Ahora yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.

En esta frase Jesucristo habla de dos realidades: habla de la Iglesia y habla de la función de Pedro en la Iglesia.

Jesucristo nos habla de la Iglesia, del nuevo pueblo de Dios, de la comunidad de seguidores suyos convocada y querida por él. Jesucristo, ya en su vida pública mostró la voluntad de reunir una comunidad que continuara su misión. Un encargo que hizo efectivo antes de subir a los cielos: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio”. Sí, Jesucristo, quiso la Iglesia, como anticipo del mundo nuevo, como sal y fermento en medio de la humanidad, como signo e instrumento del Reino de Dios que él anunciaba.

Pero en las palabras de Jesús a Pedro, Jesucristo nos dice algo más: La Iglesia, el nuevo pueblo de Dios no es una masa amorfa, sino una comunidad unida, que vive el amor y la comunión fraterna, que tiene un guía que preside, y en la que cada uno tiene su puesto y su misión. Por eso, se dirige a Simón y le dice “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… Te daré las llaves del Reino de los cielos…”.

Y tal como Jesús lo dijo en este momento de su vida pública, se cumplió después de su muerte y resurrección por obra del Espíritu Santo.

Pedro ya el día de Pentecostés habla en Jerusalén y convierte a cuantos le escuchan; y los demás discípulos con él anuncian con valentía y entusiasmo que Jesucristo ha resucitado. “Aquel día fueron agregadas unas tres mil personas”, dice el libro de los Hechos de los apóstoles.

Hermanos y hermanas: La Iglesia y el papa, dos instrumentos pensados y establecidos por Jesús, dotados con el don del Espíritu Santo: ¿Amamos a la Iglesia? ¿Amamos al papa? ¿Obedecemos sus consignas y enseñanza?

Nosotros somos Iglesia, en casa, en el trabajo, con los amigos, en sociedad ¿somos sal y fermento?, ¿somos testigos?

Después de la consagración estamos todos invitados a hacer esta súplica: “Dirige tu mirada, Padre Dios, sobre la ofrenda de tu Iglesia…, para que fortalecidos con el cuerpo y la sangre de Cristo, y llenos de su Espíritu Santo, formemos todos, un solo cuerpo y un solo Espíritu”


sábado, 15 de agosto de 2020

FESTIVIDAD DE LA ASUNCIÓN DE MARÍA


-Textos:

       -Ap 11, 19ª; 12, 1. 3-6. 10ab
       -Sal, 44, 10-12ab. 16
       -1Co 15, 20-27ª
       -Lc 1, 39-56


Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador porque ha mirado la humillación de su esclava”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

También a nosotros hoy se nos alegra el alma y el espíritu. Amamos a la Virgen, es nuestra madre del cielo, y verla así, tan elevada y ensalzada, nos llena de alegría.

Ella, nuestra Madre del cielo, también hoy, esta mañana, se siente alegre y contenta. No nos cabe la menor duda, vive aquella alegría que cantó y manifestó hace más de dos mil años en casa de su prima Isabel.

Necesitamos alegría, necesitamos poder con fundamento y buenas razones mirar al futuro con esperanza. La Virgen María, canta, nos canta, desde el cielo esta mañana, un cántico de esperanza.

El Magnificat de María es un canto a la esperanza.

Necesitamos escuchar palabras esperanzadoras, y necesitamos sobre todo sentir esperanza, vivirla realmente en nosotros y trasmitirla a los demás.

La pandemia y todas sus consecuencias nos llenan de incertidumbre sobre el futuro. Nosotros creyentes sufrimos viendo cuantos abandonan las prácticas religiosas, cuántos viven como si Dios no existiera. Y por más que se habla y se buscan remedios, persisten en el mundo el hambre, las injusticias y los abusos contra los derechos humanos.

Pero nuestro querido papa Francisco comentando el “Magnificat” del evangelio de hoy, nos dice que precisamente en los momentos difíciles, en las situaciones dolorosas, allí donde se aparecen el dolor y la cruz, es especialmente saludable invocar a Dios e impregnarnos del espíritu de María, y de su cántico de esperanza. Dice el papa: “Donde está la cruz, para nosotros cristianos, está la esperanza, siempre. Si no está la esperanza nosotros no somos cristianos.

