domingo, 5 de abril de 2020

DOMINGO DE RAMOS (A)


-Textos:

       -Is 50, 4-7
       -Sal 21, 8-9. 17-24
       -Fil 2, 6-11
       -Mt 26, 11-54

"¿No habéis podido velar una hora conmigo?"

Queridas hermanas benedictinas:

Semana Santa marcada y condicionada por la tremenda pandemia del coronavirus. Aquí la comunidad con vuestro capellán tenemos la gracia de poderlas hacer en vivo y en directo, a puerta cerrada y con las simplificaciones, que nos piden los superiores.

El tono y el mensaje de la eucaristía de este domingo de Ramos nos vienen dados, sobre todo, desde la proclamación de la Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo. Permitidme que centre vuestra atención en una sola escena: La oración de Jesús en el Huerto.

En ella aparecen los sentimientos más íntimos, más profundos y más humanos de Jesús ante la perspectiva de una muerte ya inminente. Tristeza, congoja, angustia sentidas hasta el límite de la resistencia quedan selladas y superadas en la oración de Jesús al Padre: “Padre, si es posible que se aparte de mí este cáliz. Pero no se haga mi voluntad sino la tuya”.

Pero la circunstancia especial que estamos viviendo en la sociedad y en la Iglesia a causa de la pandemia del coronavirus, me lleva a considerar también la segunda parte de esta escena y llamar vuestra atención sobre la soledad hiriente y dolorosa que tuvo que sentir Jesús aquella noche en el Huerto.

Desde los primeros momentos de su pasión Jesús da muestras de que está con sus discípulos: “…En tu casa celebraré la Pascua con mis discípulos” (26,18); “Quedaos aquí, mientras yo voy allá a orar”. Pero los discípulos no están con él: ¿No habéis podido velar una hora conmigo? “En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron” (26, 56).

No podemos comprender cómo los discípulos pudieron dormirse aquella noche, cuando había participado en la Ultima Cena y escuchado las palabras de Jesús, cuando habían prometido solemnemente no abandonarlo… Y a las pocas horas, lo dejan sólo. ¡Qué dolor para Jesús, preso y camino ya de la sentencia de muerte, verse solo y abandonado!

Tenemos que empatizar con él, sentir los mismos sentimientos, precisamente estos días y en estas celebraciones cumbres del misterio Pascual. Es gracia de Dios que tenemos que pedir y es gracia a la que nos tenemos que disponer con nuestro esfuerzo y con la penitencia.

Pero volviendo a la circunstancia de la pandemia que sufrimos y nos amenaza: Jesús en el Huerto de los Olivos sufrió ante la amenaza de su muerte inminente y ante el abandono y la soledad. En su sufrimiento estaba nuestro sufrimiento y el sufrimiento también de cuantos mueren solos, víctimas de coronavirus, porque la familia y amigos que querrían acompañarlos no pueden acercarse a causa del peligro de contagio.

Jesús en la soledad y el abandono que sintió en su pasión asumió el dolor de todos cuantos sufren soledad y abandono en esta pandemia y en cualquier otra situación que tantas veces proporciona la vida.

Y al asumir nuestras soledades y nuestros sufrimientos arrojó sobre ellos una luz de esperanza: La soledad, el dolor, el sufrimiento humanos no son males absolutos, pueden ser superados. Jesucristo resucitado los ha vencido, para que nosotros no nos dejemos hundir por ellos. Nosotros venceremos. Pero no dejemos solo a Jesús en esta Semana Santa.


domingo, 29 de marzo de 2020

DOMINGO V DE CUARESMA (A)



Introducción al evangelio

-Textos:

       -Ez 37, 12-14
       -Sal 129, 1b-8
       -Ro 8, 8-11
       -Jn 11, 1-45

El evangelio de este quinto domingo de cuaresma del ciclo A completa los tres grandes temas catequéticos que desde los primeros tiempos han venido dándose a los catecúmenos que se preparaban para recibir el bautismo en la Vigilia Pascual.

Se trata del relato de la resurrección de Lázaro. Si Jesús es capaz de devolver a la vida temporal a un muerto, también es capaz de dar a los que creen en él la vida eterna, que anuncia y promete.

Este es el mensaje sustancial y trascendental que encierra este precioso relato que nos narra el milagro impresionante que hizo Jesús a su amigo Lázaro devolviéndole la vida, después de que ya había muerto. Jesús aprovecha el signo de resucitar a un hombre a la vida terrena para hablar y anunciar su poder de otorgar la vida eterna.

Pero permitidme que, dada la situación tan extraordinaria y tan difícil y dolorosa, que estamos padeciendo de la pandemia del coronavirus, trate de orientar vuestra atención hacia un aspecto del relato que no es central pero es muy revelador de la personalidad humana de Jesús y de los motivos humanos también que le llevaron a hacer el milagro.

Me refiero a los sentimientos de amistad y de compasión, que quedan manifiestos en la preciosa narración que nos hace el evangelista Juan de la escena. A lo largo de la proclamación vamos a ver a Jesús, emocionado, llorar, dejar patente el amor que sentía por su amigo, conmoverse en los diálogos de intimidad y confianza que mantiene con las hermanas de Lázaro que también entraban en el círculo de su amistad.

Dar espacio a la compasión y a la amistad en nuestra vida, y en este trance tan doloroso de tantos amigos, conocidos, y prójimos nuestros que son víctimas del coronavirus, o que por su profesión o su oficio están tratando de curar y ayudar a los afectados, con riesgo de su propia salud, dar espacio, digo, a estos sentimientos de compasión, amistad y amor sinceros y verdaderos, como los de Jesús, es sumamente importante para que nuestra ayuda y solidaridad sean generosas, duren cuanto haga falta y produzcan los mejores resultados.

domingo, 22 de marzo de 2020

DOMINGO IV DE CUARESMA


-Textos:

       -Sam 16, 1b. 6-7. 10-13ª
       -Sal 22, 1-6
       -Ef 5, 8-14
       -Jn 9, 1-41

Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”.

