domingo, 5 de julio de 2020

DOMINGO XIV T.O.(A)


-Textos:

       -Za 9, 9-10
       -Sal 144, 1-2. 8-11. 13cd-14
       -Ro 8, 9. 11-13
       -Mt 11, 25-30

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hemos comenzado este verano tan especial, trastornado y condicionado tan decisivamente por el “covid 19”. Las vacaciones que pensamos hacer, las vacaciones que no podemos hacer, los sanfermines y fiestas populares que se suspenden; la angustia de las empresas, particularmente las más pequeñas, sobre si podrán o no podrán resistir sin cerrar, los trabajadores temerosos de quedar despedidos, o que no acaban de percibir los “ertes” prometidos; en un ámbito más personal, la incomodidad de la mascarilla, y de otras normas que entorpecen la convivencia social, el miedo inevitable a contraer el virus tan dañino, y especialmente, la angustia de no saber cuándo va a terminar esta situación y en qué condiciones vamos a quedar, si por fin salimos.

Y hoy, a cuantos tenemos la gracia de participar en esta eucaristía dominical nos sorprende esta palabra oportuna de Jesús, nuestro Señor:

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

Palabras de Jesús sinceras y creíbles. Porque atended quién es Jesús: “Todo me ha sido entregado por mi Padre…, nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Este es Jesús; mirad si no merece que creamos sus palabras.

Y este Jesús nos dice a todos los que hemos comenzado a desgranar los días de este verano tan singular: “-Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

Pero, ¿cómo nos puede aliviar Jesús? A mí, decimos, me aliviaría si me diera la paga que me han prometido los políticos, o si me garantizase que no iba a contraer el coronavirus, o que a la vuelta de vacaciones iba a encontrar los colegios y las fábricas funcionando.

Queridas hermanas y queridos hermanos todos: la ayuda de Jesús es cierta; si contamos con él y la pedimos con fe. Pero esta ayuda del Señor opera en nosotros a un nivel real, pero distinto del nivel de soluciones que nosotros los humanos tenemos que buscar con responsabilidad.

Quizás nos ilumine algo esta comparación: La ayuda de Jesús es como esas aguas que dicen freáticas, que discurren subterráneas sobre una capa de tierra impermeable, pero que al mismo tiempo van impregnando de humedad las tierras superficiales, de manera que las raíces de las plantas sembradas en la superficie alcanza la humedad que les viene desde abajo.

Jesús, si creemos en él y le pedimos con fe, riega con el poder de su gracia, nuestro ánimo quizás triste y abatido, a causa de unas circunstancias difíciles y dolorosas que estamos viviendo, sea por el maléfico virus que nos puede enfermar, o por otras circunstancias. Jesucristo hoy como siempre, sin suplantar nuestra libertad y responsabilidad, nos puede ayudar, y nos ayuda, en cualquier circunstancia de la vida.

Creamos en él. Es verdad lo que esta mañana hemos escuchado de sus labios: “-Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.


domingo, 28 de junio de 2020

DOMINGO XIII T.O. (A)


-Textos:

       -2Re 8-11. 14-16ª
       -Sal 88, 16-17. 18-19
       -Ro 6, 3-4. 8-11
       -Mt 10, 37-42

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a estos pequeños…, os digo que no perderá su recompensa”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:
Es familiar, sencilla y entrañable la escena que nos narra la primera lectura sobre la cordial y generosa hospitalidad con que es acogido el profeta Eliseo en una noble casa de Sunén. Y fijémonos en la frase final de esta escena: “El año, próximo, por esta época, tú estará abrazando un hijo”.

La hospitalidad sincera y generosa, queridas hermanas y queridos hermanos, produce vida. Despierta generosidad.

Vosotras, queridas hermanas, en vuestra vocación tenéis el don y el carisma de la hospitalidad: “Recibir al huésped como a Cristo”. Vosotras podéis certificar lo que estamos comentando, una hospitalidad cordial y generosa invita a corresponder, despierta cordialidad, amistad, colaboración y vida.

Pero la hospitalidad no debemos reducirla a la ocasión esporádica en que alguien nos pide posada. La hospitalidad es una disposición del corazón dispuesto permanentemente a acoger al hermano y al prójimo como a Cristo. La hospitalidad pide un corazón abierto, generoso y confiado, y también desinteresado y gratuito. Cuando el huésped, y decimos también, cuando el prójimo que viene a mi encuentro se siente acogido de verdad, sin prejuicios y a la vez descubre que quien le recibe lo recibe con el corazón abierto y dispuesto a ayudarle, en la medida de sus posibilidades, en lo que el visitante necesita, el hermano o el prójimo que nos visita, queda tocado. Afectado, y se siente a su vez impulsado a corresponder también con el mismo amor, generosidad y confianza.

Esta hospitalidad, como hemos visto en la primera lectura, produce vida, amistad, fraternidad y comunión.

Algunos diréis que ahora la sociedad y la mentalidad también han cambiado y los encuentros y las visitas están basados más en el interés económico u otro tipo de intereses. Sin embargo, los humanos seguimos siendo humanos y seguimos albergando en el corazón esa fuente de amor y de gratuidad que es feliz al dar y al corresponder a lo recibido.

Es muy oportuna la Palabra de Dios que este domingo hemos escuchado, porque, aunque el coronavirus se ha encargado de limitar más de la cuenta las posibilidades de visitas y encuentros personales en este tiempo de verano y vacacional, siempre es válido, y quizás ahora más que en otras circunstancia, cultivar estas relaciones y encuentros personales de hospitalidad, para aliviar tanto el peso como el miedo al coronavirus que otea sobre nuestras cabezas.

Pero hay más, y permitidme el último comentario: al final del evangelio, Jesús dice explícitamente: -“El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a estos pequeños…, os digo que no perderá su recompensa”.

Estos “pequeños” son los que llaman a nuestra puerta y nos anuncian a Jesús o con su ejemplo o con su mensaje. Pero conviene que tengamos en cuenta que hoy todos somos a un tiempo huéspedes y anfitriones. Huéspedes peregrinos que damos testimonio humilde y respetuoso de nuestra fe, y anfitriones acogedores que compartimos nuestros bienes y nuestra fe con quien nos necesita.


domingo, 21 de junio de 2020

DOMINGO XII T.O.



