domingo, 16 de febrero de 2020

DOMINGO VI T.O. (A)


-Textos:

       -Eclo 15, 16-21
       -Sal 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34
       -1Co 2, 6-10
       -Mt 5, 17-37

No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Estas normas tan radicales que escuchamos en el evangelio de hoy son parte del programa que Jesucristo propone en el Sermón de la Montaña para establecer el Reino de Dios en este mundo. Para que este mundo vaya conformándose al proyecto de Dios.

Y puede que digáis: Sí, son normas muy buenas, muy adecuadas y necesarias. Pero son muy difíciles de cumplir.

Hermanos: Jesucristo, al que hoy vemos dictando este programa para recrear y hacer un mundo nuevo, dice en otro lugar: “Venid a mí todo los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviare. Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11, 25-30).

Es necesario leer el evangelio de Jesús entero para que entendamos bien su mensaje.

Jesús nos propone unas normas, un modo de vivir, sí, pero Jesús, al mismo tiempo, nos ofrece la gracia, la fuerza y los medios para que podamos cumplir esas normas, y podamos llevar ese estilo de vida capaz de cambiar la sociedad y el mundo.

San Pablo en la epístola que hemos leído hoy nos habla de una sabiduría, que no es de los príncipes de este mundo, sino de una sabiduría divina… ¿Cuál es el secreto de esta sabiduría? El secreto está en que Jesucristo nos ha dado el Espíritu Santo; y con el Espíritu Santo nos ha dado la comunidad de seguidores suyos, la Iglesia, la Virgen María, los santos, los mártires, y con la Iglesia y el Espíritu Santo, nos ha dado la eucaristía, y la Palabra de Dios, y el perdón de los pecados y los demás sacramentos. Se nos ha dado él mismo. Nos ha dado su vida, porque nos ha hecho hijos de Dios en el bautismo. Y así podemos llegar a hacer lo que él ha hecho, amar como él ama, perdonar como él perdona, dominar y vencer las tentaciones, como él las venció.

Podemos vivir una vida nueva que fermente la masa de este mundo y lo transforme. Sí, esto está a nuestro alcance.

Podemos cumplir el programa que él nos propone, porque antes y después y empapando todo el programa, se nos ofrece la gracia de Dios, el Espíritu Santo, los medios para cumplir los mandamientos y el Sermón de la Montaña y todo el bello y admirable programa que puede transformar el mundo, hacerlo más humano y darnos la vida eterna.

Jesús propone normas, sí, pero nos da fuerza, motivos, gracia sobrenatural de Dios, medios que están a nuestro alcance, y que de aprovecharnos de ellos, nos hacen hombres y mujeres nuevos, personas libres, capaces de controlar las pasiones, cumplir la palabra de un matrimonio para siempre, ofrecer una vida entera consagrada a solo Dios en un monasterio, o en ambientes de increencia o pobreza, dolor, y miseria, ayudar a los pobres y anunciar el evangelio a quienes no lo han descubierto.

Así viven muchos misioneros y las hermanas que nos acogen en esta iglesia y los matrimonios que celebran las bodas de plata y las de oro y las de diamante. Sí, podemos vivir en medio de un mundo que se debate en su autismo y en su egolatría, una vida nueva de alegría y libertad, y ser luz y fermento, y aurora del Reino de Dios.


domingo, 2 de febrero de 2020

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR


Textos:
       
       -Mal 3, 1-4
       -Sal 23, 7-10
       -Heb 2, 14-18
       -Lc 2, 22-40

Porque mis ojos han visto a tu Salvador…: luz para alumbrar a todas las naciones”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy no es un domingo corriente: Celebramos dos acontecimientos importantes para la Iglesia y para nosotros: La fiesta de la presentación del Niño Jesús en el templo y la Jornada de la Vida Consagrada.

La presentación del Niño Jesús en el templo nos impulsa a renovar y afianzar nuestra fe; la Jornada de la Vida Consagrada nos compromete a colaborar en la Iglesia y con la Iglesia.

El misterio de Jesús se nos manifiesta en las lecturas como Dios y hombre verdadero.

Jesús es verdaderamente hombre: Hemos escuchado en la Carta a los Hebreos: “Lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús, participa de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al “señor” de la muerte…”

Y este Jesús es Dios: El anciano Simeón, emocionado por lo que está viendo, anuncia a todo el mundo: “Mis ojos han visto a tu Salvador…, luz para alumbrar a todas las naciones”. Por eso, la fiesta de la Presentación es una fiesta que nos invita a creer en Jesucristo. Y la fe en Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre nos llena de esperanza.