Queridas hermanas benedictinas, y queridos hermanos todos:

Hoy, día 22 de Marzo, estamos casi solos en esta capilla vuestra. La tarea de contención contra el coronavirus y a la que todos tenemos que incorporarnos responsablemente, ha dado lugar a que cada uno se confine en su casa y no salga a la calle, si no es por necesidades extremas y elementales.

Actuar con escrupulosa responsabilidad, es la primera llamada que nos hace el Señor ante esta situación de pandemia mundial que estamos sufriendo.

¿Pero es solo eso lo que nos está pidiendo el Señor? Dios nos está hablando con fuerza en esta calamidad que estamos padeciendo. “Señor, ¿qué quieres tú de mí hoy y aquí? Es una pregunta pertinente que nos debemos hacer en estas circunstancias; y hacérnosla desde dentro del corazón, comprometiendo en ella toda nuestra persona, sintiéndonos responsables las autoridades competentes, ante la familia y ante Dios.

Nos está llegando información abundantísima de análisis científicos que se están haciendo y de opiniones menos científicas; también, gracias a Dios, nos están llegando invitaciones a recurrir a Dios y a rezar.

Pero los creyentes tenemos además otra fuente de información, con la que debemos conectar, e incluso de la que debemos hablar y compartir con otros, sean creyentes o no, para que conecten y alcancen a ver las cosas desde otro punto de vista.

Esta fuente de información es Jesucristo. Hoy, en el evangelio que hemos escuchado, le hemos oído decir: -“Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”. La frase nos puede parecer demasiado pretenciosa, exagerada, pero no nos encontramos en las mejores condiciones para desoír y rechazar anuncios como este de Jesús.

Los fariseos se creían seguros, poseedores de la verdad, jueces capaces de decidir quién era digno de pertenecer a la comunidad y quien debería ser excluido de ella. Estos fariseos prepotentes no se enteraron de quién era Jesús y no se beneficiaron ni de su mensaje, ni de su capacidad para curar y salvar plenamente a los hombres.

Por otra parte, vemos en el evangelio al ciego de nacimiento, necesitado, mal visto y mal juzgado por los sabios fariseos, también por los discípulos de Jesús, y mal defendido por sus mismos padres. Este fue atendido y curado por Jesús, y éste llegó hasta reconocer a Jesús como Señor y Dios, y adorarlo.

El coronavirus nos está llevando a una consideración más humilde de nosotros mismos y, sin duda, más verdadera: Nos creíamos todopoderosos, autosuficientes, confiados quizás excesivamente en la ciencia y en la técnica. Dios no nos hacía falta. “Comamos y bebamos que mañana moriremos” Y ved que un virus minúsculo nos está reduciendo a una más justa dimensión de lo que somos en realidad: Criaturas limitadas y frágiles, que no dominamos la vida plenamente; personas muy dependientes de la naturaleza, del prójimo, y sí, también y, sobre todo, de Dios. “En Dios vivimos, nos movemos y existimos”, nos escribió hace dos mil años S. Pablo. El ciego pobre y humilde recibió de Jesucristo la curación y la fe. Reconoció que Jesucristo era el Señor y Dios; que Jesucristo era “La luz del mundo”.

Si desde la humildad aceptamos a Jesús como “Luz del mundo”, desde su Cruz y resurrección podremos entender la cruz de la pandemia que nos aflige; desde su acercamiento al pobre, al ciego y al marginado, podremos ver toda la profundidad y el alcance que tiene el testimonio de tantos sanitarios y otros trabajadores, que están arriesgando su vida por los enfermos infectados. Desde Jesús, “Luz del mundo”, pobre y trabajador humilde en Nazaret, podremos descubrir la necedad de tanto tiempo dedicado al devaneo, a la ostentación y al consumo superfluo; desde Jesús, humilde trabajador en la familia de Nazaret, podremos reconocer el valor de la familia, la importancia de las relaciones de amistad, la alegría de pertenecer a la clase humilde o a la clase media.

Sí, Jesús se viene hoy a nuestro encuentro y nos dice con absoluta convicción: -“Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”. ¿Creemos en él o arrogantes y autosuficientes, menospreciamos su envite?

jueves, 19 de marzo de 2020

FESTIVIDAD DE SAN JOSÉ


-Textos:

       -Sam 7, 4-5ª. 12-14a. 16
       -Sal 88, 2-5. 27. 29
       -Ro 4, 13. 16-18. 22
       -Lc 2, 42-51a

Bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad”. “Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios de la salvación a la fiel custodia de San José…”

Queridas hermanas benedictinas:

Estamos celebrándola fiesta de San José con la solemnidad que pide la liturgia y la sana tradición de este monasterio. Algunos años coincide esta fiesta con tonos alegres porque entra dentro del gozo del tiempo pascual. Este año, ocurre todo lo contrario, no solo cae en el tiempo austero de la cuaresma, sino, sobre todo, en unos días en que el pueblo cristiano y la sociedad entera esta sobrecogida por los daños y las amenazas de mayores daños todavía que nos produce el llamado coronavirus.

Por todo esto, al comentar los textos litúrgicos me ha parecido oportuno poner de relieve aquellos rasgos que subrayan una faceta de San José sumamente beneficiosa para los creyentes y para todos los hombres, San José Custodio de la Sagrada Familia, de la Iglesia y de todos cuantos acudimos a él para solicitar su apoyo.

El final del evangelio que hemos proclamado dice que Jesús Bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad. Bajo la autoridad de los dos, la Madre, la Virgen María, y San José.

Pero sabemos muy bien que en aquellos tiempos en las familias la autoridad suprema la tenía el padre de familia; la autoridad de la madre era, si autoridad, pero moral, que sin duda es la más digna y eficaz, y que se ciñe a la fuerza educativa que tiene el amor y la solicitud y la entrega generosa, que ejercen las madres sobre los hijos, sobre todo pequeños. Pero San José efectivamente tenía la autoridad suprema en la familia, que la sabiduría litúrgica define como “custodia fiel”, custodia que abarca tanto sobre el cuidado del niño Jesús, como de su esposa legal, la Virgen María.