Y continúa el papa: ¡Que no nos roben la esperanza, porque esta fuerza es una gracia, un don de Dios que nos lleva adelante mirando el cielo! Esperanza es la virtud del que experimentando el conflicto, la lucha cotidiana entre la vida y la muerte. Es la virtud del que cree en la resurrección de Cristo, en la victoria del amor.

María dice: "Proclama mi alma la grandeza del Señor". Y María está siempre allí, cercana a esas comunidades que sufren, a esos hermanos nuestros, camina con ellos, sufre con ellos, y canta con ellos el Magnificat de la esperanza. Y canta con nosotros en estos momentos de pandemia.

Queridos hermanos y hermanas, “con María, que está en los cielos, y por Cristo, con él y en él, sea nuestra eucaristía una súplica a Dios y un cántico de esperanza.



domingo, 9 de agosto de 2020

DOMINGO XIX T.O. (A)


-Textos:

       -1Re 19, 9ª. 11-13ª
       -Sal 84, 9ab-10-14
       -Ro 9, 1-5
       -Mt 14, 22-33

¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

El mar en la biblia aparece muchas veces como símbolo del mal, del peligro, de la muerte. Jesús camina sobre las aguas del mar; domina el mar; aparece sereno y soberano sobre las fuerzas que amenazan al hombre; el mal, el demonio, no tiene poder sobre él.

Los discípulos, que están sobre la barca, tienen en Jesús una fe todavía débil; todavía no conocen bien a Jesús. Por eso, al verlo entre brumas no lo reconocen, llegan a creer que es un fantasma. Pero el mismo Jesús se adelanta para sacarlos de dudas, y con una frase iluminadora, reconfortante y entrañablemente humana, les dice: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

Una frase, una palabra de Jesús, dicha entonces, que gracias a la liturgia de hoy suena como nueva en nuestros oídos; Jesús, Señor del mar, del cielo y de la tierra, nos dice esta mañana: ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

Hoy, la gente, nosotros no tenemos reparo en confesar que sentimos miedo: Miedo a la pandemia y a las muchas y graves consecuencias que nos está trayendo: el paro, la incertidumbre económica, al problema de la escolarización de los hijos pequeños… Y otros miedos más profundos y más personales: Somos mucho más frágiles y vulnerables que lo que nos creíamos. Nos creíamos fuertes y capaces de superar cualquier limitación y peligro, y un virus imprevisible nos está sumiendo en la mayor incertidumbre y en la angustia, atenazados todos por el miedo a la enfermedad y a la muerte.

Un agarradero es poner nuestra esperanza en la vacuna, en los científicos. Pero esos recursos, ¿son capaces de apagar los miedos que han aflorado en mí a causa del coronavirus? ¿Me quedo tranquilo? ¿Son la respuesta cabal y completa a todo lo que estoy sintiendo y viviendo en mí y lo que veo a mi alrededor?

¿Y si comienzo a contar con Dios más de lo que he contado hasta ahora…? La frase de Jesús hoy puede que despierte en mí resonancias nuevas y profundas: -¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

El mundo, la sociedad en la que vivo, está más revuelta y embravecida que la más desatada y temible tormenta del mar.

Pongamos la atención en san Pedro: cuando él tiene los ojos puestos en Jesús camina seguro y sereno sobre la superficie del mar. Pero cuando arrecia la tormenta quita la vista de Jesús y la vuelve sobre sí mismo y sobre el peligro que corre su vida. Entonces comienza a hundirse. Jesús le tiende la mano, lo agarra y lo saca a flote, haciéndole una recomendación de la que nosotros también debemos tomar nota: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado? .

Hermanas y hermanos todos: Dos frases, dos mensajes para pensar y orar: -¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado”?




domingo, 2 de agosto de 2020

DOMINGO XVIII T.O. (A)


-Textos:

       -Is 55, 1-3
       -Sal 144, 8-9. 15-18
       -Ro 8, 35. 37-39
       -Mt 14, 13-21

Dadles vosotros de comer”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy, domingo, queremos escuchar la palabra de Dios.
La escena del evangelio nos sugiere muchas enseñanzas. La gente sencilla busca a Jesús, Jesús se compadece de la gente. Recojamos este dato, Jesús siente compasión de la gente, sintoniza con sus sentimientos y con sus necesidades; su compasión le lleva a la acción, no se queda en puro sentimiento, y cura a los enfermos que se le presentan.

