domingo, 12 de mayo de 2019

DOMINGO IV DE PASCUA (C)


-Textos;

       -Hch 13, 14.43-52
       -Sal 99, 1b-3.5
       -Ap 7,9. 14b-17
       -Jn 10, 11-18

Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen”

Queridas hermanas benedictinas y queridos hermanos todos:

Hoy celebramos el domingo del Buen Pastor y también la “Jornada mundial por las vocaciones”. El lema de esta jornada nos dice: “Di sí al sueño de Dios”.

La primera lectura de los Hechos de los apóstoles nos sitúa en un contexto de conflicto, diversidad de opiniones y persecución. Cuando la fe cristiana la vivimos de verdad provoca celos irritación y también odio, que en muchos casos deriva en persecución. El evangelio de Jesús vivido con fidelidad, con radicalidad y coherencia, choca con muchos modos de ver la vida.

¡Ay si todos hablan bien de nosotros!. Puede ser que vivamos muy al aire de los valores del mundo. Hemos aguado el evangelio. No podemos olvidar, hoy en día tenemos en nuestra iglesia católica hermanos perseguidos, que han muerto a causa de la fe. Recordad los hermanos de Sir Lanka.

Nos persiguen, pero no nos desalentamos. Jesucristo es nuestro Pastor, es el Buen Pastor.

Dejadme que os pregunte: De verdad, ¿Jesucristo es nuestro pastor? ¿Es la persona decisiva que regula todas las demás decisiones que voy tomando cada día en mi vida? Hoy es un día para renovar la fe bautismal, examinar si no nos pueden demasiado los valores del mundo, un día para reafirmarnos en seguir a Jesús de palabra y con las obras.

Nos ha dicho Jesús en el evangelio esta mañana: “Mis ovejas escuchan mi voz y yo las conozco y ellas me siguen”. Tres palabras que evocan intimidad, amistad, relación estrecha de amor entre Jesús y los que creemos en Jesús. La fe verdaderamente vivida nos lleva a una intimidad de corazón entre Jesús y el que cree en Jesús, a una mutua comunión de vida.

Fijaos lo que acabo de decir: una mutua comunión de vida. Si Jesús, por la fe, nos comunica su vida, ¿cuál es su vida? Es la vida de Resucitado, la que ha vencido a la muerte, la vida misma de Dios, la vida eterna. ¡Cuánto tenemos que ahondar, aprender y asimilar del gran don que es la fe que recibimos en el bautismo! “El Señor es mi pastor, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas”; sí, me conduce a las fuentes que dan la vida eterna.

Jesús, el Buen Pastor, quiso nombrar a algunos discípulos suyos para que hagan presente en todos los tiempos su función de Pastor. Nos cuenta san Mateo: “Jesús, al ver a la muchedumbre, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor. Entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos, rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies”.

Todos vemos con evidencia palmaria la necesidad que tenemos en nuestra diócesis, y en toda la Iglesia, de vocaciones nuevas a la vida contemplativa, a la vida de especial consagración, y, sobre todo, al ministerio sacerdotal.

Pero no podemos quedarnos solo en pedir, con ser lo más importante: Las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada son un fruto y una medida también del nivel y del temple de fe que tiene una comunidad cristiana. Donde hay vida cristiana de verdad, surgen siempre vocaciones.

Por eso la escasez de vocaciones es una responsabilidad de todos. Y a todos nos atañe pensar en el lema de esta jornada: “Di sí al sueño de Dios”.