Esta custodia legal y real fue una vocación y una misión que Dios encomendó a San José, y que la fe de la Iglesia no ha tenido la menor duda de calificarla de “custodia fiel”. El evangelio nos da una muestra de esta fidelidad de San José en el cumplimiento de su misión, cuando lo vemos que peregrina con María y Jesús de Nazaret a Jerusalén para acudir al templo en visita anual y cumplir así con una tradición y una norma, tan importante para todo el pueblo judío. Este dato demuestra el cuidado de San José y también de María, por inculcar en el niño Jesús, las mejores costumbres y los mejores sentimientos religiosos que caracterizaban al pueblo de Israel.

Pero San José no solo fue custodio fiel de la educación humana y religiosa de Jesús y de la protección física de María. Su vocación y misión alcanza y penetra en una dimensión sobrenatural, que lo hace instrumento importantísimo en la historia de la salvación. Dios quiso contar con él en este orden de gracia y de salvación y le “confío la custodia de los primeros misterios de la salvación”. Estos misterio son muchos que se desarrollaron sobre todo en Belén y Nazaret, pero que se resumen, sobre todo, en dos: el misterio de la encarnación, y el misterio de la virginidad de María. Y esta tan sublime y sobrenatural misión la realizo fielmente, es decir, perfectamente y conforme a la voluntad de Dios.

De esta misión sobrenatural en el orden de la historia de la salvación mana la poderosa intercesión de San José para recabar ayuda, amparo y custodia a todo el Pueblo cristiano y a la humanidad entera.

Muchos Padres de la Iglesia y muchos teólogos han puesto de relieve la importancia de San José en la historia de la salvación. En el pueblo cristianos la devoción a San José ha ido creciendo poco a poco, siempre a más. Los franciscanos, en la Edad Media, la propagaron intensamente, Santa Teresa de Jesús en el Libro de la vida, dejó escrito que todo cuanto había pedido a San José le había sido concedido. De ahí la familia carmelitana también ha contribuido y contribuye muy eficazmente a extender esta devoción. Pero ha sido el papa San Juan Pablo II, quien escribió una encíclica, “Redentoris Custos”, que ha constituido un fundamento teológico muy sólido para asentar y extender la devoción a nuestro santo.

Hoy en día es larguísima la lista de instituciones, cofradías, parroquias, instituciones y naciones enteras que se han encomendado al patrocinio de San José.

Para terminar, me atrevo a exponer una consideración y una propuesta. Coincide este año la fiesta de San José justamente en medio del “sunami” desastroso que está provocando tanto daño a la sociedad mundial. Todos hemos de ejercitar la responsabilidad para atajar los males perjuicios y muertes que está provocando. Pero, nosotros creyentes, bien podemos entender que la fiesta de San José, celebra en las circunstancias que nos está tocando celebrarla, es una llamada a invocar de una manera especial a San José para que Dios nos libere de este azote que nos ha sobrevenido y está produciendo tanto dolor y tantos perjuicios, físicos, morales y económicos a nuestra sociedad y a la humanidad entera.

domingo, 15 de marzo de 2020

DOMINGO III DE CUARESMA (A)


Introducción al evangelio

-Textos:

       -Ex 17, 3-7
       -Sal 94, 1-2. 6-9
       -Ro 5, 1-2. 5-8
       -Jn 4, 5-42


Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice “Dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva”

Queridas hermanas benedictinas y y queridos hermanos, los pocos que habéis llegado hasta aquí:

La pandemia del coronavirus acapara toda la atención y la mayor preocupación de todos nosotros en este momento. Pero tenemos la suerte de poder participar en la eucaristía de este tercer domingo de cuaresma, del ciclo A.

Merece la pena que hagamos un esfuerzo para recentrarnos en la atención y disponernos con toda la fe y la mejor disposición religiosa para escuchar la mejor catequesis que tenemos en los evangelios y que la Iglesia la escucha y la predica desde que el evangelista S. Juan nos la dejó escrita, y que muestra a Jesucristo como el mejor catequista que podemos pensar, modelo para todos cuantos tenemos el encargo de catequizar y de transmitir la fe y el evangelio.

No voy a hacer una homilía, me voy a limitar a daros unas notas previas a la proclamación del evangelio, que es largo pero extraordinariamente hermoso y rico en enseñanzas, para que podamos escucharlo con mayor provecho.

La primera, la preciosa frase de Jesús en la que partiendo de la sed física y natural, pasa a hablar en términos muy sugerentes del agua viva: -“Si conocieras el don de Dios y quien es el que te dice “Dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva”

En segundo lugar, merece la pena que nos fijemos en la mujer samaritana. Ella es pagana y solo vive de los sentidos y necesidades inmediatas, a través del diálogo con Jesús, llega a confesar sus pecados y termina anunciando el evangelio y llamando a la gente para que acuda a Jesús.

Todavía un tercer acento, nos podemos fijar en Jesús. Tomar nota de los títulos que le atribuyen: primero profeta, después mesias, después, Cristo, y por fin solemnemente la afirmación de sus propios labios: ”Yo soy”, soy Cristo, el Ungido, el Hijo de Dios. Pero no dejemos de recoger otra frase suya: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra”.

Y la última nota que me permito poner ante vosotros: “Ya no creemos por lo que tú nos dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo” ¿Podemos nosotros decir lo mismo?



domingo, 8 de marzo de 2020

DOMINGO II DE CUARESMA (A)


-Textos

       -Gn 12, 1-4ª
       -Sal 32, 4-5. 18-20 y 22
       -2 Tim 1, 8b-10
       -Mt 17, 1-9

Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Muchos jóvenes, chicos y chicas, y personas mayores habrán participado ya en la eucaristía de la primera “Javierada” de este año. Quizás algunos hayan desistido de ir por precaución ante la amenaza del coronavirus.

Nosotros aquí reunidos, en el evangelio encontramos el mensaje que Dios mismo quiere transmitirnos hoy: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”.

Para levantar el ánimo de sus discípulos, que atisban nubarrones de persecución y muerte en Jerusalén, Jesús en el monte Tabor les muestra por un instante ese lado oculto de su persona, el misterio de su misión y de su divinidad.