-Textos:

       -Je 20, 10-13
       -Sal 68, 8-10. 14 y 17. 33-35
       -Ro 5, 12-15
       -Mt 10, 26-33

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma… Hasta los cabellos de vuestra cabeza tenéis contados”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

El evangelio de este domingo y también la primera lectura nos sitúan en un contexto de persecución religiosa. Algunos podéis pensar que aquí en nuestra tierra, en España y en el mundo occidental no tenemos ese contexto y, por lo tanto, no vemos que la palabra de Dios de este domingo tenga mucha aplicación para nosotros.

Pero, en primer lugar, somos cristianos católicos, y somos familia de mártires. Sabemos que en varios países del mundo los cristianos están perseguidos, amenazados y martirizados por su fe. Ellos continuamente viven bajo la amenaza de muerte y continuamente nos dan ejemplo de superar ese miedo. No los podemos olvidar.

Pero, además, también, en nuestros países occidentales tan desarrollados materialmente, somos tentados por el miedo a la hora de dar testimonio de nuestra fe cristiana.

Esta sociedad nuestra, que tiene tantos valores positivos, tiene otros muchos negativos y contrarios al evangelio de Jesús y a las enseñanzas de la Iglesia. Hay un modo de pensar, sentir y hablar, que choca frontalmente con los valores evangélicos y cristianos. Por ejemplo: El derecho y respeto a la vida desde la concepción hasta el fallecimiento; la ayuda eficaz a las personas mayores o enfermos irreversibles, que ocasionan muchos gastos a la sociedad y no aportan beneficio económico; un ritmo de vida ostentoso y de consumo sin control, por encima de las posibilidades económicas reales; un no salirse en las conversaciones y tertulias de lo que se dice “políticamente correcto”, para no desentonar…

Estos y otros modos de pensar, de sentir y de vivir nos crean un clima que, por un lado desafía nuestra fe cristiana y compromete nuestro testimonio y por otro, lo descalifica y a nosotros nos amenaza con la condena y la exclusión social.

Este clima hostil, no es literalmente una persecución religiosa, pero es realmente un desafío y una presión moral que genera sutilmente coacción y miedo para expresarnos libremente y cumplir con la misión de evangelizar.

Ante esta situación sí que tienen sentido las palabras de Jesús en el evangelio de hoy: “No tengáis miedo a los hombresNo tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma… Y luego en positivo, una invitación a la confianza en Dios: “Hasta los cabellos de vuestra cabeza tenéis contados”.

Esta llamada a la confianza en Dios es también una buena recomendación para el miedo que nos induce la amenaza del coronavirus. Hoy finaliza la situación social de alarma, que por el bien común ha impuesto el gobierno de la nación. El cese de la norma política debemos entenderla como una apelación a la responsabilidad. Primero de todo, como creyentes debemos confiar en Dios. Pero la confianza en Dios no es un salvoconducto para liberarnos de las reglas y normas de prudencia. La confianza en Dios ha de reforzar nuestro sentido de responsabilidad. Responsabilidad para cuidar de nuestra salud, y también para cuidar y ayudar a la salud de los demás. 

La liberación de normas externas políticas, ha de remitirnos a reforzar nuestra responsabilidad personal, y a asumir normas que nuestra conciencia y nuestro sentido común nos aconsejan y nos obligan en bien nuestro y en bien de nuestros prójimos.

Y el mejor antídoto contra el miedo la gracia y la fuerza de la eucaristía.

domingo, 14 de junio de 2020

FESTIVIDAD DE CORPUS CHRISTI


-Textos:

       -Dt. 8, 2-3. 14b-16a
       -Sal 147, 12-15. 19-20
       -1Co 10, 16-17
       -Jn 6, 51-58

Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos de un mismo pan”. “El que coma de este pan vivirá para siempre”.

Queridas hermanas benedictinas:

Hoy domingo y fiesta solemne del Cuerpo y la Sangre del Señor, el “Corpus Christi”. La Iglesia, y el pueblo cristiano, contando con las limitaciones especiales que tenemos a causa de la pandemia, celebramos con fe y alegría esta fiesta.

Hoy os invito especialmente a dar gracias a Dios. La eucaristía es el gran regalo que Dios nos hace a los seguidores de Jesús, a toda la humanidad y al cosmos entero.

Dios, en el Hijo, se hizo hombre para salvar a los hombres, y no le bastó este gesto de amor infinito; nació pobre en Belén para redimir a los pobres, y no le bastó; se hizo bautizar como pecador en el Jordán para liberarnos del pecado, y no le bastó; se acercó a los enfermos y desvalidos para curarlos, y no le bastó; murió por nosotros para librarnos del pecado y, sorprendeos, no le bastó; y, locura del amor divino, se hizo eucaristía, comida y alimento, para darnos vida eterna.

La eucaristía es, ciertamente la manifestación suprema del amor de Dios a los hombres; reúne en sí misma, como dice el concilio Vaticano II, todo el bien espiritual de la Iglesia: Cristo Jesús, nuestra Pascua.

Por eso, la respuesta espontánea que brota de un corazón creyente es la acción de gracias a Dios por el bien que nos hace.

La eucaristía, dice el papa Francisco, alegra el corazón de la Iglesia, porque la Iglesia sabe que la eucaristía cumple de manera espléndida la promesa de Jesús: “Yo estaré siempre con vosotros hasta el fin de los siglos”.

La eucaristía alimento para el camino de la vida, como fue el maná para los israelita que salieron de Egipto en busca de la tierra prometida; la eucaristía, misterio admirable de comunión con Jesucristo, participación en su vida vencedora de la muerte, y por él con él y en él misterio de alabanza y de comunión con Dios Padre en el Espíritu Santo.

Pero, hay más: Tomemos nota de la enseñanza de San Pablo en la segunda lectura: -“Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos de un mismo pan”.