Gracias a Jesucristo podemos vencer al pecado y a la muerte, y dar sentido al dolor y esperar una vida eterna, divina y feliz.

Y de esperanza habla también la Jornada de la vida consagrada. El lema de este año dice: La vida consagrada, con María, esperanza de un mundo sufriente”.

No hace falta decir que hay mucho dolor, mucho sufrimiento en el mundo. Pero tampoco hace falta demostrar todo el bien que hacen las religiosas, los religiosos, los monjes, las monjas, y todos los que se consagran a Dios y a solo Dios, y para siempre, y así quedar libres para dedicarse a amar al prójimo con un amor como el de Cristo.

Son familiares y conocidos nuestros; están en colegios de enseñanza, en dispensarios de barrios y de suburbios marginales, en países pobres y donde no se conoce la fe en Jesucristo, fundando escuelas, dispensarios e iglesias, viviendo en las penurias que viven los más pobres de la sociedad.

De esta manera, intentan, hacer como María, generar esperanza en medio de las gentes con las que viven. Hacen lo que hacen porque se han sentido cautivados por el amor de Cristo y han descubierto hasta qué punto el prójimo, el hermano, sobre todo el pobre, el indefenso, el necesitado, merece ser amado, y ayudado. Por eso, los consagrados, son también, como María motivo de esperanza.

Nosotros todos, las comunidades cristianas hemos de orar por ellos ante el Señor, agradecer y reconocer la inmensa labor humana que hacen y el testimonio tan impactante que ofrecen en medio de una sociedad que lucha para evitar el dolor, las injusticias y la muerte, pero que no lo consigue.

La comunidad cristiana debemos rezar para que surjan vocaciones que sienta una llamada a entregarse a Jesucristo y al prójimo de manera incondicional y para siempre.

En el templo de Jerusalén se encontraron Simeón y Ana con Jesús, Maria y José; en la eucaristía, hoy nos encontramos con Jesús, y también con Maria y José y todos los santos y santas de Dios. Vengamos, pues, al altar.


domingo, 26 de enero de 2020

DOMINGO III T.O. (A)


-Textos:

       -Is 9, 1-4
       -Sal 26, 1. 4. 13-14
       -1 Co 1, 10-13. 17
       -Mt 4, 12-23

Convertíos, porque está cerca el Reino de Dios”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Una buena noticia, una palabra de aliento hemos escuchado en la primera lectura: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”.

Vivimos en un mundo, “cargado de gozos y esperanzas, de tristeza y angustias”, nos dijo el Concilio, la primera lectura también habla de luces y sombras: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”.

La luz grande que aparece hoy entre nosotros es Jesucristo. Jesucristo es luz del mundo, es “el camino, la verdad y la vida”. La celebración de esta mañana es una invitación apremiante a creer en Jesús y a escuchar su mensaje.

Jesucristo nos dice a todos: “Convertíos, porque está cerca el Reino de Dios”. ¿Qué quiere decir “Reino de Dios”?. Jesucristo nos está diciendo que hay un plan de Dios para sacar a este mundo del dolor, del sufrimiento, del pecado, de la muerte y de la desesperanza. Él, su persona, es el Reino de Dios. Dios Padre y Creador irrumpe en el mundo con un amor que nadie podía imaginar que pudiera llegar a tanto; un amor extremo, que queda manifiesto al darnos a su propio Hijo, que viene del cielo, se encarna en el barro de este mundo y llega hasta dar la vida por nosotros; nos libra del pecado de la muerte, y nos abre a la esperanza de una vida plena, feliz y para siempre con Dios.

Quien se entusiasma y se deja seducir por este proyecto de Dios, acepta la voluntad de Dios en su vida, cumple los mandamientos de Dios, acepta la Bienaventuranzas: Bienaventurados los pobres, bienaventurados los limpios de corazón, bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia”. Quien queda ganado por el proyecto del Reino de Dios confía en la misericordia de Dios, perdona a los enemigos, ama al prójimo como a sí mismo, tiene a los pobres por preferidos, atiende a los enfermos, encuentra su felicidad en hacer felices a los demás. En una palabra, el evangelio de Jesús es el proyecto de Dios para salvar el mundo.