Jesús se nos muestra resplandeciente de luz, pleno de gloria, porque es, nada más y nada menos, que el Mesías prometido por Dios y esperado por el pueblo de Israel. Por eso, aparecen con él Moisés y Elías, los testigos más acreditados del antiguo testamento, que se pueden pedir.

Pero, además y sobre todo, aparece la voz de Dios mismo que se deja oír en la nube de la divinidad, y declara solemnemente: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”.

Ante esta revelación, nosotros hoy estamos invitados a reafirmar nuestra fe, y a confesar, en medio de una sociedad paganizada, que se cree muy segura, pero que no es feliz, y a la que le basta un virus desconcertante para descubrirse a sí misma llena de miedos, nosotros, esta mañana, estamos invitados a reafirmarnos en la fe y confesar, como dice san Pablo en la segunda lectura, que Jesucristo es nuestro “Salvador, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio”.

Palabras estas, que ante la amenaza de una enfermedad o de cualquier otra desgracia, nos serenan, y nos confortan.

Pero el evangelio de la transfiguración nos dice todavía algo más. Conviene poner nuestra atención en la exclamación de Pedro: “Señor, qué bueno es que estemos aquí. Vamos a hacer tres tiendas…”.

La fe cristiana es consuelo y serenidad, sí, pero no podemos quedarnos ahí. La fe cristiana es poner los ojos fijos en Jesús; es seguir a Jesús, seguir los pasos de Jesús. Y Jesús desconcertantemente sube a Jerusalén y al Calvario, antes de resucitar.

Pedro tuvo que bajar de la nube y poner los pies en la tierra. La intención de Jesucristo al descubrirles el misterio de su divinidad no era precisamente consolarlos, sino consolarlos para que aceptasen que Él, Jesús, tenía que dar la vida y pasar por la cruz, para resucitar.

Nosotros cristianos y discípulos de Jesús creemos y esperamos en el consuelo de una vida eterna y feliz. Pero como discípulos de Jesús, nuestra vocación y nuestra misión en este mundo y en esta sociedad, es estar dispuestos a seguir a Jesús perseguido y crucificado, que da la vida por los pobres, los pecadores y por todos.

Por eso, a nosotros, sus discípulos, se nos llama a la misión de salir hacia el prójimo y amarlo como a mí mismo, y como Cristo nos ha amado. Es decir, que debo cuidar y salvar mi vida, sí, pero también, debo estar dispuesto a dar la vida, si es preciso.

Esta misión tiene muchas probabilidades de ser un camino de cruz. Pero es el camino de Jesús, es el camino del amor, y la postre, lo sabemos ciertamente, es el camino de la vida eterna, plena y feliz.

domingo, 1 de marzo de 2020

DOMINGO I DE CUARESMA (A)


-Textos:

          -Ge 2, 7-9; 3, 1-7
          -Sal 50, 3-6a. 12-13. 14 y 17
-Rm 5, 12-19
-Mt 4, 1-11

Al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy, y con la celebración de esta eucaristía en la que escuchamos el evangelio de las tentaciones de Jesús, comenzamos oficial y litúrgicamente la cuaresma. Tiempo de gracia y de conversión, camino hacia la pascua. Sí, en este tiempo podemos crecer en la fe, en la esperanza y en la caridad.

La cuaresma es un tiempo propicio para evaluar nuestra vida, nuestras relaciones con Dios y con nuestros hermanos. “Si hoy escucháis la voz del Señor, no endurezcáis el corazón”. Depende de cómo vivamos este tiempo rico en gracias y llamadas de Dios, para que lleguemos a la Pascua y nos sintamos más libres, más convencidos en nuestra fe, más aclarados sobre lo que debemos hacer, más disponibles y generosos para ayudar y hacer felices a los que viven con nosotros.

Y, ¿qué podemos hacer para aprovechar este tiempo de gracia de Dios?
Mirar a Jesús, escuchar a Jesús y seguir su ejemplo. “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios “.

Jesús hoy va al desierto obedeciendo al Espíritu Santo. “Te llevaré al desierto y te hablaré al corazón”, dice Dios en el libro del Deuteronomio. “Te llevará al desierto para saber lo que hay en tu corazón”.

En cuaresma tenemos que hacer un plan de vida propio y específico. Dedicar tiempo para la oración, para escuchar a Dios, que nos habla continuamente, pero que el ajetreo de la vida, nos impide escucharlo.

En la cuaresma, Dios nos invita a ver lo que hay en el corazón, para caer en la cuenta de las intenciones, los sentimientos, los motivos buenos y malos, reconocidos o no reconocidos que bullen dentro de nosotros, y que nos mueven a actuar. Unas veces actuamos bien, y otras veces hacemos cosas, que ni sabemos explicar por qué las hemos hecho.

De la mano de Jesús vamos al desierto de la cuaresma. Necesitamos parar, cambiar un poco el ritmo, dar lugar a momentos de silencio, momentos de oración más intensos que lo normal.

Jesús fue al desierto obedeciendo al Espíritu Santo, pero en el desierto encontró al demonio que lo tentaba. Lo que sucedió a Jesús es una metáfora de la vida. Puede que nosotros, si nos disponemos a pensar y a hacer oración, descubramos que la vida es una tentación constante a hacer el bien o a hacer el mal.

El demonio, padre de la mentira, y que engañó a Adán y Eva en el principio del mundo, tienta a Jesucristo para que realice su misión en el mundo con criterios y métodos del mundo: adquirir fama con milagros espectaculares, convertir las piedras en pan, tirarse del templo sin hacerse daño (Jesucristo solo hizo milagros para ayudar a personas necesitadas); y sobre todo, adquirir mucho poder, y muchas riquezas.

Pero “donde abundó el pecado, sobre abundó la gracia”. Jesucristo derrota al demonio. La respuesta de Jesús en las tres tentaciones la podemos resumir en una sola: “Yo voy a cumplir mi misión en la vida haciendo solo y siempre la voluntad de mi Padre Dios”.

Hermanas y hermanos todos: Ya tenemos la consigna de Jesucristo para esta cuaresma y para toda la vida: siempre, solo y en todo la voluntad de Dios. “Al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás”.