Se hace tarde y los discípulos le dicen que conviene despedir a la multitud porque tienen que buscar comida y alimentarse. Jesús responde: “Dadles vosotros de comer”. Los discípulos piensan que Jesús ya ha cumplido con la gente, y ellos también. Ahora, cada uno a lo suyo. Pero Jesús no piensa así. La gente tiene hambre, tiene enfermos, está necesitada. Y vosotros discípulos míos no podéis limitaros a cumplir y desentenderos de esta gente necesitada. Nosotros no somos ajenos a las necesidades de nuestros prójimos. Ya veis, yo me implico en su necesidad y en sus sufrimientos. Vosotros también debéis implicaros, son vuestros prójimos. “Dadles vosotros de comer”.

Los discípulos no esperaban esa respuesta que les complica la vida. Y se excusan, solo tienen un poco comida.

Para Jesús está respuesta no es excusa suficiente. Viene a decidles: “Vosotros dad lo que tenéis. Es poco, no importa. Ante tu prójimo necesitado, comparte lo que tienes. Y da lugar a que Dios ponga lo demás. Dios quiere contar contigo para satisfacer las necesidades de sus hijos, que son tus prójimos. Tú tienes que compartir con Dios la tarea de atender a las necesidades de tus hermanos. Nada de tus prójimos debes considerarlo ajeno a ti. Pon lo que tienes, poco o mucho y colabora conmigo en aliviar el dolor, la pobreza, la necesidad de tus hermanos, los hombres.

Los discípulos pusieron de su parte lo poco que tenían y Jesús hizo el milagro. La multitud sació su hambre y hasta sobró comida.

Pensemos ahora nosotros: ¿Cuáles serán los sentimientos de Jesús ante la pandemia que está sufriendo la humanidad entera? ¡Qué tentación de liberarnos de responsabilidades! Con tal de que no me toque a mí… Jesús claramente nos está diciendo que no. Todos somos responsables y todos debemos aportar lo poco o mucho que podemos aportar: Dadles vosotros de comer”. Esta consigna de Jesús es para todos, para los jóvenes y para todo el mundo.

Pero saquemos una enseñanza más de este milagro de Jesús. Jesús no se conforma sólo con curar el hambre, la enfermedad material, Jesús quiere saciar también el hambre y la enfermedad espiritual. Para eso, Jesús no solo multiplica el pan y los peces, sino que además hace el milagro de la eucaristía.

Fijaos bien que Jesús para hacer este milagro hace los gestos que hizo en la última cena: “Alzó los ojos al cielo, pronunció la bendición y partió los panes”. Jesús se preocupa del cuerpo y del alma, del hombre entero, que necesita alimento material y necesita de Dios. La fe en Dios, la ayuda de Dios y el amor que queda patente en la eucaristía son necesarios para vencer todo egoísmo, y toda irresponsabilidad en esta situación de pandemia y en toda situación de necesidad y peligro que sufrimos permanentemente los hombres.

Acerquémonos, pues, a la eucaristía.


domingo, 26 de julio de 2020

DOMINGO XVII T.O. (A)


-Textos:

       -1Re 3, 5. 7-12
       -Sal 118, 57 y 72. 76-77. 127-130
       -Ro 8, 28-30
       -Mt 13, 44-52

El reino de los cielos se parece a un tesoro…”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

¿Qué es el Reino de Dios? Jesucristo habla muchas veces de Reino de Dios, es el hilo conductor de su predicación a lo largos de sus tres años de vida pública.

¿En qué consiste el Reino de Dios? ¿Lo hemos descubierto nosotros? ¿Nos intriga saber qué nos ofrece Jesucristo cuando nos anuncia el Reino de Dios?

Si tenemos que decirlo en una palabra, decimos: El Reino de Dios es Jesucristo mismo.

Dios que nos ama infinitamente, que nos creó por amor, que cuando nos ve pecadores, se deja llevar de su misericordia, piensa en nosotros y nos regala un regalo divino, un tesoro, una perla preciosa; nos regala lo más valioso que tiene él como Dios, lo más querido para él, nos regala a su propio Hijo único.

Su Hijo, segunda persona de la Santísima Trinidad, lo mejor que tiene; no tiene más, es el Verbo de Dios, que se encarna, se hace hombre como nosotros, Jesucristo.