Jesús nos dice que ese proyecto “está cerca”, está a nuestro alcance, porque él, Jesucristo, nos lo propone, y además, si creemos en él, él nos da fuerza y se ofrece como compañero y ayuda para que lo podamos cumplir ese proyecto y beneficiarnos de él.

Merece la pena, hermanas y hermanos todos, que escuchemos esta mañana la llamada de Jesús: “Convertíos, porque el Reino de Dios está cerca”.

Y después de hacernos esta recomendación, Jesucristo nos dice: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres”.

Jesús nos invita a entrar en el Reino de Dios y además nos invita a propagarlo. Jesús confía en nosotros y nos confía una tarea preciosa, noble y enormemente humanizadora. Los que quedamos entusiasmados con el proyecto de Dios para los hombres, necesariamente quedamos convocados a extender este Reino. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué quiere Jesucristo que hagamos? Una propuesta oportuna nos ofrece san Pablo en la segunda lectura. Viene muy bien como propósito al final del Octavario por la unión de los cristianos, que clausurábamos ayer: “Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir”. Así sea..

domingo, 19 de enero de 2020

DOMINGO II T.O. (A)


-Textos:

       -Is 49, 3. 5-6
       -Sal 30, 2 y 4ab.7-10
       -1 Co 1, 1-3
       -Jn 1, 29-34

Yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Ha terminado el tiempo de Navidad, y la liturgia de la Iglesia nos invita a entrar en el tiempo que llama ordinario, una nueva etapa en el curso de fe y vida que nos propone la madre Iglesia a través de la liturgia.

Y para empezar, este domingo nos propone escuchar a san Juan Bautista. San Juan Bautista ocupa un lugar providencial y muy importante en la historia de la salvación. Sus contemporáneos llegaron a creer que él era el Mesías, Dios le encomendó la misión de preparar los caminos del Señor; es, después de la Virgen María, el mejor guía para conducirnos al encuentro con Jesús y disponernos a creer en él.

Del Bautista podemos tomar en cuenta hoy dos cosas: su ejemplo y su mensaje:

Juan el Bautista nos da, en primer lugar, ejemplo de humildad: “Tras de mí viene un hombre que está delante de mí”. Su humildad da lugar a que pongamos nuestra atención en Jesús y no en él.

Una buena lección para nosotros, los sacerdotes y ministros de la palabra de Dios: no valernos de la predicación para nuestro provecho personal o nuestro prestigio. Y una gran lección también para todos: la humildad es la verdad, y la verdad es que nosotros, todos, somos criaturas de Dios, no somos dioses, somos criaturas de Dios. De Dios nos viene la vida. Y en la medida que vivimos conforme a la voluntad de Dios, nosotros nos realizamos como personas y alcanzamos la felicidad. Por eso, la humildad es la mejor disposición para alcanzar la fe. La soberbia es el mayor obstáculo para la fe, la humildad, el mejor modo de alcanzarla y acrecentarla.
Además de humildad, el Bautista nos da ejemplo de cómo vivir y dar testimonio de nuestra fe: “Yo lo he visto y he dado testimonio”. La fe es un don de Dios, cierto, pero la fe es también transmitida, y es misión de los creyentes. Para transmitir la fe a los hijos, a los jóvenes y a los adultos, la mejor y más eficaz manera, sin duda, es el testimonio de una fe verdaderamente vivida, que puede decir, como el Bautista: “Y yo lo he visto”, es decir: tengo trato con él, Jesús es mi consejero, mi amigo y confidente, mi fuerza y mi orientador.

Hemos dicho que del Bautista tenemos que recoger también su mensaje: Y ¿cuál es su mensaje? – “Yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”.

El Bautista hoy nos deja a los pies de Jesús. Al comenzar este nuevo tiempo litúrgico, llamado ordinario, este curso largo pero vital para vivir como cristianos, que son la Palabra de Dios y la eucaristía de cada domingo, san Juan Bautista reclama nuestra atención y nos dice: “Este es el Hijo de Dios”. Seguidle y escuchadle.

Hermanos, ya tenemos tarea para varios meses.


domingo, 12 de enero de 2020

DOMINGO DEL BAUTISMO DEL SEÑOR


-Textos:

       -Is 42, 1-4. 6-7
       -Sal 28, 1-4. 9c-10
       -Hch 10, 34-38
       -Mt 3, 13-17

Este es mi Hijo amado en quien me complazco”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy, fiesta del Bautismo del Señor; colofón y corona de la Navidad.