Y al llegar a este punto final permitidme una pregunta: ¿Creemos de verdad que en hacer siempre, solo, y en todo la voluntad de Dios está el éxito de nuestra vida y nuestra felicidad?


jueves, 27 de febrero de 2020

EUCARISTÍA FUNERAL SOR ESCOLÁSTICA


-Textos:

       -Dt 30, 15-20
       -Sal 1, 1-6
       -Ro 6, 3-9
       -Lc 9, 22-25

Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él”.
Ha muerto Escolástica (Valentina, para la familia), en el monasterio, en su casa, esmeradamente cuidada, constantemente acompañada, envuelta en el rumor de las oraciones de sus hermanas de su familia benedictina. ¡Qué bien y con cuánta paz se muere en el monasterio!

A cuantos la hemos conocido y nos hemos beneficiado de sus atenciones nos vienen a la memoria el sonido de sus pasos apresurados por el pasillo de la clausura, corriendo para atender la llamada de la portería. Cada vez que sonaba el timbre, era para ella como la señal de salida de una carrera al encuentro del visitante que había llegado al monasterio. “Recibir al huésped como a Cristo”, había aprendido de su P. San Benito. Su modo de atender era la ventana luminosa del monasterio. Trabajadora infatigable, disponible siempre con sencillez, como quien hace lo que tiene que hacer, y … eso es todo”.

La hermana Escolástica nos hace pensar. ¿Es que ella ha sido todo y solo actividad y buen hacer? ¿De dónde le salió esa manera de vivir?

Y llegamos al tema de su vocación. El texto evangélico que hoy escuchamos en toda la Iglesia, en la misa de este jueves que acabamos de comenzar la cuaresma, nos ayuda a entender un poco la vocación de Escolástica y la vocación de sus hermanas benedictinas, y en general de toda la vida consagrada: “El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará” .

En principio nos puede parecer muy radical y muy difícil. Y así es. Pero esta propuesta de Jesús tiene un subsuelo, un sentido profundo que a veces no llegamos a descubrir. Es el siguiente: El que quiere seguir a Jesús ha encontrado un nuevo centro en su propia vida; ya no es él su propia razón de ser, su razón de ser y de vivir es Otro con mayúsculas. No se pertenece a sí mismo, él o ella se siente pertenencia de otro, de Jesucristo que lo ha llamado porque lo ama. Esta experiencia de Jesús que le ama, despierta un amor en su corazón que es la razón y el motivo que le lleva a renunciar a sí mismo y a vivir no ya para él, sino para Jesús y para Dios. No se trata de un esfuerzo heroico, de renuncias sobrehumanas, es una llamada del Señor que unifica y moviliza toda la persona.

La experiencia profunda de un encuentro personal con Jesucristo que me llama porque me ama, es el secreto que dinamiza toda la vida del monje y de la monja. La clausura, el silencio, las largas horas en el coro, no son una penitencia sobreimpuesta, sino un cauce para responder con amor a aquel que le ha llamado por amor.

Este encuentro personal con Jesucristo en el amor, que explica la vida del monje es lo que hace decir al papa Francisco estas preciosas palabras acerca de la vida contemplativa: “La vida consagrada es una historia de amor apasionado por el Señor y por la humanidad entera: en la vida contemplativa esta historia se despliega, día tras día, a través de la apasionada búsqueda del rostro de Dios, en la relación íntima con él”. (VDq 9b).

Pero, hagamos una observación muy importante: El evangelio que hemos escuchado y hemos aplicado a la Hna. Escolástica y a las persona consagradas y contemplativas, Jesucristo la pronunció pensando en todos los discípulos de entonces y de todos los tiempos, pensando en todos los que estamos aquí hoy. “El que quiera seguirme que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará” .

Y estas, son palabras que la Iglesia nos propone para encauzar y vivir el camino de la Cuaresma que acabamos de empezar. ¿Nos las hemos planteado.? La Iglesia nos dice que son palabras que están a nuestro alcance. Jesús, que nos las propone, nos da fuerza y nos da su Espíritu para que las cumplamos. Jesucristo ya nos salió al encuentro con su amor y su Espíritu en el bautismo. Somos hijos de Dios, fue de manera germinal o incipiente, y nos considera discípulos suyos. ¡Hemos muerto con Cristo, para resucitar con él! Estas palabras de Jesús a sus discípulos, son palabras de Dios hoy para nosotros.

Hoy Jesucristo, a través del acontecimiento de la muerte de Sor Escolástica, y a través de la liturgia cuaresmal, vuelve a llamarnos. Sin duda, porque desea que nuestro encuentro personal con él no sea un encuentro superficial, sino una autentica experiencia de amistad con él; que nos saca de nosotros mismos y suscita tal fe que nos da fuerza para renunciar a cualquier tentación, a cualquier ídolo de este mundo, hasta hacernos capaces de perder la vida por él. Porque perder la vida por él es encontrarla de verdad.


domingo, 23 de febrero de 2020

DOMINGO VII T.O. (A)


-Textos:

       -Lev 19, 1-2. 17-18
       -Sal 102, 1-4. 8 y 10. 12-13
       -1 Co 3, 16-23
       -Mt 5, 38-48

Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Dios cree en el amor. Dios cree en su amor, en su amor infinito. Y Dios apuesta por el amor para salvar a los hombres y al mundo. Por eso Dios envió al mundo a su propio Hijo para que el mundo se salve por él”.

Jesucristo, Hijo de Dios y el enviado del Padre, anuncia que comienza el Reino, el reinado de Dios. Pero él no apuesta por la violencia, ni por las armas, ni por el dinero, ni por la manipulación de las conciencias. Jesucristo cree en el amor, respeta nuestra libertad y quiere ganarla demostrando el amor que nos tiene.

Y para implantar el amor de Dios en el mundo y establecer el Reino de Dios, nos llama a ser discípulos suyos: “Id al mundo entero y proclamad el evangelio”. Es decir, creed en el amor y amad como yo os he amado: Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha preséntale la otra Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen…”

No es que Jesucristo considere inútiles, o despreciables la razón, la ciencia, la técnica, incluso la política, el dinero y otros medios humanos, en sí buenos.