La eucaristía establece la unión entre los creyentes, al comulgar con el Cuerpo y la Sangre del Señor nos hace hermanos y miembros de una familia, que participa de la misma vida y de los mismos sentimientos de Cristo Jesús: una misma fe, una misma esperanza, un mismo amor. Nos hace Pueblo de Dios, Iglesia santa, miembros del Cuerpo místico de Cristo. Y consecuentemente, un mismo proyecto de vida: trabajar por el Reino de Dios, viviendo y proponiendo el evangelio de Jesús, la palabra de Dios, los mandamientos, las bienaventuranzas, los sacramentos, la oración, para dar testimonio y anunciar el evangelio a todas las gentes.

La eucaristía, hermanas, máxima manifestación del amor de Dios en Cristo, y máxima fuente de energía para vivir la vida de fe con alegría y comunicarla a todos nuestros prójimos.


domingo, 7 de junio de 2020

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD


-Textos:

       -Ex 34, 4b-6. 8-9
       -Sal Dan 3, 52ac.54a-55ª. 56ª
       -2Co 13, 11-13
       -Jn 3, 16-18

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. “Con María en el corazón de la Iglesia”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Celebramos en este domingo la solemne fiesta de la Santísima Trinidad. Misterio de fe, sí, pero misterio de amor. El prefacio que entonaremos en la misa dice: “Es nuestro deber y salvación darte gracias siempre, Señor, Padre santo, Dios todopoderosos y eterno. Que con tu Hijo y el Espíritu Santo eres un solo Dios y un solo Señor, no una sola persona, sino tres personas en una sola naturaleza”.

En vez de tratar de comprender a Dios con la cabeza, lo mejor es abrir el corazón a la fe, y orar, escuchar la Palabra de Dios, que él mismo nos ha revelado en la Biblia.

Ponernos en oración, y abrir la biblia o los evangelios y dejar que palabras como las que se nos ha proclamado en las lecturas de hoy, nos vayan penetrando poco a poco en el corazón. San Pablo nos ha dicho, por ejemplo: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu santo esté siempre con vosotros”; o las preciosas palabras tan conocidas del evangelio: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca… Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Leer y escuchar, y repetir suavemente dejando que resuenen dentro. Esta es una excelente vía para penetrar en el misterio de Dios-Trinidad y beneficiarnos de él.

Pero este domingo celebramos también la “Jornada “pro orantibus”, es decir, en favor de los monjes y las monjas, y en general de las vocaciones contemplativas. Acordarnos de ellas, pedir por ellas y agradecerles el bien que nos hacen y aportan a la Iglesia.

El lema de la jornada para este año dice así: “Con María, en el corazón de la Iglesia”. ¿Cuál es el corazón de la Iglesia? El amor, el amor a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos y, mejor aún, como Jesucristo nos ha amado es la fuente de energía que impulsa y alimenta toda la inmensa actividad misionera de la Iglesia. Los contemplativos y las contemplativas, en el corazón de la Iglesia que es amor y con María, la Virgen, que ama a Dios en su Hijo Jesucristo, y a los hijos de Dios con corazón de madre, los monjes y las monjas, digo, son para la Iglesia y para el mundo indicadores luminosos que señalan que el amor es el grito y la aspiración más profunda de nuestro ser, la vocación más genuina del corazón humano. No todo amor nos hace felices, pero amar a Dios sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos, y, mejor aún, amar siempre como Jesucristo nos ha amado nos conduce a nuestro propio hogar, a nuestra verdadera patria. Este es el mensaje y el favor más grande que recibimos de los contemplativos, hermanos nuestros en la fe.

Haremos bien en conocerlos, pedir que el Señor los bendiga con la fidelidad a la vocación y vocaciones que den continuidad a la misión tan importante que cumplen en nuestra Iglesia.

domingo, 31 de mayo de 2020

DOMINGO DE PENTECOSTÉS (A)


-Textos:

       -Hch 2, 1-11
       -Sal 103, 1ab. 24bc-30.31.34
       -1 Co, 12, 3b-7. 12-13
       -Jn 20, 19-23

Sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”.

Queridas hermanas benedictinas:

Domingo de Pentecostés, cumbre y corona del tiempo pascual. Fiesta grande, día de alegría y de acción de gracias a Dios por la gracia de la fe y la revelación de su misterio.

Las lecturas de la misa de esta fiesta de Pentecostés nos permiten descubrir cuatro tesoros de gracia divina que Jesús resucitado transmite a sus discípulos para hacerlos capaces de continuar la obra del Reino de Dios, que él comenzó en este mundo: El don de la paz, resumen de todos los dones divinos; el perdón de los pecados, que abre las puertas a la vida eterna; la misión de anunciar el evangelio a todas las gentes, el fruto de la unidad en la comunidad de seguidores, es decir, la Iglesia, y sobre todo, para dar, impulso y vida a estas fuentes de gracia y de salvación, les otorga el gran don prometido antes de su muerte y concedido después de su resurrección, el Espíritu Santo.

Estos dones divinos son el legado de Cristo glorioso y resucitado que encomienda a los primeros discípulos, y a los discípulos de todos los tiempos, a nosotros, bautizados y miembros de la Iglesia.

Hermanas y hermanos: Hemos escuchado la alegría, el entusiasmo que el Espíritu Santo despertó, el día de Pentecostés en los mismos discípulos y en el público que los escuchaba con asombro. Cuántos se convirtieron, allí nació la Iglesia, y comenzó a brotar el germen de un mundo nuevo.

Y esta es la buena noticia de esta fiesta: La misma gracia, los mismos dones que legó Jesús a sus discípulos la tarde del primer domingo de resurrección y que se manifestaron en Pentecostés, permanecen vivos y activos hoy en la Iglesia, que vive en medio del mundo.

Hoy siguen activos para la vitalidad de la misma Iglesia y para la trasformación de este mundo, en un mundo nuevo, anticipo del Reino de Dios, permanecen con nosotros: la paz, el perdón de los pecados, la Iglesia, la evangelización, y sobre todo, el Espíritu Santo, dador de todos los dones.