El, nos ama como su Padre, nos ama hasta dar la vida por nosotros. Da la vida por nosotros, para que nosotros podamos amar como él nos ama. No solo como puede amar nuestro corazón natural, sino como ama y nos ama Jesús mismo, Dios mismo.

Porque podemos amar como ama Jesucristo, podemos perdonar setenta veces siete, y podemos amar al enemigo, y reconciliarnos entre hermanos, y arriesgar la vida por atender a enfermos del coronavirus.

El Reino de Dios es Jesucristo, es una fuente divina, una catarata de amor divino que ha irrumpido en el mundo; una perla, un tesoro, dice el mismo Jesús. Está ahí, está aquí, a nuestro alcance, para que lo descubramos y lo pongamos como el primer valor de nuestra vida.

Ayer celebrábamos la fiesta de Santiago: él murió mártir porque había descubierto en Jesucristo, el Reino de Dios. Después de él muchos mártires en la historia de la Iglesia han dado la vida por el Reino de Dios; y muchos santos místicos: santa Teresa, san Juan de la Cruz, santa Hildegarda... Todos ellos han encontrado el Reino de Dios; y vivirlo, les ha llevado a la santidad. Y los misioneros y misioneras que se han desparramado por Hispanoamérica, y por África… Todos, descubrieron el Reino de Dios y vendieron todo, y desgastaron y dieron la vida por anunciarlo.

Y ellos, nos lo han dicho, han visto claro que merece la pena.

Ante el ejemplo de estos cristianos, hermanos nuestros, ante la palabra del evangelio que estamos comentando, podemos preguntarnos: ¿Cuál es mi mayor tesoro? ¿Qué tengo en la cumbre de mis ilusiones, de mis deseos y proyectos? ¿No estaré descuidando y perdiendo la mejor oportunidad de mi vida? ¿Sé amar? ¿Quién es Jesucristo para mí?

Luego, antes de la comunión, en el padrenuestro, vamos a decir “Venga a nosotros tu Reino, Señor”.

domingo, 19 de julio de 2020

DOMINGO XVI T.O.


-Textos:

       -Sab 12, 13. 16-19
       -Sal 85, 5-6. 9-10. 15-16ª
       -Ro 8, 26-27
       -Mt 13, 24-43

Dejadlos crecer juntos hasta la siega”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Pienso que, todos nosotros en algún momento nos vemos tentados del desaliento observando cómo, además del covid 19, existe también un virus espiritual que invade el mundo; sobre todo, la sociedad occidental, que hasta ahora decíamos cristina, Europa, América. Un virus de increencia y paganismo, que ahoga el sentido de Dios y de la trascendencia, y aparta de la práctica religiosa y de la pertenencia a la Iglesia. Un virus que se mueve en el caldo de cultivo de la fe en la ciencia, en la técnica, se alimenta del individualismo e intenta conformarse con vivir de tejas a bajo, sin pensar en la muerte ni en la vida eterna.

Ante esta situación puede que hayamos dicho alguna vez al Señor: ¿Por qué consientes todo esto, por qué no das lugar a que todo el mundo reconozca lo bueno que es vivir conforme a la voluntad de Dios y conforme al evangelio, amando a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos?

Jesucristo nos habla hoy de la mala yerba que siembra el enemigo, el diablo, en medio de la buena semilla del evangelio. Y dice incomprensiblemente para nosotros: -“Dejadlos crecer juntos hasta la siega”.

La cizaña, cuando es todavía hierba, es muy difícil distinguirla del trigo. Jesucristo tiene un cuidado especial de sus discípulos que creemos en él y en el proyecto del Reino de Dios que él nos ha propuesto. Jesucristo no quiere que se pierda ninguno de los hijos de Dios, que, por creer en el Reino, llevamos dentro la semilla de la vida eterna.

Pero su pensamiento va más lejos. En la primera lectura hemos escuchado una frase que nos ayuda a entender las palabras de Jesús: “Tu señorío, Señor, te hace ser indulgente con todos”. Esta consideración nos lleva a otra palabra que encontramos en la segunda Carta de san Pedro. Dice la carta: No olvidéis una cosa, queridos míos, que para el Señor un día es como mil años y mil años como un día. El Señor no retrasa su promesa, como piensan algunos, sino que tiene paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie se pierda, sino que todos puedan acceder a la conversión” (2Pe 3, 8-10).