Jesucristo propone el amor, un amor como el suyo, como alma de todas las realidades de todos los medios humanos. Que el amor de Dios, manifestado en Cristo, empape, impregne y sea la esencia y el alma de toda la actividad humana. Así se irá implantando el Reino de Dios en el mundo y se hará realidad el sueño y la promesa de “un cielo nuevo y una tierra nueva”.

Rechazar la violencia, amar a los enemigos, perdonar hasta setenta veces siete, es la propuesta de Jesús para un mundo nuevo.

Y nosotros decimos: “Es muy hermoso, pero nos parece un poco ingenuo, y, sobre todo, muy difícil.

Y aquí viene la buena noticia y el secreto que encierran estas propuestas tan llamativas y tan radicales de Jesús. En el fondo de estas afirmaciones hay otra afirmación más novedosa y cierta de Jesús: “Si tú crees en mí, si tú te apoyas en mí, tú vas a poder amar con este amor que yo amo, y vas a poder perdonar a tu enemigo, como yo perdono; vas a poder devolver bien por mal, como yo hago; y vas a poder ganar a tus prójimos hacia el bien, hacia la cooperación y la fraternidad.

Porque yo, al proponerte este programa, te doy mi Espíritu, el Espíritu Santo de Dios. Tú cree en mí y tendrás mi Espíritu, el Espíritu de Dios, y podrás amar con la potencia del amor divino. Si crees en mí, esto está a tu alcance. Esta es la novedad que traigo y que ofrezco al mundo.

Para eso te pido que me sigas, te ofrezco la palabra de Dios para escuchar, la comunidad de seguidores míos para sostener tu ánimo; te ofrezco el sacramento del perdón para que vuelvas al buen camino, te doy mi Espíritu en los sacramentos, y mi presencia, mi cuerpo y mi sangre, en la eucaristía. Tú puedes amar como yo amo, “tú puedes ser perfecto, como mi Padre celestial es Perfecto”.


domingo, 16 de febrero de 2020

DOMINGO VI T.O. (A)


-Textos:

       -Eclo 15, 16-21
       -Sal 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34
       -1Co 2, 6-10
       -Mt 5, 17-37

No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas; no he venido a abolir, sino a dar plenitud”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Estas normas tan radicales que escuchamos en el evangelio de hoy son parte del programa que Jesucristo propone en el Sermón de la Montaña para establecer el Reino de Dios en este mundo. Para que este mundo vaya conformándose al proyecto de Dios.

Y puede que digáis: Sí, son normas muy buenas, muy adecuadas y necesarias. Pero son muy difíciles de cumplir.

Hermanos: Jesucristo, al que hoy vemos dictando este programa para recrear y hacer un mundo nuevo, dice en otro lugar: “Venid a mí todo los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviare. Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (Mt 11, 25-30).

Es necesario leer el evangelio de Jesús entero para que entendamos bien su mensaje.

Jesús nos propone unas normas, un modo de vivir, sí, pero Jesús, al mismo tiempo, nos ofrece la gracia, la fuerza y los medios para que podamos cumplir esas normas, y podamos llevar ese estilo de vida capaz de cambiar la sociedad y el mundo.

San Pablo en la epístola que hemos leído hoy nos habla de una sabiduría, que no es de los príncipes de este mundo, sino de una sabiduría divina… ¿Cuál es el secreto de esta sabiduría? El secreto está en que Jesucristo nos ha dado el Espíritu Santo; y con el Espíritu Santo nos ha dado la comunidad de seguidores suyos, la Iglesia, la Virgen María, los santos, los mártires, y con la Iglesia y el Espíritu Santo, nos ha dado la eucaristía, y la Palabra de Dios, y el perdón de los pecados y los demás sacramentos. Se nos ha dado él mismo. Nos ha dado su vida, porque nos ha hecho hijos de Dios en el bautismo. Y así podemos llegar a hacer lo que él ha hecho, amar como él ama, perdonar como él perdona, dominar y vencer las tentaciones, como él las venció.

Podemos vivir una vida nueva que fermente la masa de este mundo y lo transforme. Sí, esto está a nuestro alcance.

Podemos cumplir el programa que él nos propone, porque antes y después y empapando todo el programa, se nos ofrece la gracia de Dios, el Espíritu Santo, los medios para cumplir los mandamientos y el Sermón de la Montaña y todo el bello y admirable programa que puede transformar el mundo, hacerlo más humano y darnos la vida eterna.

Jesús propone normas, sí, pero nos da fuerza, motivos, gracia sobrenatural de Dios, medios que están a nuestro alcance, y que de aprovecharnos de ellos, nos hacen hombres y mujeres nuevos, personas libres, capaces de controlar las pasiones, cumplir la palabra de un matrimonio para siempre, ofrecer una vida entera consagrada a solo Dios en un monasterio, o en ambientes de increencia o pobreza, dolor, y miseria, ayudar a los pobres y anunciar el evangelio a quienes no lo han descubierto.

Así viven muchos misioneros y las hermanas que nos acogen en esta iglesia y los matrimonios que celebran las bodas de plata y las de oro y las de diamante. Sí, podemos vivir en medio de un mundo que se debate en su autismo y en su egolatría, una vida nueva de alegría y libertad, y ser luz y fermento, y aurora del Reino de Dios.


domingo, 2 de febrero de 2020

FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR


Textos:
       
       -Mal 3, 1-4
       -Sal 23, 7-10
       -Heb 2, 14-18
       -Lc 2, 22-40

Porque mis ojos han visto a tu Salvador…: luz para alumbrar a todas las naciones”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy no es un domingo corriente: Celebramos dos acontecimientos importantes para la Iglesia y para nosotros: La fiesta de la presentación del Niño Jesús en el templo y la Jornada de la Vida Consagrada.

La presentación del Niño Jesús en el templo nos impulsa a renovar y afianzar nuestra fe; la Jornada de la Vida Consagrada nos compromete a colaborar en la Iglesia y con la Iglesia.

El misterio de Jesús se nos manifiesta en las lecturas como Dios y hombre verdadero.