Abramos los ojos: Padres cristianos que bautizan a sus hijos, personas adultas que piden el catecumenado y el bautismo, movimientos evangelizadores, que reavivan, en muchos bautizados, la llama adormecida de la fe, comunidades parroquiales y de religiosos y religiosas, que se adentran en las periferias marginadas para anunciar la fe y aliviar la marginación. Comunidades contemplativas, que en el silencio mantienen viva la esencia de la adoración y de la alabanza al Dios trascendente y encarnado que nos reveló Jesús; sacerdotes jóvenes y mayores, que se desviven por animar unas vidas, laicos cristianos comprometidos en hacer una sociedad más conforme a los valores del evangelio; voluntarios cristianos y no cristianos que llevan su preparación profesional y cultural a pueblos menos desarrollados; el testimonio vivo y reciente de tantos sanitarios y responsables de servicios sociales arriesgando su vida para salvar vidas del coronavirus…

Todos estos hechos muestran la presencia viva y activa del Espíritu Santo, y la fecundidad de la paz de Dios, del perdón de los pecados y de la Iglesia, que celebra hoy el acontecimiento salvador de Pentecostés.



domingo, 24 de mayo de 2020

FESTIVIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR



-Textos:

       -Hch 1, 1-11
       -Sal 46, 2-3. 6-9
       -Ef 1, 17-23
       -Mt 28, 16-20

¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?” “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” “Id y haced discípulos de todos los pueblos”.

Queridas hermanas benedictinas: Nos encontramos aquí, solitos y en número reducido, pero la fiesta grande que celebramos en este domingo de la Ascensión de nuestro Señor Jesucristo a los cielos ensancha el horizonte de nuestra fe a los límites del orbe y hasta el cielo infinito.

¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”, dicen los ángeles a los discípulos. La frase en muchas ocasiones la hemos entendido en el sentido casi de un reproche. Que no nos quedemos estáticos y parados mirando al cielo, sino que vayamos cuanto antes al mundo a vivir en la esperanza. Pero la frase antes que una advertencia, afirma un dato: los apóstoles miraban al cielo. Mirar hacia el cielo no tiene por qué impedir que nos evadamos de los asuntos de la tierra. “Estamos llamados a mirar al cielo hacia la realidad divina”, dijo en su día el papa emérito Benedicto XVI. Mirar al cielo es una señal de nuestra confianza en Dios y un gesto profético que anuncia la presencia de Dios en un mundo que pretende vivir “como si Dios no existiera”.

Y mientras vemos a Jesús triunfante que sube a los cielos, retengamos en la memoria de nuestro corazón sus últimas palabras en la tierra: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. El Señor Jesús resucitado se va físicamente de la tierra, pero se queda con nosotros espiritual y glorioso, todos los días, hasta el fin del mundo. Estas palabras dichas en este solemne momento debieron dejar muy consolados a los discípulos, que pronto iban a recibir al Espíritu Santo en Pentecostés. 

Estas palabras tienen validez permanente. Son palabras para nosotros hoy y deben llenarnos de consuelo y alegría. Jesucristo que nos amó hasta el extremo, que resucitó y venció a la muerte y al pecado y subió a los cielos, Jesucristo está con nosotros hoy y todos los días de nuestra vida. Está presente en la eucaristía, está presente en su palabra proclamada en la comunidad de seguidores, que es la Iglesia, está presente en la misma comunidad reunida en su nombre, está presente en los pobres, en los enfermos, en el prójimo necesitado y, además, Jesucristo sube a los cielos para enviarnos el Espíritu Santo que nos ayuda a descubrir cómo Jesucristo nos sale al encuentro continuamente en el camino de la vida.

Recojamos por último otro mensaje esencial en la fiesta de la Ascensión del Señor, dirigido a todos, absolutamente a todos los que estamos celebrando la fiesta: “Id y haced discípulos de todos los pueblos,… bautizándolos… y enseñándoles a guardar todo lo que os he enseñado”.

domingo, 17 de mayo de 2020

DOMINGO VI DE PASCUA (A)


-Textos:

       -Hch 8, 5-8. 14-17
       -Sal 65, 1-3a. 4-7a. 16. 20
       -1Pe 3, 15-18
       -Jn 14, 15-21

Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre dispuestos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere”.
Queridas hermanas benedictinas:

Sexto domingo de Pascua, el próximo domingo celebraremos la Ascensión del Señor a los cielos. ¿Cómo cantar un cántico de aleluya al Señor en tiempo de pandemia?

En el evangelio que se ha proclamado vemos a los discípulos temerosos y tristes porque presienten que Jesús, a quien están viendo resucitado, va a subir definitivamente al cielo y, así piensan ellos, los va a dejar solos.

En cierto modo también nosotros y mucha gente, ante la tragedia y el desastre que está produciendo el coronavirus puede sentir la sensación de que Jesús se ha ido, ha subido al cielo y nos ha dejado solos ante el peligro. Como si Dios se hubiera desentendido de nosotros. Algunos que ya habían abandonado la fe y todo sentimiento religioso, quizás, estén confirmándose en su decisión, y hasta miren con cierta conmiseración y burla a los que seguimos creyendo.

Pero Jesucristo viene hoy a nuestro encuentro en el evangelio y nos conforta diciendo: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo pediré al Padre que os dé otro defensor, que estará siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”. Jesús no nos deja solos en este mundo y tirados en medio de esta desgracia actual, y de otras que suceden y pueden suceder. Él nos va a mandar otro abogado Defensor; es el Espíritu de la Verdad. Él nos da un corazón nuevo, que puede amar como nos ha amado el mismo Jesús. Y desde dentro de nosotros, nos defiende y orienta en las oscuridades y dificultades de la vida.

Y además Jesucristo mismo, que sube al cielo, no se ausenta de nosotros, va a permanecer con nosotros, aunque de otra manera. ¿De qué manera? La clave está en el amor: “Al que me ama, hemos escuchado al final del evangelio, le amará mi Padre, y yo también le amaré y me revelaré a él”. Es el Espíritu Santo quien hace que podamos amar a los hermanos como Jesucristo nos ha amado; ese amor nos hace hijos de Dios, hijos en el Hijo Jesucristo, hijos de Dios partícipes de la vida misma de Dios, la vida eterna.