La escena del Bautismo del Señor, es una presentación de Jesús solemne e impresionante, que nos invita a reafirmar nuestra fe en Jesucristo y a examinar nuestro propio bautismo.

El evangelista Mateo nos trae a la presentación de Jesús ya adulto a los tres presentadores más autorizados que podemos imaginar: Juan el Bautista, el Espíritu Santo y Dios mismo, Padre de Jesús y Padre nuestro.

El primero que nos habla de Jesús es Juan el Bautista. Él nos viene a decir que Jesús, a quien vemos tan humano y tan como nosotros es algo más de lo que parece: Él, el Bautista, tendría que ser bautizado por Jesús, y no al revés. Porque Jesús puede bautizar con Espíritu Santo.

Infinitamente más importante que el Bautista es el segundo presentador, el Espíritu Santo. Lo hace sin palabras, solo con su presencia y posándose sobre Jesús, como una paloma. Este modo de hacer y aparecer el Espíritu sobre Jesús habla por sí mismo y está diciendo que Jesús es el Mesías prometido por Dios en la Escrituras santas para llevar a efecto las promesas de Dios, de realizar una alianza nueva y definitiva y convertir los corazones de piedra en corazones de carne, dóciles al Señor.

Por fin, el tercer presentador es Dios Padre, él mismo ha considerado necesario aparecer en la escena, a fin de que los hombres nos percatemos de que este Jesús, que va a pasar “haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo” es una oportunidad única para la salud, la salvación y la felicidad de cada uno de nosotros y de todos los hombres. Dios mismo en persona, deja oír su voz, nos habla a todos y dice: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

Queridos hermanos, creo que todos cuantos estamos hoy en esta eucaristía, hemos sido bautizados y creemos en Jesucristo. Hoy es un domingo que nos llama a reafirmar nuestra fe y a redescubrir nuestro bautismo.

Un día, no en el Jordán precisamente, pero con el mismo efecto, en la pila bautismal de nuestra parroquia, fuimos bañados en el agua purificadora del bautismo, ese día el Espíritu Santo se posó, no en forma visible de paloma, pero sí real y verdaderamente sobre nosotros y se adentró en nuestra alma para renovarnos por dentro, limpiarnos del pecado original e impregnar el ser natural recibido de los padre, con la vida divina, la vida misma de Jesús resucitado, que nos ha hecho y somos de verdad, hijos de Dios. Somos hijos de Dios por adopción. Un día, aquél de nuestro bautismo, Dios Padre, desde el cielo, pronunció sobre nosotros las mismas palabras que habló cuando presentó a su Hijo propio en el Jordán. Sobre ti, sobre mí, sobre cada uno de nosotros, dijo y nos declaró nuestra verdadera y plena identidad: “Este es mi hijo amado, en él me complazco”.

Hoy, queridos hermanos y hermanas, es un día para dar gracias a Dios por haber sido bautizados y para comprometernos a ser consecuentes con todo lo que significa vivir en esta sociedad de hoy como cristianos bautizados e hijos de Dios.


lunes, 6 de enero de 2020

FIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR


Textos:

            -Is. 60, 1-6
            -Sal. 71, 1-2.7-13
            -Ef. 3, 2-3. 5-6
            -Mt. 2, 1-12

“¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti!”
           
Queridas hermanas y queridos hermanos todos: Así, con este grito de ánimo y alegría comienza la primera lectura; así, hemos comenzado también la celebración en esa jubilosa y apacible melodía gregoriana que nos han cantado las hermanas.
           
El misterio de la Epifanía es el misterio de la Navidad, es el misterio de la manifestación del Señor tal como lo descubre la Iglesia, que escucha la Palabra de Dios, abre los ojos de la fe y queda deslumbrada  y henchida de gozo por lo que ha ocurrido en el portal de Belén.
           
Los motivos de esta alegría son dos: Jesús es el Mesías, el Salvador y, segundo, es Mesías y Salvador de todos, judíos y paganos y de la humanidad entera.
           
Jesús es, sin duda alguna, el Mesías y Salvador de todos los pueblos. Esto nos lo muestra San  Mateo contándonos el relato de los Magos de Oriente. Según la creencia popular, el nacimiento de un personaje importante iba unido al nacimiento de una estrella. Por eso Mateo relata con detalle el pasaje de los Magos, que investigan en la noche, ven la estrella, se ponen en camino, la siguen y llegan a Jerusalén y luego a Belén. Allí, en Belén, estos Magos paganos llegan a descubrir que el Niño no es sólo un personaje importante, sino que es el Mesías y salvador de todos los pueblos.