Jesús es verdaderamente hombre: Hemos escuchado en la Carta a los Hebreos: “Lo mismo que los hijos participan de la carne y de la sangre, así también participó Jesús, participa de nuestra carne y sangre, para aniquilar mediante la muerte al “señor” de la muerte…”

Y este Jesús es Dios: El anciano Simeón, emocionado por lo que está viendo, anuncia a todo el mundo: “Mis ojos han visto a tu Salvador…, luz para alumbrar a todas las naciones”. Por eso, la fiesta de la Presentación es una fiesta que nos invita a creer en Jesucristo. Y la fe en Jesucristo verdadero Dios y verdadero hombre nos llena de esperanza.

Gracias a Jesucristo podemos vencer al pecado y a la muerte, y dar sentido al dolor y esperar una vida eterna, divina y feliz.

Y de esperanza habla también la Jornada de la vida consagrada. El lema de este año dice: La vida consagrada, con María, esperanza de un mundo sufriente”.

No hace falta decir que hay mucho dolor, mucho sufrimiento en el mundo. Pero tampoco hace falta demostrar todo el bien que hacen las religiosas, los religiosos, los monjes, las monjas, y todos los que se consagran a Dios y a solo Dios, y para siempre, y así quedar libres para dedicarse a amar al prójimo con un amor como el de Cristo.

Son familiares y conocidos nuestros; están en colegios de enseñanza, en dispensarios de barrios y de suburbios marginales, en países pobres y donde no se conoce la fe en Jesucristo, fundando escuelas, dispensarios e iglesias, viviendo en las penurias que viven los más pobres de la sociedad.

De esta manera, intentan, hacer como María, generar esperanza en medio de las gentes con las que viven. Hacen lo que hacen porque se han sentido cautivados por el amor de Cristo y han descubierto hasta qué punto el prójimo, el hermano, sobre todo el pobre, el indefenso, el necesitado, merece ser amado, y ayudado. Por eso, los consagrados, son también, como María motivo de esperanza.

Nosotros todos, las comunidades cristianas hemos de orar por ellos ante el Señor, agradecer y reconocer la inmensa labor humana que hacen y el testimonio tan impactante que ofrecen en medio de una sociedad que lucha para evitar el dolor, las injusticias y la muerte, pero que no lo consigue.

La comunidad cristiana debemos rezar para que surjan vocaciones que sienta una llamada a entregarse a Jesucristo y al prójimo de manera incondicional y para siempre.

En el templo de Jerusalén se encontraron Simeón y Ana con Jesús, Maria y José; en la eucaristía, hoy nos encontramos con Jesús, y también con Maria y José y todos los santos y santas de Dios. Vengamos, pues, al altar.


domingo, 26 de enero de 2020

DOMINGO III T.O. (A)


-Textos:

       -Is 9, 1-4
       -Sal 26, 1. 4. 13-14
       -1 Co 1, 10-13. 17
       -Mt 4, 12-23

Convertíos, porque está cerca el Reino de Dios”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Una buena noticia, una palabra de aliento hemos escuchado en la primera lectura: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”.

Vivimos en un mundo, “cargado de gozos y esperanzas, de tristeza y angustias”, nos dijo el Concilio, la primera lectura también habla de luces y sombras: “El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande”.

La luz grande que aparece hoy entre nosotros es Jesucristo. Jesucristo es luz del mundo, es “el camino, la verdad y la vida”. La celebración de esta mañana es una invitación apremiante a creer en Jesús y a escuchar su mensaje.

Jesucristo nos dice a todos: “Convertíos, porque está cerca el Reino de Dios”. ¿Qué quiere decir “Reino de Dios”?. Jesucristo nos está diciendo que hay un plan de Dios para sacar a este mundo del dolor, del sufrimiento, del pecado, de la muerte y de la desesperanza. Él, su persona, es el Reino de Dios. Dios Padre y Creador irrumpe en el mundo con un amor que nadie podía imaginar que pudiera llegar a tanto; un amor extremo, que queda manifiesto al darnos a su propio Hijo, que viene del cielo, se encarna en el barro de este mundo y llega hasta dar la vida por nosotros; nos libra del pecado de la muerte, y nos abre a la esperanza de una vida plena, feliz y para siempre con Dios.

Quien se entusiasma y se deja seducir por este proyecto de Dios, acepta la voluntad de Dios en su vida, cumple los mandamientos de Dios, acepta la Bienaventuranzas: Bienaventurados los pobres, bienaventurados los limpios de corazón, bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia”. Quien queda ganado por el proyecto del Reino de Dios confía en la misericordia de Dios, perdona a los enemigos, ama al prójimo como a sí mismo, tiene a los pobres por preferidos, atiende a los enfermos, encuentra su felicidad en hacer felices a los demás. En una palabra, el evangelio de Jesús es el proyecto de Dios para salvar el mundo.

Jesús nos dice que ese proyecto “está cerca”, está a nuestro alcance, porque él, Jesucristo, nos lo propone, y además, si creemos en él, él nos da fuerza y se ofrece como compañero y ayuda para que lo podamos cumplir ese proyecto y beneficiarnos de él.

Merece la pena, hermanas y hermanos todos, que escuchemos esta mañana la llamada de Jesús: “Convertíos, porque el Reino de Dios está cerca”.

Y después de hacernos esta recomendación, Jesucristo nos dice: Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres”.

Jesús nos invita a entrar en el Reino de Dios y además nos invita a propagarlo. Jesús confía en nosotros y nos confía una tarea preciosa, noble y enormemente humanizadora. Los que quedamos entusiasmados con el proyecto de Dios para los hombres, necesariamente quedamos convocados a extender este Reino. ¿Qué podemos hacer? ¿Qué quiere Jesucristo que hagamos? Una propuesta oportuna nos ofrece san Pablo en la segunda lectura. Viene muy bien como propósito al final del Octavario por la unión de los cristianos, que clausurábamos ayer: “Os ruego, hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que digáis todos lo mismo y que no haya divisiones entre vosotros. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir”. Así sea..

domingo, 19 de enero de 2020

DOMINGO II T.O. (A)


-Textos:

       -Is 49, 3. 5-6
       -Sal 30, 2 y 4ab.7-10
       -1 Co 1, 1-3
       -Jn 1, 29-34

Yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”.