Esta es nuestra fe, una fe que es el amor mismo de Cristo, la fe que predicaba Felipe en la ciudad de Samaría, que curaba enfermos y sanaba a los desvalidos, la fe que “llenaba de alegría la ciudad”.

Y esta fe es la razón nuestra esperanza que debemos comunicar, como nos exhorta San Pedro, a cuantos nos preguntan y a cuantos quedan desconcertados ante calamidades como la que padecemos por el coronavirus.

La fe, la esperanza y el amor, de lo que nos hablan hoy las lecturas, frente al drama de la pandemia, se traducen en dos actitudes prácticas: la primera es una responsabilidad seria y coherente para observar las normas propuestas para evitar el contagio y ahogar la enfermedad letal que nos amenaza; la segunda es la invocación humilde y sincera a Dios. Nos vemos frágiles, limitados e indefensos: Que Dios ayude nuestra fragilidad, “porque sin él no podemos hacer nada”.

domingo, 10 de mayo de 2020

DOMINGO V DE PASCUA


Textos

       -Hch 6, 1-7
       -Sal 32, 1-2. 4-5. 18-19
       -1Pe 2, 4-19
       -Jn 14, 1-12

Señor, muéstranos al Padre y nos basta”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

¿Cuántas personas creéis vosotros que en esta situación de confinamiento prolongado, en sus reflexiones e interrogantes habrán llegado a invocar a Dios, “Señor ayúdanos”, o como ha dicho Felipe: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”?

Jesucristo, en el evangelio de este domingo comienza por dirigirnos unas palabras sumamente consoladoras y generadoras de esperanza: “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde, creed en Dios y creed también en mí”.

Se refiere Jesús a sus discípulos y a toda la comunidad de bautizados que le seguiremos a lo largo de los siglos, y viene a decirnos: “Vais a dejar de verme físicamente, porque vuelvo a mi Padre Dios, pero yo voy a prepararos un lugar mejor y definitivo a todos en el cielo”.

Pero estas primeras palabras de Jesús, tienen también su sentido y su fuerza aplicadas a la situación concreta en la que nos encontramos por motivo de la pandemia del coronavirus: “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde, creed en Dios y creed también en mí”.

Y me pregunto y os pregunto a todos: - “El confinamiento, tantas horas en casa intentando matar el tiempo, la situación penosa y el horizonte oscuro que se nos presenta, todo esto, sin duda nos ha hecho pensar, ¿pero habrá muchos que hayamos pensado y acudido a la fe, a la Palabra de Dios y a Dios mismo?

Nuestro papa Francisco, en una carta, muy alentadora, dirigida a los sacerdotes españoles con motivo de la fiesta de San Juan de Ávila, que no se conmemora hoy, porque coincide con este domingo pascual, nos dice que: “La crisis del Covid-19, además de provocar mucho dolor y sufrimiento, favorece algunas condiciones decisivas para el desarrollo de la propia vida cristiana: la conciencia de fragilidad…, la caída de tantas falsas seguridades, las preguntas por el sentido de la vida, la necesidad de la solidaridad..., el testimonio de entrega, de fe y esperanza de tantos hijos e hijas de la Iglesia “, son reflexiones y experiencias lógicas y profundamente humanas y cristianas.

Porque son experiencias que en el fondo remiten a Dios, y se quedan podemos decir, en el umbral de un encuentro con Dios y de una súplica dirigida a Dios.

Pero nosotros que decimos sinceramente que creemos en Dios y en Jesucristo resucitado, nosotros, para quienes las palabras del evangelio: “Señor muéstranos al Padre y nos basta”, o “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, son poderosamente significativas y consoladoras, tenemos la responsabilidad de dar testimonio de estas afirmaciones de Jesús. Porque a nosotros nos serenan el ánimo, dan sentido a nuestro dolor e impulsan nuestra responsabilidad. Y debemos pensar que lo que a nosotros nos ayuda en esta difícil situación puede ayudar también a nuestros prójimos.

Invocar a Dios y contar con él no impide, ni sustituye ni obstaculiza la responsabilidad de observar las medidas que evitan los contagios, de remediar los daños y sufrimientos de los afectados, de compartir bienes materiales con los que quedan en necesidad. Dar testimonio de la fe en medio de esta sociedad sufriente y necesitada es una labor que nuestra condición de creyentes nos exige y que la sociedad, a sabiendas o sin saberlo, espera.

No en vano, “En Dios vivimos, nos movemos y existimos” y Jesucristo es “el camino, la verdad y la vida”.

domingo, 3 de mayo de 2020

DOMINGO IV DE PASCUA


-Textos:

       -Hch 2, 14ª. 36-41
       -Sal 22, 1-6
       -1Pe 2, 20b-25
       -Jn 10, 1.10

Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas”. “(El verdadero pastor) camina delante de ellas, y las ovejas le siguen…”.

Queridas hermanas benedictinas:

Seguimos confinados, pero la Pascua alivia y alegra nuestro confinamiento. En este cuarto domingo pascual celebramos el domingo del “Buen Pastor”, también la Jornada de oración por las vocaciones, al sacerdocio, a la vida religiosa y a la vida consagrada y las vocaciones nativas.

El evangelio dice que Jesucristo como verdadero y buen pastor entra por la puerta del aprisco, llama a las ovejas por su nombre, las lleva a buenos pastos y ellas le siguen porque conocen su voz.

Queridas hermanas: Jesús es el verdadero y buen pastor, nosotros somos sus ovejas; él nos llama y nos lleva a buenos pastos, “a fuentes tranquilas”, -nos ha dicho el salmo-, y nosotros, sus discípulos, sus ovejas, le seguimos, porque conocemos su voz.

¿Cuáles son los buenos pastos y las fuentes tranquilas, a las que nos lleva Jesús, el Buen Pastor?

Estamos en tiempo pascual, sigue fresca en la memoria la gran Vigilia de Sábado Santo, cuando renovamos las promesas de nuestro bautismo. En la fuente bautismal nos bañamos con el agua viva que nos da la vida de hijos de Dios; el bautismo es el don básico y saludable que recibimos del Buen Pastor, Jesús. Pero no solo el agua viva del bautismo, Jesús “nos lleva y nos prepara una mesa”, la eucaristía. La eucaristía repara y alimenta nuestras fuerzas, para seguirle por el camino de la vida. 