Ya vemos, queridos hermanos y hermanas: Todos llevamos en el corazón, mezclada, en una dosis o en otra, la buena y la mala semilla. Y el Señor con todos tiene paciencia, y a todos nos da tiempo para que nos convirtamos.

Luego, después de la consagración, cuando el sacerdote diga “Este es el sacramento de nuestra fe”, responderemos: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor, Jesús”. “Ven, Señor, Jesús”. Que Jesús, en ese momento, nos encuentre a todos convertidos.


domingo, 12 de julio de 2020

DOMINGO XV T.O. (A)


-Textos:

       -Is 55, 10-11
       -Sal 64, 10-14
       -Ro 8, 18-23
       -Mt 13, 1-23

Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo…, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

El evangelio de hoy nos habla de la parábola del Sembrador, que esparce la semilla. Al llegar a misa hemos podido constatar cómo los agricultores de la zona están recogiendo la cosecha que sembraron allí por los meses anteriores a la Navidad. Tendremos que hablar con ellos para que nos digan cuánto ha producido la siembra que hace meses realizaron.

De las muchas consideraciones que pueden comentarse desde esta parábola tan sugerente permitidme que subraye una sola. La eficacia de la semilla sembrada. Ya hemos escuchado: cuando la semilla cae en terrenos poco favorables para crecer, ella trabaja por brotar y medrar, aunque no lo consiga. Pero cuando cae en tierra buena, la semilla es sumamente agradecida y fecunda, y llega a producir el treinta, el sesenta y hasta el ciento por uno.

La semilla simboliza, como sabemos todos, a la Palabra de Dios. Y mirad que bellamente nos ha hablado el profeta Isaías de la eficacia de la Palabra de Dios: “Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá vacía sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo”. No puede ser más clara y persuasiva.

El Concilio Vaticano II, habla también de Palabra de Dios, y nos revela el porqué de su importancia: Dice el concilio: “Cristo está presente en su Palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la Sagrada Escritura, es Él quien habla”. Cuando se lee la Sagrada Escritura, el Antiguo testamento, el Nuevo Testamento y, especialmente los evangelios, es Cristo quien nos habla, porque es Cristo quien se hace presente en esas lecturas que escuchamos.

Queridas hermanas y queridos hermanos todos: Cristo está realmente presente en las especies eucarísticas, y Cristo nos habla realmente en la Palabra de la Escritura leída y escuchada en su nombre. Los entendidos hablan de la “mesa de la Palabra” (el ambón o púlpito) y de la “mesa de la eucaristía” (el altar). Dos mesas diferentes, pero de muy parecida importancia y eficacia.

Si no escuchamos y no meditamos y no estudiamos la Palabra de Dios, podemos llegar a confundir el Evangelio de Jesús y el Credo de la Iglesia como una religión entre otras o una ideología más de las que circulan por el mundo.

Si de verdad deseamos y hambreamos un encuentro personal vivo y convincente con Jesucristo, necesitamos escuchar y meditar la Palabra de Dios. No podríamos apreciar el tesoro de amor que encierra la eucaristía, si no escuchamos lo que Jesucristo, y en general toda la Escritura, nos enseñan sobre la eucaristía.

Retengamos encarecidamente lo que hemos escuchado en la primera lectura: -“Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo…, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía”.




domingo, 5 de julio de 2020

DOMINGO XIV T.O.(A)


-Textos:

       -Za 9, 9-10
       -Sal 144, 1-2. 8-11. 13cd-14
       -Ro 8, 9. 11-13
       -Mt 11, 25-30

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hemos comenzado este verano tan especial, trastornado y condicionado tan decisivamente por el “covid 19”. Las vacaciones que pensamos hacer, las vacaciones que no podemos hacer, los sanfermines y fiestas populares que se suspenden; la angustia de las empresas, particularmente las más pequeñas, sobre si podrán o no podrán resistir sin cerrar, los trabajadores temerosos de quedar despedidos, o que no acaban de percibir los “ertes” prometidos; en un ámbito más personal, la incomodidad de la mascarilla, y de otras normas que entorpecen la convivencia social, el miedo inevitable a contraer el virus tan dañino, y especialmente, la angustia de no saber cuándo va a terminar esta situación y en qué condiciones vamos a quedar, si por fin salimos.