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Ha terminado el tiempo de Navidad, y la liturgia de la Iglesia nos invita a entrar en el tiempo que llama ordinario, una nueva etapa en el curso de fe y vida que nos propone la madre Iglesia a través de la liturgia.

Y para empezar, este domingo nos propone escuchar a san Juan Bautista. San Juan Bautista ocupa un lugar providencial y muy importante en la historia de la salvación. Sus contemporáneos llegaron a creer que él era el Mesías, Dios le encomendó la misión de preparar los caminos del Señor; es, después de la Virgen María, el mejor guía para conducirnos al encuentro con Jesús y disponernos a creer en él.

Del Bautista podemos tomar en cuenta hoy dos cosas: su ejemplo y su mensaje:

Juan el Bautista nos da, en primer lugar, ejemplo de humildad: “Tras de mí viene un hombre que está delante de mí”. Su humildad da lugar a que pongamos nuestra atención en Jesús y no en él.

Una buena lección para nosotros, los sacerdotes y ministros de la palabra de Dios: no valernos de la predicación para nuestro provecho personal o nuestro prestigio. Y una gran lección también para todos: la humildad es la verdad, y la verdad es que nosotros, todos, somos criaturas de Dios, no somos dioses, somos criaturas de Dios. De Dios nos viene la vida. Y en la medida que vivimos conforme a la voluntad de Dios, nosotros nos realizamos como personas y alcanzamos la felicidad. Por eso, la humildad es la mejor disposición para alcanzar la fe. La soberbia es el mayor obstáculo para la fe, la humildad, el mejor modo de alcanzarla y acrecentarla.
Además de humildad, el Bautista nos da ejemplo de cómo vivir y dar testimonio de nuestra fe: “Yo lo he visto y he dado testimonio”. La fe es un don de Dios, cierto, pero la fe es también transmitida, y es misión de los creyentes. Para transmitir la fe a los hijos, a los jóvenes y a los adultos, la mejor y más eficaz manera, sin duda, es el testimonio de una fe verdaderamente vivida, que puede decir, como el Bautista: “Y yo lo he visto”, es decir: tengo trato con él, Jesús es mi consejero, mi amigo y confidente, mi fuerza y mi orientador.

Hemos dicho que del Bautista tenemos que recoger también su mensaje: Y ¿cuál es su mensaje? – “Yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”.

El Bautista hoy nos deja a los pies de Jesús. Al comenzar este nuevo tiempo litúrgico, llamado ordinario, este curso largo pero vital para vivir como cristianos, que son la Palabra de Dios y la eucaristía de cada domingo, san Juan Bautista reclama nuestra atención y nos dice: “Este es el Hijo de Dios”. Seguidle y escuchadle.

Hermanos, ya tenemos tarea para varios meses.


domingo, 12 de enero de 2020

DOMINGO DEL BAUTISMO DEL SEÑOR


-Textos:

       -Is 42, 1-4. 6-7
       -Sal 28, 1-4. 9c-10
       -Hch 10, 34-38
       -Mt 3, 13-17

Este es mi Hijo amado en quien me complazco”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy, fiesta del Bautismo del Señor; colofón y corona de la Navidad.

La escena del Bautismo del Señor, es una presentación de Jesús solemne e impresionante, que nos invita a reafirmar nuestra fe en Jesucristo y a examinar nuestro propio bautismo.

El evangelista Mateo nos trae a la presentación de Jesús ya adulto a los tres presentadores más autorizados que podemos imaginar: Juan el Bautista, el Espíritu Santo y Dios mismo, Padre de Jesús y Padre nuestro.

El primero que nos habla de Jesús es Juan el Bautista. Él nos viene a decir que Jesús, a quien vemos tan humano y tan como nosotros es algo más de lo que parece: Él, el Bautista, tendría que ser bautizado por Jesús, y no al revés. Porque Jesús puede bautizar con Espíritu Santo.

Infinitamente más importante que el Bautista es el segundo presentador, el Espíritu Santo. Lo hace sin palabras, solo con su presencia y posándose sobre Jesús, como una paloma. Este modo de hacer y aparecer el Espíritu sobre Jesús habla por sí mismo y está diciendo que Jesús es el Mesías prometido por Dios en la Escrituras santas para llevar a efecto las promesas de Dios, de realizar una alianza nueva y definitiva y convertir los corazones de piedra en corazones de carne, dóciles al Señor.

Por fin, el tercer presentador es Dios Padre, él mismo ha considerado necesario aparecer en la escena, a fin de que los hombres nos percatemos de que este Jesús, que va a pasar “haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo” es una oportunidad única para la salud, la salvación y la felicidad de cada uno de nosotros y de todos los hombres. Dios mismo en persona, deja oír su voz, nos habla a todos y dice: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.

Queridos hermanos, creo que todos cuantos estamos hoy en esta eucaristía, hemos sido bautizados y creemos en Jesucristo. Hoy es un domingo que nos llama a reafirmar nuestra fe y a redescubrir nuestro bautismo.

Un día, no en el Jordán precisamente, pero con el mismo efecto, en la pila bautismal de nuestra parroquia, fuimos bañados en el agua purificadora del bautismo, ese día el Espíritu Santo se posó, no en forma visible de paloma, pero sí real y verdaderamente sobre nosotros y se adentró en nuestra alma para renovarnos por dentro, limpiarnos del pecado original e impregnar el ser natural recibido de los padre, con la vida divina, la vida misma de Jesús resucitado, que nos ha hecho y somos de verdad, hijos de Dios. Somos hijos de Dios por adopción. Un día, aquél de nuestro bautismo, Dios Padre, desde el cielo, pronunció sobre nosotros las mismas palabras que habló cuando presentó a su Hijo propio en el Jordán. Sobre ti, sobre mí, sobre cada uno de nosotros, dijo y nos declaró nuestra verdadera y plena identidad: “Este es mi hijo amado, en él me complazco”.

Hoy, queridos hermanos y hermanas, es un día para dar gracias a Dios por haber sido bautizados y para comprometernos a ser consecuentes con todo lo que significa vivir en esta sociedad de hoy como cristianos bautizados e hijos de Dios.