Y, cuando nos hemos descarriado y hemos pecado, él, el Buen Pastor, nos busca, nos ofrece el sacramento de la penitencia y sobre sus hombros nos devuelve al rebaño y al aprisco, es decir, a la comunidad de discípulos, a la Iglesia. Sí ciertamente, Jesús es nuestro Buen Pastor.

Afirmemos nuestra fe en él y nuestra voluntad de seguirle. Y afirmemos también en nuestro compromiso de ahondar en nuestra vocación bautismal y cristiana. Que brote desde lo más profundo de nuestro ser la gratitud. Y que la gratitud sincera nos lleva a un compromiso de dar testimonio valiente de la fe, y nos lleve a colaborar de manera efectiva con nuestra Iglesia.

Por eso nos tenemos que hacer eco del mensaje que nuestros obispos nos han lanzado para este domingo de las vocaciones. El lema de la Jornada es “Jesús vive y te quiere vivo”. Jesús es el Buen Pastor que ha venido para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia. Él es “nuestra esperanza” y “la más hermosa juventud de este mundo”, en frase del papa Francisco.

Pidamos al Señor de la vida que no falten vocaciones en su Iglesia; vocaciones al ministerio sacerdotal, a la vida religiosa y contemplativa, a la vida consagrada, y también vocaciones nativas en los territorios en misión.

En este domingo, dejemos, por un momento, el coronavirus y escuchemos con suma atención la llamada del Buen Pastor.


domingo, 26 de abril de 2020

DOMINGO III DE PASCUA (A)


-Textos:

       -Hch 2, 14. 22-33
       -Sal 15, 1-2. 5. 8. 9-11
       -1 Pe 1, 17-21
       -Lc 24, 13-35

Nosotros esperábamos que él fuera el futuro libertador de Israel”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Los discípulos que abandonaban Jerusalén y caminaban hacia Emaús vivían en su ánimo una experiencia en gran medida parecida a la de tantos cristianos bautizados, que en algún tiempo han sido seguidores de Jesús y practicantes en la Iglesia, pero ahora han abandonado toda práctica religiosa cristiana.

Los motivos, más o menos justificados, más o menos conscientes, son muy complejos: los desastres de la naturaleza, los muchos y terribles sufrimientos, las injusticias… Pero hay un motivo de fondo que explica los demás: “No se explica un Dios bueno que permita un mudo doliente e inhumano”, “Después de Jesús, las cosas siguen tan mal como siempre, y la Iglesia deja mucho que desear”.

En la boca de muchos de los que han abandonado la fe podría ponerse la frase de los discípulos de Emaús: “Nosotros esperábamos”. Es decir nosotros esperábamos que Jesús hubiera hecho las cosas de otra manera, es decir, más al modo como a mí y a la razón humana nos parece lógico”.

¿Qué respuesta da Jesús Resucitado a quienes, creyentes o no creyentes, pasan por esta experiencia humana y religiosa?

Jesús Resucitado les sale al encuentro, justo en el camino de la vida distinta que pretenden seguir. Entra en conversación y pregunta por sus preocupaciones y problemas. Después toma la iniciativa y, siempre de camino con ellos, les da dos pistas luminosas.

Dos pistas de luz: La primera, escuchar la Palabra de Dios, la segunda acudir y participar en la eucaristía.

Primero, escuchar la palabra de Dios. Porque si escuchamos la palabra de Dios, no sólo se nos harán aceptables y comprensibles los acontecimientos favorables, sino también, los doloroso y absurdos. La palabra de Dios, nos dice que Jesús, tenía que pasar por el dolor, la derrota y la muerte. Pero ese trance no es lo definitivo en Jesús. Jesús, en su vida pública, cumplió la voluntad de Dios y amó a los hombres hasta darlo todo por ellos. Por eso, Dios lo resucitó.

Y al resucitar venció el pecado, la muerte y el dolor, y abrió la puerta a la esperanza de un mundo nuevo y una vida eterna, el Reino de Dios.

Y esta esperanza nos anima y nos impulsa a trabajar por una humanidad nueva, que ciertamente llegará, si vamos por el camino de cumplir la voluntad de Dios y de amar al prójimo como Cristo nos amó.

La segunda pista, que Jesús dio a los caminantes, es partir y compartir el cuerpo y la sangre del Señor, la eucaristía. La eucaristía mantiene y alimenta la fe en Jesús presente hoy y resucitado. Además, al comulgar con él, recibimos la fuerza necesaria para continuar por el camino que él empezó, es decir, para trabajar responsablemente y sin desfallecer por un mundo nuevo, conforme al plan de Dios, “un cielo nuevo y una tierra nueva”.


domingo, 19 de abril de 2020

DOMINGO II DE PASCUA (A)


-Textos:

       -Hch 2, 42-47
       -Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24
       -1 Pe 1, 3-9
       -Jn 20, 19-31

Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”.

Queridas hermanas benedictinas:

Hoy nos encontramos confinados y solos físicamente, la comunidad benedictina con el capellán. Sin embargo de ninguna manera nos sentimos solos. Hoy más que nunca nos encontramos en comunión con la Iglesia, que celebra el Domingo in “albis” y el domingo de la Divina Misericordia, y también en comunión con todas las personas que en tantas partes del mundo nos sentimos afectados de una manera u otra, por la pandemia del coronavirus; en comunión sobre todo con los sanitarios, y en oración, por los enfermos y por todas las víctimas que ya han fallecido

Tomamos del evangelio la frase, “Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor”. Yo no sé, si los discípulos, ante la sorpresa, el asombro por lo inesperado, y la alegría, pudieron en ese momento traer a la memoria el dolor, la angustia de Jesús en la Oración del Huerto, cuando dice: “Padre, si es posible, pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad si no la tuya”.