Y hoy, a cuantos tenemos la gracia de participar en esta eucaristía dominical nos sorprende esta palabra oportuna de Jesús, nuestro Señor:

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

Palabras de Jesús sinceras y creíbles. Porque atended quién es Jesús: “Todo me ha sido entregado por mi Padre…, nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Este es Jesús; mirad si no merece que creamos sus palabras.

Y este Jesús nos dice a todos los que hemos comenzado a desgranar los días de este verano tan singular: “-Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

Pero, ¿cómo nos puede aliviar Jesús? A mí, decimos, me aliviaría si me diera la paga que me han prometido los políticos, o si me garantizase que no iba a contraer el coronavirus, o que a la vuelta de vacaciones iba a encontrar los colegios y las fábricas funcionando.

Queridas hermanas y queridos hermanos todos: la ayuda de Jesús es cierta; si contamos con él y la pedimos con fe. Pero esta ayuda del Señor opera en nosotros a un nivel real, pero distinto del nivel de soluciones que nosotros los humanos tenemos que buscar con responsabilidad.

Quizás nos ilumine algo esta comparación: La ayuda de Jesús es como esas aguas que dicen freáticas, que discurren subterráneas sobre una capa de tierra impermeable, pero que al mismo tiempo van impregnando de humedad las tierras superficiales, de manera que las raíces de las plantas sembradas en la superficie alcanza la humedad que les viene desde abajo.

Jesús, si creemos en él y le pedimos con fe, riega con el poder de su gracia, nuestro ánimo quizás triste y abatido, a causa de unas circunstancias difíciles y dolorosas que estamos viviendo, sea por el maléfico virus que nos puede enfermar, o por otras circunstancias. Jesucristo hoy como siempre, sin suplantar nuestra libertad y responsabilidad, nos puede ayudar, y nos ayuda, en cualquier circunstancia de la vida.

Creamos en él. Es verdad lo que esta mañana hemos escuchado de sus labios: “-Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.


domingo, 28 de junio de 2020

DOMINGO XIII T.O. (A)


-Textos:

       -2Re 8-11. 14-16ª
       -Sal 88, 16-17. 18-19
       -Ro 6, 3-4. 8-11
       -Mt 10, 37-42

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a estos pequeños…, os digo que no perderá su recompensa”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:
Es familiar, sencilla y entrañable la escena que nos narra la primera lectura sobre la cordial y generosa hospitalidad con que es acogido el profeta Eliseo en una noble casa de Sunén. Y fijémonos en la frase final de esta escena: “El año, próximo, por esta época, tú estará abrazando un hijo”.

La hospitalidad sincera y generosa, queridas hermanas y queridos hermanos, produce vida. Despierta generosidad.

Vosotras, queridas hermanas, en vuestra vocación tenéis el don y el carisma de la hospitalidad: “Recibir al huésped como a Cristo”. Vosotras podéis certificar lo que estamos comentando, una hospitalidad cordial y generosa invita a corresponder, despierta cordialidad, amistad, colaboración y vida.

Pero la hospitalidad no debemos reducirla a la ocasión esporádica en que alguien nos pide posada. La hospitalidad es una disposición del corazón dispuesto permanentemente a acoger al hermano y al prójimo como a Cristo. La hospitalidad pide un corazón abierto, generoso y confiado, y también desinteresado y gratuito. Cuando el huésped, y decimos también, cuando el prójimo que viene a mi encuentro se siente acogido de verdad, sin prejuicios y a la vez descubre que quien le recibe lo recibe con el corazón abierto y dispuesto a ayudarle, en la medida de sus posibilidades, en lo que el visitante necesita, el hermano o el prójimo que nos visita, queda tocado. Afectado, y se siente a su vez impulsado a corresponder también con el mismo amor, generosidad y confianza.

Esta hospitalidad, como hemos visto en la primera lectura, produce vida, amistad, fraternidad y comunión.

Algunos diréis que ahora la sociedad y la mentalidad también han cambiado y los encuentros y las visitas están basados más en el interés económico u otro tipo de intereses. Sin embargo, los humanos seguimos siendo humanos y seguimos albergando en el corazón esa fuente de amor y de gratuidad que es feliz al dar y al corresponder a lo recibido.