Pero la personalidad y el misterio de Jesús queda demostrada por su nacimiento en Belén. Jesús nació en Belén, y estaba predicho que el Mesías tenia que ser de la estirpe de David y nacer en  la pequeña, pero regia ciudad de Belén.

Todavía Mateo nos dice algo más y más sorprendente: La gente importante, las autoridades civiles y religiosas y, en general, el pueblo de Israel rechaza a su Mesías; mientras que los paganos, representados en los Magos, lo reconocen y lo adoran.

Podemos pensar en  el miedo de Herodes a perder el poder, o en la ofuscación de los jefes religiosos imaginando un Mesías restaurador del esplendor antiguo del templo o en  el pueblo llano esperando un líder político que empuñe las armas contra los dominadores. Lo cierto es que mientras Herodes y Jerusalén se turban y se ponen nerviosos ante la noticia de nacimiento de Jesús, los paganos experimentan una gran alegría y lo reconocen como Rey de los judíos.

Ante estas enseñanzas claras e interpelantes del evangelio de hoy,  bien podemos extraer algunas aplicaciones:

Hoy somos invitados, en primer lugar a un acto de fe: Jesús es realmente el enviado de Dios para salvar el mundo; él ha vencido a la muerte y al pecado, él es el camino, la verdad y la vida.

En segundo lugar, hoy somos invitados a un acto de adoración: la criatura que ha nacido de las entrañas de la Virgen María  en Belén es Hijo de Dios, es Dios de Dios, luz de luz. Los Magos nos muestran la postura adecuada ante él: adorarle a él, reconocerle, amarle y obedecerle. El es nuestro Dios; se ha hecho hombre, porque nos ama, nosotros creemos y lo adoramos.

En tercer lugar: hoy  somos invitados a dar testimonio de nuestra fe y a anunciar a todos que Dios existe, que Dios está presente entre nosotros, que tiene un rostro humano que es Jesús y que nos ha propuesto un programa de vida, el evangelio, que es el alma que puede animar la verdadera convivencia en este mundo y conseguirnos la vida eterna.

domingo, 5 de enero de 2020

DOMINGO II DE NAVIDAD (A)



-Textos:

       -Eclo. 24, 1-2. 8-12
       -Sal 147, 12-15. 19-20
       -Ef. 1, 3-6. 15-18
       -Jn 1, 1-18

Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios…”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

El tiempo de Navidad va pasando; hoy tenemos puesta la atención en la cabalgata de reyes y en la fiesta de mañana, lunes, la Epifanía, o fiesta de los Reyes Magos. Pero este segundo domingo de Navidad tiene también un mensaje muy importante para todos nosotros. Desde la misa del gallo en la Nochebuena hemos ido adentrándonos en el misterio admirable de la Navidad. Nuestra atención se centró al principio en el Niño Dios que nació en Belén, el primer domingo de Navidad contemplábamos a la Sagrada Familia al completo, el ejemplo de Jesús, José y María viviendo en Nazaret. 

Después, comenzábamos el Año Nuevo con alegría y esperanza acogiéndonos al manto de Santa María Madre de Dios. Hoy, en este segundo domingo de Navidad, repetimos en la palabra de Dios textos que ya hemos escuchado, se nos presenta un mensaje sumamente importante que nos afecta directamente a nosotros, como cristianos bautizados y seguidores de Jesús: Hoy es nuestra Navidad, la Navidad de cada uno de nosotros que, como bautizados, somos llamados, y lo somos de verdad, hijos de Dios. Hoy celebramos nuestro nacimiento a la vida de hijos de Dios. “Vino a su casa y los suyos no le recibieron”, dice el evangelio de hoy. “Pero a cuantos le recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre”. San Agustín, y otros Padres de la Iglesia, dicen breve y profundamente: “El Hijo de Dios se hizo hombre para que los hombres podamos llegar a ser hijos de Dios”.

Hijos de Dios, queridas hermanas y queridos hermanos, hoy es un día para tomar conciencia de nuestra identidad cristiana, de alegrarnos y regocijarnos por la suerte que nos ha tocado, al recibir la fe y el bautismo. Este domingo es una oportunidad para redescubrir y ahondar en lo que el sacramento del bautismo supone en nuestra vida entera.