No sé, si en ese encuentro primero de Jesús resucitado con sus discípulos, a ellos les pudo venir a la memoria aquella oración. Porque si lo hicieron bien pudieron haber entendido que el cumplimiento de la voluntad de Dios era el secreto divino que daba al sufrimiento y a la cruz de Cristo la fuerza para transformarse en gloria de Dios y en fuente de alegría, de felicidad y vida eternas, para él y para todos los hombres.

Hay una alegría natural, espontánea que brota cuando estamos de buena salud, cuando gozamos de buenas amistades y la familia está también en buenas condiciones de vida y el futuro, en lo posible, lo podemos mirar con optimismo.

Pero esta alegría se tambalea o se hunde cuando la enfermedad, la armonía familiar, imprevistos graves y dolorosos, o la misma muerte se nos vienen encima.

Los cristianos somos humanos y podemos experimentar los mismos sentimientos y reacciones ante el dolor, los contratiempos y la muerte. Pero la alegría cristiana es compatible incluso con los sufrimientos.

Porque contamos con la fe en Jesucristo resucitado, que sudó sangre en la Oración del Huerto, murió en la cruz, y ahora vive, resucitado y vencedor de la muerte y del dolor. Jesucristo hoy, viene a nuestro encuentro, como en la tarde del primer domingo de Pascua, y nos dice: “Soy yo, no temáis”, “la paz esté con vosotros”.

Jesucristo, ante los buenos momentos y las alegrías acudió a su Padre y le dio gracias. Y ante la persecución, la traición, los sufrimientos y la muerte de cruz, permaneció fiel y obediente a la voluntad de su Padre Dios.

Ser como Jesús, eso podemos hacer y debemos hacer nosotros: ante las alegrías humanas, no olvidarnos de Dios, sino acudir a Él y darle gracias; y ante el dolor, las desgracias, el sufrimiento y la muerte pedirle ayuda y fuerza, y aceptar su voluntad. Porque sabemos que de esta manera se nos abre una puerta que nos da el paso a la vida eterna, a la alegría y a la felicidad completas, en el cielo.


domingo, 12 de abril de 2020

DOMINGO DE RESURRECCIÓN


-Textos:

       -Hch 10, 34a. 37-43
       -Sal 17, 1-2. 6ab-17. 22-23
       -Col 3, 1-4
       -Jn 20, 1-9

Vio y creyó”.

Queridas hermanas benedictinas:

Ayer, sobrios y recogidos, celebrábamos la solemne Vigilia Pascual con fe y con hambre de recibir la gracia que ella ofrece.

Hoy también celebramos la Pascua y queremos que la gracia pascual impregne nuestra alma y todo nuestro ser.

El evangelio con los hechos que cuenta nos ayuda a reafirmarnos en la fe en la resurrección del Señor.

Pedro cabeza de los apóstoles y de los discípulos de Jesús, y Juan, el discípulo a quien Jesús tanto quería. Son dos personas, dos testigos fidedignos reconocidos por la ley judía, cosa que no ocurría con el testimonio de las mujeres.

Atendiendo a la noticia que trae María Magdalena acuden ellos a ver qué pasa en el sepulcro donde fue enterrado Jesús.

Pedro entró primero, porque es la cabeza de la comunidad de discípulos; el discípulo amado entró después. Pero de él nos dice el evangelio que “vio y creyó”. -¿Qué vio? -El sepulcro vacío; ¿Qué creyó? Que Cristo había resucitado.

Al final del relato se nos expone un comentario sumamente importante: “Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos”.

¿Qué enseñanza podemos aprender de este evangelio, que es la Palabra de Dios hoy para nosotros? Nosotros queremos creer, y que aumente nuestra fe en la resurrección de Jesús, porque sabemos muy bien que la resurrección de Cristo es la piedra angular de la fe cristiana.

De este evangelio podemos aprender que para creer firmemente en la resurrección de Jesús hemos de sentirnos comunidad de discípulos de Jesús, hemos de sentirnos Iglesia, y escuchar y acoger como digno de fe el testimonio que hemos recibido desde el principio de Pedro, de Juan, de las incipientes comunidades cristianas y, después, a lo largo de los siglos, de las enseñanza de los sucesores de los apóstoles.

En segundo lugar aprendemos que la fe en la resurrección de Jesús nos viene también de escuchar la Palabra de Dios y proyectarla sobre los acontecimientos que nos ocurren en la vida. Hemos escuchado cómo a Pedro y Juan se les aclara lo qué significa el hecho de la tumba vacía y empiezan a creer en la resurrección de Cristo al relacionarlo con lo que había predicho la Escritura.

La Escritura, la Palabra de Dios, es fuente de luz imprescindible para llegar a la fe en la resurrección de Jesús, e igualmente, para comprender su vida, su mensaje tal como lo recibimos de la enseñanza de la Iglesia.

sábado, 11 de abril de 2020

VIGILIA PASCUAL


Esquema de homilía
-Textos:

       -Gn 1, 1-2,2
       -Ex 14, 15-15, 1
       -Is 54, 5-14
       -Ro 6, 3-11
       -Mt 28, 1-10

Ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado: No está aquí, ha resucitado”.

Jesús les salió al encuentro y les dijo: “¡Alegraos!”

¡Ante la noticia tan buena y siempre nueva del Ángel a María Magdalena y la otra María, no podemos menos de alegrarnos.

Lo primero que tenemos que pedir es la gracia de la fe. Que el Señor, que nos ha convocado a la celebración de esta noche santa, nos conceda la gracia de la fe, o quizás mejor, pedir que despierte, avive y aumente nuestra fe. Ahora mismo, en la proclamación del evangelio, Jesucristo resucitado viene a nuestro encuentro y nos dice: “¡Alegraos!”. Que nuestra fe sea tan viva e intensa que esta palabra de Jesús penetre, nuestro corazón, nuestra voluntad y hasta nuestra sensibilidad emocional.