Es muy oportuna la Palabra de Dios que este domingo hemos escuchado, porque, aunque el coronavirus se ha encargado de limitar más de la cuenta las posibilidades de visitas y encuentros personales en este tiempo de verano y vacacional, siempre es válido, y quizás ahora más que en otras circunstancia, cultivar estas relaciones y encuentros personales de hospitalidad, para aliviar tanto el peso como el miedo al coronavirus que otea sobre nuestras cabezas.

Pero hay más, y permitidme el último comentario: al final del evangelio, Jesús dice explícitamente: -“El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a estos pequeños…, os digo que no perderá su recompensa”.

Estos “pequeños” son los que llaman a nuestra puerta y nos anuncian a Jesús o con su ejemplo o con su mensaje. Pero conviene que tengamos en cuenta que hoy todos somos a un tiempo huéspedes y anfitriones. Huéspedes peregrinos que damos testimonio humilde y respetuoso de nuestra fe, y anfitriones acogedores que compartimos nuestros bienes y nuestra fe con quien nos necesita.


domingo, 21 de junio de 2020

DOMINGO XII T.O.



-Textos:

       -Je 20, 10-13
       -Sal 68, 8-10. 14 y 17. 33-35
       -Ro 5, 12-15
       -Mt 10, 26-33

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma… Hasta los cabellos de vuestra cabeza tenéis contados”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

El evangelio de este domingo y también la primera lectura nos sitúan en un contexto de persecución religiosa. Algunos podéis pensar que aquí en nuestra tierra, en España y en el mundo occidental no tenemos ese contexto y, por lo tanto, no vemos que la palabra de Dios de este domingo tenga mucha aplicación para nosotros.

Pero, en primer lugar, somos cristianos católicos, y somos familia de mártires. Sabemos que en varios países del mundo los cristianos están perseguidos, amenazados y martirizados por su fe. Ellos continuamente viven bajo la amenaza de muerte y continuamente nos dan ejemplo de superar ese miedo. No los podemos olvidar.

Pero, además, también, en nuestros países occidentales tan desarrollados materialmente, somos tentados por el miedo a la hora de dar testimonio de nuestra fe cristiana.

Esta sociedad nuestra, que tiene tantos valores positivos, tiene otros muchos negativos y contrarios al evangelio de Jesús y a las enseñanzas de la Iglesia. Hay un modo de pensar, sentir y hablar, que choca frontalmente con los valores evangélicos y cristianos. Por ejemplo: El derecho y respeto a la vida desde la concepción hasta el fallecimiento; la ayuda eficaz a las personas mayores o enfermos irreversibles, que ocasionan muchos gastos a la sociedad y no aportan beneficio económico; un ritmo de vida ostentoso y de consumo sin control, por encima de las posibilidades económicas reales; un no salirse en las conversaciones y tertulias de lo que se dice “políticamente correcto”, para no desentonar…

Estos y otros modos de pensar, de sentir y de vivir nos crean un clima que, por un lado desafía nuestra fe cristiana y compromete nuestro testimonio y por otro, lo descalifica y a nosotros nos amenaza con la condena y la exclusión social.

Este clima hostil, no es literalmente una persecución religiosa, pero es realmente un desafío y una presión moral que genera sutilmente coacción y miedo para expresarnos libremente y cumplir con la misión de evangelizar.

Ante esta situación sí que tienen sentido las palabras de Jesús en el evangelio de hoy: “No tengáis miedo a los hombresNo tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma… Y luego en positivo, una invitación a la confianza en Dios: “Hasta los cabellos de vuestra cabeza tenéis contados”.

Esta llamada a la confianza en Dios es también una buena recomendación para el miedo que nos induce la amenaza del coronavirus. Hoy finaliza la situación social de alarma, que por el bien común ha impuesto el gobierno de la nación. El cese de la norma política debemos entenderla como una apelación a la responsabilidad. Primero de todo, como creyentes debemos confiar en Dios. Pero la confianza en Dios no es un salvoconducto para liberarnos de las reglas y normas de prudencia. La confianza en Dios ha de reforzar nuestro sentido de responsabilidad. Responsabilidad para cuidar de nuestra salud, y también para cuidar y ayudar a la salud de los demás. 

La liberación de normas externas políticas, ha de remitirnos a reforzar nuestra responsabilidad personal, y a asumir normas que nuestra conciencia y nuestro sentido común nos aconsejan y nos obligan en bien nuestro y en bien de nuestros prójimos.

Y el mejor antídoto contra el miedo la gracia y la fuerza de la eucaristía.