¿Qué nos da el bautismo? El mismos evangelio de Juan nos dice algo que bien mirado resulta impresionante, los bautizados ¡”hemos nacido de Dios”! Sí hemos nacido de nuestros padres; eso ya es un don de Dios y una gracia. Pero todo lo que hemos recibido de nuestros padres es caduco, pasa y muere. La vida de Dios, que recibimos en el bautismo es eterna, no muere; si la cultivamos, se acrecienta y va “gracia tras gracia”, y se acrecienta hasta la vida eterna, plenamente felices con Jesucristo en Dios. Esta es nuestra identidad y este es nuestro destino.

A veces oímos decir: “A mí qué me da el ser cristiano y bautizado “ . Nada. Yo para ser honrado, trabajador, respetar a los demás y enseñar a mis hijos lo mismo, no necesito de lo que enseñan los curas y la Iglesia, me basta con lo que me dice el sentido común!”.

¿Cómo hacer entender a a cuantos piensan así, lo mucho, lo bueno, bello y motivador que no han descubierto, y que de descubrirlo les daría poder vivir con mucha más alegría, y tener muchas más fuerza para superar los malos tragos de la vida y para defenderse de los modos de pensar y de sentir de la sociedad de consumo, en la que más o menos conscientemente viven sumergidos?

Mirad, y con esto acabo, lo que en la segunda lectura hemos escuchado a san Pablo sobre la identidad cristiana, sobre lo que somos y recibimos por ser hijos de Dios: Primero nos dice que por el bautismo adquirimos una sabiduría especial para conocer a Jesucristo, y luego termina diciendo: “que Dios Padre ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, y cuál la riqueza de gloria (de felicidad) que da en herencia a los santos”.

miércoles, 1 de enero de 2020

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS (A)


-Textos:

       -Nu 6, 22-27
       -Sal 66
       -Gal, 4, 4-7
       -Lc 2, 16-17

Como sois hijos de Dios, Dios infundió en vuestro corazón el Espíritu de su Hijo”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Feliz Año Nuevo a todos, si, esta fórmula convencional, aquí, en la eucaristía no queda en pura fórmula, queda llena de contenido. La liturgia de hoy es rica y nos ofrece varios motivos para celebrar. Hoy celebramos la jornada por la paz, pero, sobre todo, hoy es la fiesta de la virgen Madre de Dios.

La fiesta de Santa María Madre de Dios es el título, quizás más antiguo, se encuentra en los muros de las catacumbas romanas; es el más digno y noble que tiene la Virgen; razón y fuente de todos los demás títulos que le reconocemos.

Confesar a María, Madre de Dios, es un acto de fe por nuestra parte, que atañe al núcleo de la fe cristiana. Porque si podemos llamar a María, Madre de Dios, es porque reconocemos que su Hijo Jesús, es Hijo de Dios, verdadero Dios, Dios de Dios y Luz de Luz.

Y de aquí otra verdad sumamente consoladora para nosotros: Si María es Madre de Dios y Madre de Jesucristo, también es madre nuestra, madre de todos los cristianos. ¡Qué bueno poder comenzar el año contando con tan extraordinaria y poderosa intercesora. “Bajo tu amparo nos acogemos santa Madre de Dios”.

Y podemos mencionar el segundo tema de la celebración de hoy: la Jornada por la paz.

¿Qué le vamos a pedir a María, nuestra madre y Madre de Dios, para este año que comienza? –La paz. La paz concentra en sí todos los bienes que deseamos y necesitamos los hombres. Es el bien por excelencia. En la primera lectura hemos escuchado la bendición de Dios a nosotros. Nos bendice y nos da la paz.

Pero la paz que nos da Dios es para que la pongamos en práctica nosotros. No podemos olvidar el gran pensamiento del papa san Juan Pablo segundo: “No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón”.

A María nuestra Madre le pedimos que nos ayude para que seamos este año y siempre constructores de la paz, hacedores de la paz. Pero una paz verdadera la que nace de un corazón que sabe perdonar, evitar rencores y allanar el camino de relaciones humana en verdad y justicia.

Ahora vengamos a la eucaristía. La eucaristía, fuente y cumbre de la vida cristiana: queremos poner en ella el Año Nuevo que tenemos delante, y también el propósito firme de hacernos constructores y hacedores de paz. Esta es nuestra ofrenda. La Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, es la que nos invita hoy a participar en el banquete. Ella se ofrece a presentar nuestra ofrenda ante su Hijo, a presentarla y a interceder para que la llevemos a la práctica durante todo el año que comienza y siempre.