Es demasiado importante la noticia: Jesucristo, el crucificado, ha resucitado y con su resurrección ha vencido a la muerte, al sufrimiento, a las desgracias, y sobre todo, al poder del Maligno y del pecado. Los que sufren y también los pecadores no tienen motivos justificados para desesperarse: Desde que Cristo está resucitado hay siempre, y en cualquier situación humana, un puerta abierta a la esperanza. Esta es la gran noticia que hemos recibido, hemos creído y tenemos que dar a conocer. Que nos alegre a nosotros en primer lugar, para que nuestro anuncio sea convincente. Jesucristo resucitado nos ha salido al encuentro en esta noche, y nos dice: “¡Alegraos!”. Creamos de verdad, para que saltemos de alegría.

En segundo lugar, esta noche es noche de gratitud y de acción de gracias a Dios. Hemos escuchado en la epístola previa al evangelio: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte….Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él”.

¡Que extraordinario regalo nos ha hecho Dios al concedernos el bautismo! El Espíritu Santo y la vida de Cristo resucitado, es decir, la vida divina, la vida eterna, la misma vida que Cristo vive y comparte con el Padre y el Espíritu Santo habita en nosotros; y por decirlo de alguna manera, corre por nuestras venas. Somos criaturas de Dios y semejanza suya, pero esta condición humana está enriquecida, impregnada por la vida misma de Cristo Resucitado, que es vida divina, eterna. Somos hijos de Dios en el Hijo de Dios resucitado. En nuestra carne mortal está injertada la semilla de la vida eterna. La muerte física no es el final del camino, nuestro destino es la vida feliz con Dios para siempre en el cielo.

Pero permitidme una pregunta: ¿Estas verdades que describen la maravilla que es ser bautizados, las vivimos con gozo? ¿Somos conscientes de esta fuente de gracia divina que nos riega y nos regenera?

El bautismo es también morir con Cristo al pecado, y al modo de vivir del mundo que menosprecia y lucha contra el proyecto de Dios: ¿No nos estará pasando que no hemos muerto de verdad al pecado, que pretendemos encender una vela a Dios y otra al diablo, y esta vida ambigua y mediocre nos impide vivir y gustar las riquezas que nos aporta el bautismo?

Y termino con otra palabra de Jesús a María Magdalena y la otra María: “No tengáis miedo, id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán”. La alegría de la fe impulsa a la misión: ¡Vayamos alegres a anunciar que Cristo ha resucitado!

viernes, 10 de abril de 2020

VIERNES SANTO


-Textos:

       -Is 52, 13-53, 12
       -Sal 30
       -Heb. 4, 14-16. 5, 7-9
       -Jn 18, 1-19, 42.

Inclinó la cabeza y entrego el espíritu”

Queridas hermanas benedictinas:

Dos acontecimientos importantes ocupan hoy nuestra atención espiritual. El dolor y la preocupación por la tragedia de la pandemia del coronavirus, y la conmemoración litúrgica de la Pasión y Muerte de Jesucristo. No son incompatibles en orden a vivirlos con la seriedad que merecen, todo lo contrario se complementan mutuamente.

Esta tarde de Viernes Santo ponemos los ojos de la fe y del corazón y miramos a Cristo Crucificado. Dejemos que nuestros sentimientos se contagien de los sentimientos del Buen ladrón que humilde acude al Señor; queremos tener los mismos sentimientos del apóstol San Juan y, sobre todo, los sentimientos de María, Madre de Jesús y desde ese momento también Madre nuestra.

Pedimos la gracia de Dios para introducirnos en todo lo que está viviendo nuestro Señor, Jesús, el Crucificado, y acudimos a la primera lectura, en la que el profeta Isaías nos habla del Siervo de Yahvé, personaje que, según la interpretación común y tradicional, es el esbozo anticipado de Jesucristo y del significado profundo que su pasión y muerte tienen en los planes de Dios.

Ponemos la atención especialmente en dos frases de este revelador canto: la primera, “El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestro dolores”. Jesús, en su pasión, soportó y asumió, no solo su propio dolor, sino también los dolores y sufrimientos de toda la humanidad. En la segunda frase se dice del Siervo de Yahvé, Jesús: “Fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes”. Es decir Jesús asumió, no solo el dolor y el sufrimiento, sino además, los pecados y las injusticias de toda la humanidad.

Este acto de asumir el dolor y los pecados de la humanidad, -que Jesús lo puede hacer porque es hombre como nosotros y a la vez Dios, como su Padre y el Espíritu Santo-, es una buena noticia para todo el mundo. Porque Jesucristo resucitó, y al resucitar, venció a la muerte, al pecado, al dolor y a todas las desgracias que nos afligen en esta vida.

Ni el dolor, ni la muerte, ni siquiera una vida viciosa y depravada justifican que caigamos en la desesperación. El dolor y la muerte asumidos por Jesús crucificado, en un acto de solidaridad inimaginable, pero cierto, han dejado abierto, para todos y para siempre, la vía de la esperanza. El dolor y la muerte no tienen la última palabra, la tiene Jesucristo muerto por nosotros, pero resucitado para nuestra salvación.

Y para terminar, una segunda consideración, Jesús afronta el problema del mal, del sufrimiento y del pecado, desde la aceptación libre de la voluntad de Dios y desde el amor extremo a los hombres, desde una solidaridad que le lleva a una identificación total con el drama del hombre en este mundo.

¿Por qué Dios, si es bueno, permite calamidades como la pandemia del coronavirus, y tanto dolor y tanta injusticia? “Los caminos de Dios no son nuestros caminos”. Dios nos responde: “Mirad al Crucificado”, “Creed en Jesús”, “Él es el camino y la verdad y la vida”. El amor al prójimo, la entrega generosa, la solidaridad efectiva son las notas del camino de Jesús. El camino de Jesús es un espíritu que debe impregnar todos los caminos y medios que el hombre, en el ejercicio de su libertad y responsabilidad, tiene que descubrir para colaborar con Dios y luchar contra los azotes más terribles, que atacan contra el bien, la felicidad, la armonía y la paz de la humanidad y de la naturaleza.

Los gestos, muchas veces heroicos de sanitarios, y de muchos hombres y mujeres que se arriesgan al contagio por los servicios imprescindibles que tienen que atender, son un ejemplo concreto de solidaridad y de entrega generosa al modo de Jesús. Ellos son adelantados en el camino que Jesús ha marcado para liberar al mundo del dolor y de la muerte.